Disciplina y sumisión

La disciplina de partido ha llevado a la Junta, en las negociaciones sobre la financiación autonómica, a la más descarada sumisión. Ni una palabra en contra, conforme en todo, dispuesta a asumir lo que el “Gobierno amigo” decida para salvar su propio pellejo político, la Junta se conformará con lo que le den mientras a Cataluña le largan cinco puntos más, como poco, por encima de la media por habitante. Es una defección en toda regla, una injustificable bajada de pantalones, en virtud de la cual Cataluña irá a más y nosotros a menos en el (des)concierto de una España perjudicada en su conjunto. Nunca el interés de uno costó tanto a casi todos. Es una vergüenza perpetrada por los de arriba que habremos de pagar los de abajo.

Más maera

Me van a perdonar pero no entiendo la necesidad de ese flamante Consejo Económico y Social de la provincia, cuya misión será, según dicen, actuar como órgano consultivo de la Diputación. ¿Y será necesario más adelante un órgano consultivo del órgano consultivo? ¿No basta la representación política de la provincia en la Diputación para resolver sus propios problemas? ¿O acaso, como en tantas ocasiones similares, este nuevo CES se verá reducido a jugar como un invitado de piedra en el diálogo de sordos de los partidos? No creo que aumentando la burocracia y multiplicando los órganos se administre mejor. Y me temo que no tardaremos en comprobarlo.

Religión y política

En un comentario tan ingenuo como majadero, Santiago Carrillo ha pontificado que el papa ha copiado a Marx en algunas cosas al escribir su flamante encíclica “Caritas y veritatis”: ya hay que haber leído poco a Marx, estar gagá o ambas cosas. Por su parte, los obispos españoles han hecho pública una reflexión en la que aclaran que el papa no ha querido ni por asomo condenar al capitalismo ni proscribir moralmente al mercado: ya hay que ser susceptibles, ingenuos o ambas cosas. Y en fin, dos alevines con mando en plaza en el PSOE han desempolvado el viejo lema anarquista “Ni Dios ni Amo” adaptándolo por las bravas a una actualidad ciertamente crítica que parece ser que ellos esperan superar a base de “ideología”: ya hace falta ignorar el sentido básico que en la filosofía política de izquierdas se da a ese concepto. Vean como va de recia la semana en que nos cae en las manos, cuarenta y dos años después, ese “remake” de la “Populorum Progressio” que es esta nueva encíclica de título tan paulino en la que, una vez más, se prueba que el límite político de la religión es muy apretado y que poco es lo que se puede hacer para intervenir desde ella en la vida pública sin invadir terrenos vedados por la propia lógica. Al margen de simpatías o rechazos, la lectura de “Caritas in veritatis” nos deja como siempre con la miel en los labios, con sus apelaciones a la ética, sus críticas medidas contra los abusos, su propuesta indeterminada de nuevas reglas para la vida económica, su apuesta por los derechos de los pobres, la sugerencia de una necesaria reforma sindical o sus recomendaciones tópicas sobre el buen uso de las finanzas. ¡Hay que ser demagogo o burdo para ver la sombra de Marx tras esta nueva exhortación al bien! Y hay que ser inocente para subrayar ese texto con tinta antimarxista. En más de un renglón me ha parecido que Ratzinger se movía con cautela bajo el nivel de Montini.

 

La religión oficial lleva demasiado tiempo debatiéndose entre el deseo y la realidad, más del imprescindible, desde luego, para haberse percatado ya definitivamente de que esa incursión en la realidad política es tan legítima como inútil. Lo comprobamos ahora una vez más, ante la evidencia de que a la religión no le queda otro recurso que la caridad, como a la utopía le corresponde la justicia y a la política, la administración, la mera gestión pragmática de las cosas. ¡Hablar de fraternidad, de solidaridades, de bien común, pedir un rostro humano para la globalización a sabiendas de que la globalización, en este sentido, no es más que un verdugo sin rostro! Ni los papas parecen capaces de comprender que su reino no es de este mundo ni los renacuajos del PSOE alcanzan siquiera a la suela del zapato ácrata. En cuanto a Carrillo, mejor no hablar. Si alguien sabe en este país de camelos y fracasos políticos es, sin duda posible, él mismo.

El gran capitán

La consejera de Economía salió de su encuentro madrileño hace unos días proclamando que el resultado había sido muy ‘fructífero’ pero sin soltar prenda sobre esos preciados frutos. Ahora sabemos ya que la oferta a Cataluña sube y sube, y no hay más que oír a los jerifaltes catalanes para convencerse de que ésta es para ellos batalla ganada antes de cruzar las armas siquiera: los catalanes sostienen a ZP en el Gobierno y le pasan la factura, eso es todo, mientras que los andaluces, por ejemplo, aún contando con más fuerza, le regalamos el apoyo. Vamos de coristas en esta función, –ya lo hemos repetido– que al fin y al cabo Chaves dijo hace ya tiempo que “lo que es bueno para Cataluña es bueno para Andalucía”. A la vista está y más que lo va a estar.

UGT denuncia

Ahora es UGT, el “sindicato amigo”, el que denuncia que, en año y medio, en Huelva se han perdido nada menos que 17.000 puestos de trabajo ‘estructurales’, además de los 43.000 rotativos, lo que ha hecho que de los 208.000 personas ocupadas que había no queden más que 177.000. El sindicato carga contra las empresas y se pregunta –que ya es preguntar—si, pasada la crisis. los despedidos volverán a sus puestos de trabajo, pero no dice una palabra sobre la responsabilidad de unas Administraciones (el Gobierno, la Junta, la propia y dispendiosa Diputación Provincial) que parecen vivir la crisis limitándose a “verlas venir”. La denuncia, en todo caso, es grave. Será interesante comprobar el efecto que hace en el “partido amigo”.

La sociedad idólatra

Menos mal que ha terminado el fúnebre show de Michael Jackson. Las cifras asombran. Nunca un acontecimiento –dicen—alcanzó tal difusión en la tele, ni siquiera los JJOO de China o la toma de posesión de Obama. Lágrimas a gogó entre los 18.000 afortunados a los que, entre un millón largo de aspirantes, alcanzó la gracia lotera de obtener una plaza en el Staples Center para asistir a la demostración, aparte de los millares que rondaban el estadio fúnebre y los millones que se engollipaban en casa ante sus televisores, cientos de millones sólo en los Estados Unidos. Y en Internet, la caraba: 18 millones de visitantes en la Red, 9 millones de personas enganchadas durante varias horas en tanto duró el desfile de famosos en plan elegiaco, con sus sentidas baladas y estudiados espiches, siempre en torno al ataúd de bronce dorado. La globalidad de la vida ha hecho del entierro del mito un acontecimiento ubicuo y el mito ha logrado reunir lo que quizá nada ni nadie fuera capaz de juntar tan estrechamente en estas circunstancias. Idolatría: ésa es la palabra. Este Hombre no poco deshumanizado, tan abismado en lo material, tan rehecho en su perfil laico por el agudo proceso de secularización que vive el mundo desarrollado, resulta que estaba loco por desatar sus emociones y rendir culto de latría aunque fuera a un personaje tan banal en definitiva, a pesar de su talento artístico, como lo fue ese pobre enfermo. Música y lágrimas: nada nuevo bajo el sol, pues, pero números que asustan, movimientos sin precedentes, una fiebre entusiasta como no se recuerda otra. La vida se banaliza hasta extremos asombrosos y todo indica que la interacción entre la mitomanía y la mediatización acabará pudiendo con lo que le echen. Menos mal, ya digo, que se ha acabado la fiesta.

 

La pulsión idolátrica es dura de pelar. Léon-Dufour expuso hace mucho tiempo la larga batalla bíblica por desalojar a los ídolos –en la que resuena la voz de tantos profetas– insistiendo en que en definitiva, aquella acabaría filtrándose en el seno mismo del yahvismo. Pero esto que vivimos hoy es, en términos antropológicos, apenas una mala caricatura de aquellas luchas del espíritu en las que el Hombre se jugaba a ciegas su identidad y su propio sentido. Una cosa es simbolizar la fuerza divina en el becerro de oro y otra bien diferente rendir culto a un saltimbanqui drogata (y más cosas) por mucha genialidad que quiera reconocerse en sus creaciones. La inmensa desproporción entre estos entusiasmos y su objeto habla por sí sola de la mezquindad de una cultura de masas capaz de ofrecer un espectáculo tan desmesurado como éste que acabamos de soportar en torno a ese cadáver exquisito.