El día después

Diversas reacciones ante el acto bárbaro perpetrado por los menores en Isla Cristina como podían haberlo perpetrado en cualquier otro de nuestros pueblos. La jueza encargada del caso reclama para la provincia, un poco en plan de aviso para futuros bárbaros, ese centro de menores tan tenazmente negado por la Junta. La familia destrozada pide el internamiento de todos los violadores, cosa que la ley actual no consiente, mientras los deudos de aquellos apedrean a la prensa, faltaría más, y el autodidacta que dirige el PSOE provincial a la sombra de Barrero (ni un curso de estudio, ni un día de paro), aprovecha para darle un palito… ¡al PP! Por su parte, los partidos se enfrentan como siempre y mientras el PP reclama una revisión de las leyes, desde los grupúsculos de IU y ERC se repite el tópico de que no conviene “legislar en caliente”. Parece ser que harán falta más tragedias para lograr un acuerdo elemental que la ciudadanía tomó hace ya tiempo desde su impotencia.

Al margen de la ley

Nos hemos referido ya en otra ocasión al plan de Bush, dirigido por vicepresidente Dick Cheney, que incluía la autorización de la tortura y de los asesinatos secretos de líderes de Al Qaeda tras los sucesos del 11-S y que ahora investigan las Cámaras estadounidenses. Cheney es un canalla, no cabe duda, alguien que se ha aprovechado de la guerra, como es bien sabido, a través de sus propias empresas, un sujeto capaz de disponer ilegalmente de la vida de los rivales en nombre de una Justicia autónoma, es decir, ni más ni menos que al margen de la ley. Un escándalo, nadie lo discutirá, la actuación de ese político, felizmente retirado a una segunda línea política en su país pero, ay, impune de sus atroces tropelías. En eso estamos se acuerdo, pero siempre que no olvidemos que el caso de Cheney no es ni nuevo ni más grave que otros ya conocidos, para cada uno de los cuales disponemos, por supuestos, de una batería de argumentos en cada caso basados en razones diferentes. ¿No se acuerdan del asesinato ordenado por Mitterrand que se saldó con la voladura del barco ecologista y a cuyos sicarios condecoró él mismo en la biblioteca de su palacio oficial? ¿Y de los terroristas cazados por la Thatcher en Gibraltar con expresa asunción de la responsabilidad por su parte? ¿Y del Gal, se acuerdan de las decenas de asesinatos selectivos del GAL (niños incluidos), coordinados como sabemos desde el mismísimo ministerio de Interior por sus máximos responsables, como bien estableció en su día la Justicia? ¿Y de los también “selectivos” asesinatos de Israel en la franja de Gaza y otros lugares, tampoco nos acordamos ya? Verán, no se trata de defender un ápice a ese personaje brutal y venal, pero sí de llamar la atención sobre la injusta relatividad de nuestros criterios presuntamente humanistas en función de las circunstancias de los crímenes producidos por los diversos terrorismos de Estado. El terror ha provocado esta perversión del Poder que va a costar Dios y ayuda erradicar si es que alguna vez se intenta.

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Lo mismo ocurre con la pena de muerte, Medio mundo se conmueve ante la imagen de una víctima iraní colgando de una grúa o de la cabeza de de un decapitado rondando bajo el sable del verdugo en Somalia o Arabia Saudí, mientras que el impacto que producen las atroces ejecuciones americanas es incomparablemente menor a pesar de su difusión. Y quien pierde es la Justicia objetivamente considerada y, por supuesto, la ímproba causa de la defensa de los derechos del hombre que se ve chasqueada por sus propios Gobiernos. Ahí anda Kissinger envejeciendo en paz con su sangriento historial a cuesta y el Nobel de la Paz en la vitrina. Cheney me temo que acabará igual, pero admitamos que ello no es ninguna novedad entre nosotros los justicieros.

El avión del moro

El rey de Marruecos ha enviado un avión para recoger los restos del desdichado Rayan, el bebé muerto por error en un hospital madrileño. No lo envió para recoger a la madre, hace bien poco, ni parece que le preocupen demasiado los ahogaditos de las pateras que su descuidada autoridad, contando con la vista gorda de la nuestra, permite salir cada día al mar en busca de la vida o de la muerte, pero le ha parecido oportuno montar el numerito ahora que la ocasión tiene sus vagas implicaciones políticas. El cadáver del pobre Rayan habrá volado sobre las aguas de ese Estrecho en las que muchos compatriotas suyos suelen ser pastos de los tiburones y de las gaviotas, sin que nadie en Marruecos parezca enterarse. La política tiene sus razones propias incluso cuando se disfraza de caridad.

Salvajes impunes

Dos casos en cuatro días, dos adolescentes violadas con ferocidad por una cuadrilla de mixta de menores y mayores. La barbarie de Isla Cristina, añadida a la ocurrida en Baena, sitúan a Andalucía en la picota y plantean, por enésima vez pero con tono de máxima urgencia, la necesidad de una reacción social ante este tipo de crímenes impunes. Que los menores sean inimputables no tiene por qué implicar la absoluta indefensión de la sociedad ante esos delincuentes precoces que, en ningún caso, deberían salir indemnes de actos de barbarie semejantes. Lo que es evidente es que algo ha de hacer la autoridad legítima para enfrentarse a una locura que hace tiempo que ha dejado de ser esporádica para convertirse casi en habitual.

El festín caníbal

Los arqueólogos de Atapuerca acaban de hacer público el hallazgo de un hueso, concretamente un fragmento de húmero humano que, por las huellas de descarnación que presenta, en todo similares a las que ofrecen otros huesos animales del yacimiento, evidencian o, al menos, permiten la hipótesis, de que la antropofagia fue una práctica inmemorial en aquella región. No ya 800.000, como se creyó en su momento, sino un millón trescientos mil años tendría esa práctica entre nuestros antecesores, y los investigadores comienzan a pensar en ella como en una estrategia más de la lucha por la vida, en nada diferente a las otras, es decir, al resto de los dispositivos que el clan primordial activaba para garantizar su alimentación omnívora. Tenemos una noción idealizada de nuestra estirpe –la de esos vegetarianos recolectores que enseñamos a nuestros nenes recogiendo espigas por los trigales silvestres– que parece ser que en absoluto corresponde con lo que hoy saben, a ciencia más o menos cierta, los estudiosos de aquellas oscuras eras en que la Humanidad vagaba nómada por el paisaje helado tras sus rebaños predilectos, y mantenemos esa ilusión a pesar de la evidencia propuesta por los agujeros occipitales que Theilhard y otros estudiosos encontraron en Chu Ku Tien o de las hipótesis no tan desdeñable que los antropólogos franceses, tipo Soustelle, montaron en México para explicar ciertos misterios de la religión y la cultura azteca. Allá en China, hábiles agujeros occipitales evidenciaban el festín caníbal como en los templos mexicanos lo dejaban entrever los propios rituales, pero el prurito “civilizado” ha sido más fuerte que los hechos hasta el punto de echar abajo las hipótesis para sustituirlas por otras ideológicamente más correctas. Un trozo de hueso está a punto, sin embargo, de echar abajo tanta mandanga humanista y enfrentarnos a la evidencia de que Plauto (no Hobbes, ojo) no se equivocaba en su “Asinaria” cuando proclamaba que el hombre es un lobo para el hombre. Las huellas de sus dientes han acabado certificándolo.

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Suelo pensar en que ese fenómeno de la antropofagia, que reencarna en los extremos de algunos seres antisociales, es tan antiguo como ‘Homo’ al menos hasta que ‘Homo’ tuvo en sus manos la posibilidad de nutrirse con garantías sin necesidad de devorar al semejante. En la literatura de Atapuerca tengo entrevisto ese paisaje helado por el que deambulaba hambrienta la horda (¿pre?)humana tras las huellas del bisonte pero que, de vez en cuando, acuciada por el hambre, caía a plomo sobre ese otro manjar fraterno pertrechada de sus cuchillos de cuarcita y silex, y de su expeditiva dentadura. La evolución (o el plan de Dios, según se mire) nos han llevado desde el rebaño depredador hasta el grupo refinado ya por la enérgica acción de los tabúes. Aunque hoy nos sigan llegando fotos antropofágicas de las guerras lejanas como un eco para nada nuevo sino repetidor de lo que siempre fuimos. El festín caníbal tiene infinitas formas y el hombre las conoce todas.

UGT cierra los ojos

A juzgar por las palabras de su mandamás andaluz, Manuel Pastrana, la UGT debe de tomarnos por tontos a los andaluces. Hombre, se comprende que la pingüe “concertación” está pendiente y aplazada hasta el otoño, y que eso no tiene más remedio que traer de los nervios a los responsables de la nómina, pero predicar la equidad de este “acuerdo” de financiación autonómica y sostener que beneficia a Andalucía no es más que un despropósito en el que el sindicato va a quedarse solo (CCOO ya se ha desmarcado con prudencia), incluso entre muchos de los suyos. No se muerde la mano que te da el pan, se admite, pero una cosa es el apoyo discreto al administrador y otra diferente su defensa numantina. Pastrana sabe bien que todo eso que dice es un cuento que no se sostiene, pero parece creer, por la cuenta que le tiene, que los demás somos ciegos. O tontos.