Paces romanas

Vuelve la política vaticana de las rehabilitaciones históricas, en esta ocasión para rescatar nada menos que a Juan Calvino, el complejo disidente de tan enorme influencia en la cultura y en la civilización occidental como mostró lúcidamente Max Weber. Habrá polémica, seguro, no sólo por cuanto sabemos de aquel tremendo que instauró la teocracia en Ginebra y trajo derechos como velas a los ginebrinos con sus ordenanzas disciplinarias, erradicó con rigor toda manifestación de divertimento y solaz, legitimó la violencia fanática, legalizó la tortura y apiló la leña en muchas hogueras para quemar vivos a quienes discrepaban de sus creencias. A Miguel Servet mismo, no por su trascendental hallazgo de la circulación periférica de la sangre, sino por un quítame allá esas pajas en torno al misterio insondable de la Trinidad. A lo mejor han pensado en Roma –y no les faltaría razón—que esa figura histórica de primerísimo nivel viene siendo deformada y mal conocida generación tras generación, tal vez porque la propia hegemonía doctrinal del catolicismo ha aprovechado esos extremos de su conducta para desacreditar a quien fue un complejo e interesante pensador y de quien se ha dicho, por si fuera poco (lo dijo Richard Stauffer, pero también otros historiadores) que además de un intolerante fue un precursor del ecumenismo. Echen una ojeada a sus polémicas (con Bolsec, con Castellion, con el cardenal Sandolet), a su testamento, a su denuncia del ‘nicodemismo’ o ambigüedad en la fe, pero sin perder de vista nunca su ámbito histórico, su contexto. ¿Se puede rehabilitar a un espiritual sentado sobre una pira? Ése va a ser un problema, me parece a mí, mucho más complicado de resolver que el simple reconocimiento de Galileo o ciertas peticiones de perdón prodigadas en los últimos tiempos. Hay cosas difíciles de superar en Calvino, como su fe en la predestinación que, sin quererlo, dio su mejor fundamento a la sociedad desigual en la Europa próspera. Pero hay imágenes, como las del potro o la hoguera, que deberían ser inolvidables.

 

Se explica el deseo eclesiástico por restañar las viejas fracturas que sólo la circunstancia histórica puede explicar. Pero esa actitud irreprochable choca con la rigidez con que se mantienen en el presente sanciones y anatemas. Quien haya leído un libro tan electrizante como el que al Jesús histórico ha dedicado Juan Antonio Pagola se echará las manos a la cabeza si se entera de que los mismos que le han impuesto severas correcciones a su texto concelebren, como quien no quiere la cosa, la rehabilitación de un espíritu tan elevado pero fanático como el de Calvino. No creo que sea justo poner en la misma peana a Calvino y a Servet, su víctima, por ejemplo. La simpleza de los argumentos que se vienen dando para justificar tamaño disparate (humanismo militante, fidelidad a los orígenes, pasión por la Biblia) sólo es comparable a la que se ha usado tantas veces para condenar a los disidentes actuales.

El mal ejemplo

Más noticias cobre el gigantesco latrocinio de Marbella, en esta ocasión en concreto sobre el “caso minutas”, que afecta, además de al inevitable Julián Muñoz, a algún personaje destacado de la vida andaluza. En cierto modo, este lento devanar la madeja de las corrupciones está provocando el pésimo efecto de difundir una imagen generalizada de la corrupción, la idea de que el saqueo de lo público se ha perpetrado y sigue perpetrándose a manos de personajes notorios cuya impunidad escandaliza tanto como sus fechorías. Es lo malo de una Justicia tan lenta y prolija, que permite que la mala imagen madure y se afiance en las conciencias. El final de esta lamentable historia debería ser, al menos, ejemplar.

Incomprensible

Incomprensible, inaceptable y todo lo que ustedes quieran, la actitud del PSOE de alegar confidencialidad para no desvelar las subvenciones concedidas, para proteger en Bollullos a una diputada imputada de cuatro delitos graves o para actuar, como lo está haciendo en Beas, al contrario de cómo dispone el TSJA. Son demasiados enroques, demasiados blindajes, para que una política pueda reclamarse medianamente clara y libre de sospecha. ¿Por qué lo hace el partido, qué tienen los blindados capaz de forzar tanta arriesgada protección? Eso es lo que se preguntará la gente, cada día más distanciada de una política vidriosa y encima partidista a ultranza.

Política no verbal

Estamos más que acostumbrados a la grosería pura y dura que los políticos gastan entre sí. Tanto que acaba resultándonos ingenuo y una pizca conmovedor ver al coordinador andaluz de IU justificándose ante el juez por haber comentado el caso de las facturas falsas de Baena aludiendo al alcalde como dueño del cortijo, como campero de su coto de caza y, de paso, invitando al PSOE a “limpiar su casa”. Lo que llevamos oído en estos últimos años no es para repetirlo, porque aquí se ha acusado a pelo de ladrón, de enchufista o de prevaricador al más pintado, y hasta se ha dado el caso –archivado por la Justicia, curiosamente—de que un alcalde capitalino ha sido acusado en falso (pues ya se conocía la verdad den enredo) por un mequetrefe de la oposición de pulirse el dinero público llamando a líneas calientes en busca de “mulatitas cachondas”. Aquí se puede decir de todo y nunca ocurre nada, quizá porque cierto prurito extremado confunde la libertad de expresión y el derecho a la crítica política con la facultad de arrojar sobre el adversario impunemente cuanta más basura, mejor. No ocurre lo mismo en otros países, como en esa Portugal –tan educada, tan respetuosa—donde el gesto de mostrarle los cuernos a un adversario de la oposición ha precipitado antier el cese fulminante de todo un ministro de Economía e Innovación, Manuel Pinho, a manos de un indignado presidente Sócrates que incluso ha pedido luego público perdón al ofendido. Ya ven, todavía hay países en que hacerle la higa o simularle unos cuernos al rival político le puede costar el cargo y quizá la carrera política al desaprensivo. Lo que faltaba ya en nuestros hemiciclos –en el portugués,  por cierto, la traductora para sordos gesticulaba perpleja en el momento del suceso—era la introducción del lenguaje no verbal para enriquecer la panoplia de insultos. ¿Qué todo se andará? Pues quizá.

 

Del gesto de Sócrates en ese Debate de la Nación deberían aprender aquí muchos alabarderos que confunden la política con la riña y la legítima controversia con la agresión. No lo harán, probablemente, entre otras cosas porque, como va dicho, España disfruta hoy del mayor grado de lenidad imaginable en materia de injurias y calumnias, más por lo que concierne a los políticos que por lo que se refiere a los medios de comunicación. Aquí se ha dicho en un pleno del Congreso que el jefe de la Oposición era un “mariposón” y nadie ha movido un dedo, con ello se dice todo. Y sin gracia ninguna, que es lo peor. Porque todavía en las cortes republicanas había ‘ángel’. Un día cualquiera un diputado adversario espetó a Gil Robles, insinuando, posiblemente, algo parecido a lo del “mariposeo”: “Al fin y al cabo, todos sabemos que su Señoría duerme en camisón”. A lo que aquel líder pre/profascista contestó impertérrito y fulmíneo: “¡Qué barbaridad, qué indiscreta es la esposa de su Señoría!”. ¿Lo ven? Incluso en el rebuzno cabe, si media el talento, su cuota de gracia.

Empleos públicos

Parece que el departamento de Justicia y Administración Pública sacará esta semana su oferta de empleo público, es decir, las plazas de funcionario disponibles en los diversos cuerpos y categorías. A ver si ponen orden de una vez, porque en unas recientes oposiciones, de las 107 plazas convocadas ¡sólo se adjudicaron dos! y, por cierto, no por el procedimiento habitual, que consiste en la elección de vacantes por orden de los opositores aprobados, sino por el expeditivo procedimiento de adjudicarles dos plazas por las bravas. ¿Sería que esas 107 plazas nunca existieron y fueron sacadas a la fuerza por la coyuntura electoral? La Administración Pública necesita como el comer regular con seriedad el sistema de acceso y una actitud menos sumisa por parte de los sindicatos.

Paños calientes

De nada sirven los retorcimientos a la hora de interpretar los datos estadísticos del paro que suministra el Servicio Andaluz de Empleo (SAE), es decir, la propia Junta. Defender el pírrico descenso del desempleo, como ha hecho el inefable consejero del ramo, no es sino contribuir a la confusión una vez que sabemos que, desgraciadamente, Andalucía alcanzará a fin de año el nivel más bajo de su historia, un 30 por ciento de la población activa. Y en Huelva, ni siquiera eso, puesto que ha aumentado el paro en junio casi un 37 por ciento respecto al mismo mes del año anterior. La delegada haría bien en rebañar soluciones en vez de darle inútiles vueltas al manubrio. Al menos ella, porque del consejero, mejor no hablar.