El periódico líder

El consejero de Empleo (¿para cuando llamarlo de Desempleo?), Antonio Fernández, no da una en sus menesteres. Si embargo, tiene una obsesión devoradora con El Mundo de Andalucía, al que él llama –lo mencionó catorce veces en su reciente comparecencia parlamentaria—“el periódico líder” o el “líder de referencia” de la oposición, cosa que desde aquí le agradecemos cordialísimamente. Fernández no da una. Ni la dio con Delphi, ni la está dando en Santana, ni la dio en el oscuro asunto Fivesur que dio origen a este incidente, en el que la Junta salió garante de una constructora, nadie ha podido saber por qué. Le está grande el traje a Fernández, lo que ya es decir en el actual vestuario de la Junta, y quizá lo único que justifica su permanencia es su griseidad. La región más afectada por la caída en picado del trabajo merecía poner al frente de ese departamento a alguien más capaz y menos obsesivo. Ya verán como Chaves  no lo hace.

Y van tres

Puestos a abusar del auspicio en esta sección que ya acertó de antemano las defenestraciones de Trillo y Parralo, arriesguémonos a decir que, aunque hay razones para pensar en que a quien se busca es a una mujer para derribar al Superalcalde,  Elena Tobar tampoco va a ser la candidata de las próximas municipales. Su debut ha sido malo, pero eso es lo de menos, toda vez que hace tiempo que hay razones para pensar que la mesa-camilla duda entre otras féminas con más relieve en el aparato aunque, ciertamente, sin especial atractivo electoral. Lo malo es que queda mucha legislatura y ello va a permitir un gobierno sin oponente, lo que nunca es bueno. Cuando al final decidan qué rostro maquillado poner en los carteles será quizá tarde para su propósito pero, además, se habrá perdido mucha energía política. Al PSOE le importa poco el Ayuntamiento. Lo que quiere, evidentemente, es la alcaldía.

Fuego y vudú

En un mismo día la Justicia francesa ha rechazado la demanda interpuesta por el presidente Sarkozy contra la empresa que anda distribuyendo muñequitos con su imagen junto a un lote de doce agujas para practicar vudú e instrucciones orales para acompañar el rito con improperios y expresiones denigratorias, y la Justicia española –o lo que queda de ella—ha debido absolver a los separatistas catalanes que quemaron la imagen del Rey, es decir, del Jefe del Estado, en solidaridad con otros condenados previos por la misma causa. Aquí el magistrado que presidía el tribunal ha dejado claro que le parecía “incomprensible” la actitud del fiscal al pasar sin solución de continuidad de la consideración de delito (única que compete a la Audiencia Nacional) a la de simple falta, o lo que viene a ser lo mismo, a la exoneración práctica de responsabilidad para futuros pirómanos de la realeza. Allá, en Francia, Ségolène Royal, siempre al quite y nunca recuperada de su derrota, se ha apresurado a esgrimir el socorrido argumento de la libertad de expresión aplicada en este caso a los practicantes de esa macumba. Los demócratas americanos, por su parte, han ahorcado en efigie a Sarah Palin aprovechando las carnavalescas de la noche de Hallowen tal como en muchos países islámicos (y no islámicos) se ha venido haciendo con la imagen de los Bush desde la primera guerra de Irak. Se está quebrando, al parecer definitivamente, el resto de sacralidad que pudiera quedar en la noción del Poder cuya función simbólica, al margen de los abusos, que los ha habido, ha prestado no pocos servicios a la convivencia ordenada. Pero hay, al mismo tiempo, en esas actitudes algo clamorosamente primitivo, una vuelta a la racionalidad mágica que pretende conseguir, en el procedimiento sublimatorio del sacrificio del líder, su daño y eliminación. Porque pase lo de esta majada cimarrona, pero ver ceremonias vudú en la culta Francia no me digan que no resulta no poco estrambótico.

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El problema podría estar en que todos regresáramos a la vez al neolítico y nos pusiéramos a incinerar o a  colgar de una viga a los líderes que nos incomodan, porque la verdad es que no quiero pensar lo que ocurriría si a estos o a los otros les diera por quemar en público las venerandas imágenes que cada mesnada tiene en su santuario, o simplemente, si se generalizara el desorden de afrentar a los barandas de cada bando incluso con un símbolo tan explícito como es el fuego. Aparte de que mucho tiene este asunto de heredado de las viejas inquisiciones para las cuales la quema en efigie era el último recurso –impotente pero vejatorio a tope—de los restos desenterrados de los discrepantes. En Egipto se mandaban borrar de las inscripciones sacras todo rastro de algunos faraones incómodos al nuevo monarca o a los propios sacerdotes, tal como Llamazares y otros cuitados proponen con vehemencia hacer ahora con los rastros de la dictadura pasada y esos descerebrados recién absueltos hacen con el mismísimo Jefe del Estado a pesar de que el Código Penal sigue siendo terminante al calificar de delito ese tipo de injurias. La magia, en este sentido degradado y burdo, es un mal sustitutivo de la impotencia y Sarko, mal que le pese a sus adversarios, queda tan a trasmano de esas supersticiosas agujas, que casi no se comprende su falta de sentido del humor al cabrearse por tan poca cosa. Dice Castiglioni, en su libro clásico sobre el tema, que fue el Estado, en su progresiva implantación histórica, el factor que acabó subordinando la magia y controlando a los magos. Quizá puede invertirse el argumento y ver en este renacer del maleficio un síntoma elocuente de la debilidad manifiesta de la organización política y social. Creo que ha dicho la Reina que menos mal que esas quemas son simbólicas. Me temo que se equivoca en el alcance real de estos autos de fe.

Más maera

Sólo en “imprevistos”, el presupuesto creciente de la obra del Palacio de San Telmo, capricho augusto de Chaves, se ha visto incrementado en otros 50 millones de euros. Suma y sigue. En plena crisis, embalados en la caídas del empleo, revueltos en la trágica situación de miles de familias que diariamente pasan a la indigencia. Se ha pasado de 24 a más de 40 millones, y hay quien dice que la realidad es que van gastados ya más de 50. ¡Será por dinero! Habrá otros muchos asuntos en la Andalucía actual que resalten el contraste entre la angustiosa coyuntura ciudadana y la insensibilidad de los dirigentes de la autonomía, pero ninguno como éste de tirar por la ventana el tesoro, como los viejos próceres renacentistas, para escarnecer aún más al pueblo. Chaves no se merece semejante gasto ni Andalucía se merece a ese Chaves que la mantiene bien atraillada en su mediocridad regimental.

La crisis es de los demás

Extraordinarios los datos facilitados por El Mundo, y comentados ayer en su editorial, sobre el abuso de los Ayuntamientos rurales en materia de “asesores”: los 2.000 euros que se llevaba la “asesora” del alcalde sociata de Villanueva de las Cruces (400 habitantes: a 5 euros por habitante); los millones del megagabinete de “arrecogíos” de la Diputación; los 30.000 euros de suelo del concejal de urbanismo de La Nava (300 habitantes, a 100 euros por cada uno);  los 67.000 euros del alcalde de San Juan del Puerto; los sueldazos de los tránsfugas y fieles de Valverde… En plena crisis, cuando dos mil familias se van al paro diariamente y se anuncia un porvenir mucho peor. Les da lo mismo. Esa “izquierda obrera” está demostrando muna rapacidad que vergüenza a muchos de sus honrados militantes.

Naves en la niebla

El desconcierto de la crisis, los malos datos diarios y los pendulazos bolsísticos, junto con la pregunta general de qué coños es lo que ha ocurrido para que, de pronto, el planeta entero se haya percatado de que estaba a punto de agotarse la mecha y saltar todos por la aires, no están favoreciendo nada al prestigio de la ciencia económica. Normal. Tanto como lo es confiar en ella, del mismo modo que confiamos en el médico porque otro remedio no nos queda, sobre todo mientras las cosas marchan viento en popa o, cuando menos, razonablemente bien. Persiste, sin embargo, la cuestión cuando se pregunta qué clase de ciencia es ésa que no ha visto hasta que la tenía encima una galerna como la que nos arrasa esta temporada, lo cual, por otra parte, supone mala memoria. Olvidar, por ejemplo, que un tipo como Schumpeter –tal vez el más culto y vasto de saberes en su gremio–, a pesar de haber advertido los riesgos del libre mercado y la necesidad de la intervención fiscal y presupuestaria del Estado, fracasó en toda la línea como ministro de Hacienda austriaco y hundió un banco del que alguien tuvo la ocurrencia de hacerlo director, a pesar –advierte Claudio Magris—de que fue de los escasos vigías que avisaron de los peligros con antelacíón suficiente. Schumpeter tenía, en todo caso, una visión realista de la economía, opuesta enteramente a la mántica con que suele confundírsela, y el otro día nos recordaba Juan Velarde sus cabreos monumentales cuando alguien le preguntaba por la duración de las coyunturas como quien interroga a la Pitia en su circo délfico. Eso es como preguntarle al médico cuánto tiempo tardará en morir o en recuperarse el paciente y tiene poco que ver con la razón científica, especialmente en este movedizo terreno en que tan demostrada está, como hemos dicho otras veces, la capacidad de predicción. Después de todo, eso ocurre en las mejores profesiones.

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En realidad lo que hemos vivido todos estos años de euforia desatentada ha sido un régimen despótico de la economía consentido por la política, un sueño plácido que ha roto en pesadilla bajo la presión destructiva de esa dictadura. Un gobierno despótico en el sentido que usaba Montesquieu la expresión cuando contaba que los salvajes de Luisiana, para acoger la fruta apetecida, talaban en al árbol de raíz. Y por eso hemos visto tantas cosas raras, tantos tratos y contratos desorbitados, tan inédito imperio de la codicia, confundiendo todo eso con la prosperidad y el éxito del modelo, como si de pronto, qué digo yo Solchaga, el propio Guizot se hubiera asomado al balcón para gritarnos su famosos “Enrichissez-vouz!”, pero no le hubiéramos escuchado –ensordecidos por la explosión de júbilo—sus últimas palabras: “…por el trabajo, por el ahorro, por la probidad”. El propio Magris decía que los apasionados estudios de Schumpeter sobre cómo funciona el desarrollo económico son ejemplo de esas “matemáticas del pensamiento” que añoran con nostalgia la vasta fenomenología que escapa a sus posibilidades hermenéuticas. Hay que preguntarse, eso sí, por qué ha habido teóricos y gestores que han sacado espléndidos resultados mientras los demás se despeñaban en el desgalgadero de la pre-recesión, y ahí tienen ustedes al Santander si quieren un  ejemplo. Pero habrá que restituir la confianza en aquella mántica, volver a poner nuestros cuartos en manos de los arúspices y ponerle, de paso, una vela a Dios y otra al diablo, que seguro que tiene mucho que ver con la que está cayendo, antes que volver a confiar en la política –lega por definición, casi siempre—y sus oscuros objetivos. En primero de carrera me quedé con una frase de Marshall que hoy me parece incluso profética. Venía a decir que la economía es una ciencia de la vida, y por tanto más cercana de la biología que de la mecánica. Sería bueno que nuestros magos asumieran eso antes de encasquetarse el capirote con estrellas.