Panorama sobre el puente

No es tolerable mantener la situación del puente del Odiel, antier colapsado sin remedio durante horas, para desesperación de los usuarios. No es posible seguir ignorando que el tráfico de la capital está seriamente hipotecado por la insuficiencia de esa vía, que tanto tiene que ver con el mantenimiento de nuestro amenazado turismo y con la vida ciudadana de la comarca. Por no hablar de los accesos pendientes, esos puentes fantasmas que sólo se nos aparecen en campaña electoral para luego diluir nuevamente su ectoplasma hasta otra ocasión. A lo que pasó el jueves en ese puente ha de ponerle remedio la Junta por más que le escueza políticamente.

El brazo

¿Es un humano un brazo separado del cuerpo? No, por lo que se ve, y menos si tenemos en cuenta la doctrina del Gobierno de que un ser no nacido, incluso de nueve meses, es un ser vivo pero en modo alguno un ser humano. Un brazo perdido en el lance laboral o en la circunstancia que sea ya no es un brazo propiamente dicho, deja de tener relación con el Hombre, para quedar reducido conceptualmente a puro despojo, a piltrafa. Sí, no se escandalicen porque es así de sencillo, como acaba de demostrar ese explotador de inmigrantes que se lucra con el esfuerzo ilegal de esos desdichados y que cuando llega el caso de que alguno pierde un miembro en accidente, lo tira a la basura y en paz. De hecho hemos leído en las crónicas que los jueces han detenido y luego puesto en libertad “sin cargos” al desalmado que perpetró ese crimen inhumano cuando uno de sus panaderitos sin papeles dejó un brazo en la panificadora. ¿Qué es un brazo, después de todo, sobre todo si es ajeno? El derecho tiene puesto precio desde siempre a los miembros, establece lo que vale un brazo (distinguiendo entre el derecho y el izquierdo, claro), lo que vale una mano, incluso muerta, o lo que vale cada dedo según la trascendencia de su función. Vean como de antigua es la ‘cosificación’ del cuerpo. Los viejos griegos, en cambio, desde Homero a Hipócrates, no tuvieron una noción del cuerpo en su conjunto sino que veían a aquel como un agragado de miembros, cada uno de los cuales poseía entidad propia y, en consecuencia, humana. Nada que ver con la noción secularizada de nuestras sociedades en las que un ser no es humano porque aún no salió del claustro materno o en el que un brazo seccionado no tiene otro destino que la basura. ¿Y un inmigrante sin papeles, es humano un inmigrante sin papeles? Nuestra democracia en derribo acaba de demostrar que no, al menos en su perspectiva laboral o anatómica.

 

Ha habido, hay y me  temo que habrá miles de abusos sobre esa “fuerza de trabajo” que, al carecer de papeles, por lo visto tampoco tiene derechos. Lo demuestra ese jayán delincuente que alquila fuera de la ley a un hombre entero y en caso de accidente coge el brazo perdido, quiero decir la piltrafa, y la echa a la basura. Libertad sin cargos, sin embargo: eso es todo lo que el hipergarantismo que vivimos puede hacer con un patrono sin conciencia que perpetra semejante canallada. Aunque a lo mejor –nunca se sabe– el caso le vale al pobre manco una “buena nota” en su expediente de ilegal, igual que le valió el otro día al inmigrantito que se lanzó a un incendio y salvó a una mujer de morir abrasada. Total ¿qué es un brazo una vez desgajado del cuerpo? La reificación se impone: el órgano vale por su función o deja de ser tal. Un hombre, pobre se entiende, es sólo en apariencia humano. Despiezado, como los fetos de Bibiana, no hay mejor sitio para él que el tacho de la basura.

El caso

Enorme alboroto alrededor del “caso Chaves”, defensa ofensiva del protagonista, absurda decisión de no facilitar una discreta investigación de las circunstancias en que se produjo el evidente enjuague aunque sólo sea porque mientras más se enroquen más resonará la bronca. ¿Por qué va a tener Chaves el derecho a señalar, con razón, a los presuntos corruptos del PP y va a exigir, en cambio, que su presunción de inocencia sea absoluta, definitiva y suficiente? Lo malo no es, en todo caso, la suerte de Chaves (que cada cual peche con lo fecho) sino el daño que le está haciendo a la autonomía y al propio Griñán, que se ve obligado a torear un toro que no es suyo.

El PSOE y el polo

Extraño empeño por quedarse solo frente al drama del Polo Químico, el del PSOE onubense. Dos mociones de la oposición de izquierdas, apoyadas por la de derechas, han sido rechazadas sin ambages primero en el Ayuntamiento y luego en la Diputación. Nada de apoyo expreso a los trabajadores del Polo y nada de control sobre la actuación empresarial en la crisis: bastante tienen ya esos cuitados con la iniciativa del Gobierno y la de la Junta, por lo visto y oído. Extraño empeño, mala estrategia la de “conmigo o contra mí”. Los trabajadores del Polo –una buena parte de las familias de la capital—habrán tomado buena nota de quiénes tratan de defenderlos y de quiénes echan balones fuera.

¿Qué izquierda?

Los resultados de las elecciones europeas del domingo pasado amontonan los comentarios y reflexiones especialmente en torno a la evidente crisis de la izquierda europea, o séase de la socialdemocracia con sifón que es lo que de verdad queda en el continente. Se traen a colación viejos conceptos y frases. Entre estas últimas la advertencia de Guerra de que, o la Izquierda se planteaba (lo dijo ya hace años) un replanteamiento de su papel y contenido, u otras fuerzas sociales (políticas) vendrían raudas a desalojarla del viejo nicho histórico y a ocupar su puesto. El ex–presidente de Extremadura me contestó un día en un coloquio madrileño que la misión de la Izquierda hoy era “resolver los problemas de la gente” a lo que, por pura cortesía ni le repliqué que ése papel sería también el del guardia de tráfico o el del gestor administrativo. Otro ex-presidente, el andaluz Borbolla, solía cifrar su programa político no en un proyecto de conjunto –vasto, revolucionario, etcétera– sino, simplemente, en el propósito pequeño-burgués de “hacer cositas”. Pero la sociología política europea viene avisando hace decenios que la Izquierda –como visión del mundo y como proyecto político—decae y se acaba a ojos vista, no porque no sea ya necesaria, sino porque la “astucia de la razón” conservadora le ha ido segando la hierba bajo los pies. El pisito hipotecado, el utilitario y la tele han contribuido al retorno del liberalismo casi tanto como todos los errores de las izquierdas históricas.

 

Miren en este momento hacia Europa. No es casualidad que en plena catástrofe económica las masas opten por las opciones conservadoras, poniendo sus esperanzas en los mismos proyectos teóricos y prácticos que condujeron a ella. La Europa más granada vuelve la espalda a la utopía o bien no ve otra utopía en el horizonte posible que la reanimación de un mercado hoy por hoy universal. El desastre francés, la debacle alemana, la desintegración ocurrida en Italia, el crak británico y la derrota española demuestran que ni siquiera la amenaza cierta de la crisis ha sido capaz de revitalizar los proyectos llamados ‘de progreso’. Pero eso ya estaba avisado, como decimos, lo han dicho y repetido, desde Gorz a Bourdieu, dos generaciones de observadores, y lo que han dicho es, en resumen, que una cosa es una “izquierda posible” y otra la “izquierda oportunista”, la radical pero epifenoménica, la que renuncia a los grandes objetivos por las “conquistas” pintorescas y las justas maniqueas. En España mismo –se ha repetido mil veces—ya me dirán que diferencia hubo y hay entre Solbes y Rato. Y eso se debe a que la izquierda se ha ido vaciando al tiempo que la derecha reciclaba sus materiales de derribo hasta restaurarlos por completo. No es posible esperar seriamente en una Izquierda que olvida el imperativo intervencionista para fijarse en el carril-bici o en la píldora del día después.

Fuegos de artificio

No acabo de entender qué sentido tiene la ley de la Muerte Digna que acaba de aprobar la Junta de Andalucía. Y no lo entiendo porque, retirada, como buen juicio, la polémica cuestión de la eutanasia y el suicidio asistido; una vez renunciado también el propósito, más que discutible, de sancionar la objeción de conciencia médica; poco queda en esa norma que no estuviera ya vigente. El derecho del paciente a renunciar al tratamiento no hacía falta ninguna reiterarlo pues está reconocido de hecho y de derecho no en nuestra legislación sino en todas las civilizadas. ¿A qué viene, entonces, tanto ruido en un Parlamento que lleva tanto atraso en tantas materias graves y comprometidas? Salud tiene muchos frentes abiertos que requieren su atención mucho más que este paripé.