Apoteosis en la crisis

Hay un fino comentarista en mi blog que nunca deja de mostrar su indiferencia más displicente frente al fútbol cuando de él trato en esta columna. Dice que pasa del rollo, que le dan tres caracoles de esa épica dominguera, que no puede interesase para nada en ese fenómeno popular, masivo, que anda poniendo en evidencia a la propia crisis. ¿Y qué quiere que haga uno –me pregunto—después de contemplar el supermitin del Bernabeu, una jauría enloquecida aclamando al unísono con 80.000 gargantas al nuevo héroe y a su mentor? Unos simples datos para poner las cosas en su sitio o más bien para sacarlas de él. El Real Madrid ha pagado por Cristiano Ronaldo un  fichaje de 94 millones de euros más 78 en concepto de sueldo por las próximas 6 temporadas, es decir, más o menos ¡1.500 euros por minuto!, a los que hay que sumar los 65 millones dados por Kaká  más los 42 comprometidos con el jugador a cambio del mismo tiempo, o los 15 por Albiol, un ‘modesto’, dadas las circunstancias. Pero no es sólo el ‘Madrid’ el que agita el cotarro, pues en Valencia acaba de saberse que un inversor fantasmal ha puesto sobre la mesa, al parecer, 500 millones para hacerse con la mayoría accionarial y el control del club, mientras en Barcelona –donde tienen ya vendido mucho pescado– preparan, por su parte, los 55 que podrían proporcionarle juntos al disputado Villa y al joven Mata, compensados, eso sí, por dos importantes cesiones. La explosión financiera del fútbol es tan grave que el mismo Gobierno que ni se inmuta cuando las gasolineras suben el precio o las operadoras de telefonía el de los SMS, se está pensando fijar por ley el porcentaje de ingresos que los clubs puedan dedicar a pagar los salarios de sus estrellas. Mi bloguero debe entender que si hablamos de fútbol no hacemos sino cuestionar al único sector de nuestra sociedad con capacidad para movilizar tanta gente o vivir con opulencia en plena crisis. Pura sociología.

 

El fútbol arrastra la púrpura pero también el sambenito que le colgó la crítica a la Dictadura al considerarlo opio del pueblo, pero ello no es en absoluto obstáculo para que constituya hoy por hoy un poder de primera magnitud en la sociedad postmoderna, como pueden atestiguar las balanzas de pago de países exportadores como Brasil o Argentina o importadores como España o Italia. Por lo demás, antier, nada más finalizar la apoteosis, el gentío que había hecho cola desde el amanecer para pillar un sitio en la ocasión, formó disciplinadamente ante las tiendas del club dispuesto a arramblar con las prohibitivas camisetas del ídolo, lo que deja claro que el negocio no sólo no ha terminado con el derroche, sino que no ha hecho más que empezar. ¿Cómo ignorar ese milagro de la opulencia en medio de la crisis, de la plétora en plena ruina? Hoy lo de menos, me parece a mí, es lo del papel narcótico de un deporte-espectáculo que pertenece ya de pleno derecho al ámbito de la economía política.

Pobreza vergonzante

No tiene sentido el cabreo de la Junta cuando los expertos hacen números sobre la pobreza en Andalucía. Y no lo tiene porque no sólo existe esa pobreza ya casi estructural entre nosotros que sitúa a uno de cada cuatro andaluces por debajo del salario mínimo interprofesional, sino que está siendo imprescindible a las organizaciones benéficas –Cáritas, Cruz Roja…– volcarse en una ayuda que empieza por darle de comer a viejos y nuevos pobres antes de echarles una mano en sus deudas inaplazables. Hasta Unicaja ha decidido echar la suya repartiendo “cheques-menú” entre las familias arruinadas por la crisis. Pero más allá de eso, ni que decir tiene que este es ya un problema social que exige una intervención política.

Precios públicos

Se puede estar de acuerdo relativo con que la cesión presuntamente gratuita del Hotel París al PSOE por parte del PSOE no tiene más importancia que la que quiera dársele. Ahora bien, hace falta tener la cara de cemento que tiene el autodidacta Jiménez para decir que él, ¡el secretario provincial del partido!, no tiene idea siquiera de si el partido le ha cobrado la partido por la cesión o no. En un tiempo récord, esta agresiva criatura se ha doctorado en las artes del cinismo más depurado. Si la aventura le llega a coger con estudios, miedo da pensar a dónde podría haber llagado.

Tomates secretos

Uno andaba por la veintena cuando nos bombardearon una larga temporada con la tórrida historia del ministro Profumo y sus amoríos secretos con el putoncillo aquel con cara de ángel que le sacaba información secreta para los soviéticos, de cuyo responsable militar creo recordar que era amante. Se trataba de una historia clásica, con todos los ingredientes literarios precisos, que acabaría no sólo con la dimisión y ruina de aquel romántico incauto, sino arrastrando en su caída a su propio Gobierno, y que vino a coincidir en nuestro horizonte imaginativo con la hazaña doble (en fin, Stalin llegó a creer que triple) del gran Philby, el más brillante de los “señoritos rojos” de Cambridge que espiaron en Occidente para la URSS. Desde Mata Hari –el arquetipo de las generaciones anteriores–, el espionaje había sido una novela de intriga trufada de ese relleno infalible que es la sentimentalidad y, por supuesto, calentada también por el tizón del sexo, o bien la epopeya de la soledad protagonizada por patriotas o logreros que convirtieron la simulación en un  arte, como el ‘Cicerón’ de Mankiewicz o el realísimo Eli Cohen por cuya vida imploró inútilmente Pablo VI antes de que fuera colgado en Damasco. Nada de eso, en todo caso, cuenta ya en los servicios actuales, al menos en los españoles, cuyos máximos gestores andan hoy más cerca de Ibáñez que de Le Carré, con sus cutrísimos mangazos y sus ridículas megalomanías, sus fotos trucadas por algún manazas y sus coqueteos con la máquina de la verdad. Va a tener que pasar mucho tiempo para que los espías españoles recobren ese privilegiado estatus que siempre les otorgó la imaginación pública, confundidos como van en esa imagen del jefe que pescaba tiburones de válvula y cultivaba tomates en el sótano. Esta que acaba de cerrarse en nuestro país es la página más infeliz del espionaje por más que esté a la altura de nuestra tradición reciente. No tienen más que recordar la hilarante patraña del ‘Capitán  Khan’ y el rapto de Roldán que la actual Vicepresidenta primera tiene que conocer como nadie.

 

Lo que uno no había visto nunca era este espectáculo de una organización secreta dirimiendo sus forcejeos en la prensa diaria, o de esos agentes escandalizados avisando anónimamente al Gobierno de las fechorías del jefe supremo, no obstante confirmado por aquel con todos los honores a escasas semanas de su cese obligado. Yo creo que el “caso Saiz” revela con transparencia la crisis moral y profesional de una sociedad incapaz de superar las corrupciones, así como la fatal tendencia del Poder para reclutar de saldo a estos grandes responsables. No hay nada en esta historia mezquina que pueda inspirar una obra de aquel género apasionante que contaba, en cualquier caso, con personajes de gran calado humano, sino todo lo más materiales chuscos y vergonzosas miserias insuficientes hasta para un vodevil. Quizá no haya muchos ejemplos tan elocuentes sobre el momento trivial que, desde hace unos años, atraviesa nuestra política que esta crisis de nuestros espías.

Doñana en peligro

No faltarán desacuerdos con el ‘Club Doñana’ y el doctor Javier Castroviejo por su valiente denuncia del incumplimiento por parte de nuestras Administraciones del compromiso de regenerar el Parque Nacional dañado por la catástrofe de Aznalcóllar, tras la cual a punto estuvo nuestro excepcional enclave de perder su condición de “Patrimonio de la Humanidad” para entrar a formar parte de una oprobiosa “lista negra” de lugares en peligro. Pero hay que reconocer que la gestión de esos pertinaces defensores se justifica por el sistemático abandono de los compromisos por parte sobre todo de la Junta. Si al final sancionan a Doñana no podrá decir ésta ni nadie que no se había avisado del riesgo.

En casa del herrero

El Ayuntamiento de Punta Umbría acaba de batir un curioso récord de inopia al poner en circulación los dos autobuses eléctrico para uso turístico que, conveniados con los comerciantes, venían prestando servicio público, sin poseer matrícula ni haber pasado el trámite obligatorio de la ITV. El Ayuntamiento debe pensar que la ley no va con él o que, en última instancia, está en posesión de privilegios que no cuentan para los ciudadanos, y eso, además de una mala idea, constituye una pésima demostración de insolvencia administrativa. Esos dos autobuses “arrestados” en un garaje simbolizan el trapicheo municipal mejor que lo haría un tratado.