Apoyo al polo

Parece que el PSOE apoyará a los trabajadores del Polo en el pleno de la Diputación, es decir, que hará justamente lo contrario de lo que hizo cuando quien lo proponía era IU o en las dos ocasiones en que la propuesta se planteó en el Ayuntamiento de la capital. Vale si lo propone el partido, no vale si la propuesta viene de otro: así de banal es la estrategia del PSOE onubense, definitivamente desnortado por su incapacidad para conquistar la alcaldía durante cuatro legislaturas. Está bien lo que bien acaba, de todas formas, incluso si se produce de esta inaceptable manera, porque la verdad es que no tenía el menor sentido que el partido “socialista obrero” negara su apoyo, como ha venido haciendo, a los amenazados trabajadores del Polo.

La segunda ola

Cuando el profesor Badiola, responsable del Laboratorio Nacional de Referencia, nos habló en las ‘Charlas de El Mundo’ de la gripe A (él se resistía a llamarla “porcina”) nos advirtió, como quien no quería la cosa, que estas pandemias suelen producirse en tres oleadas y que el peligro estaba en que una de ella coincidiera con los fríos del invierno, es decir, lo contrario de lo que, por fortuna, nos estaba ocurriendo a nosotros, pobladores del hemisferio norte, al que el virus llegó en la templada primavera. No sabíamos que iba a ocurrir cuando en sucesivas oleadas, la gripe se cebara en países durante el invierno, que es lo que está sucediendo (y él lo vaticinó, por cierto) en la inquieta Argentina de estos días en que, por vez primera, el peronismo ha sido derrotado en toda la línea. En efecto, las noticias que llegan, lejanas todavía de la catástrofe, son, en todo caso, más que alarmantes como lo prueban la dimisión de la ministra del ramo, el cierre de las escuelas en tres provincias, la previsión del estado de emergencia –reclamado incluso con urgencia por el vencedor de los Kirchner, el diputado Francisco de Narváez– , el colapso de los hospitales y centros de atención primaria y, sobre todo, la creciente cifra de defunciones, que ronda ya la treintena. Y todo ello ocurre justo cuando los expertos certifican que el virus en cuestión es un descendiente de la temible y mal llamada “gripe española” que asoló medio mundo al terminar la primera Guerra Mundial, es decir, en 1918. Se confirma, pues, la previsión epidemiológica y con ello se reabre el abanico del miedo mientras los Gobiernos tratan de ganar tiempo y algún laboratorio trabaja a marchas forzadas amasando otro fortunón a fuerza de vacunas. Los estudiosos de las pestes (Delumeau, entre otros) saben bien que esos azotes dejaron tras de sí, junto a la memoria de la desgracia, muchas fortunas sobrevenidas. Lo de que no hay mal que por bien no venga, se acaba justificándose siempre para algunos.

 

Nos hemos acostumbrado a menospreciar los riesgos en base a la teoría que, por sistema, invoca  el alarmismo como argumento, pero a la vista está que ése no es un procedimiento aconsejable. Pero por lo que respecta a esa gripe, parece claro, además,  que habíamos liquidado la cuestión un poco a la ligera y, desde luego, que su eventual irrupción futura en territorios sanitariamente desprotegidos podría abrir una página desastrosa en la crónica de estos inicios del siglo, posibilidad que por sí misma descalifica nuestro hiperoptimismo primermundista. En Argentina estamos asistiendo al segundo acto de un drama con vocación de tragedia al que nadie sabe todavía a ciencia cierta como oponerse, mientras esta ciudad alegre y confiada se distrae como puede. Resulta desolador pensar que todo lo que nuestra vertiginosa civilización posee hoy frente a estos grandes desafíos del destino se reduce a su capacidad de cerrar los ojos.

Tres décimas

La Junta cierra filas con el “Gobierno amigo”, dispuesta a aceptar lo que le echen en materia de financiación de las autonomías. Tres décimas, por ejemplo, es lo que ganará Andalucía si se aplica el baremo que propone el Gobierno, mientras todo apunta a que Cataluña –el apoyo decisivo de ZP en el Congreso—tendrá lo que quiera, más allá de sus protestas y quejas teatralizadas. El presidente andaluz llegó a decir que, bien hechas las cuentas, “tres décimas es bastante dinero”. Bastante: pocas veces un adverbio habló tan elocuentemente por sí solo.

Palos al agua

Demoledora la estadística de actuaciones de nuestros parlamentarios del PSOE, tanto en el Congreso como en el Parlamento regional. ¿Qué hacen, a qué dedican el tiempo libre nuestros ‘biempagaos’ representantes, aparte de intrigar en los pasillos? Cualquier currelante onubense que comparara su salario con el de estos privilegiados que cobran hasta por desplazarse, acabaría subiéndose por las nubes, sobre todo si tuviera en cuenta que aquellos sueldazos salen de sus impuestos. Menos mal que los diputados de la oposición superan con mucho la labor de sus oponentes, alguno de los cuales, como Barrero, ni se ha estrenado en lo que va de legislatura. ¿Será que no dan palo al agua? Pues puede que no, pero eso es lo que parece.

Delitos y penas

Sigo en la prensa americana –abismada estos días en el vórtice provocado por la muerte de Michael Jackson—el proceso de ‘Bernie’ Madoff, el mago de las finanzas que logró perpetrar la mayor estafa de la historia del dinero y acarrearnos con ella la crisis económica que padece el mundo entero. La pobre viuda no tiene quien la quiera, por lo visto, hasta le extremo de que le niegan el pan y la sal incluso en la peluquería, los hijos se ven rechazados por su entorno, ya ven qué desgracia, y el pobre viejito –que no lo es tanto, pues anda estrenando los 70—aguarda confeso ante un tribunal una condena que, en ningún caso, se espera inferior a los 150 años. Ni la astucia de evitar un juicio por jurado al declararse culpable de todos los cargos podrá evitarle, pues, la severidad de una sanción que ha de resultar leve, se mire como se mire, teniendo en  cuenta la enormidad de su delito y las vastas consecuencias derivadas de él, pero ahí están las voces reclamando indulgencia para el estafador y suavidades a la hora de aplicar una condena que no dejará de ser siempre ridícula si se considera el daño causado. Hasta el juez del caso ha autorizado a Madoff a prescindir durante la vista de su traje penitenciario, para lucir en su lugar un atuendo acorde con la condición social del gran delincuente que pesa sobre la opinión a pesar de los pesares. La misma opinión que suele manifestarse implacable con los pringadillos ligeros de manos, se allana ante al imagen “respetable” del viejo zorro que logró embaucar a los ricos del mundo arruinando de paso, directa o indirectamente, a tantos millones de personas enteramente ajenas a sus exclusivos manejos. El capitalismo sin rostro reclama, una vez más, el anonimato y, en su defecto, una lenidad que, ciertamente, no merece esa delincuencia mayúscula. Si Madoff muriera en prisión, como lamenta por adelantado su defensor, no supondría más que lo lógico en un sistema que calcula las penas en función de los delitos.

 

Nadie discutiría, en principio, que los grandes delitos merecen grandes penas, y sin embargo, ese principio obvio quiebra con estrépito cuando se difracta en el prisma equívoco de la opinión, del que sale dividido entre un rigorismo y una benevolencia difíciles de conciliar. En USA se vive estos días esa tensión que, por un lado, considera la dureza que supone una condena perpetua en la práctica, y por otro no olvida los miles de presos perpetuos que han consumido sus vidas entre rejas por delitos incomparablemente inferiores. He visto estos días, por ejemplo, cien imágenes de la pobre (¿) viuda Madoff atravesando su desierto particular, pero no he visto nunca la de tantas otras como han debido compartir olvidadas las penas de sus maridos. La Justicia americana tiene ante sí una prueba tanto más decisiva cuanto más elemental resulta la causa que se le somete, pero la opinión pública, sin duda, también.

Sociedad subvencionada

Leo entrecomillada la frase del Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo: “Las asociaciones andaluzas son rehenes de la Administración”. Y su explicación: eso es así porque “han ido perdiendo independencia al depender exclusivamente de subvenciones y fondos públicos”. La cacareada “sociedad civil” no existe porque la ahoga la influencia política. Desde un colectivo a gay a los grandes sindicatos pasando por los grupos vecinales, toda asociación vive aquí del presupuesto público, lo que las convierte en terminales más o menos sometidas de la Junta. El poder no quiere competencia y la evita comprándola. Esa denuncia del Defensor explica mejor que un tratado el fracaso cívico de esta sociedad.