Tres mujeres

Sobre tres mujeres magistradas ha caído el marrón del “caso Noos” y, en mi ínfima opinión, hagan lo que hagan esas tres mujeres la cosa difícilmente puede salir bien. Es obvio que los “poderes fácticos” y los otros se han echado encima de la Justicia con el fin, también evidente, de salvar a la Infanta de su situación. La salida al tercio con que el fiscal Horrach abrió el juicio oral aportando, junto con la abogacía del Estado, otro informe exculpatorio de Hacienda, ha sido una providencia dudosísima porque si, en efecto, prospera la “doctrina Botín” y se excluye a la Infanta de la causa no habrá españolito que no piense que el Estado ha librado a una mujer responsable que, de ser una desconocida, aguantaría la vista entera y plena. ¿Por qué aplicar la “doctrina Botín” y no la “doctrina Atuxa”?, se pregunta, con toda razón mi amigo el eminente penalista Enrique Gimbernat. Pues porque de este juicio ha de salir malparada la institución real si la infanta es excluida antes de ser enjuiciada, pero también la propia Justicia, que quedará, ante la opinión pública, como en junco flexible bajo el siroco de los poderes del Estado. Y ello sin contar con que el sentir popular ha juzgado y condenado ya a la Infanta, no sólo, pero también por el hecho der infanta. Ya no se acuerdan de cuando apostaban con estrépito a favor de que doña Cristina, jamás se sentaría en el banquillo. Ni de la que se armó cuando los ropones llamaron a González –¡como testigo!—en el caso del secuestro de Marey. ¿Recuerda alguien la matraca que dieron entonces con lo del “estigma” que había que evitarle a toda costa al presidente del Gobierno?

O sea, que no hay salida. Fuertes como la juezas de Israel tendrán que ser estas mujeres jueces con medio mundo pendiente de sus criterios. Dice Victoria Prego que en el banquillo ideal toma asiento también el rey emérito, el mismo que supo quitarse de en medio a tiempo y dejarle la patata caliente a su hijo. Pues sí, en cierto modo, pero ocurre que eso de que la Justicia ha de ser igual para todos lo tenía que decir precisamente él. La Infanta ya está en Calvario, ocurra lo que ocurra. Ahora se trata de ver, si la prudencia logra al menos evitar el circo de tres pistas. Por el bien de nuestra sociedad, por el de la Justicia, por el de la Monarquía: por este orden. Personalmente no recuerdo un marrón mayor que el que le ha caído a estas tres mujeres.

El culebrón de Marbella

¿Alguien sería capaz de recordar con certeza cuándo comenzó el culebrón judicial marbellí, con las hazañas de Roca, las chuscada de Cachuli, el melodrama de Pantoja, las carotas de las García-Marcos y Yagües, el tránsfuga fugado del que nunca más se supo, etcétera? Pocas personas, seguramente. Ahora un Julián Muñoz visiblemente agotado parece que ha decidido aceptar todos los cargos que se tercien con tal de no calentar más banquillo, y la abogada de Roca recuerda que su defendido tiene incoadas más de un centenar de causas. Son todos los que está, eso sí, pero no están todos los que son en este culebrón inagotable que ha terminado por no interesar a nadie. Y por supuesto, sin resarcir al erario de las fortunas mangadas.

Sin Gobierno

Entre el constante murmullo que circula a propósito de la incapacidad de nuestros partidos para ponerse de acuerdo en algo tan básico como es la gobernación del país, van distinguiéndose algunas voces que recuerdan el caso de Bélgica, que creo recordar que estuvo año y medio sin ejecutivo, sin que el país lo notara apenas. También hay guasistas que recuerdan lo pacíficos que discurren los días en puentes y vacaciones, es decir cuando el reloj funciona sin relojero que lo trastee, llevados sólo por lo que yo llamaría su inercia vital. ¿Son necesarios los Gobiernos? Yo no tengo dudas, a fuer de jacobino, pero no tengo más remedio que admitir la parte de razón que llevan esos objetores cuando ponen el ejemplo del Parlamento de Andalucía (y supongo que habrá otros muchos ejemplos), que tras consolidar su derecho a un mes de vacaciones, ha doblado ese derecho por el sencillo procedimiento de cerrar las puertas de la Cámara durante el mes de enero. Bien, ¿y quién nos dice, en vista de lo visto, que si se auto-otorgaran otros dos o cuatro meses de relax se iba a venir abajo el templo? Fuera de bromas, es obvio que la falta de acuerdo o la amenaza de un concierto inquietante para los mercados –pues ése es nuestro dilema– suponen un daño cierto para la nación y si no ahí están los datos sobre la retracción de las inversiones o los desplomes sucesivos de la Bolsa, hasta ahora camuflados, con el argumento del “efecto mariposa”, remitiéndonos a la súbita crisis china. Yo he visto correr como si escapara de una prisión a un gallo decapitado.

Por lo demás, no me cuento entre quienes se sorprenden de la cerrazón de Sánchez teniendo en cuenta que lo que ese hombre defiende es el pan de sus hijos. ¿Una “grosse koalition” en este país de cabreros? Hombre, tampoco es eso, porque la estatura y complexión de las políticas –como de las ideologías—van en estrecha relación con la de sus protagonistas y, con toda evidencia, ni Rajoy es Merkel ni Sánchez es Steinbrück, el hombre que, teniendo en su mano pactar con la izquierda y con la derecha, ha optó por prolongar la coalición. Uno anda convencido de que, al final, será Rajoy quien forme un Gobierno, seguramente efímero, y ya veremos qué ocurre cuando Podemos se haya merendado al PSOE o lo haya reducido a una fuerza marginal. Ahora se ha demostrado que nuestra democracia sigue estando inmadura. Eso se nota más que nada en la incapacidad de los partidos para supeditarse al bien común.

Olfato político

Habrá, seguro, quien vea en la proclama españolista de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, un forcejeo por el control de su partido, y también quien diga, con razón, que un máximo responsable de la autonomía andaluza no puede hacer otra cosa si pretende permanecer en esta taifa. Su gesto, en todo caso, es justo y razonable, y dadas las circunstancias, puede contribuir y mucho a evitar algún disparate que planean ciertas izquierdas. Le faltará lo que se quiera, pero lo que no se le puede negar a esta señora es un olfato político que le ha permitido escalar en su “aparato” y, contra todo pronóstico, convertirse en un referente nacional. Quien apueste o deje apostar por el separatismo en Andalucía tendrá poco que hacer por aquí abajo.

Mein Kampf

Siempre hubo libros prohibidos. De un capitán de Milicias de mis tiempos universitarios se contaba la extraordinaria anécdota, muy probablemente apócrifa, de que el encontrar en un macuto una edición bilingüe de “La República” de Platón arrestó incontinenti al aplicado e informó a sus jefes de que lo había hecho por tratarse de un libro que, además de titularse “La República”, estaba escrito en español y en ruso. Ahora acaba de publicarse, por vez primera en setenta años, la obra capital de Hitler, “Mein Kampf”, o sea “Mi lucha”, ese centón de tópicos y troje de odios y rencores –que es fama que ni siquiera lo escribió él sino la mano astuta de Rudolf Hess—que muchos de nosotros, espíritus inquietos, leímos en su día por curiosidad malsana. Dicen sus editores del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich que han editado la obra maldita tras someterla a una estricta crítica, un argumento que me convence poco teniendo en cuenta la dificultad intrínseca que implica imponer una lógica saludable a otra surgida de un sistema ideológico insensato. “Mein Kampf”, a mi modesto juicio, no es sino el discurso de un demagogo loco pero con buen olfato para reconocer cuáles eran los apetitos de sus posibles lectores, los alemanes de una época tremenda encogidos pavorosamente, como casi toda Europa, tras la Revolución Rusa. El enemigo judío, con toda su carga legendaria, la propia burguesía timorata o el proletariado corrompido eran el Mal, con mayúscula; la mítica depuración aria del paisanaje, el remedio. Ustedes verán.
Siempre hubo libros prohibidos. En nuestro siglo XVII para exponer la doctrina de Maquiavelo había que dar un rodeo por Tácito, como me enseñó mi maestro Maravall y acaban de ilustrar un grupo de filósofos en un espléndido volumen colectivo encabezados por Pablo Badillo. Los mismos que hacían un uso inmoderado de la “razón de Estado”, ellos que envilecían la Historia amañándola a sus intereses, prohibían a los Lipsio o a los Solórzano, esgrimir el fino estoque del florentino. Los alemanes han pensado que mejor es mostrar del disparate íntegro pero sometido a la crítica actual, que mantener en torno a ese libro bufo la siempre incitante bruma del misterio. Lean a Hitler y verán a qué grados de aberración e idiocia puede llegar la mente de un ambicioso. Pero también, a qué extrema complicidad puede someterse un pueblo sabio. Verán lo poco que se necesita para causar la mayor tragedia que ha conocido la especie humana.

El declive político

Cuando discutimos sobre el increíble enredo en que se halla inmersa la política española solemos olvidarnos de algo tan sencillo y obvio como es el declive de la “clase política”. Tenemos hoy en nuestro Parlamento y el resto de nuestras instituciones, el peor plantel de personajes políticos no sólo de la democracia sino tal vez de nuestra historia, un hecho que tiene fácil comprobación con un simple repaso a la información gráfica que nos demuestra lo insondable de nuestra crisis indumentaria. Hemos pasado, casi sin darnos cuenta, de la cartera a la mochila, de la formalidad en el vestir a la funcionalidad más ramplona, de los viejos currículos apretados de títulos a esos historiales que caben en un papel de fumar y sobra sitio, y eso es algo que va a pagar España, no ya a lo largo de una legislatura casi imposible, sino ya, de entrada, cuando se constituyan una instituciones ocupadas por paracaidistas ocasionales procedentes de la agitación callejera o de la astucia mediática. Nunca hemos dispuesto de un elenco tan desastrado e inexperto como el que ha salido de las últimas elecciones generales que será, por lo demás, el que habrá de enfrentarse, más tarde o más temprano, a la exigente política que nos impone la crisis y la pertenencia a la Unión Europea. Y no es que uno eche de menos a los Romanones de chaqué y chistera, sino que un somero conocimiento de lo que es la política y la Administración nos avisa del riesgo de un informalismo que más que expresar novedades anuncia un más que probable descalabro.
Nuestra democracia ha heredado de la Dictadura que la precedió la idea de que la política práctica puede depositarse en manos de cualquiera con tal de que el beneficiado mantenga lealtad a su fautor. Ha bajado el nivel de formación de nuestros cuerpos funcionariales, multiplicados en las autonomías, y ahora, además, se ha abierto la puerta a la calle para que penetren en el “sancta santorum” los más bullangueros de la chirigota, que no suelen ser, normalmente, los mejor formados ni tienen por qué ser los más inteligentes y capaces, y ello en el peor momento histórico que ha vivido España en régimen de libertades. Aseguran los expertos que el descenso del paro no ha sido espectacular en diciembre a causa de la incertidumbre de los inversores que reclaman ante todo, como es natural, una seguridad jurídica que el cuadro que acabo de describir dificulta sin duda. Jamás ha alcanzado la política española un fondo tan abismado.