Empleos públicos

Parece que el departamento de Justicia y Administración Pública sacará esta semana su oferta de empleo público, es decir, las plazas de funcionario disponibles en los diversos cuerpos y categorías. A ver si ponen orden de una vez, porque en unas recientes oposiciones, de las 107 plazas convocadas ¡sólo se adjudicaron dos! y, por cierto, no por el procedimiento habitual, que consiste en la elección de vacantes por orden de los opositores aprobados, sino por el expeditivo procedimiento de adjudicarles dos plazas por las bravas. ¿Sería que esas 107 plazas nunca existieron y fueron sacadas a la fuerza por la coyuntura electoral? La Administración Pública necesita como el comer regular con seriedad el sistema de acceso y una actitud menos sumisa por parte de los sindicatos.

Paños calientes

De nada sirven los retorcimientos a la hora de interpretar los datos estadísticos del paro que suministra el Servicio Andaluz de Empleo (SAE), es decir, la propia Junta. Defender el pírrico descenso del desempleo, como ha hecho el inefable consejero del ramo, no es sino contribuir a la confusión una vez que sabemos que, desgraciadamente, Andalucía alcanzará a fin de año el nivel más bajo de su historia, un 30 por ciento de la población activa. Y en Huelva, ni siquiera eso, puesto que ha aumentado el paro en junio casi un 37 por ciento respecto al mismo mes del año anterior. La delegada haría bien en rebañar soluciones en vez de darle inútiles vueltas al manubrio. Al menos ella, porque del consejero, mejor no hablar.

Idea de Europa

Me dice alguien que la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo que ha dejado fuera de combate al submundo etarra reafirma la realidad de Europa, es decir, nuestra condición europea. Le digo que confirma y define, a un tiempo, porque la verdad es que, en buena medida, el retraso funcional, práctico, de la Europa ahora unida se debe, sobre todo, a la vaguedad de su concepto. Una sentencia como ésta nos revela la realidad de una comunidad jurídica y, en consecuencia, también moral y ética, que es algo infinitamente más convincente que la existencia de un colectivo mercantil –la llamada “Europa de los mercaderes”—que, al menos sobre el papel, no era ya novedad desde el siglo XVII. El maestro Adrados nos ha enseñado que Europa fue al principio sólo un concepto geográfico que sólo muy lentamente se irá cargando de contendido ideal, una idea que él simboliza en la imagen de la cebolla formada por capas sucesivas –la herencia clásica, la cultura medieval, el decisivo aporte del Cristianismo–, una aventura que culmina el humanismo y la Ilustración define de cara al futuro. Más allá del ámbito, Europa es la idea: la idea que, cerrada ya en pleno siglo XX, implica un conjunto de valores, toda una axiología sincrética pero eficacísima a la que con todo derecho debemos llamar nuestra ‘civilización’ genuina, realenga. Un espacio humano voluntariamente sometido a una ley común constituye, de hecho, una nación en el sentido más propio. Esa sentencia ha hecho más por el proyecto continental que todos los avances institucionales juntos.

 

Explica Adrados que Europa fraguó no sólo por la acción de fuerzas históricas favorables sino, sobre todo, por su reacción instintiva (y racional) ante esos “enemigos que unen”, en nuestro caso, señaladamente, el Islam pero también, eventualmente, cualquier otro factor desafiante. Lo que fue mito antes que geografia y geografía antes que civilización, acabó erigiéndose sobre un cimiento moral común, base de un proyecto de vida social compartida, y ésta, la vida, reclamó un orden normativo capaz de garantizar el equilibrio entre las partes, tan diversas, de ese conjunto histórico y, en ese sentido, artificial. La Europa cultural se adelanta, como ha hecho siempre, a la Europa política, se impone como una realidad práctica nutrida en el meollo mismo de la utopía, y es el derecho, el gobierno moral y político del vivir cotidiano, la avanzadilla que abre camino a los pueblos. Nos sentimos hoy más europeos –lo fuimos desde muy antiguo, antes que muchos otros—porque acatamos el fallo distante pero íntimo de un tribunal sin fronteras. Y nos suena mucho más cercano y comprensible el anuncio de Hugo: hoy día existe una nacionalidad europea como en tiempos de Ésquilo hubo una griega. Si me apuran, y a este paso, quién sabe si incluso mucho más cohesionada y eficaz.

Malas perspectivas

Mala cosa la estrategia de dejar correr el tiempo en espera de mejores perspectivas, pero si cabe confiar en que el remonte de otros nos saque del pozo. Ahora viene el parón veraniego y poco cabe esperar de los políticos, pero tras las vacaciones vamos a enfrentarnos a una de las peores coyunturas que jamás haya vivido nuestra comunidad: la de soportar un millón doscientos mil parados, es decir, el 29 por ciento de la población mano sobre mano (en teoría). ¿Y qué medidas proporcionadas a esa catástrofe han adoptado el Gobierno y la Junta? Pues ninguna que merezca la pena. La crisis es mucho más dramática en Andalucía que en cualquier otra región mientras los poderes están, sencillamente, a verlas venir.

Argumento que no cuela

No se le ha ocurrido nada mejor a la presidenta de la Diputación al verse sometida a una moción de reprobación por iniciativa del PP y a propósito del evidente dispendio que ha supuesto el gasto suntuario en la nueva “sede bis” de la casa, que acusar a los reprobadores de machistas, antidemócratas, lamentables, mezquinos y no sé cuantas cosas más. Una pasada pero, sobre todo, un cuento muy viejo, ése de machista, que vale ya lo mismo para un roto que para un descosido siempre que la señalada sea una mujer. Y un cuento inútil porque la inmensa mayoría de los onubenses asume que el lujazo de la sede presidencial es intolerable. No tiene sentido sexualizar el debate cuando aquí lo que se discute es la insultante y reprobable prodigalidad de unos políticos en plena crisis.

La fiebre del oro

Desde que estalló la crisis económica prolifera por doquier la compraventa de oro. Abundan los anuncios callejeros que ofrecen buenos precios, hay reclamos en Internet incitando a protegerse con esa inversión segura y en la tele se han hecho habituales los reportajes que muestran al personal vendiendo su joyero como remedio de urgencia o empeñándolo previsoramente en espera de tiempos mejores. El oro, y otros metales preciosos, por supuesto, se presenta en esas propagandas como un “refugio seguro” en tiempos de turbulencias financieras, algo así como un “refugio natural” ante los riesgos generados por la amenaza de deflación y recesión global, lo cual no es ni más ni menos que la vieja idea ‘mercantilista’ que, hace siglos, cifraba la riqueza en la posesión de esos metales (Hume, Colbert, Adam Smith) frente a la actitud “fisiócrata”, que veía en la tierra el factor básico y decisivo de toda economía (Quesnay o Turgot). Parece probado que desde los tiempos más remotos el oro constituyó el ideal de riqueza, pero la nueva fiebre que comento responde más bien al sentimiento de inseguridad radical desatado por una crisis que ha forzado a cuestionar todo un sistema económico puesto patas arriba por sus efectos. Lo último en esta materia es, por el momento, la instalación en el aeropuerto de Frankfurt del prototipo de la máquina dispensadora de lingotes y monedas de oro que pronto podrá utilizarse también en centros comerciales, y que ofrecerá al inseguro la ocasión de hacerse con ese bien presuntamente inalterable, a un precio inferior al de la cotización oficial y que se revisa varias veces al día. Tratándose de un pueblo como el alemán que ya ha perdido un par de veces hasta la camisa por fiarse del Estado y las finanzas, la cosa tiene, desde luego, su explicación.

 

¿Pero por qué vendería Solbes a Rusia, entonces, las reservas de oro del Banco de España no hace más que un par de años, si todo hacía prever ya que el debilitamiento del dólar y la amenaza de inflación llevarían a muchos ahorradores a refugiarse en aquel metal cuyo precio en el mercado internacional viene subiendo en términos tan convincentes? Solbes dijo que para convertir un activo no rentable (¿) como el oro en bonos de renta fija, pero lo cierto y verdad es que desde que lo dijo la demanda mundial de oro se ha multiplicado por cinco y va de máximo histórico en máximo histórico, incluso antes de que entren en funcionamiento esas maquinitas para coleccionistas y aficionados. Hay expertos que sostienen que el ideal es invertir en oro el 15 por ciento del patrimonio personal o familiar pero también hay ya por ahí cocineros que emplean el oro en sus más exclusivos mejunjes. Después de Virgilio, los romanos hablaban de esa  “Auri sacra fames”. Siglos más tarde, por lo visto, seguimos en las mismas.