Nominalismo andalucista

El vago aunque entusiasta sentimiento andalucista ha conocido históricamente muchos nombres tras su refundación rojasmarquista. Se llamó, medio clandestinamente, ASA, esto es Asociación Andalucista de Andalucía, luego PSA, o sea, Partido Socialista Andaluz, más tarde PA o Partido Andalucista para dejar en claro y a secas su regionalismo. Y ahora anda en busca de un nuevo rótulo bajo el que reagrupar a sus huestes dispersas tras sus sucesivas derrotas frente a un PSOE mucho más avisado. Difícil empresa, pero aún en el caso de que lo encuentre, el toque estará en ver si, a estas alturas, hay en el espacio político andaluz, un sitio para medio encajar esta nueva intento.

Conmigo o sin mí

En el pleno del Ayuntamiento de la capital., graves exigencias de ayudas e iniciativas dirigidas al alcalde por los trabajadores de Ercros, bajo la batuta partidista de UGT, como si esa empresa no fuera más bien cosa de Palos que es donde está instalada. Y una moción de IU apoyando las demandas que fue apoyada con los votos del PP en contra de los del PSOE que, por lo que se ve considera que le defensa de los trabajadores le corresponde por derecho divino pero que en caso de ser patrocinada por otros debe ser rechazada. Conmigo o sin mí, así de fácil. No sé qué andará pensando la muy partidista UGT onubense tras esta nueva demostración de incoherencia producida en el otro extremo de su correa de transimisión.

Qué hacer?

No estoy demasiado de acuerdo con quienes denuncian, con razón, por supuesto, que la izquierda o lo que queda de ella carece de ideas frente a la crisis. Eso es tan verdad como que la derecha tampoco tiene repajolera idea de qué hacer para salir de ella fuera del soniquete genérico de que son precisas medidas estructurales, o séase, básicamente abaratar aún más el empleo o declararlo libre sin más. Se dice –lo dice mucha gente—que nada será igual cuando la crisis pase pero la verdad es que no sé en qué se basa la hipótesis, dada la demostrada incorregibilidad de los agentes que con su abuso han conducido a ella. Pero soluciones lo que se dice soluciones concretas y razonables, no se oyen por ninguna de las dos manos. En el marco “Ancien Régime” de un Versalles atorrante, Sarko parece haber puesto el tope a esas ocurrencias, prometiendo no incrementar los impuestos, no reducir la inversión, defender la conciencia social (¿), extremar el rigor presupuestario y posponer la jubilación unos años con el fin de aliviar la carga asistencial. Pero poco más. Ni en USA, donde se divaga ante la presunción de una pronta recuperación, ni en la vieja Europa –tan desigual, por supuesto–, surgen recetas con fundamento, como si la imaginación sociológica y política hubieran sido aniquiladas por la propia catástrofe financiera que llueve sobre mojado encima del desarme ideológico que viene de tan lejos y anda por todas partes. Probablemente nunca la expectativa social anduvo más privada de apoyo teórico ni menos asistida por esa imaginación, aunque es preciso reconocer que es por el lado de la izquierda por donde mejor se percibe la inanidad. Ni una idea, pocas críticas (aparte de las obvias al abuso), si acaso una tópica apuesta por el reforzamiento de la intervención. De la utopía no queda ni rastro sobre el que intentar siquiera reconstruir la esperanza.

 

Por esa misma razón no entiendo en qué se funda el convencimiento de que nada volverá a ser igual tras la mala coyuntura, apotegma formulado, por supuesto, desde la intuición lisa y monda, y sin mayor apoyo en una racionalización solvente. Ante la crisis se ha unificado de hecho esa expectativa clásica, quizá porque nadie ose plantearla como la consecuencia de un  fracaso de Sistema cuyo crak definitivo todos temen, o acaso porque se carezca en este momento de la posibilidad de un pensamiento crítico adecuado a la circunstancia global. Todo sugiere que la crisis va y viene a rastras de su propia lógica y al margen de cualquier posibilidad de interferencia, como si se tratara de un accidente pasajero en un mecanismo irremediable ante el que cualquier alternativa se teme más que al accidente mismo. Antier mismo recomendaba a España el BCE que modere los salarios y abarate el despido como complemento a la visión cesarista de Versalles. Es todo lo que se les ocurre a unos y a otros mientras la inmensa mayoría se registra la faltriquera ajena tanto al sepelio de Vicente Ferrer como al de Ralph Dahrendorf.

El poder, para el soviet

La gran dificultad que hay que sortear a la hora de juzgar la tarea de Griñán es la misma que tiene él para llevarla a cabo: que quien de verdad manda en Andalucía no es el Presidente sino el Partido. No tienen más que ver cómo le han torcido el brazo dos veces seguidas a propósitos de dos sensatas declaraciones suyas, la de que la llamada “deuda histórica” habría de hacerse en dinero, y la que sugería una discreta reflexión su propia edad. El “régimen” está, definitivamente, por encima de sus instituciones. Los manijeros del cortijo tienen la última palabra incluso sobre la del señorito.

El perro del hortelano

En el pleito de los fosfoyesos, hay más de un perro del hortelano y más de dos. Ahora mismo el Gobierno plantea, ¡otra vez!, encargar un estudio, a pesar de disponer de informes de todos los colores, desde los alarmistas que avisan del alto poder contaminante y patógeno de los vertidos, hasta los desdramatizadores que niegan todo riesgo e las dichosas balsas. Unos por otro y la casa sin barrer. Pero ¿y si al fin se concluye que esos desechos son fatales para la salud, cómo se justificará tanta demora? Es hora de ir pensando en que el colosal problema de tales vertidos debería ser abordado como un  problema común y urgente por todas las partes implicadas en lugar de seguir con la porfía inútil que dura ya demasiado tiempo.

La difícil verdad

La difícil verdad

En pleno lío del espionaje español al jede del montaje se la he ocurrido echar mano del llamado polígrafo o máquina de la verdad y someter a su tiranía cibernética a los mortadelas sospechosos de haber filtrado a la prensa sus impresentables aventuras turísticas a cargo del contribuyente.  Ya ven qué pamplina, sabiéndose como se sabe que ese invento no es más que un instrumento imaginario en manos de las policías despistadas, un camelo en toda regla, pues, que aparte de estar admitido científicamente que sus resultados tienen el mismo valor que el puramente aleatorio (el de lanzar una moneda al aire, por ejemplo), ha mandado a la silla eléctrica a más de un pobre pringao, allá en la Babilonia yanqui. Era lo que faltaba para el duro del descrédito de nuestros espías, esa secta secretísima qua cada día va resultando más desmitificada en la opinión pública, lo que, a mi juicio, constituye tanto un signo de progreso informativo como un riesgo para la seguridad, valga la aparente (sólo aparente) contradicción. ¡Mira que sentar en el polígrafo a un espía hecho y derecho para sacarle por el cableado la Verdad con mayúscula, es decir, precisamente eso que el espía tiene el privilegio legal de ocultar cuando se tercie! La Verdad, además, no existe en buena ley, como sabemos, o si se prefiere, no es tan rotunda y nítida como las “verdades” en que la especie humana se refugia desde siempre o, al menos, desde que Caín intentó quedarse con Dios padre cuando le interrogó sobre la muerta de Abel. De modo que esos espías bien podrán refugiarse, como Averroes, en el dobladillo de la “doble verdad” o acogerse con los escépticos a la sombra de la Verdad imposible, ese memorable fracaso gnoseológico. ¡Ahí es nada la verdad! Creer en serio en que la frecuencia respiratoria o los cambios en la sudoración, el ritmo cardiaco o la presión arterial, van a desvelarnos el secreto mejor guardado, es cosa de primos. Eso está bien para jugar con el Dioni o algún putón verbenero de nuestra feria del colorín, pero de ninguna manera para escudriñar el subconsciente y menos aún el de un profesional del disimulo.

 

Nunca han estado tan a la vista las sentinas de lo público, las “cañerías del Estado” de que hablaba González con pleno conocimiento de causa, jamás nos hemos zambullido en el descrédito y la rechifla como en esta temporada de despropósitos ilustrada con las fotos trucadas de nuestro ‘Smile’ exhibiendo sus capturas cinegéticas o pescadoras. Pero esta audacia de jugar al polígrafo con los espías profesionales, además de un desvarío psicológico,  constituye una prueba supina del desbarajuste a que ha llegado nuestra vida pública. Y quizá nada más peligroso para la sociedad que una avería en su secretísima santabárbara. Lo malo no es ya, como pueden ver, que nos traten de tomar el pelo con el cuento del envergue, sino que lo traguen ellos mismos incluso cuando los tienen acorralados posando con el pez espada.