El gran chiringo

El Gobierno desiste de acudir a la expropiación del hotel de El Algarrobico –la mayor tropelía jamás perpetrada en la costa andaluza—y más todavía, por descontado, renuncia a coger la piqueta. Debe de haber mucho busilis dejado de ese negocio para que Ayuntamiento y Junta encajen impávidos las graves acusaciones que le ha hecho la Justicia y para que el Gobierno indulte de la noche a la mañana a un  alcalde condenado por delito electoral. Poco queda del propósito expresado en su día por la ministra Narbona, consecuente con la obviedad y decidido a impedir un atropello semejante. Pero ¿qué habrá bajo o tras ese proyecto que la Junta traga carros y carretas con tal de no incomodarlo? Eso es lo que debería investigar el Parlamento autónomo pero, sobre todo, el Congreso que se supone que controla al Gobierno de la nación.

Nunca mais

Llevábamos razón cuando informamos, en agosto del 2004, mientras ardía sin remedio el monte en media provincia y Chaves proseguía impávido su veraneo, que la superficie siniestrada era mucha mayor que la que la Junta se empeñaba en hacernos creer, concretamente, 35.626 hectáreas y no 27.839 como sostenía contra viento y marea (nunca mejor dicho) la versión oficial. Lo dice ahora el Fiscal y aunque la constatación llegue un poco lejana, supone un motivo de satisfacción para el periódico haber debelado una vez más los cuentos de la Junta. Casi todo en aquella catástrofe se gestionó mal, pero tratar de engañar a la opinión (no queremos creer en la hipótesis de la incompetencia) debería ser algo inadmitido en una democracia.

El rey negro

Tras la muerte del presidente gabonés Omar Bongo en una clínica barcelonesa circulan por todas partes numerosas leyendas, que a lo peor no son tales, y que afectan a la imagen realmente fabulosa del viejo tirano, a la fortuna inaudita que deja tras de sí y al enigma de una sucesión, por supuesto familiar, que habrá de dilucidarse entre los diversos grupos que forman los deudos de su extensa familia. El caso de Bongo no es extraño, ciertamente, ni por sus métodos ni por sus resultados, sino probablemente casi un arquetipo de lo que ha llegado a ser el poder en el horizonte postcolonial africano, donde las “monarquías” de hecho se multiplican ante la vista gorda o incluso la complacencia de las potencias protectoras (a los funerales de Bongo se ha desplazado Sarkozy acompañado de Chirac), que son las grandes beneficiarias de este crimen de lesa humanidad que ha supuesto la generalización de la hegemonía de las elites locales, auténticos monarcas absolutos del atormentado continente. Bongo, para que se hagan una idea si no conocen el tema, ha gobernado con mano de hierro durante medio siglo un país, Gabón, poblado por un millón y medio de habitantes, de los que un 58 por ciento es analfabeto, y lo ha hecho de manera que todo el aparato del Estado quedara en manos de su clan familiar, una caterva inacabable, como puede sugerir el dato de que deja reconocidos 70 hijos entre las numerosas hetairas de su harén. El protocolo lo ha tenido crudo a la hora de colocar esa inacabable presidencia en la que el hijo predilecto era a su vez ministro de Defensa, una hija jefa del negocio petrolero, su hija más cercana administradora de su fortuna y hasta el jefe de la “oposición” no era otro que su distinguido consuegro. Bongo le cambió el nombre a su pueblo natal para ponerle el suyo y cuentan que pagó a un intermediario muchos millones de euros a cambio de una entrevista con Bush. Probablemente ni los reyes más absolutos de nuestra historia pudieron imaginar semejante secuestro de un país.

 

Pero Bongo no ha sido sino un caso más en la regla africana y, por supuesto, otra creación de la complicidad occidental, sobre todo de Francia, arrastrada por la tentación de sus reservas de crudo, por sus minas de oro, por sus yacimientos de magnesio y por sus bosques sin leyes. Como Bocassa, como Idi Amin Dadá, como Mobutu, como Obiang, como Sassou-Nguesso, como Mugabe, como Gadaffi, como Kabila… Esos reyes de oro son los hombres de paja del mundo llamado “libre”. De sus robos y de sus crímenes no sólo ellos tendrían que dar cuenta si es que alguna vez llegara esa hora

La lonja política

Lo curioso no es, por supuesto, que un partido trate de comprar un concejal adversario para ganar poder, como acaba de hacer, según dicen, el PSOE en Ayamonte y perpetró hace poco en Ronda, sino que hechos tan antidemocráticos y golfos pasen sin más por la actualidad, casi sin dejar rastro, como si se tratara de algo asumido y secundario en lugar de un delito de lesa democracia. Huelga hablar de los tránsfugas –por todos deseados, por todos pagados, no se olvide—porque lo que de verdad habría que plantear es que este negocio traicionero de la compra de políticos pasara directamente al Juzgado y tuviera penas proporcionadas a su encanallada condición.

Caras de cemento

Hace falta tener la cara dura para montar la comedia lepera que ha montado el PSOE al exigir al Ayuntamiento “popular” que despida a cien trabajadores, ese presunto “ejército de agentes electorales” que ven con claridad los mismos que, mientras mandaron, no veían nada, y que en el día de hoy siguen sin ver en la Diputación el mayor escándalo clientelar que se recuerda en la historia del caciquismo onubense, o en la Junta un auténtico pesebre sin fondo. ¡El PSOE hablando de clientelismo electoralista! Era lo que nos quedaba por ver en esta castigada provincia en la que menos mal que los parados desconocen el número real de paniaguados que viven de la nómina pública.

Obama y la bandera

El presidente Obama se está revelando como un moderno anclado cómodamente en la más acrisolada tradición. Consideren si no la providencia de festejar la “Semana de la Bandera” que acaba de proponerle a un país en el que, ciertamente, el respeto y homenaje a la bandera no necesitan estímulos, porque sus ciudadanos no han discutido nunca ese símbolo común que puede verse en los balcones de la Quinta Avenida lo mismo que sobre los ladrillos de Harlem, en la catedral de San Patricio igual que en los jardines privados. Muchos ciudadanos izan y bajan con unción la bandera a diario en el mástil situado a la puerta de la casa, convencidos de que la bandera no es seña particular de nadie sino símbolo colectivo que concierta en un consenso básico a republicanos y a demócratas, a blancos y a negros, sin distinción de clases ni estatus. Es la expresión de un  patriotismo elemental que confiere su sabor específico a la democracia tocquevilliana y que en los momentos graves suena a rebato convocando a la unidad sin fisuras. No hay complejos en los EEUU como lo hay en España, por ejemplo, a la hora de honrar a la bandera, una prenda que, según Obama, representa “los valores más elevados de la tolerancia” aparte de ser “memoria y guía del país”. No sé que pensará el neoyanquismo zataperista y planetario, pero van a tener que andarse con ojo con un patriota de una pieza que acaba de emplazar a su nación de naciones –que ésa sí que sí—para “celebrar nuestra herencia y recitar públicamente el juramento, en casa y en cualquier otro lugar”. Sí, ya sé lo del “refugio de los canallas” que dijo Samuel Jonson y aquello otro de Léautaud de que si el casorio hace cornudos, el patriotismo hace imbéciles, pero me quedo junto a Montesquieu que identificaba la patria con el aire que se respira. Los yanquis son unos grandes patriotas. Aquí va a tenerse que levantar todo el mundo al paso de las banderas.

 

Modernidad y tradición. Obama aspira a reunir ambos perfiles en un solo rostro, como un Jano mestizo situado a las puertas del futuro, que quién sabe si acabará por poner de moda el patriotismo incluso en la vieja Europa. En España hemos vivido semanas e incluso guerras de banderas, en algunos casos recientes e inventadas, pero el culto a la nacional ha sufrido tal ataque que se ha visto identificado sólo con la mitad de la majada. Y puede que todo eso cambie ahora que el amigo más deseado jura su bandera como un guardamarina y no quiere bromas con su significado. ZP ya no podrá quedarse sentado más al paso de las barras y estrellas, y hasta puede que lleguemos a vivir una nueva era patriótica pasada hoy por la modernidad como antiguamente por el manto de la Pilarica. Me veo a la Pagin con la escarapela en la solapa. Para algunos, no  hay bandera más convincente que una nómina.