El pastor y el lobo

La alianza de la izquierda con la derecha en la segunda vuelta de las regionales francesas ha dejado a la ultraderecha francesa con la miel en los labios a pesar de sus excelentes resultados. No hay que extrañarse ante este tipo de alianzas pues son las mismas que, obedeciendo al patrón americano de postguerra, impidió al PCI, a los comunistas de Pepone frente a los democristianos de don Camilo, gobernar con sus mayorías. En resumen, desde ayer cuarenta millones de gabachos van a ser gobernados por los bisnietos de De Gaulle, mientras que otros veinte quedarán bajo la jurisdicción de una izquierda que ha perdido el norte pero no el sentido común que demuestra al evitar, en segunda instancia electoral, que el Antisistema se apodere del Poder. Clama el primer ministro socialista avisando de que están ahí, de que se han quedado en la puerta, cierto, pero los lepenistas y sus apocalipsis no han logrado entrar a saco en el gobierno de una sociedad mayoritariamente jacobina que sabe bien lo que costaría a corto y largo plazo volver a Vichy, abismarse en el chauvinismo y salir escapados del euro. En las democracias asentadas, el votante valora unos riesgos que en las novatas aparecen como alicientes, aparte de que si la derecha francesa anda un poco a verlas venir, la izquierda está desfondada, falta de proyecto, resignada a la hegemonía neoliberal y al pensamiento único que llega, como un ventarrón lejano, desde el Imperio yanqui y sus primos británicos. A los rabadanes les dio tiempo, una vez más, a cerrar la majada, pero el lobo sigue ahí.

Aquí en España la izquierda radical –el “leninismo amable” que ofrece Podemos—ha ido rebajando su programa hasta desfigurarlo casi por completo, y a la izquierda convencional no le queda en el ideario más instrumento que el improperio, un vago proyecto frentepopulista por completo inviable en el concierto europeo y poco más. Y eso es lo malo, porque sigue sin aparecer esa conciencia política superior que permite balancearse, como en Francia, en el alambre posibilista y salvar los muebles a dos manos llegado el caso, que no sería extraño que se llegue antes de que cante un gallo. La izquierda con su “enfermedad infantil” y la derecha con su arterioesclerosis hacen imposible lo que en Alemania es una obviedad y en Francia una costumbre. Le Pen se ha equivocado de país eligiendo al suyo para su experimento extremista. No quiero ni pensar en lo qué podría haber ocurrido si llega a caer por aquí.

La ley y la trampa

Dicen los controladores del gasto autonómico que la Junta dribla a la norma de contratación dividiendo por lo que haga falta los contratos para su fácil ingestión. Un contrato de cien millones, un suponer, no cabe por la puerta estrecha del ordeno y mando, pero si lo dividimos en veinte de a cinco cada uno, no hay cedazo que los pare. Parece ser que, en tres años, esa práctica ha aumentado desde 439 casos a 816, en especial, según dicen, por parte de un SAS que a poco acaba contratando jeringa por jeringa. Lo asombroso no es que haya escándalos, sino los pocos que hay en esta Jauja opulenta en la que trapicheo es la norma y la ley la excepción.

El debate “Decisivo”

Confieso mi sorpresa ante los diagnósticos del “debate decisivo” organizado por Antena 3. ¿Por qué dirán algunos que lo ganó un chisgarabís como Iglesias, por qué se atribuirá Sánchez el triunfo a sí mismo? Todavía ando desconcertado por la exhibición psicosociológica que hicieron los vehementes invitados para comentar la jugada: que si las corbatas rojas, que si los tacones de las damas, las pobres, que si el boli del bolivariano, que si el manoteo nervioso de Rivera, que si los atriles y los taburetes… A mí lo que se me ha quedado es la clamorosa evidencia de que en ese debate vacío –cuatro críticas consabidas y tres puñalaítas traperas poco significan—no contendían cuatro candidatos sino tres contra uno, todos contra el PP, que la sombra de lo acordado en el Tinell es alargada. Elorza ha revelado luego ese cliché en El País mostrando su inanidad ideológica y titulando su crítica “El lenguaje del engaño” para afirmar que en esos montajes, “el discurso político se convierte en un permanente y empobrecido monólogo”. Se ve a la legua que el acuerdo tácito de no pisar terrenos peligrosos, el designio de ambigüedad, la voluntad retórica en la que los tópicos se amontonan esmeradamente. Ya verán como, al final, el “debate decisivo” no era aquel sino el que enfrentará a un curtido Rajoy con un Sánchez declinante. Otra cosa será, sin duda, el debate de hoy.

¿Y cómo podría ser de otro modo si todos y cada uno de los contendientes forcejean para hacerse un sitio en el Centro liberal, ése “topos” elástico pero exigente que anula, de hecho, la fecunda bipolaridad ideológica para convertirlos a todos a la fe manchesteriana, y que es teledirigido desde Bruselas y vigilado por la “troika”? Los lilas somos nosotros, quienes dedicamos un par de horas sedentarias a escuchar el insulso forcejeo de esos profesionales del Poder, como si no estuviera claro que la única política posible en este momento europeo es la que hace el PP, es decir, como si no estuviera claro que Sánchez se balancea en la cuerda floja, que Rivera maquilla la propuesta liberal y que los de Podemos rebajan su programa –¡el programa que ha defendido Julio Anguita!—hasta situarlo a ras de la racionalidad del Sistema. Lo malo de que hayan roto a España en cuatro es que no ha de servir para nada, pues gobierne quien gobierne tras el 20-D tendrá las habas contadas. Hoy veremos lo que dicen los mandamases. Y luego iremos a votar a ciegas, a ver qué nos queda.

Postal de invierno

Cada día, al salir de casa, me espera mi amigo el mendigo. Es un hombre de edad mediada, bien apersonado, tímido y simpático, que se ha propuesto disimular su profesión. “¿Qué es de tu vida?”, le pregunto invariablemente. E invariablemente él me responde: “Nada, aquí tranquilito. Es que me han invitado a comer…”, glorioso eufemismo para esconder en lo posible su atroz dependencia. En su sátira feroz de la burguesía, Léon Bloy, el amigo de Villiers y de Barbey, hace una espléndida defensa de la mendicidad, “puerta de los humildes”, y del mendigo, ese “peregrino de lo absoluto” que encarnará en todas las civilizaciones su misteriosa índole: “¡Desgraciado quien no ha sido mendigo” –llega a decir si no recuerdo mal–, no hay nada más grande que mendigar; Dios mendiga, los ángeles mendigan, los reyes , los profetas y los santos mendigan”, llega a decir ya embalado. Pero mi amigo mendigo no gasta estas teologías, embutido en la ropa que de vez en cuando le da algún generoso, la mano siempre tendida en el portón de la iglesia. “En verano es más fácil –me confiesa al bajar la guardia–, pero en invierno hay que andar listo para coger un rincón en algún asilo público, aunque a mí no me gustan esas compañías, ya ve usted, porque nunca se sabe…”. ¡El invierno del pobre! No sé a ciencia cierta cuántos “sin techo” se acomodan en nuestros umbrales, en los cajeros que logran ocupar, en los recovecos que ofrece la ciudad secreta, pero no tengo duda de que su marginación es irremediable. La enérgica batidora que es la sociedad abierta los centrifuga sin remedio.

El otro día hemos tenido que espantarle a un competidor joven y más fuerte que ocupó su lugar en el atrio del templo. ¡Hasta esa especie alcanza la “evolución” con su convincente “struggle for live”, la lucha por la vida, la inevitable ferocidad cotidiana, porque en ningún oficio la solidaridad es más vulnerable. Mi amigo sabe que no hay otra ley que rija en su submundo, sólo en la vida como está, rechazado de todos como un ciudadano eventual, descalificado por su parasitismo que él oculta como puede escondiendo pudorosamente los sabañones de sus manos ateridas. Mala prensa han tenido siempre los mendigos, acusados desde nuestro Barroco de “pobres fingidos” en perjuicio de los “verdaderos pobres”. En invierno, la orgullosa “sociedad abierta” no deja de ser un club con acceso restringido. Mi pobre amigo lo sabe y lo acepta como la sombra entrañable del hidalgo de gotera.

El dinero europeo

Desde el principio de su gestión, la Junta de Andalucía manejó sin complejos el dinero que nos envía la Unión Europea. Ha debido bregar por ello con no pocas inspecciones que venían desde Bruselas alertadas por ciertos incumplimientos y, seguramente, atraídas por el ruido de nuestras incorregibles corrupciones públicas. Y ahora es la propia Cámara de Cuentas la que pide a los órganos junteros que “extremen el rigor” a la hora de tramitar expedientes en los que se juega esa ayuda continental, especialmente –dice la Cámara—“en los que pudieran afectar a la transparencia del proceso de adjudicación”. El desgobierno y el nepotismo del “régimen” pone en peligro hasta ese apoyo que ha resultado clave para la mejora de nuestra sociedad. Ellos dirán que, mientras sigan ganando en las urnas, lo mismo dan tres que trescientas.

Mi querida España

Cuando Antonio Elorza, el catedrático emérito que, como jefe de Departamento, ha sufrido desde que eran estudiantes a Iglesias y su grupo de podemitas, vino invitado a las “Charlas de El Mundo”, tituló su intervención con el título ramirista de “La conquista del Poder”, y resumió el interés de los “emergentes” con una sola frase: “Tienen una desenfrenada ambición de poder”. ¿Y quién no la tiene en política? En el “debate decisivo” del lunes pudimos comprobar que ese ansia de poder que ha mantenido a España demedia durante treinta años largos, ha conseguido ahora desgajarla en cuatro ambiciones cada una de las cuales se postula para presidir el Gobierno de la nación, no en virtud de sus respectivas ofertas sino por el mérito relativo que supone ser menos malo que el rival. De creerlos, todos van a salvar a España de sus competidores pero ni siquiera son capaces de jugar bien con los números y cuando lo hacen, se limitan a mostrar los números rojos del adversario para desacreditarlo ante sus eventuales votantes, pero sin mostrar nunca la nueva y salvadora ecuación que todos prometen. España en el corazón, España en el bolsillo, mi querida España, la vieja madrastra que cocina laboriosamente para todos ellos pero que ni aparece en la pantalla porque, para los políticos, España son ellos ante todo y sólo a título retórico podría serlo también el mapa real donde conviven los saqueadores con los desheredados, todos agrupados en un Centro imaginario en el que cuecen hasta deshacerse los respectivos integrismos.

Nadie gana esos debates –salvo para la hinchada respectiva—en que se escamotean los problemas reales y las palabras sustituyen a los hechos, las promesas a los compromisos y el gesto al argumento, lejos todos del ciudadano seducido o escéptico que con su voto prolongará una función siempre de reestreno, admirable el truco del bolígrafo de Iglesias, ojo con el color de las corbatas, que hay que ver lo que habrán sufrido las hembras con los tacones, total, los pies fríos y la cabeza caliente. La política era ya así con Pericles y con Cicerón, con Olivares y con Cánovas. A Franco le gritó un mandado en Sevilla: “¡Franco, haz la revolución!”; y Franco se volvió a ciegas hacia esa voz para replicarle: “¡Ya la estamos haciendo, hace veinte años que la estamos haciendo…!”. Recordé ese incidente mientras asistía a aquel diálogo para sordos sobre mi querida España, partida en cuatro cuartos.