Colocar a la niña

Justo cuando el PP escenificaba el paso extrañísimo de la retirada de la querella contra Chaves, en el Parlamento de Andalucía tenía lugar uno de los debates más degradados que se recuerdan, en el curso del cual un autodidacta del PSOE rivalizó con el portavoz del PP cruzando argumentos sobre la “colocación de la niña” como contrapartida de la famosa subvención. Y todo para cerrar al Parlamento la posibilidad de investigar lo que, por otra parte, es ya una obviedad, a saber, que Chaves se saltó a piola la ley de Incompatibilidades. Pocas veces se ha escuchado debate más obsceno y tramposo en esa Cámara inútil. Ahora que Chaves es ya un político amortizado, el episodio resulta todavía más grotesco.

Hambre en Huelva (2)

Hay que insistir en esa realidad lacerante: en Huelva crece el número de personas que carecen de los alimentos imprescindibles. Lo viene evidenciando la asistencia denodada de ‘Cáritas’ y ahora lo explica Cruz Roja, que por primera vez se ocupará de distribuir comida entre los necesitados que se acercan  a su puerta en busca de ayuda, gente con un perfil nuevo –según la organización—pues a los necesitados tradicionales  se suman ahora las víctimas de la crisis económica. Minimizar esta realidad es tan inútil como inhumano, pero es evidente, en todo caso, que la obligación de afrontar la grave situación es del Gobierno y de la Junta antes que de los grupos caritativos.

La sopa boba

De nuevo la pobreza está de actualidad. Es un tema clásico entre nosotros que ofrece una importante literatura de la que, por escribir nómada y no disponer de las fuentes, citaré de memoria los trabajos memorables de Robles, de Soto, del protomédico Pérez de Herrera, aparte de la innumerable lista de escritos arbitristas que clamaron contra la injusticia explicando que mantener esa lacra lastraba decisivamente el destino español. España ha sido desde siempre un paisaje con figuras en las que la pobreza ocupaba un llamativo segundo plano tras el relumbrón, una nación desigualada hasta el extremo en la que la impiedad asumida delegó la asistencia en manos de la religión. Pueden decir lo que quieran quienes ignoran el pasado pero la verdad es que estos reinos de mendigos y pícaros, tullidos y zascandiles, sobrevivieron malamente a fuerza de sopa boba, arracimado a las puertas del convento con la escudilla en la mano y besando el mendrugo. Ayer como hoy. El informe que acaba de hacer público ‘Cáritas’ –el benemérito salvavidas que trató de hundir Matilde Fernández cuando era ministra por el solo hecho de revelar esa foto secreta—nos informa de que, en efecto, la crisis que anda quitando el sueño a los ricos mantiene a los pobres y a sus proles en un puro retortijón. Cientos de miles de españoles o de residentes, legales o indocumentados, sobreviven este verano arrimados al perol de una denostada Iglesia que, más allá de sus vejeces y contradicciones, sigue jugando en nuestro país un papel decisivo para que el imponente sombrajo de la desigualdad no se desplome  con estrépito sobre nuestras cabezas. El Estado no dispone de medios, por lo visto, para atender a esas víctimas. Después de todo lo insólito sería que hubiera previsto ese renglón presupuestario mientras dijo creer que la crisis era una monserga antipatriótica.

 

A diferencia de tiempos pasados hoy no se discute en torno a la autenticidad o falsía de la pobreza –la distinción entre “falsos” y “verdaderos” pobres que duró siglos—sino que nos entretienen con el perfil de los cuitados, un poco perplejos e inquietos por el hecho de que quienes aparecen en la foto con la mano tendida no son ya los viejos mendigos sino una alarmante representación de las clases medias descolocadas por el seísmo, jóvenes sin recursos, flamantes parados o autónomos en quiebra, una fauna que inquieta más, por insólita, que la conocida de toda la vida. Y el Estado, el Gobierno vamos, no sabe qué hacer con eso –un tercio de las familias en paro absoluto carece de cualquier tipo de ayuda oficial—y se ve en la precisión de remitirlo a la denostada Iglesia confiando en la sopa boba que tanto irritaba al colectivismo previsor de la primera hora. No sabemos que podría ocurrir en la España neoverticalista de la concertación social sin la asistencia de esas manos generosas, pero es más que probable que estuviéramos ya, hoy mismo, a dos pasos del conflicto abierto.

Últimos y primeros

Por fin se permite a El Mundo ver el expediente del “caso Chaves”, aunque a estas alturas cualquiera sabe ya de qué va la vaina. Se comprobará lo sabido, simplemente, veremos las firmas comprometedoras que se tratan de ocultar, quedará clara la infracción de la ley de Incompatibilidades pero, francamente, no creo que llegue la sangre al río. Se ha demostrado, eso sí, que de poco sirve negar lo que salta a la vista y confiar la defensa injusta al pregonero amigo. Y no creo, como digo, que vaya a hundirse el planeta por ello. Si acaso va a precipitarse la evidencia de que Chaves es un político amortizado por su mala cabeza.

La UHU sigue su marcha

La UHU no se resigna a sobrevivir en el marasmo universitario que atraviesa el país. Quiere moverse, modernizarse, incorporar toda novedad benéfica, acercarse a tope a la sociedad, implicarse en ella y, sobre todo, afirmar la vieja idea de “Universitas” como asamblea de profesores y alumnos. El pacto de buen servicio que supone la presentación de sus “Cartas de Servicio” habla por sí solo, como ayer resaltaba justamente nuestro editorial. La UHU sigue su marcha, que es lo que importa. El futuro de nuestra provincia dependerá, sin duda, de lo que nuestro claustro consiga hacer.

El eterno masculino

El escándalo provocado por la vida personal del primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, con sus orgías menoreras y sus putones de lujo, recuerda cada día más la leyenda del Tiberio encerrado en su isla de Capri al que, por esa razón, los romanos motejaban “el Cabronazo”. Sólo que veinte siglos mal contados después, es decir, cuando ya retozar con niños en una piscina o despeñarlos tras su ‘uso’ por un acantilado excede con mucho el arbitrio de un poderoso. A mí, personalmente, lo de Berlusconi me sugiere más, en todo caso, el perfil de ese “eterno masculino” que es el paradigma de ‘Don Juan’, aquel delincuente indultado por el sentimentalismo romántico al que, con toda razón, el moralismo barroco había condenado sin remedio. Lo digo porque Don Juan es ante todo la trasgresión favorecida por la impunidad, pero también, de paso, esa vidriosa conciencia predatoria que convierte la relación amorosa en una competición y el amor mismo en un lance ‘honroso’. Lo confirma esa frase arquetípica con que ha tratado de espantar el fantasma del delito (inducción a la prostitución) que le ronda desde que una rabiza le grabó en su residencia privada y que encaja divinamente con el meollo del donjuanismo más convencional: “Nunca he entendido qué satisfacción puede haber sin  el placer de la conquista”. Ya ven qué macho, ya ven qué estricta observancia del catecismo hombreriego, ése que cifra el placer (y el mérito, no se olvide) de la aventura a amorosa en su inexcusable condición de conquista. Para Don Juan vale todo, desde el engaño al rapto pasando por el homicidio, pero no el gesto de la retribución que supondría, desde su óptica ruda y simplista, un demérito irreparable. Berlusconi es un Don Juan de pacotilla, que incluso se hace injertar el bisoñé, pero también un Tenorio de estricta observancia que busca ante todo, probablemente, afirmar sus inseguridades sometiendo mujeres o ganando campeonatos. Un regalo, el ‘premier’.

 

Pero un ‘regalo, ojo, que parece ser que sus compatriotas aceptan encantados, a la vista del aumento de la popularidad de ese gran bobo que ha subido incluso en estos meses de controversia. Es verdad que ese raquítico 16 y pico de participación registrado en el reciente referéndum deja entrever un indudable distanciamiento del electorado respecto de la vida pública, pero también lo es que ese 52 por ciento que lo apoya contra viento y marea implica un desastre quizá irreparable de una moral social que, por otra parte, hace tiempo que asumió que se cambien las leyes para exculpar al Poder. Berlusconi es acaso la medida de esa sociedad política en descomposición y el molde psíquico del amable escepticismo de su pueblo. Pensar que por un quítame allá esas putas se habría de despeñar legalmente no es más que una explicable ingenuidad de la opinión extranjera.