Servidumbre voluntaria

De creer en los datos facilitados por un sondeo marroquí que acaba de ser prohibido por la dictadura del país vecino, uno de cada dos ciudadanos marroquíes apoyaría la expeditiva actitud autoritaria del monarca alauíta porque prefiere ver el interés público en sus manos a verlo en las de sus corrompidos edecanes. Me refiero a un sondeo encargado por la revista “TelQuel’ en colaboración con ‘Le Monde’ que trataba de pulsar la opinión pública coincidiendo con el décimo aniversario de la llegada de Mohamed VI al poder, y que el régimen autocrático ha embargado y destruido por considerar intolerable que la sagrada persona del Rey fuera sometida a la opinión pública, incluso si, como es el caso, los resultados de la encuesta resultaran favorables a la gestión del monarca. No ha importado que una inmensa mayoría de marroquíes –más de un 90 por ciento—expresaran en el estudio su convencimiento de que el país ha mejorado considerablemente, en esta etapa, en cuanto se refiere a educación, sanidad o equipamiento del territorio, para que el sondeo fuese prohibido tanto en su versión árabe como en la francesa, ni que la gran masa se muestre tradicional a tope hasta el punto de considerar atrevidos los puntos de vista del rey sobre la igualdad entre los sexos, la prohibición de la poligamia o el derecho al divorcio de la mujer: la persona del rey es sagrada por principio, y ese principio no puede comprometerse rebajándola a ras del criterio público. Mohamed VI tiene motivos para estar tranquilo, desde luego, con un pueblo que abraza con decisión, a pesar de los pesares, eso que Étienne de La Boétie llamara la “servidumbre voluntaria”. Supongo que decir que con su pan se lo coman sería mucho decir.

Este tipo de constataciones deberían servir de referencia a los ilusos que sostienen en Occidente la conveniencia y hasta el “derecho” de introducir en la vida política del mundo islámico nuestras exclusivas democracias. No porque tenga más sentido asumir como legítimas la arbitrariedad e incluso la barbarie ajenas, sino porque parece evidente en muchos casos que son los propios pueblos sometidos los que detestan un cambio de régimen que los desconcierta en su cultura tradicional. Hay un cierto paralelismo entre el sometimiento espontáneo de la gente y el gesto tiránico, una suerte de equilibrio inducido mutuamente entre amos y esclavos que recuerda, después de todo, algo que no era desconocido en nuestras sociedades clásicas. Hasta el punto en que si la tiranía prohíbe opinar al pueblo, éste se siente más seguro –o al menos eso dice– en su mano de hierro. La servidumbre voluntaria es el anverso del despotismo. Supongo que los que encargaron el sondeo en cuestión sabían de sobra y de antemano tanto el resultado como sus consecuencias.

Sí pero no, pero ¿qué?

No tiene precio la ministra de Igualdad, la célebre Bibiana, para animar el debatillo de la rebotica nacional con solecismos y frases sin sentido. La última, tras recomendar a los jóvenes que “se rebelan pacíficamente”: “Estamos en el mejor momento para rebelarse pacíficamente, ya que estamos en unos tiempos en que algunas potencias pueden llegar a pensar que la violencia es un medio eficaz para defender sus intereses y donde algunos nos hacen creer que hay menos esperanzas de desarrollo de los pueblos”. Sic. ¿Ustedes entienden algo? Pues acaban de oír la voz del Gobierno, nada menos. Nunca la vida pública había rebajado tanto sus estándares.

Doñana

El Coto Doñana sufrió ya un susto descomunal cuando la catástrofe de Aznalcóllar. Luego se ha visto amenazado varias veces con incendios en sus mismos límites. Y finalmente llegó el chapapote. Lo que importa, evidentemente, no es sólo que este vertido sea controlable o amenace con males mayores, sino el hecho mismo de que sea posible que frente a esa joya medioambiental aceche un peligro semejante. Ni siquiera sabemos el alcance real del vertido, pero hay que insistir en que lo cuestionable es el hecho mismo de que frente a Doñana se realicen tareas peligrosas –a la vista está—que incluso se piensa en aumentar con un oleoducto. Es posible que en ninguna autonomía “de primera” se consintiera algo así. En la nuestra, a la vista está que sí lo es.

El animal nostálgico

El hombre está cada día más solo en las sociedades contemporáneas. A pesar del bullicio, en medio de la muchedumbre, el individuo sobrelleva una existencia sentimental precaria en la que, con frecuencia elocuente, estalla la nostalgia como una luminaria artificial. Ya me dirán si no qué significan –para el psicólogo, para el psiquiatra, para el sociólogo, para el sentido común— esos millones de personas (más de quince millones sólo en algún país europeo) que se echan cada día a Internet en busca de las improbables huellas de los viejos amigos de la infancia, de aquella ‘basca’ que, según los teóricos del “grupo pequeño”, puso los cimiento básicos de nuestra personalidad en medida tal vez mayor que la propia familia. ¿Qué busca el hombre postmoderno en esas amistades extraviadas por la vida si no es el fantasma imaginario de la amistad perfecta, el compañerismo forjado en la convivencia augural a fuerza de secretos y deseos compartidos? Me entero de que para la psicología en general, este fenómeno parece sugerir un movimiento anímico de ‘regresión’, de eso que la psiquiatría ha llamado muchas veces “jeunisme” (infantilismo sería otra cosa, desde luego), o bien algo así como la ilusión de un balneario psíquico (un “thalasso mentale”, según la expresión del psicoanalista Michael Stora) capaz de insuflar energía a nuestra imaginación claudicante. Dicen otros que el amigo perdido es, a pesar de lo que solemos creer, un espejo permanente ante el que hacer balance de nuestras vidas respectivas, un espejo que siempre ha estado ahí sin hacerse notar, como sepultado por la tiranía del presente continuo y, en cierto modo, también un “alter ego” del que el tiempo ha logrado alejarnos pero sin conseguir suprimirlo. Un animal nostálgico, eso es lo que somos. Tantos millones de internautas nos lo confirman a diario.

Al ingenio popular de Courteline le leí alguna vez (cito de memoria) que las viejas amistades se improvisan. Ahí lo dejo para uso de freudianos y conductistas pero, sobre todo, para aquellos que tengan algún interés en entender por qué millones de congéneres teclean diariamente en el ordenador en busca de la infancia perdida o, como diría Fernando Savater, de la “infancia recuperada”, ese divino espejo bruñido e íntimo en el que nuestra imagen más auténtica se reencuentra como un fantasma. ¿Por qué querrá tanta gente reencontrar el pasado, recuperar el paisaje perdido, ponerle nuevamente cara a la convivencia que nos hizo humanos mientras jugábamos ingenuos a ser adultos imposibles? Es bueno eso de que las amistades viejas se improvisan aunque nada ni nadie nos garantice el éxito de ese “revival”. El hombre vuelve siempre la cara atrás. Sin olvidar el lado útil que entrevió Epicuro cuando respondió a la pregunta que hoy planteamos considerando que toda amistad deber ser rebuscada por sí misma aunque, en el fondo, su origen esté en la utilidad. Bentham no lo habría formulado mejor y nosotros no vamos a intentarlo siquiera.

Pausa del paro

Bajó el paro en Julio, que es un mes óptimo. En un 0’31 por ciento, que viene a representar a 2.400 personas mal contadas. Y subió en tres provincias, que es lo peor. La noticia es relativamente buena pero no debe perderse de vista ese horizonte del millón de parados que padecemos, frente al cual una bajada tan diminuta, poco significa, sobre todo si se tiene en cuenta que el otoño está a la vuelta de la esquina y traerá lo peor. Urge un pacto de todos contra la crisis, en cualquier caso, y sería una terquedad inasumible que no se hiciera por celos y peleas entre partidos, porque parece claro que sin él no existe ni la posibilidad de una recuperación sustancial.

Tras el susto

Parece que finalizan los trabajos de limpieza de aguas y playas, incluidas las del Coto Doñana. Se cruzan comunicados entre quienes ven en lo sucedido un anuncio de lo mucho peor que podría pasar cualquier día, y una Administración, la Junta, empeñada en minimizar los efectos del grave accidente. Una vez más se oyen voces que apuntan a la insolvencia de nuestros gestores públicos, ni uno de los cuales posee la menor cualificación para enfrentar problemas de esta naturaleza. Y se agita el fantasma del oleoducto prometido por Zapatero a Badajoz y sus “amigos políticos”. Lo que ha ocurrido debe servir para reflexionar sobre los riesgos reales que amenazan a nuestro litoral. Que nuestras autoridades hagan lo contrario es malísima señal.