El mal ejemplo

Más noticias cobre el gigantesco latrocinio de Marbella, en esta ocasión en concreto sobre el “caso minutas”, que afecta, además de al inevitable Julián Muñoz, a algún personaje destacado de la vida andaluza. En cierto modo, este lento devanar la madeja de las corrupciones está provocando el pésimo efecto de difundir una imagen generalizada de la corrupción, la idea de que el saqueo de lo público se ha perpetrado y sigue perpetrándose a manos de personajes notorios cuya impunidad escandaliza tanto como sus fechorías. Es lo malo de una Justicia tan lenta y prolija, que permite que la mala imagen madure y se afiance en las conciencias. El final de esta lamentable historia debería ser, al menos, ejemplar.

Incomprensible

Incomprensible, inaceptable y todo lo que ustedes quieran, la actitud del PSOE de alegar confidencialidad para no desvelar las subvenciones concedidas, para proteger en Bollullos a una diputada imputada de cuatro delitos graves o para actuar, como lo está haciendo en Beas, al contrario de cómo dispone el TSJA. Son demasiados enroques, demasiados blindajes, para que una política pueda reclamarse medianamente clara y libre de sospecha. ¿Por qué lo hace el partido, qué tienen los blindados capaz de forzar tanta arriesgada protección? Eso es lo que se preguntará la gente, cada día más distanciada de una política vidriosa y encima partidista a ultranza.

Política no verbal

Estamos más que acostumbrados a la grosería pura y dura que los políticos gastan entre sí. Tanto que acaba resultándonos ingenuo y una pizca conmovedor ver al coordinador andaluz de IU justificándose ante el juez por haber comentado el caso de las facturas falsas de Baena aludiendo al alcalde como dueño del cortijo, como campero de su coto de caza y, de paso, invitando al PSOE a “limpiar su casa”. Lo que llevamos oído en estos últimos años no es para repetirlo, porque aquí se ha acusado a pelo de ladrón, de enchufista o de prevaricador al más pintado, y hasta se ha dado el caso –archivado por la Justicia, curiosamente—de que un alcalde capitalino ha sido acusado en falso (pues ya se conocía la verdad den enredo) por un mequetrefe de la oposición de pulirse el dinero público llamando a líneas calientes en busca de “mulatitas cachondas”. Aquí se puede decir de todo y nunca ocurre nada, quizá porque cierto prurito extremado confunde la libertad de expresión y el derecho a la crítica política con la facultad de arrojar sobre el adversario impunemente cuanta más basura, mejor. No ocurre lo mismo en otros países, como en esa Portugal –tan educada, tan respetuosa—donde el gesto de mostrarle los cuernos a un adversario de la oposición ha precipitado antier el cese fulminante de todo un ministro de Economía e Innovación, Manuel Pinho, a manos de un indignado presidente Sócrates que incluso ha pedido luego público perdón al ofendido. Ya ven, todavía hay países en que hacerle la higa o simularle unos cuernos al rival político le puede costar el cargo y quizá la carrera política al desaprensivo. Lo que faltaba ya en nuestros hemiciclos –en el portugués,  por cierto, la traductora para sordos gesticulaba perpleja en el momento del suceso—era la introducción del lenguaje no verbal para enriquecer la panoplia de insultos. ¿Qué todo se andará? Pues quizá.

 

Del gesto de Sócrates en ese Debate de la Nación deberían aprender aquí muchos alabarderos que confunden la política con la riña y la legítima controversia con la agresión. No lo harán, probablemente, entre otras cosas porque, como va dicho, España disfruta hoy del mayor grado de lenidad imaginable en materia de injurias y calumnias, más por lo que concierne a los políticos que por lo que se refiere a los medios de comunicación. Aquí se ha dicho en un pleno del Congreso que el jefe de la Oposición era un “mariposón” y nadie ha movido un dedo, con ello se dice todo. Y sin gracia ninguna, que es lo peor. Porque todavía en las cortes republicanas había ‘ángel’. Un día cualquiera un diputado adversario espetó a Gil Robles, insinuando, posiblemente, algo parecido a lo del “mariposeo”: “Al fin y al cabo, todos sabemos que su Señoría duerme en camisón”. A lo que aquel líder pre/profascista contestó impertérrito y fulmíneo: “¡Qué barbaridad, qué indiscreta es la esposa de su Señoría!”. ¿Lo ven? Incluso en el rebuzno cabe, si media el talento, su cuota de gracia.

Empleos públicos

Parece que el departamento de Justicia y Administración Pública sacará esta semana su oferta de empleo público, es decir, las plazas de funcionario disponibles en los diversos cuerpos y categorías. A ver si ponen orden de una vez, porque en unas recientes oposiciones, de las 107 plazas convocadas ¡sólo se adjudicaron dos! y, por cierto, no por el procedimiento habitual, que consiste en la elección de vacantes por orden de los opositores aprobados, sino por el expeditivo procedimiento de adjudicarles dos plazas por las bravas. ¿Sería que esas 107 plazas nunca existieron y fueron sacadas a la fuerza por la coyuntura electoral? La Administración Pública necesita como el comer regular con seriedad el sistema de acceso y una actitud menos sumisa por parte de los sindicatos.

Paños calientes

De nada sirven los retorcimientos a la hora de interpretar los datos estadísticos del paro que suministra el Servicio Andaluz de Empleo (SAE), es decir, la propia Junta. Defender el pírrico descenso del desempleo, como ha hecho el inefable consejero del ramo, no es sino contribuir a la confusión una vez que sabemos que, desgraciadamente, Andalucía alcanzará a fin de año el nivel más bajo de su historia, un 30 por ciento de la población activa. Y en Huelva, ni siquiera eso, puesto que ha aumentado el paro en junio casi un 37 por ciento respecto al mismo mes del año anterior. La delegada haría bien en rebañar soluciones en vez de darle inútiles vueltas al manubrio. Al menos ella, porque del consejero, mejor no hablar.

Idea de Europa

Me dice alguien que la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo que ha dejado fuera de combate al submundo etarra reafirma la realidad de Europa, es decir, nuestra condición europea. Le digo que confirma y define, a un tiempo, porque la verdad es que, en buena medida, el retraso funcional, práctico, de la Europa ahora unida se debe, sobre todo, a la vaguedad de su concepto. Una sentencia como ésta nos revela la realidad de una comunidad jurídica y, en consecuencia, también moral y ética, que es algo infinitamente más convincente que la existencia de un colectivo mercantil –la llamada “Europa de los mercaderes”—que, al menos sobre el papel, no era ya novedad desde el siglo XVII. El maestro Adrados nos ha enseñado que Europa fue al principio sólo un concepto geográfico que sólo muy lentamente se irá cargando de contendido ideal, una idea que él simboliza en la imagen de la cebolla formada por capas sucesivas –la herencia clásica, la cultura medieval, el decisivo aporte del Cristianismo–, una aventura que culmina el humanismo y la Ilustración define de cara al futuro. Más allá del ámbito, Europa es la idea: la idea que, cerrada ya en pleno siglo XX, implica un conjunto de valores, toda una axiología sincrética pero eficacísima a la que con todo derecho debemos llamar nuestra ‘civilización’ genuina, realenga. Un espacio humano voluntariamente sometido a una ley común constituye, de hecho, una nación en el sentido más propio. Esa sentencia ha hecho más por el proyecto continental que todos los avances institucionales juntos.

 

Explica Adrados que Europa fraguó no sólo por la acción de fuerzas históricas favorables sino, sobre todo, por su reacción instintiva (y racional) ante esos “enemigos que unen”, en nuestro caso, señaladamente, el Islam pero también, eventualmente, cualquier otro factor desafiante. Lo que fue mito antes que geografia y geografía antes que civilización, acabó erigiéndose sobre un cimiento moral común, base de un proyecto de vida social compartida, y ésta, la vida, reclamó un orden normativo capaz de garantizar el equilibrio entre las partes, tan diversas, de ese conjunto histórico y, en ese sentido, artificial. La Europa cultural se adelanta, como ha hecho siempre, a la Europa política, se impone como una realidad práctica nutrida en el meollo mismo de la utopía, y es el derecho, el gobierno moral y político del vivir cotidiano, la avanzadilla que abre camino a los pueblos. Nos sentimos hoy más europeos –lo fuimos desde muy antiguo, antes que muchos otros—porque acatamos el fallo distante pero íntimo de un tribunal sin fronteras. Y nos suena mucho más cercano y comprensible el anuncio de Hugo: hoy día existe una nacionalidad europea como en tiempos de Ésquilo hubo una griega. Si me apuran, y a este paso, quién sabe si incluso mucho más cohesionada y eficaz.