Espejo del alma

No va a acabar así como así la polémica europea sobre el enmascaramiento del cuerpo, sobre todo del rostro, que está provocando la revolución migratoria. Un poco por todas partes se multiplican las prohibiciones legales de ocultarlo, bien en nombre del progreso moral, bien por razones de seguridad. En Holanda, un país que se adelantó a todos a la hora de legalizar materias tan espinosas como la droga, la prostitución o la eutanasia, andan pensándose proscribir el uso del burka a las mujeres musulmanas, y hoy mismo parece que se pronunciará al fin sobre el mismo asunto en la Asamblea el propio Sarkozy, sin perjuicio de que siga funcionando la comisión parlamentaria abierta en el seno de ésta para estudiar la cuestión, y mientras no cesa, siquiera residualmente, el debate sobre la prohibición del velo en las escuelas que fue establecida en 2003. Pero el sábado pasado aparecía en el boletín oficial del Estado vecino una disposición prohibiendo también el uso de capuchas en las manifestaciones callejeras en espera de que una ley actualmente en preparación califique al enmascaramiento como un delito “de participación en banda violenta”. Las imágenes que nos llegan del polvorín iraní, por otra parte, están repletas de rostros disimilados tras máscaras quirúrgicas, y leo no sólo que en México acaba de prohibirse por los árbitros de fútbol la celebración de los goles utilizando máscaras de luchadores, sino que en Florida sigue en vigor una vieja ley contra el KKK que se aplica de vez en cuando contra los portadores de disfraces que impidan reconocer el rostro. Al margen de muy respetables motivos morales, lo cierto es que el Poder se inquieta si no nos ve abiertamente la cara quizá por aquello tan clásico de que la cara es el espejo del alma.

 

La morfopsicología dirá lo que quiera a este respecto, pero personalmente me inclino hacia la razón simbólica que ve en el rostro humano una especie de resumen y sustituto de la persona en su conjunto. De ahí que su ocultación, o bien pueda sugerir cierta idea de peligro, o bien suponer, en el caso de que sea forzada, una violencia contra la más elemental humanidad. No quiere el Poder enmascarados y lleva no poca razón, por más que se invoque una libertad multicultural que, en modo alguno, puede acabar justificando ni el riesgo de la inseguridad ni el oprobio de un tapado forzoso que, por otra parte, nada en absoluto tiene que ver con la autoridad coránica. Bastante tenemos ya con el enigma, tantas veces indescifrable, del rostro mismo, como para celarlo bajo el celemín del capricho o de la impunidad.

Un registro de guasa

A la portavoz parlamentaria del PP le han pedido que aclare su declaración de patrimonio para justificar el estado de sus bienes. ¡Pues ya son ganas! Porque aunque ese registro vale para bien poco dadas las circunstancias, si se revisara la evolución del patrimonio de sus Señorías iba a costar Dios y ayuda comprender tanta y tan propicia mudanza como revelarían sus datos. Nadie se toma en serio ese registro, de todas formas, porque hasta el más pardillo sabe que existen uno y mil recursos para disimular el patrimonio. Mejor no meneallo, me parece a mí, si quieren tener la fiesta en paz.

IU a lo suyo

Tras el intento de compra de un concejal del PP ha fracasado el proyecto de coalición tripartita en Ayamonte. IU prefiere que el propio partido comprometido en la miserable acción –el PSOE local—gobierne apoyado en ella, como tantas veces, aunque esta vez teatralizando la fórmula minoritaria. Nada nuevo, en fin de cuentas, sino el sempiterno prurito frentista para “cerrar el camino a la derecha”, incluso si se trata de permitir que gobierne una fuerza a la que, al parecer, han sorprendido en una práctica tan indecente. Lejos queda la IU marcada por Anguita con su sello ético. Esta IU en decadencia no se molesta siquiera en disimular su papel ancilar junto a la mesa del PSOE.

Triste record

Así ha titulado el informe anual de la FAO la situación del hambre en el mundo. Triste récord. Nunca hubo más hambrientos y desnutridos en el planeta, jamás había ocurrido que una de cada seis personas vivas sobre al faz de la Tierra pasara hambre a diario, hasta alcanzar una cifra global de 1.020 millones de afectados, un 11 por ciento más que el año pasado, según prevén los organismos internacionales. ¿No se había firmado un  acuerdo para reducir drásticamente el hambre en el mundo? Sí, desde luego, pero no se contaba con el azote la crisis de los ricos que, como era de esperar, ha rebotado con estrépito en casa de los pobres. ¿Y cómo es eso posible si los alimentos han bajado hasta le punto de inspirar tan grave inquietud en los países desarrollados que ven en esa caída el camino más corto hacia la deflación? Pues siendo, que es como las cosas ocurren en el misterioso ámbito de la economía. Fíjense en el dato: un pan, un vaso de leche, un almud de grano cuesta hoy en los países pobres casi un 25 por ciento más que en el 2006, a pesar de valer mucho menos en los países productores. Un 11 por ciento, es decir, cien millones de criaturas más han de ingresar este año en el ejército de los pobres de ese mundo, sin contar, naturalmente, con los pobres hambrientos que también hay en éste. Desde la FAO se advierte que esta “crisis silenciosa del hambre” supone un riesgo cierto de para la estabilidad y la seguridad del mundo entero aunque es obvio que nadie en los países ricos se toma demasiado en serio una amenaza que la geografía se encarga de paliar. Una gigantesca crisis humanitaria, en resumen, pero muna crisis previsible tal vez porque no hay desdicha en el mundo feliz que no recaiga como un boomerang sobre los pueblos desheredados. He repasado la prensa, he estado atento a las noticias de otros medios y nada: no encuentro ninguna reacción fuera del obligado comentario al informe. La realidad se sublima en la estadística. No es fácil vivir la angustia de un hambriento lejano.

 

Teorías es lo que sobra. Desde el tratado de Rousseau a los informes de Owen o las aceradas soflamas de Marx, disponemos de un arsenal de teorías inútiles y hasta de algunas curiosas como la de Du Bos (cito de memoria) que veía en la desigualdad de hecho el requisito de una imperiosa fraternidad. Palabras. En África se mueren a chorro, sin nada que llevarse a la boca, más de trescientos millones, en Asia y Oceanía más de seiscientos. Y la FAO ha dado la voz de alarma como es obligado, casi litúrgico, en un mundo que cuida las formas tanto como se inhibe del fondo en estas cuestiones. Un cierto fatalismo ajusta las piezas del rompecabezas moral y todos contentos. Pero mientras escribo estas líneas, como ustedes saben, un niño muere famélico cada tres segundos. En el 2009 serán más las víctimas aunque no tantas como en el año siguiente.

El gran chiringo

El Gobierno desiste de acudir a la expropiación del hotel de El Algarrobico –la mayor tropelía jamás perpetrada en la costa andaluza—y más todavía, por descontado, renuncia a coger la piqueta. Debe de haber mucho busilis dejado de ese negocio para que Ayuntamiento y Junta encajen impávidos las graves acusaciones que le ha hecho la Justicia y para que el Gobierno indulte de la noche a la mañana a un  alcalde condenado por delito electoral. Poco queda del propósito expresado en su día por la ministra Narbona, consecuente con la obviedad y decidido a impedir un atropello semejante. Pero ¿qué habrá bajo o tras ese proyecto que la Junta traga carros y carretas con tal de no incomodarlo? Eso es lo que debería investigar el Parlamento autónomo pero, sobre todo, el Congreso que se supone que controla al Gobierno de la nación.

Nunca mais

Llevábamos razón cuando informamos, en agosto del 2004, mientras ardía sin remedio el monte en media provincia y Chaves proseguía impávido su veraneo, que la superficie siniestrada era mucha mayor que la que la Junta se empeñaba en hacernos creer, concretamente, 35.626 hectáreas y no 27.839 como sostenía contra viento y marea (nunca mejor dicho) la versión oficial. Lo dice ahora el Fiscal y aunque la constatación llegue un poco lejana, supone un motivo de satisfacción para el periódico haber debelado una vez más los cuentos de la Junta. Casi todo en aquella catástrofe se gestionó mal, pero tratar de engañar a la opinión (no queremos creer en la hipótesis de la incompetencia) debería ser algo inadmitido en una democracia.