Sus “vagas” señorías

Más de cuatro de los representantes en Cortes andaluces –64 entre diputados y senadores: a un millón de pesetas mal contado por barba– no se han molestado en presentar unan sola iniciativa en lo que va de legislatura, en especial los senadores designado indirectamente por el Parlamento de Andalucía. Estupendo. Son los mismos que votaron en contra de la declaración de zona catastrófica tras el pavoroso incendio de Huelva-Sevilla, pero a favor en el caso del incendio de La Mancha. Los mismos que podrían tener al Gobierno en un amistoso puño teniendo en cuenta que sólo el PSOE tiene en la provincia de Sevilla más votos y los mismos representantes que ERC. Y encima ni van a los Plenos, como muestran las fotografías del hemiciclo, porque para ellos no rige ni el control de tareas ni el del absentismo. Podríamos ser los reyes del mambo y vamos de recoge-pelotas.

La guerra del abuelo

En Calañas han hecho caso omiso de la prohibición de abrir las tumbas de la guerra civil. Setenta y dos años después, no antes, porque podrían haberlo hecho o, al menos, intentado, en todos estos decenios de democracia, pero no lo hicieron. Y Chaves le quita importancia diciendo que, al fin y al cabo, la paralización de los desenterramientos es provisional, pues espera a que haya sentencia sobre si Garzón es competente o no. Va a arder Troya, incluso dentro del PSOE, como siga adelante esta ordalía insensata, porque sería inevitable que se acabase descubriendo que la contribución a la represión de ambos bandos incluye a padres y abuelos de muchos mandatarios actuales. Una pena y un disparate, pero nada casual sino teledirigido por un Gobierno cuya intención no es otra que distraer al pueblo de los aterradores problemas reales. ¿Cuántos parados tiene el Andévalo, pongo por caso? Esa pregunta habría que hacérsela a los fosotes de Calañas.

La marcha atrás

En la progresista California, tan sesentayochista, tan marcusiana, tan avanzadilla en materia se relaciones sexuales, un referéndum popular convocado seis meses después de que la Asamblea aprobara el matrimonio ha dado al traste, a través de una enmienda constitucional, con el invento y decretado su nulidad. También en Portugal ha fracasado el intento de legalizar esas uniones –por cierto, conviene decirlo todo, con el concurso del voto del PSP y del Bloque de Izquierda– tal como antes había ocurrido ya en Arizona o en Florida. En España no ha tardado el cardenal Rouco en reclamar un referéndum semejante para comprobar cual es la actitud de la población ante esa novedad y no me extrañaría que vivamos próximamente intensas campañas en este sentido. El problema está en la irreversibilidad de hecho de esas uniones legales que, por cierto, como acaba de probar la consulta californiana, cuentan con la enemiga de los sectores ‘seniors’ de la población pero con el apoyo de la gente joven, lo que quiere decir que la actual prohibición no es más que un nuevo aplazamiento de una realidad que en un futuro más o menos próximo volverá a ser legalizada. La operación, insisto, es jodida, en todo caso, aunque sólo sea por la cosa de los derechos adquiridos, y recuerda lamentablemente a la insensata anulación franquista de los divorcios y matrimonios republicanos, también apoyada en su día por la presión eclesiástica, o a la confiscatoria e injusta anulación del dinero emitido por el régimen legítimo que arruinó a tantas familias. De todas maneras, ahí está el inquietante precedente de California –y es poco dudoso que vendrán otros tras él—para advertirnos de que “no es pintar como querer” y que los cambios esenciales en las instituciones de la sociedad no resultan nunca fáciles y menos exentos de graves peligros. En Roma escuché en una manifestación gay el grito repetido de “¡Zapatero, santo sùbito’!” que parece ser que se ha reproducido ahora en California. Pero la sociedad tiene sus inercias bajo la superficie de la opinión y no es fácil jugar a placer con la antropología. A la vista está una vez más.

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Éste no es, me parece a mí, un mero conflicto entre las nuevas morales y la moral tradicional que, en España, por ejemplo, vale decir cristiana, sino una auténtica revolución perfectamente inédita en la Historia. Cuando oigo apelar a la ‘Ilustración’ francesa a los defensores de esa mutación tan radical me pregunto en qué D’Alambert, en qué Diderot, en qué Rousseau habrán encontrado una idea siquiera lejanamente compatible con la familia homosexual —véase en la ‘Enciclopedia” la voz “mariage”, para empezar–  y en cual de nuestros ‘ilustrados’ españoles (de Feijóo a Camponanes, de Ustáriz a Floridablanca, de Capmany a Olavide) creen ellos que encajaría semejante propuesta institucional. Cambiar la estructura de la unión familiar equivaldría a la abolición de la propiedad privada o a la eliminación del tabú de la vida, y eso hay que tenerlo en cuenta lo mismo si la evolución social deriva a favor de las mudanzas, como parece, que en caso contrario. Lo que quiere decir que si arriesgada fue la decisión de inventarse un nuevo modelo de pareja matrimonializada (tomada como irreversible) por el Poder, arriesgado es proponer ahora una marcha atrás para la que da la impresión de que el derecho no deja espacio suficiente. Por supuesto que la antropología es unánime en torno a la idea de matrimonio (no así a la de familia) pero de sobra conocemos las discrepancias entre la antropología y la sociología práctica, siempre más próxima a la realidad. No habrá ni dejará de haber uniones gays porque lo autorice una asamblea o lo prohíba un  referéndum, sino porque los tiempos acaben imponiéndolas en el marco de una sociedad nueva espontáneamente impuesta a los propios políticos. No duden de que ésta no es una secuela de la moderna ‘Ilustración’ sino un inesperado subproducto del darwinismo inmemorial.

Repaso judicial

Reales Alcázares sevillanos, acto de presentación de cuatro nuevos magistrados de lo Penal que vienen  reforzar la tela de araña de la Justicia. En un discurso brillante, Antonio Reinoso, representante del Poder Judicial en Andalucía, no se anduvo por las ramas sino que le endilgó a la Junta uno de los palos más soberanos que se recuerdan desde que se habla de estas cosas, mientras el alcalde y el ‘delegata’ de la Junta miraban al suelo o a las musarañas como quien oye llover. Por cierto que Reinoso enfatizó un  argumento que aquí, modestamente, se ha dado varias veces: que no hay medios porque la Junta no invierte al carecer esa inversión en Justicia de rédito electoralista. Esto parece que se mueve y no tardará en mejorar, a pesar de la propia Junta y sus inefables responsables.

Ojos cerrados, bocas tapadas

El Ayuntamiento PSOE-IU de Aljaraque no sabe qué hacer ante la ola de asaltos y agresiones que padece la urbanización La Dehesa, un escándalo ante el que parece mentira que a estas alturas ni él ni la subdelegación del Gobierno tengan la más remota idea de por donde vienen los tiros. Y por si faltaba algo, carga contra el mensajero protestando por la “distorsión de la realidad, la manipulación de noticias y la generación de alarma injustificada”. Cara de cemento hace falta para salir ahora con ésas y máxime ignorando los últimos seis robos y la agresión al menor por parte de un encapuchado. En efecto, hay que ser responsables: ¿qué ocurre en la Dehesa de Aljaraque desde hace meses? No me extraña que no puedan reaccionar ante ello si ni siquiera podrían contestar a esta pregunta que se contesta sola.

El perro de Obama

Como junto al entusiasmo, no poco gratuito, despertado por el presidente electo, la verdad es que los entusiastas tienen muy pocas razones de peso para justificarlo, la noticia de que el hombre piensa agasajar a sus hijas con el regalo de un perro ha levantado en medio mundo una ardua polémica sobre la raza que debería tener el agraciado. Se dice que por el perro conocerás al hombre, que el carácter del can reproduce fielmente el estilo del dueño y que, en cierto modo, cabría parafrasear el adagio antiguo diciendo eso de “dime qué perro tienes y te diré cómo eres”. La parte buena de la polémica es que los aficionados a la microhistoria vamos a enriquecernos con al crónica perruna de la Casa Blanca, reviendo a esos presidentes del pasado, grandes y chicos, junto a su fiel mascota y tratando de intuir en ésta el carácter íntimo del mandatario. La historieta que hasta ahora se lleva la palma es la que se refiere a la decisión de Franklin D. Roosevelt de enviar un barco de guerra a Alaska en busca de su perrita ‘Fala’ que se había quedado olvidada tras un viaje oficial a aquellas heladas tierras, decisión que provocó, como era natural, un intenso debate crítico en todo el país y un cabreo de solemnidad entre los contribuyentes. El pastor alemán es quizá el más preciado hasta ahora por los presidentes, al menos desde que Hebert Hoover le pusiera caseta a su temible ‘King Tut’ que no permitía, según cuentan, que se acercaran al dignatario ni sus asistentes, un poco como el ejemplar negro que John Kennedy eligió para encabezar su jauría de perrillos menores, pero quizá el más popular fuera el labrador de Ford, ‘Liberty’, que no se separaba del jefe ni en los actos oficiales. Reagan tuvo su ‘Rex’, dicen que muy solícito, Bush su ‘Milly’ del alma y Nixon un bello ‘setter’ que lo acompañaba en sus meditabundos paseos aparte de otros de razas enanas para el escena doméstica. Ya saben que Truman aconsejaba a quien quisiera tener un amigo en Washington comprarse un perro y parece que Obama no ha olvidado el consejo.

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En medio de esta polemiquilla se ha ido abriendo progresivamente camino la idea de que a un presidente como a Obama lo que le pegaría más sería hacerse con un perro sin dueño, con un paria de la tierra, nada que ver con los aristócratas raciales tan estimados hasta ahora  por sus predecesores, un perro anónimo, sin más casta que la astucia ni más ‘pedigree’ que la indigencia, una exigencia que se plantea desde la imaginaria suposición mesiánica de que Obama es el esperado salvador que aguardábamos todos para que el Imperio se reconvierta en una entidad benéfica y protectora. No acabo de entender por qué, hay que decirlo, porque Barak Obama no es un paria ni un desheredado de la tierra, ni siquiera un negro discriminado, sino un miembro aprovechado y competente de la oligarquía que es como en América, fuera de dos o tres apellidos, cabe denominar a la aristocracia. Tertulianos y hasta politólogos cruzan apuestas sobre la raza perruna que, finalmente, elegirá ese electo que bastante tiene ya con formarse una idea de la que se le viene encima y, con él, a todos nosotros, humildes “provinciales” entusiastas que lo han saludado como aún no se merece pero como, con suerte, acabará mereciéndose. Personalmente veo un gesto tan obvio como demagógico en elegir un perrillo desahuciado, sin ocultar que –también yo víctima de la vorágine romántica que nos arrastra—esa elección sería, sin duda posible, concelebrada como un buen augurio y piedra miliar de muchas esperanzas. Obama es un secreto, un melón por calar al que se escoge por su color y su vaga aroma, y ahora, encima, van a juzgarlo por el perro que elija antes de que dé un palo al agua. Los hay que nacen con el pie derecho.

Me refiero al can que, cuando acabe este cuento, verá cómo se libra de esta puta crisis nada menos que en el olimpo de la Casa Blanca.