Insolvencia y clientelismo

No sé qué se funda la oposición, la verdad, para exigir al consejero de Empleo que dé cuentas del nombramiento para dirigir nada menos que el Servicio Andaluz de Salud en Cádiz a un sujeto sin la capacitación debida. Que sea funcionario del grupo B en lugar de serlo, como es preceptivo, del grupo A, no me parece, a estas alturas, ninguna excepción ni dadas las circunstancias, mayor motivo de escándalo. Peor sería –de ser cierto– el rumor oficinesco de que algún prominente consejero ha hecho jefe de gabinete a su coger, y me temo que si se acercara la lupa a los plantillas habríamos de encontrarnos con otras sorpresas igualmente raras o más. Pero ¿por qué hablar de segundos niveles estando ahí el despiporre de los primeros?

Huelva discriminada

Lo ha dicho con firmeza el presidente Griñán, que es Inspector de Trabajo, no se olvide: el acuerdo nacional firmado por Ercros con los sindicatos “maltrata” a la factoría de Palos y discrimina a los trabajadores onubenses al echar sobre sus espaldas el peso del ERE pactado. La Junta –lo dice ahora, con ínfulas y a la sombra del Presidente, hasta el consejero de Empleo—no tolerará esta situación, denunciará el caso y va a procurar evitar sus consecuencias. Vale, pero no señalen sólo a la empresa porque ahí están los sindicatos llevándole la cola, en plan acólitos, y nadie dice nada de ellos. En el Polo debe saberse quién es cada uno y cual su responsabilidad. Señalarlo sin ambages constituye una responsabilidad indeclinable.

Suspenso general

Yo no sé a ustedes, pero a un servidor, el hecho, certificado por el CIS, de que los ciudadanos españoles “suspendan” a todos y a cada uno de nuestros biempagados políticos no me ha sorprendido pero me ha dado que cavilar. Doy por descontado, quizá por deformación profesional, que ese dato de la estima pública es tan relativo como el del conocimiento, pero mucho más escurridizo si cabe. No me creo, por ejemplo, que la gente sepa lo suficiente de los desconocidos ministros del Gobierno actual como para juzgar sus tareas, pero ya es significativo, no me digan que no, que, a pesar de todo, el convencimiento generalizado de su mediocridad haga a los españoles despreciar a sus representantes hasta ese extremado punto. ¡Toda una clase política, incluida la oposición, y ni un solitario aprobado raspón! Ésa es una constatación incuestionablemente descalificadora y que apunta a un escepticismo colectivo que es como una bomba de relojería bajo la línea de flotación de la democracia. ¿Ustedes se imaginan lo que ocurriría si los españoles en bloque descalificaran a la totalidad de sus sanitarios? Cualquiera que conozca el refranero tradicional sabe bien que, por tradición, este pueblo nuestro ha sido duro a la hora de juzgar sumariamente a mandamases, médicos, boticarios, frailes y picapleitos, pero dudo que haya habido época alguna en que la totalidad de la vida pública –hoy mucho más conocida que nunca—haya sido rechazada como incompetente por una ciudadanía refractaria a sus miserias. La pregunta no es ya si un sistema representativo podrá subsistir en semejante situación, sino qué se puede intentar para devolver su imprescindible dignidad perdida a la clase dirigente.

Claro que lo ingenuo hubiera sido esperar que el espectáculo al que asistimos desde hace años no fuera a acabar socavando la confianza pública. ¿Cómo valorar favorablemente a esos barandas, como calibrar a políticos sobrevenidos, en medio, encima, de un permanente festival de escándalos en que ellos mismos se encargan de desacreditarse unos a otros con las acusaciones más hirientes? Por supuesto, no es privativo de España el descrédito de la política –ahí está la Italia de Andreotti o Berlusconi, la Francia autoamnistiada de Mitterrand y demás– pero hasta admitiendo eso resulta forzoso sorprenderse de que ni uno solo de los políticos en activo estudiados merezca aprobar a los ojos de quienes les pagan sus magníficos salarios. Este desconcertante dato no debería ser tomado a título de inventario por los responsables públicos sino aceptado como un severo aviso de lo que puede ocurrir, no ya en la clase política –que eso resultaría irrelevante por completo—, sino en el propio sistema de autogobierno. Dudo que en España haya una sola clase escolar que haya suspendido en pleno. El Gobierno y la oposición, curiosamente, sí lo han hecho y ni se han inmutado.

La bolsa cerrada

Cae en picado la inversión pública en Andalucía y, con esa caída, se agrava aún más –a un tiro de piedra del millón de parados– la situación crítica de la economía andaluza. Datos profesionales hablan de una reducción del 80 por ciento en la primera mitad del 2009, de que el Gobierno ha licitado en ese periodo menos de la mitad que al año anterior y la Junta aún menos, mientras cunde la queja de que el Gobierno se ha gastado en ese mismo semestre el doble de lo recaudado. ¿Quién trata mal, quién discrimina a Andalucía ahora, en plena hecatombe? Que cada ciudadano juzgue por su cuenta y riesgo lo que está más claro que el agua.

La feria de Huelva

Comenzaron las Colombinas. Bajo el discreto signo de la crisis –como se ha señalado ya en El Mundo—pero con todos los avíos imprescindibles para que la fiesta mantenga su dignidad y su creciente nombradía. Las Colombinas han desmentido el pesimismo de quienes postulaban su inviabilidad en pleno ferragosto y, durante los últimos tres lustros, ha crecido en todos los sentidos: en su compleja organización, en su oferta ferial, en sus programas artísticos y culturales, en su feria taurina (este año, de mayor cuantía), mantenida por la imaginación y el trabajo de un Ayuntamiento que hizo desde el principio bandera de ellas y ha logrado mejorarlas año tras año. La Feria de Huelva, con todas sus consecuencias. Una cita colectiva que nos viene de muy lejos.

El coche oficial

Buena la está organizando la prensa alemana y, en especial, el ‘Bild’, con motivo del robo del coche oficial de la ministra de Salud del Gobierno Merkel, perpetrado por dos descuideros en Alicante. Los alemanes son así de cabezas cuadradas, al menos comparados con nosotros, ya que reaccionan como si se estuviera hundiendo el planeta, no tanto por el robo del coche como por el mangazo de la ministra, que ellos no comprenden, las criaturas, porque dicen que a ver para qué quiere el coche oficial una ministra a más de 2.600 kilómetros de su ministerio y en plenas vacaciones. Fíjense si serán ingenuos que nada menos que el responsable de asuntos presupuestarios de la CDU, Herr Schirmbeck, ha llegado a calificar el hecho como una “dilapidación escandalosa del dinero de los contribuyentes”, y un diputado liberal a preguntarse si no hubiera sido más lógico y posible que la embajada hubiera puesto un vehículo a disposición de la ministra si realmente lo necesitaba, en lugar de fundirse 700 litros de gasolina y tener que pagar los correspondientes extras al conductor. Tan fea se ha llegado a poner la cosa que el Ministerio ha salido al paso con el rollo de que la ministra tenía que actuar oficialmente España, donde tendría que entrevistarse con los jubilatas alemanes residentes en nuestra feliz Arcadia mediterránea, pero así y todo hay quien recuerda ya que hace unos años, en 2002 concretamente, el uso de un avión oficial para dejarse caer por Mallorca le costó el puesto al ministro de Defensa, Rudolph Sharping. Pienso que Max Weber estaría encantado comprobando la virtualidad de su teoría sobre el origen calvinista del capitalismo y, en definitiva, de todo Poder.

¡Un escándalo por un mangazo en limusina! Si esa panda de cuáqueros se enterara de cómo funcionan aquí los coches oficiales se abrían las venas en holocausto nacional, si supieran, por ejemplo, que aquí hay chóferes que cobran más que un consejero o que su director general a base de las dietas que perciben por trasladar a los jefes ¡diariamente! a sus pueblos de residencia, por no hablar de la extravagante costumbre, vigente ahora mismo, de pagarle a los barandas el piso en la capital siempre que sus familias residan fuera. En cuanto a aviones, para qué vamos a hablar después del lío fenomenal del “Mystère” de Guerra o del más silencioso que provocó el ‘week end’ de compras en Londres de ZP y su señora. Los alemanes son unos panolis por no decir unos fundamentalistas del buen gobierno, una tribu probablemente a extinguir, en la que todavía cada devoto se paga su par de pichones cuando va a ofrecer sacrificios al templo. La señora Ulla Schmidt, que ésa es la gracia de la robada, debería quedarse en España aunque fuera para enseñársela al paisanaje en una barraca de la feria de las vanidades.