La Taifa de Chaves

No ha protestado la Junta, como ha hecho la Generalitat, por el estupendo dossier que The Economist dedica a España en su último número. Y hace bien, porque si a Pujol le dicen “cacique”, lo cual quizá se queda ya históricamente un  poco corto, a Chaves lo ven desde fuera como “un socialista que encabeza el gobierno regional andaluz desde 1990 ‘is said to reing rather than govern’ ”, o séase, más como un régulo o sátrapa que como un gobernante. No está mal imagen para venir de tan lejos, pero la verdad es que quizá cuadrara mejor a nuestro mandatario lo de cacique que lo de rey, teniendo en cuenta cual es la realidad del “régimen” y cual es la naturaleza de su clientela. Se comprende que no quieran remover el asunto y hasta puede que el propio Chaves acepte complacido ese retrato al natural que le hace el extranjero.

La Cuenca se muere

Hay que ser obcecado como el bachiller Jiménez para ver tras la plataforma que se ha formado en Riotinto y su comarca una conspiración partidista de la oposición. Cómo será que hasta UGT, que tan conforme está con el Presupuesto “de crisis” de la Junta, reconoce la lógica y la conveniencia de esa reacción ciudadana en demanda siquiera de un pedazo de pan y un sorbo de agua. Si es verdad que en esa comarca se registran paros de hasta un cincuenta por ciento no se entiende su fidelidad al partido gobernante durante más de un cuarto de siglo de cuentos y paños calientes sin contar con su complicidad en el expolio de la vieja minería por parte de sus “amigos políticos”. La Cuenca se muere pero no de pronto, sino tras demasiados años de abandono político. La gente sabrá lo que hace y a quien vota. De  momento, esa plataforma rompe el silencio funeral que tanto le gusta al Poder.

Color de piel

El triunfo de Obama  y, en especial, la imagen de la presencia del nuevo matrimonio presidencial en la Casa Blanca ha desatado una euforia sobre el fin del racismo que, a mi modo de ver, tiene no poco de ingenua. Ahí está la estólida grosería de Berlusconi aludiéndolo como el “bronceado” pero, sobre todo, ahí está el dato de que casi el 90 por ciento del electorado negro ha votado a Obama revelando la otra cara de una luna racista quién sabe si en cuarto creciente, junto a la elocuencia del masivo voto latino, no cabe duda de que inspirado en la misma razón reactiva. El racismo, como la xenofobia, son un mal vergonzante que rechazan padecer todos los países pero que no está hoy más ausente en casi ninguno de ellos que lo pudiera estar ayer. En Francia acabamos de ver a la comunidad negra, representada por su consejo de asociaciones, llegar hasta el propio Elíseo para proclamar que, a diferencia de los EEUU, en este país no se dan ni de lejos las condiciones mínimas para una apoteosis semejante, y pedir de paso la aplicación de una política de ‘discriminación positiva’ tendente a potenciar esa presencia política y social de la que hoy carecen los ciudadanos de color. En todo caso, el problema de la discriminación racial o xenófoba debe buscarse en estratos más hondos y escondidos de la conciencia pública, en el nivel de la convivencia efectiva, allí donde la inevitable competición que es la vida convierte al “diferente” en un rival menos legitimado a juicio de la mayoría. No hace mucho hemos visto en Italia legislar la expulsión de rumanos mientras que en España, tristes incidentes han permitido contemplar auténticos  ‘pogromos’ lo mismo de españoles contra gitanos que de éstos contra rumanos, enfrentamientos que poco tienen de extraños en un país como el nuestro que, desgraciadamente, permite la discriminación entre sus propios ‘regionales’. La “diferencia” está siempre latente bajo la ‘corrección’ ideológica entre otras razones porque constituye el objeto de una animadversión inmemorial. A Septimio Severo lo llamaban “el Negro” no porque lo fuera sino por su procedencia africana, lo mismo que ocurriera con Halfdan de Noruega o con algún rey irlandés. El simbolismo es un buen cauce para la irracionalidad.

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Es en este sentido en el que la elección de Obama puede considerarse decisiva, y hasta va abriéndose camino la hipótesis de que la “política de identidad” que ha servido en las democracias para perpetuar del modelo desigual podría perder sentido en los EEUU para reencontrarlo en los países europeos que hoy se sienten acosados por migraciones imparables, como viene tratando de establecer un observador yanqui tan fino como W.B. Michaels. Y en este sentido veo que se recuerda con frecuencia al olvidado W.E.B. Du Bois que, entre siglos, defendía que el racismo no era más que un conflicto de clases, o en sus propias palabras, que “no era propio hablar de blancos y negros sino de ricos y pobres”. Vamos a ver si esta imprevista victoria simbólica de ese mestizo ayuda a extirpar la insidiosa tesis de Hegel de que el continente africano y la raza negra eran ajenos a la civilización e incluso incapaces de cualquier evolución intelectual que pudiera incorporarlos a eso que se llama la historia universal. Después de todo, la influencia europea no es ajena ni mucho menos a la ideología americana–no hay sino recordar a Gobineau– de las diferencias raciales, en definitiva, de un milenario etnocentrismo que defendió siempre sin asomo de duda, la superioridad de la raza blanca sobre las todas las demás. La participación de los negros en la Guerra Mundial hizo más de los suele creerse por el acercamiento de derechos entre las razas, pero Vietnam, al volver a utilizarlos de carne de cañón, demostró la hondura del racismo en aquella mentalidad. La Casa Blanca no queda cerca del Bronx y menos de Mississipi.

La Babel autonómica

Se ha preguntado Javier Arenas, presidente del PP andaluz, si merece la pena conservar cierta empresa pública andaluza, Inturjoven, o sería mejor eliminarla. Y habría que contestarle que no es una de esas empresas la que puede cuestionarse sino el montaje descomunal que Chaves ha montado paralelo a la Administración  Autonómica con la clara intención de aumentar el margen de la arbitrariedad política y reducir al máximo el control de los organismos interventores, al margen de abrir colocaderos casi inagotables para su clientela partidista. Sin olvidar a esos consejos mil que ni se reúnen en muchos casos, pero que sirven de legitimadores del capricho presidencial cada vez que hace falta. Algún día habrá que reedificar una Junta de nueva planta. Con ésta es prácticamente imposible la alternancia en Andalucía pero también nuestra salida del subdesarrollo.

La Junta justifica el paro

No se tomen muy en serio los comentarios sobre las causas del paro formulados por el consejero de Empleo, Antonio Fernández, serio candidato a convertirse en el hazmerreír por sus continuas y disparatadas opiniones. Decir que el paro no crece sino que la población activa aumenta es para troncharse, porque entre otras cosas significaría una justificación imposible de ese azote que ha alcanzado en la provincia onubense niveles más que dramáticos. Que la Junta no sepa qué hacer ante la crisis es una cosa y que no haya nada que hacer frente a ella es otra muy diferente, aunque con un consejero hilarante como ése lo suyo será que mes tras mes vayamos asumiendo nuestra desgracia con alguna improvisada excusa.

La otra memoria

Ha pasado sin hacer gran ruido (exceptuaría un brillante artículo de Gabriel Albiac) el aniversario de la “noche de los cristales rotos” y, curiosamente, también el de de la caída del Muro berlinés. La Historia corre que se las pela, sin perjuicio de que, de vez en cuando, el azar le meta un palo entre los radios y deba frenar en seco para mirar atrás con obligado horror. El ‘Bild’ alemán acaba de contarnos la historia de un estupendo hallazgo casual, ocurrido en el vaciado de un apartamento de Berlín, concretamente el hallazgo de unos documentos originales conteniendo los detallados planes de lo que sería el “campo de prisioneros” de Auschwitz, en los que no falta ni la firma de Himmler, y que demostrarían, sin dejar el menor resquicio a la duda, que desde el principio (los documentos son de 1941, es decir, un año antes de la reunión de Wanasse en que se decidió la “solución final”) el designio del nazismo no era otro que el genocidio sistemático de los judíos. ¿Pruebas? Pues los planos –insisto, minuciosos—del famoso campo en el que aparece ubicada y nominada la fatídica “Gaskammer”, previsto el acceso directo de los trenes al lugar del martirio, el depósito provisional de cadáveres y hasta el crematorio en el que habrían de desaparecer con el tiempo un millón de víctimas inocentes. Se mezclan en mi memoria las sugestiones de libro de Merle, “La muerte es mi oficio”, la figura siniestra de Rudolf Hoees, el comandante del matadero, con las propias que ví alguna vez en Buchenwald, donde los “niños del pijama a rayas” casi lindaban con los de los oficiales nazis y los de los civiles de Weimar que iban de excursión los domingos a ver el jaulario de rapaces instalado a la entrada, la visión de Mal que ha evocado, como les digo, Albiac tras las huellas de Primo Levi o Hannah Arendt. Unos papeles viejos olvidados en un apartamento vacío: la Historia, oficial o no, tropieza a menudo con estos imprevistos.

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Los alemanes, en todo caso, no quieren mirar hacia atrás sino seguir su camino, convencidos de que, en fin de cuentas, todos los pueblos tienen su página pasada o por pasar. Francia, por ejemplo, anda estos mismos días enredando con la memoria de la Gran Guerra –la primera, la que cantaba Georges Brassens—en torno al proyecto de rehabilitar a los 600 fusilados sumariamente en Verdún, cuyo proyectado examen “caso a caso” ha sido considerado inviable por los expertos, y para el que se propone una ley “de rehabilitación colectiva” como la que en su día hiciera el gobierno de Tony Blair o un espíritu de concordia nacional como el propuesto por Jospin durante su mandato. Con el paso cambiado, nosotros (en fin, otros) trajinan también en España abriendo fosas y recuperando esqueletos después de treinta años de silencio consecuente con la Transición, en el  que hay que adjudicar al anterior Gobierno del PSOE el discreto mérito de favorecer no el olvido forzado, sino la inevitable y necesaria reconciliación. De otra forma, y sean cuales fueren los argumentos maniqueos que se utilicen, sería obligado también desenterrar a todas las víctimas, a las “otras víctimas”, hasta orquestar un inimaginable coro zombi en el que resonara el bordón unánime de las paces reales entre las eternas dos Españas, hoy nuevamente fogueadas por la balacera partidista. Los franceses cerraron aprisa y corriendo la encuesta sobre los colaboracionistas con Vichy en cuanto advirtieron que, más que una paz nueva, lo que traía consigo ese invento era una vieja guerra, así como los italianos se conformaron con el precipitado ajuste de cuentas que permitió la histeria liberadora. Nosotros hemos esperado treinta años en dudoso silencio para acabar pìdiendo “media memoria” no a los historiadores sino a los frondistas. Hay que tener redaños para decir estas cosas sin malevolencia ni complejos. Aunque sólo sea porque el Mal nos concierne a todos pero a ninguno en especial.