Verticalismo

La Junta solicita a los agentes sociales –empresarios y sindicatos—la “unidad de acción”, leo con estupor en un titular. Gobierno, sindicatos y empresarios reunidos, juntos y revueltos: ¿qué diferencia este diseño del que mantuvieron los Girón y los Solís, los Monviedro y los Conde Bandres? Una cosa es “concertar” el desfile y otra marcar el paso, diferente es cuidar discretamente de no enturbiar la paz social de vederla/comprarla a precios prohibitivos? Porque todos sabemos que la propuesta de Chaves exigirá más dinero, así de simple, más pasta a cambio del favor, por más que el favor que se pide sea de interés crítico. Quienes defendemos la sociedad civil veríamos más lógico que los agentes sociales marcharan razonablemente acompasados pero por libre, sin consignas, cada uno en su sitio. Lo demás es cambalache. Lo ha sido hasta ahora con las vacas gordas y a lo será también con la crisis.

Dos medidas

Ridículo el rechazo de la moción presentada por los ediles “populares” en Isla Cristina proponiendo introducir en el callejero la memoria de las víctimas del terrorismo. Eso se llama, sin excusa posible, oponerse por el mero hecho de ser el rival quien propone, negarse a aceptar una medida razonable y necesaria sólo porque proviene del adversario. Y eso es injusto, particularmente si se tiene en cuenta cual ha sido la crispada actitud del PSOE en todo lo relativo a otras memorias históricas, por ejemplo la de la guerra civil, en las que, lejos de la parsimonia que ahora reclama, se ha lanzado en tromba, más de una vez y más de diez con escasa sensatez, a favor de un memorialismo declaradamente partidista. A lo mejor bastaba con una calle –“Víctimas del Terrorismo”–, pero eso, evidentemente, no es lo que urgía al PSOE, sino oponerse a los demás.

Crisis de confianza

No corren buenos tiempos para confiar en los garantes del sistema. Los expertos, los inspectores, los sabios referentes que nos sirven de faro andan de capa caída este duro ferragosto, un poco por todas partes y en todos los ámbitos. Si desde el Gobierno se protesta que, en lo que va de año, se han hecho a la compañía Spanair cien inspecciones con resultados favorables sin excepción, enseguida alguien echa las cuentas y descubre que, habiendo operado 75.000 vuelos en estos ocho meses, la realidad es que la citada compañía no ha inspeccionado más que un vuelo de cada 750, una cifra que, de poder conocerla, pondría los pelos de punta a cualquier pasajero. El truco del referente, como el de la inspección, se ha ido deteriorando a medida que crecía el universo controlable, de tal manera que un enólogo americano, Robin Goldstein –un tío con más cara que espaldas y más imaginación que cara– ha logrado que una acreditada revista gastronómica, el ‘Wine Spectator’, concediera un premio de excelencia a un restaurante de su invención que supuestamente existiría en Milán con el nombre de ‘L’Intrepido’ y que como tal campeaba en Internet. Los expertos garantes han reconocido una realidad inexistente, como ven, y encima han tratado de justificarse con vehemencia alegando precisamente las trampas dispuestas por el inventor, pero dejando fuera de juego a la antigua convención que presume la certeza en el testimonio de esos intocables fedatarios que guían nuestro gusto a través de la jungla del negocio desconocido. Menos mal que la fe mueve montañas, pues de otro modo iría al paro fatalmente ese ejército de sabios.

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Hay que extremar el cuidado con todas las propagandas, esa “fuente de la fortuna” a la que se refería irónicamente Flaubert, tan equívoca, tan mendaz, pero tan prestigiosa como para hacernos comulgar constantemente con  ruedas de molino. Alguien que la desdeñaba en extremo, Gertrudis von Stein, se preguntaba en su autobiografía cómo podríamos creer en nuestras propias creaciones cuando la publicidad inviste a las suyas de más realidad de la que pudiera soñar la imaginación más desbordada. Grave y añeja experiencia a la que hoy es preciso añadir el riesgo implícito en la dimensión virtual en que viajan las cosas de nuestro mundo, como hemos podido comprobar hace poco en Pekín al enterarnos de que los fastos admirables que vimos por televisión no eran efectos genuinos sino el resultado de un estricto filtraje informático que ajustaba colores y perfilaba líneas. Cierto que la Humanidad doliente no sabe vivir sin agarrarse con fuerza a ese clavo al rojo vivo y que, como se ha señalado desde la psicología, algo tan estimado como el criterio propio es, en definitiva, si bien se mira, dependiente al máximo del ajeno, de tal modo que la opinión pública sería, más que un soberbio bloque colectivo de opiniones socializadas, la suma simple de actitudes asumidas en función del prestigio consagrado. Un tío puede inventarse un restaurante milanés, ofrecer su carta de 250 vinos y su menú de 17 platos, hasta conseguir que los árbitros más encumbrados se traguen la patraña sin rechistar e incluso premien la impostura, una hazaña que, a mi juicio, constituye un alegato sociológico demoledor que debería hacernos recapacitar sobre la fragilidad de esos referentes nuestros a los que solemos ajustar nuestra conducta y, por supuesto, nuestro consumo. Se dirá que no somos nadie, que estamos a merced del vendavalillo constante de los spots, que pendemos de los hilos que maneja diestramente, desde arriba, los linces de esta selva. Y es cierto, aunque menos todavía era ‘L’ Intrepido’ y ahí lo tienen con el laurel ceñido a la frente imaginaria. Sastre dijo en ‘L’Imaginarire’ cosas muy a tener en cuenta, pero tal como están las cosas, francamente, más me fío de Goldstein.

La batalla escolar

Al Defensor del Pueblo han recurrido los padres de Huelva, hartos de protestar inútilmente contra el fraude escolar que se ha convertido en práctica corriente en todas las convocatorias. Dicen esos padres haber detectado muchos expedientes falseados por los padres solicitantes de plaza para obtener más puntos en el proceso de escolarización, pero lo mismo que ellos dicen los padres sevillanos –del barrio de  Los Remedios, sobre todo—que tal vez también recurran al Defensor en vista de la vista gorda de la Junta. Hoy por hoy se favorecen o “castigan” barrios en función de su voto, y aparte de ello, se hace como que no se ve la camelística de unas familias que luchan a dentelladas en vista de la insuficiencia real de plazas para sus hijos. El Defensor hará su parte, eso es seguro; la Junta, ya es más dudoso. Los padres se tragarán este sapo como el año pasado y, probablemente, como el que viene.

Partidos en el juzgado

No se tarta de cuestionar el fuero de la ley ni el derecho de los políticos, como el de cualquier otra ciudadano, a acudir a los tribunales en defensa del que estiman su derecho, pero no parece razonable endosar a la Justicia pleitos de familia que deberían ser resueltos en armonía dentro del ámbito reglamentario. La pelea de IU en Bollillos, por ejemplo, con la denuncia a la Gestora por parte de los propios ediles gobernantes de la coalición, no es precisamente un buen ejemplo para la vida pública y puede que, como ya le ocurriera en Valverde, IU saque de este berenjenal, los pies fríos, la cabeza caliente y una pérdida cierta de prestigio. La política no debería salirse de su cancha, entre otras cosas, porque valientes hombres públicos son esos que han de recurrir al arbitraje ajeno para reducir sus diferencias.

El precio del silencio

Me envían desde Argentina un interesante informe elaborado por la Asociación de Derechos Civiles e Iniciativa de la Sociedad Abierta de Nueva York que, bajo ese título sugerente, “El precio del sielncio”, trata de aproximarse al problema de la independencia amenazada del periodismo en varios países de la región, concretamente en la propia Argentina, Chile, Colombia, Perú, Costa Rica, Honduras y Uruguay. ¿Quién amenaza a esa independencia hoy por hoy? No la censura declarada, como en los viejos tiempos (y en los actuales), sino la acción demoledora del dinero público que el Poder maneja a su antojo y va asignando a unos ‘medios’ y negando a otros en función de la actitud crítica de cada cual respecto al repartidor. Dicen los autores del informe que, de hecho, ese sistema corruptor funciona como una “censura indirecta”, en la medida en que el periodista sabe que lo que escriba o manifieste será valorado por el Poder a la hora de distribuir el dinero publicitario que, legalmente, habría de ser distribuido de modo transparente y de acuerdo con la preceptiva legal, pero que nadie ignora que, en la práctica, se lleva a cabo según criterios de amistad o enemistad. Hasta cuatro modalidades de injusta influencia establece el estudio en esta delicada materia: el empleo abusivo de la publicidad oficial para coartar la libertad de los ‘medios’, los pagos a periodistas como aquellos de los que hablaba aunque nunca publicó Corcuera, el reparto discriminatorio de publicidad pagada a favor de los “amigos políticos” y en perjuicio de los órganos libres que critican al Poder  y, en fin, el uso de la publicidad con fines propagandísticos. Nadie pretende que el Estado con su dinero mantenga a los ‘medios’ –dicen los informantes– sino que se trata de que la derrama de fondos públicos no se produzca de manera sectaria y parcial, arruinando de hecho, en no pocas ocasiones, a los órganos de opinión mal dispuestos al cambalache. ¡Ya podían darse una vuelta por aquí esos estudiosos! Íbamos a hablar largo y tendido de cómo funciona aquí la “censura sutil” en la cuenta de resultados.

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Cierro con tristeza el informe convencido de que en todas partes cuecen habas pero también de que, entre nosotros, ha hecho estragos nuestra tácita asunción de esa realidad injusta que vuelve poco menos que imposible el mantenimiento de una “sociedad abierta” en la mediad en que blinda al Poder frente a todo intento de censura legítima.  resulta lacerante, por no decir que da vergüenza, comprobar una y otra vez cómo callan los ‘medios’ ante denuncias que afectan al Poder y sus gestores, ante escándalos que se titularían en primera página de concernir al rival político en lugar de al que ocupa el poder, en muchas ocasiones para acabar argumentando que “sólo” los independientes discrepan, o sea, que la biempagada mayoría silenciosa lleva razón en su ominoso silencio frente a las voces cimarronas que osan decir la verdad. En lo único que discrepo de los amigos del informe es en el adjetivo “sutil” que endosan a la censara práctica de esos chantajes financieros, puesto que cualquiera con dos dedos de frente puede colegir sin ayuda que la presencia económica del Poder en sus “medios amigos” o, incluso, en los que juegan la complicada carta de la fingida equidistancia, es escandalosamente mayor que en aquellos que tienen el atrevimiento de descubrir el chantaje que Gil le hizo a la Junta de Andalucía, el tinglado que mantienen en pie los familiares de Chaves o la bochornosa actitud de la Junta frente a garduñas como la marbellí la de Estepona o de la chiclanera. En Argentina como en Andalucía, en Cataluña como en Costa Rica, por supuesto. El Poder no tiene demasiada imaginación, peor la que tiene le cunde sobradamente. “El precio del silencio” es un buen título. A nosotros nos viene como anillo al dedo.