Un serio reajuste

Si ya fue significativo el recorte experimentado por los resultados electorales andaluces en los últimos comicios, más lo es, sin lugar a dudas, la rebaja de 10 puntos que ha conseguido el PP en las europeas del domingo. No tiene sentido extrapolar, por supuesto, pero tampoco lo tendría minimizar este reajuste continuado que va acercando la alternativa conservadora a la hegemonía del PSOE desde antes de estallar la crisis económica. Y eso es bueno objetivamente, porque si es mala la suficiencia hegemónica, todo lo contrario resulta la consecución de un  equilibrio que contenga ciertas soberbias y abra la posibilidad esencial de la alternancia. Diez puntos son muchos puntos aunque aún sean insuficientes para fundamentar un  cambio. Pero es seguro que esas dos fuerzas rivales, cada una con su cuenta y razón, se tentarán ahora la ropa con más cuidado.

Todos ganaron

Aunque eso no es posible, todos ganaron el domingo en las urnas, como de costumbre. El PSOE porque mantiene una hegemonía indiscutible cuyo arraigo en las comarcas más deprimidas de la provincia es evidente. El PP porque un recorte de siete punto tras el obtenido en las pasadas generales, no es moco de pavo. Los políticos nos siguen tratando como a menores, en todo caso, incapaces de reconocer lo que cualquier inteligencia media puede averiguar por sí misma. Y eso sí, de triunfo sociata en la capital, nada, y de trampolín para el cambio en las municipales, menos. Esa espina no es de las que se arrancan con un sofismilla. Sobre todo si a estas alturas ni se vislumbra con que mimbres cuenta ese partido para echar abajo la otra hegemonía

La selva económica

Paul Jorion es desde hace tiempo uno de los personajes más atractivos de la ciencia social europea. Es un disidente, por supuesto, un francotirador, un inconformista que ha ido derivando de la ingeniería financiera a la sociología/antropología hasta llegar a la conclusión de que el fracaso radical de los economistas de cara a la presente crisis –que él pronosticó con antelación notoria— no consiste en el fallo personal de los autores sino en el estatuto científico de la ciencia económica, tan lejana ya de la “economía política” de los clásicos, y a la que sería preciso reinstalar, tras una fulminante revisión epistemológica, en un campo plural definido entre la sociología y la antropología económicas  y la propia ciencia política. Sostiene Jorion que nuestras sociedades avanzadas funcionan desde y sobre el doble rasero de una vida política “constitucionalizada” que ha de vérselas en la vida práctica con una actividad económica que no dispone, como aquella, de un sistema inventado por el hombre mismo, sino que funciona de modo autónomo tal como funcionan las demás fuerzas de la Naturaleza, dicho sea en la más estricta perspectiva del darwinismo social, es decir, desde la evidencia de esa dialéctica que explica el triunfo del más fuerte sobre el más débil. La especie humana debería su progreso al acierto que supuso su ‘autodomesticación’ política (es la vieja tesis ‘ilustrada’ de Blumenbach), mientras que debería sus penas al hecho de haber dejado la relación económica en estado ‘salvaje’, es decir, como aquella que se sustancia indefectiblemente entre unos pocos ganadores y una legión de vencidos. Jorion no reclama ‘reglas’ para la economía (eso es lo que sobra, diría él) sino una auténtica “constitución”, es decir, un marco normativo que represente para ella lo mismo que la democracia supone para la política. Lo que hay hoy, incluyendo el sacrosanto Mercado, es pura selva, relación elemental entre cazadores y presas. Tantos que andan a vueltas con la impagable hipoteca seguro que firmarían bajo esas palabras.

 

No sabemos que sucederá a la economía de la crisis pero hay indicios numerosos de que algo, en definitiva, no poco distinto a lo que hemos tenido hasta ahora. La dolorosa experiencia debería conducir, probablemente, a modelos más ‘civilizados’, menos ‘salvajes’, de interacción, pero también a montajes sociales en cuyo seno la economía y las finanzas no puedan ejercer el “trágico papel” (Jorion) que han venido desempeñando en el seno de nuestras sociedades. ¿Por qué nuestra vida política está estabilizada, por lo general, en un confortable “centro”, mientras que la vida económica carece de límites y frenos? Puede que la crisis esté ahí para debelar la naturaleza ‘primitiva’ de la economía e imponernos la necesidad de su ‘domesticación’. Hace poco decía orgullosamente  un magnate que la economía es una fuerza de la Naturaleza. No podía imaginar, probablemente, que justo en ese carácter primitivo radica su inmensa fragilidad.

Padres indefensos

Ha llamado la atención (no es la primera vez que lo hace) el Defensor del Pueblo, José Chamizo, sobre la situación desesperada de muchos padres que han de soportar las agresiones de sus hijos. Hay miles de denuncias al año sobre el particular, lo que da una idea –pues lo último que hace una familia es denunciar al hijo violento—de la gravedad del problema y plantea la urgencia de crear alguna instancia capaz de atender eficazmente a los avasallados. Claro que es obligado protestar que este fenómeno inverosímil hasta hace poco tiempo, no es un producto espontáneo de la vida, sino la consecuencia de un permisivismo generalizado que va desde la educación hasta la norma penal. La LOGSE y la Ley del Menor tienen mucho que ver con esos maltratadores de padres, víctimas ellos mismos de un modelo insensato.

Menos que pobres

La autoridad debería averiguar en lo posible la amarga denuncia del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) sobre el estado de miseria en que viven los inmigrantes en los asentamientos de nuestra provincia, en especial en los de Palo de la Frontera, donde él mismo acaba de repartir comida y medicamentos a esos grupos que vivirían en la más absoluta degradación, ocultos y sin papeles, tal vez en espera de algún desaprensivo que quiera aprovecharse de su triste situación. ¿Por qué la delegación el Gobierno no interviene en el asunto, siquiera para que esos ‘primeros auxilios’ no tengan que llegar de la mano de nadie ajeno a la propia Administración? Esa presencia abandonada constituye una ofensa a la sociedad onubense además de una irresponsabilidad que hay que contenerse para no calificar con dureza.

El fin del mundo

Dicen que de nuevo volverán las auroras boreales, las noches iluminadas con la luz sangre y esmeralda del misterio solar. Justamente ahora que celebramos –vamos, que celebran—el cuarto centenario de Galileo, o mejor dicho, del invento de su telescopio, y andan revolucionados tanto los teólogos que insisten en la necesidad del diálogo entre Razón y Fe, como los científicos, que insisten en profetizar las aterradoras incidencias de la corona del astro a cuenta de esa manchas solares que descubrió precisamente el viejo maestro. No se ponen de acuerdo sobre el asunto, eso sí, ni la Nasa ni Nacional Center for Atmospheric Research, como ocurre siempre que los sabios han de afrontar el reto de la verificación inminente, pero parece irse abriendo paso el consenso de que en el año 2011 o, a más tardar, al siguiente, la actividad solar alcanzará un peligroso punto que podría ocasionar graves perturbaciones en el planeta Tierra como consecuencia del impacto en su ionosfera de los materiales de esos chorros de masa coronal que vienen siendo estudiados hace tanto tiempo, pero que parece que ya entendieron en su día tanto los mayas como los indios hopo, los cuales habrían  profetizado, en efecto, para estas próximas fechas, un gran cataclismo, quizá el fin de una era y el comienzo de otra. La autoridad anda preocupada con esos fenómenos, que podrían alterar decisivamente la producción y el suministro eléctrico, lo que equivale a decir a toda nuestra vida. Habrá que estar atentos al cielo, espiar la luz nocturna con ojo inquieto, como ya se hizo en la Europa que creyó ver en las auroras boreales el anuncio de guerras devastadoras, aunque con la esperanza de que, por esta vez, los sabios se equivoquen de parte a parte. Al fin y al cabo, hoy sabemos que la “pequeña Edad de Hielo” que permitió patinar sobre el Támesis no fue para tanto.

 

De nuevo, pues, la evidencia del gigante con pies de barro sobre cuyos hombros nos alzamos, otra vez la imagen de un mundo colapsado que nada podría hacer si de verdad llegara a caer la electricidad, se cortaran las comunicaciones y los satélites continuaran  recorriendo a ciegas su órbita inútil. Nunca la Humanidad fue más libre ni más dependiente a un tiempo, jamás pudo soñarse una vida más liberada ni se pudo pensar que tan maravillosa independencia podría consumirse como una pavesa abrasada por una llamarada solar, ni que el poder del hombre resultara tan imaginario en esta nueva Babel como en la mítica, pero dicen que volverá el espectáculo las auroras boreales con la luz sangre y esmeralda del misterio astronómico, como una exhibición de potencia sobre el imaginario imperio humano. Un apagón paralizó Nueva York y una tormenta solar podría apagar el mundo. Al supehombre nietzscheano no le queda más que la esperanza en que los sabios se equivoquen.