Carta a los Reyes

Me cuentan que hoy por hoy –quien me lo dice es un psicólogo afamado—los niños apenas creen en los Reyes Magos. Como el psicólogo es de Sevilla y hablamos un dialecto común añade: “Hoy ya no cree en ellos más que el Ateneo y El Corte Inglés”. No lo sé, para qué voy a decir otra cosa, pero he estado pendiente de mi nieto quien le ha escrito una misiva creo que a Melchor pidiendo una equipación de Pau Gasol, la criatura, aunque me ha parecido ver en sus ojos, mientras yo hacía como que me empapaba la carta, una sombra de duda cartesiana, o mejor quizá, de desconcierto spinoziano, reflejo, con toda seguridad, de su inocencia perturbada por la malicia escolar. A mí no se me ha olvidado la expectación y el pálpito que nos despertaba la espera de los regalos que, en el mejor de los casos, venían a ser una broma comparados con la ofrenda que hoy reciben nuestros pibes, y por eso mismo me parece que poco gana la puñetera secularización quitándoles de la cabeza la ilusión a los niños de buena voluntad que pronto habrán de enfrentarse, ya sin escudo ni adarga, a la dureza de la vida. ¿Creen o no creen nuestros zangolotinos y, en el segundo caso, cuál es la causa de su fingimiento? Tampoco tengo ni idea aunque no me parece arriesgado apostar a que esa inocencia más o menos fingida es una cosa tan seria como que viene a confirmarnos la convicción de Ernst Cassirer de que el hombre es un animal simbólico que no vive sólo de pan, abismado mientras mantiene fiel la inocencia a su maquinaria electrónica, dale que te pego a la Nintendo 3-Ds o a la Wii U Premium, esos desgalgaderos de neuronas.

Me temo que en la sociedad post-industrial o “de servicios” ya no valdrán las componentes míticas que formaban parte de la socialización del niño por lo menos hasta que Sapiens Sapiens puso el pie en la Luna, entre ellas la expectativa ante la visita de unos Magos buenos cuya tarea era mantenerles en vilo la emoción, si acaso formando oligopolio con Papá Noël, ese invento protestante que bajó del frío. Y eso no me parece bueno ni mucho menos, ya que la inocencia es un bien escaso y, en consecuencia, deberíamos tratarla con prudencia económica. Mi nieto me observa mientras leo la carta: como los viejos filósofos quiere comprobar su secreta hipótesis consultando el oráculo del Otro, inseguro ante la vidriosidad de la razón propia. La estrella de Belén se eclipsa inundada por el reflejo de la supernova secularizadora. Nuestra galaxia es un pañuelo.

La prima de Ibex

Nada más conocerse el insensato resultado de las generales, a la prima de Ibex le ha dado un pasmo. Y de Ibex, para qué hablar: se ha caído por su escalera cuatro peldaños abajo. Cómo habrá sido el susto, que desde Arcadi Espada a Susana Díaz han sugerido, clamado más bien, por una “segunda vuelta” que no existe más que como repetición de los comicios y ésa sería una solución casi prohibitiva con tanto buitre marcándonos desde las alturas financieras y tanto inversor temeroso del poder del dios Dinero. Nos ha caído una buena, porque la realidad es que el hombre moderno –en rigor debería decir “el hombre y la mujer” modernos, pero me mantengo firme en la ortodoxia académica del “masculino genérico”–, no lo gobierna ya desde lo alto la providencia ni desde aquí abajo la Madre Naturaleza, sino esa prima misteriosa a la que nadie conoce y todos temen, que se rila en cuanto los políticos hacen alguna tontería de las suyas y hacen que se tambalee o, al menos, que se estremezca el bululú. A la prima, en efecto, le ha dado un síncope al escuchar al escuchar a los Podemos recuperar el lenguaje bolivariano –“¡Incáutese, carajo!—y al ver a los curanderos de Ciudadanos caer fulminados por su propia estrategia, mientras Sánchez intenta antes que nada taponar el salidero y Rajoy se retuerce como el gran Houdini conteniendo la respiración como un suicida heroico. ¡Esto no se lo merece ni España, oigan, por más que a cinco millones de celtíberos se le haya escapado la olla! Eso sí, se comprende la jindama de la prima ante el caos provocado por este previsible Big Bang.

A ver quién va a invertir ahora en este corral de cabras mientras la Colau siga siendo nuestro gran referente. A ver quién los tiene tan bien puestos como para no lanzarse a vender sus acciones o a esconder el calcetín en el tubo de la chimenea. ¿Se figuran a España con un tri, cuatri o pentapartido, la inmensas mayoría descorbatados y partidarios de la voladura, aunque sea incontrolada, del Sistema? Yo comprendo a la prima, la verdad, y así se lo he dicho a ella, como comprendo al pobre Ibex por muy trapacero que sea. ¡Vamos, cómo será la cosa que hasta coincido son doña Susana en lo de forzar una “segunda vuelta” y que caiga el que caiga…! Esos novatos creían que existen los duros a dos pesetas y han bastado veinticuatro horas para probar lo contrario. Nos han achuchado hasta meternos a todos en un autobús con el motor calado. Verán como ahora ese desastre no tiene padre que lo reclame.

Beguin the Beguine

Lleva razón doña Susana al sugerir un nuevo ensayo electoral. Que a ella lo que le duela es que por poco la pilla el PP en su persecución, no le quita sus buenas razones porque, la verdad, esto no hay quien lo baraje mientras el futuro Congreso se perfile como una jaula de grillos majaretas. Lleva razón doña Susana, ya digo, al margen de su intención oculta, a la que tiene derecho como cualquier peatón/a. Una parada en seco a estas alturas podría resultar catastrófica para España –¡e imagínense para nuestro vagón de cola!—sobre todo ahora que le han pinchado el globo a Ciudadanos y el acento borde de Maduro se ha apoderado de los efebos y las ninfas de Podemos. ¿Qué una “segunda vuelta” haría tambalearse a las finanzas? Ya, pero ¡anda que gobernar a tres o cuatro manos!

Malos tiempos

Nos han abrumado durante la Semana Santa las nuevas lamentables. Un desequilibrado sin el debido control, tras parapetarse premeditadamente en la cabina, precipita un avión con centenar y medio de criaturas sobre un valle escarpado de los Alpes franceses. Nada menos que cuatro grupos fanáticos profanan el Miércoles Santo con otros tantos atentados suicidas o no dirigidos contra los cristianos. Varios parricidas se llevan por delante a sus mujeres, en algunos casos suicidándose a continuación. Una pareja de inmigrantes rumanos trata sin éxito de vender a su hija recién nacida y concebida para tal fin y otra de “lobas solitarias” es interceptada por la policía en USA cuando preparaban una campaña de bombas. Hay más, muchas más noticias de esa índole, como si se tratara de refregarnos la evidencia de que el Mal no sólo existe –muchas teodiceas lo vienen negando desde tiempos inmemoriales—sino que tiene sus “temporadas altas”, sus funestas mareas difícilmente comprensibles para el hombre normal, que no es un lobo para el hombre, como querían Plauto y Hobbes, ni mucho menos. Es un enigma eso del Mal, aunque tenga rostro y voz propia muchas veces, como bien supieron Hannah Arendt o Primo Levi, hasta el punto de que en ocasiones parece que mueve al mundo cierta algofilia, esto es, la aceptación alegre del Mal, el regocijo incluso ante sus efectos, o acaso que el sadismo no es una enfermedad rara sino una afición dispersa en una sociedad enloquecida. ¿Mano dura? Bueno, es posible, pero hemos llegado a un punto en que dudo de que bastara con aplicarla.

Hay quien, como Rüdiger Safranski, sostienen que el Mal es el precio de la libertad, o sea, que sin ese factor negativo y temible la especie seguiría siendo poco menos que un rebaño, y hay quien como san Agustín pensaba que la libertad de espíritu está en los abismos del mal. Quizá, pero ¿quién se para en teorías mientras los medios nos bombardean sin descanso con las imágenes desoladoras de la ferocidad humana? Se dice que las persecuciones romanas no lastimaron a los cristianos tanto como las que hoy prodigan esos poderes incontrolados y que tal vez nunca como ahora fue la Humanidad testigo de tanta crueldad, pero la fiesta sigue y no parece que el mundo civilizado tenga en su mano pararla. A duras penas se mantiene en pie el humanismo superviviente, mientras la ciudad alegre y confiada aprovecha el anticiclón para broncearse en la playa.

Todos espías

No me gustan las grabaciones secretas. Comprendo, sin embargo, que hemos llegado a un punto en que grabar las conversas con el Poder o sus allegados se ha convertido en una necesidad algo más que disculpable, lo que ha convertido a nuestro país en una película de espías. Cuando un funcionario discreto le dijo a una directora de la Junta (“paralela”) que, lamentándolo mucho, él no podía bregar con cierto expediente irregular porque eso no era ético, la dama le contestó impertérrita: “¡Huy, ético! Pero, almita de cántaro (sic), si fuera por la ética ni tu ni yo podríamos trabajar en esta institución!”. Y ahora circula a todo meter por la Red la grabación que otro funcionario, que no debía tenerlas todas consigo, le ha hecho a una delegada de Empleo de la Junta que reunió a sus trabajadores públicos para instruirlos en la necesidad de        que abandonando su trabajo, se convirtieran sobre la marcha en agentes electorales del 22-M dado que, de perder las elecciones el PSOE, ellos también perderían sus puestos de trabajo. Nunca hubo tanta grabadora en España, jamás los ciudadanos desconfiaron tanto del prójimo como para llevar encendido el magnetófono en el bolsillo por lo que pudiera ocurrir, lo cual no puede resultar raro en un país en el que, desde la Familia Real, algún miembro indigno firma un correo electrónico como “el duque em-palmado”. Qué asco, oigan, qué disparate de sociedad en la que no sólo el “Gran Hermano” sino los peatones se graban unos a otros esos paliques que son, en última instancia, el único recurso que le queda al ciudadano honrado.

Todo el follón del saqueo andaluz comenzó cuando dos desaprensivos le pidieron a un empresario una millonada a cambio de mediar para concederles una subvención. ¿Está bien o está mal eso de grabar subrepticiamente? Miren, yo no digo más que si la delincuencia no fuera de curso legal no habría necesidad de defenderse grabando las conversaciones y yendo luego a la policía o al juez con la cinta como prueba. ¡Y se encabritaban cuando decíamos que la corrupción estaba generalizándose, con el cuento ése de los “casos puntuales”! La partitocracia ha degradado a la sociedad en su conjunto y anda convirtiendo en espías a una legión de ciudadanos de a pie que no ven en la convivencia democrática otra garantía que la de grabar al político depravado sus indignas propuestas. “Si no ganamos, tendréis que buscaros la vida”, decía esa delegada. No he escuchado mayor vileza en los días de mi vida.

 

El oficio de vivir

Me entero por Rafa Porras y por una excelente entrevista que le hace Teodoro León Gross al maestro Manuel Alcántara, de que el poeta ha tenido que “pasar por el taller” y se ha tomado unas vacaciones pero que, dado de alta, ahí está ya con su “olivetti” y su “dry Martini” como hace diez, quince, veinte, treinta, cuarenta años. Conservo una foto de Alcántara en la que aparezco casi adolescente junto a Félix Grande y a Eladio Cabañero, una noche en que fuimos a un colegio mayor de la Universitaria a sacarnos honradamente un jornal, y es esa imagen suya la que se me representa cada vez que en pienso en él o en un verso suyo cuando nos deslumbraba el poeta “hablando por soleares de la resurrección de la carne”, –“Cuando termine la muerte,/ si llaman a levantarse/ a mí que no me despierten”—o nos divertíamos noctámbulos –ay, Juan José Cuadros, entrañable amigo—comprando canutos, revueltos con los legionarios, a las vendedoras callejeras de la calle Victoria. Alcántara constituye una demostración de la compatibilidad entre el hombre razonablemente bohemio y el profesional puntualísimo, entre el vago contemplativo por vocación y el azacán que nunca pudo vivir sin su oficio, que era escribir, esto es, hablar a los otros, dialogar de lo divino y de lo humano, hacer compatible el estro garcisalista con el espectáculo vibrante del boxeo, libre siempre en su temática, audaz en su estilo, como un cimarrón escapado de la prosa de Carpentier, libre y responsable exclusivamente ante sí mismo. No conozco a un escritor más autónomo que Alcántara, al que he visto pasar incólume por la prensa de los años de plomo y por la que vino después.

Leo cada día que puedo el mensaje de Alcántara, escuela de independientes, referente oculto de varias generaciones, maestro de la trascendencia y mago de la bagatela, el escritor para el que el tema –grande o chico, grave o trivial—no es más que un pretexto sometido a su inteligente interpretación. Y con frecuencia, echo mano de sus libros, libros de mi juventud, me consta que admirados por Blas de Otero o por Claudio Rodríguez entre tantos náufragos de aquellas generaciones, libros de una poesía decantada y libre, amarga e irónica, profunda en su aparente superficialidad. No creo que quede escritor más añoso ni más vital que él en esta nómina declinante. Yo me miro en su espejo hace mucho, atado yo también a la columna, entre tanto estilita, un punto envidioso siempre de su entrañable ejemplo.