Paro galopante

España lidera la escalada del paro en la Unión Europea. Andalucía encabeza ese mismo ránking en España. Huelva se lleva la palma en Andalucía, con el mayor número de parados que registra la propia Junta, entre todas las provincias. Una tragedia que convierte en despreciables las estrategias  de partido –tanto las que festejan el derrumbe como las que lo disimulan—y las excusas y racionalizaciones en miserables porque no tienen en cuenta el sufrimiento que esa fría estadística entraña. Huelva va de mal en peor y no se toman medida, y evidentemente no se trata de un fallo capitalino sino de que nuestra provincia está dejada de la mano de Dios desde la Junta y desde el Gobierno. No hay más que ver el retraso de tantos compromisos en infraestructuras, sin contar los obstáculos interpuestos a muchos proyectos rivales, en plan perro del hortelano. 37.000 parados son muchas familias en apuros, en especial teniendo en cuenta que lo que viene, probablemente, es aún peor.

La cara del Mal

Nos tienen acostumbrados. Con una frecuencia desconcertante surge la noticia de que la eficacísimas policías dedicadas  al control de Internet localiza y detiene a un colectivo de pedófilos, cada vez más numeroso, cada vez más encanallado. Cuando nos contaron, en tiempos ya lejanos, que en USA se filmaban películas sadomaso en las que las víctimas sufrían y morían de verdad, nos costó lo nuestro asumir que la maldad humana alcanzara esos niveles, pero resultó tan cierto como que los consumidores de esa bazofia asesina eran magnates con recursos para proporcionarse productos tan exclusivos. La crónica de los pedófilos supera, sin embargo, si cabe, aquellas vesanias, y lo hace de tal manera que cabe pensar que esta locura lleva una deriva imparable por más que haya alcanzado ya cotas difíciles de imaginar. El último de estos golpes policiales, la “Operación Carrusel”, se ha saldado con 121 detenciones y 210 domicilios registrados, un saldo estupefaciente en cualquier caso pero que acaba de desconcertarnos al ver incluidos en la lista de perversos desde adolescentes a jubilados, y desde profesores a policías pasando por pilotos, funcionarios y un sorprendente número de parados, a los que se les imputa la tenencia y distribución (comercialización) de material pornográfico protagonizado por menores, exhibiciones denigrantes y hasta violaciones filmadas, en muchos casos sobre menores de nueve añitos y, en unos cuantos de ellos, hasta de bebés. ¿De dónde sale esa milicia malvada, qué está ocurriendo en esta mentalidad crítica para que la perversión desborde con mucho el límite asignado a la locura, cómo es posible que las sociedades vean con paciencia que semejantes atrocidades sean tan levemente castigadas por unos códigos que deberían ser decididamente disuasorios? ¿Es posible pensar en la reinserción de esos monstruos, tal como la contempla la actual Constitución española, por ejemplo, o será preciso entender de una vez que hay transgresiones que no admiten el riesgo de esperar la enmienda sin grave peligro para todos?

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Ha habido países europeos en los que incluso se ha llegado a solicitar públicamente el derecho de los pedófilos y hay naciones asiáticas convertidas en auténticos paraísos paralegales de su depravación que incluso gozan de libertad de propaganda en la industria turística. Y ello, junto a la experiencia de estos despreciables “voyeurs”, plantea inevitablemente dos cuestiones, una, la urgencia de legislar sin contemplaciones de manera que se garantice a la sociedad la ausencia definitiva del agresor, y otra, que se plantee seriamente qué está ocurriendo en el mundo desarrollado para que la perversión se desborde hasta estos insoportables límites, favorecida por las inmensas posibilidades de la Red, una cuestión propiamente psiquiátrica, a mi entender, pero que debe ser atajada con autoridad desde una normativa que procure al menos disuadir a esos malhechores. Toda la literatura erótica o pornográfica clásica  no osa siquiera acercarse a estos criminales ensueños que se multiplican en el anonimato relativo de la Red y nada hay en sus más audaces provocadores comparable a las barbaridades que estamos descubriendo cada dos por tres. Y eso debe de tener sus causas, sin  duda, pero sobre todo, tiene unos efectos tan estremecedores que obligan si más dilación a potenciar a esos ejemplares servicios de policía además de imponer legalmente una muralla al avance desenfrenado de estas actividades inicuas. ¿Qué se puede hacer con sujetos que coleccionan por miles y hasta por millones las más indignas imágenes de menores ultrajados, qué hacer con un perverso que viola a un bebé o con un corrompido que compra para su disfrute la filmación de tan inconcebible vileza? Creo que, además de esos tenaces policías, son los legisladores quienes deben cortar por lo sano. Al fin y al cabo, ¿no decidimos en su día cerrar el manicomio?

Cosas nuestras

Otra vez Andalucía en boca de todos, de nuevo nuestra sufrida imagen soportando la rechifla nacional a causa de un documento oficial –un panfleto propagandístico del río Guadalquivir—en el que aparece, decorando la margen del Rió, junto a la Mezquita cordobesa, la catedral de Palma de Mallorca. Y no me vengan con que se trata de una anécdota, porque la realidad es que la Junta contribuye con frecuencia a difundir esa ‘amable’ imagen de nuestra comunidad que algunos de nuestros compatriotas celebran desaprensivamente como si fuera real. ¿Quién ha confeccionado esa propaganda, quién la ha autorizado en la Junta, cuánto ha costado? Los andaluces no tenemos por qué sufrir la ignorancia de una Administración autónoma que encarga y paga a ciegas nuestro propio retrato a quien no sabe siquiera donde estamos situados. ¡Las cosas de Andalucía! Esa es una desdichada expresión que la Junta debería ser la primera en combatir y no en fomentar.

Las cuatro reglas

Creo que ha dicho Mario Jiménez, autodidacta al cabo, que los Presupuestos del Estado benefician a Huelva provincia más que ninguna otra andaluza, y que los onubenses, uno a uno, salen mejor parados que ningún otro andaluz. Pero eso es decir poco. ¿Por qué no divide lo que se le asigna a Cataluña para ver a cuánto sale cada catalán y luego lo compara con nuestros contribuyentes? Que sume, que reste, que multiplique y que divida y verá como Andalucía sale perjudicada sin remedio frente a Cataluña, a pesar de ser nuestra comunidad mucho más pobre y atrasada. Ese es el quid de la cuestión y no el similiquitruqui optimista. Si fuera verdad lo que el PSOE dice que el Estado (el Gobierno) le da a Huelva, estaríamos a la cabeza de España, siendo la triste realidad que estamos a la cola.

Crisis de confianza

Ha sido garantizar el ministro Solbes que los ahorros de los españoles no corren ni mucho menos el peligro de verse abocados un “corralito” como el argentino, y prender el pánico entre las masas. Me cuenta un amigo bancario que en su empresa ha sido preciso habilitar una especie de unidad de información para atender a los clientes e impositores que al banco acuden en tropel para plantearle sus dudas en medio de esta grave crisis de confianza que parece ser que es el talón de Aquiles de la vorágine que nos azota pero para conjurar la cual nadie tiene remedio. Todo el mundo opina en estos momentos sobre la situación económica y los arcanos de la economía –esa ciencia con tan probada incapacidad de predicción—pero la sensación general es que la gran masa de los opinantes improvisa respuestas y, en cualquier caso, que en absoluto existe una línea de horizonte capaz de tranquilizar a la opinión soliviantada por las incesantes noticias de catástrofes financieras. Naturalmente los bancarios tampoco saben gran cosa de economía de crisis, circunstancia que convierte en mucho más grave la cuestión cuando el cliente llega con la pregunta de si la inversión en bonos del Estado –lo de las “croquetas”, ya saben—es más segura que ninguna otra, o bien acuden con el último hallazgo de la leyenda urbanita: el recurso a la hipoteca en yenes aprovechando que los créditos son mucho más barato en Japón pero sin tener en cuenta que esa revalorización del yen frente al euro, seguramente convertiría la aventura en el cuento de la buena pipa. Hay quien desesperadamente anda reinando en la idea de fortificar su caja fuerte o quien opina que la posibilidad menos mala, ocurra lo que ocurra, debe de ser invertir los ahorros en títulos del Estado alemán, hoy por hoy menos sospechosos de verse en un síncope que los del resto de nuestro entorno, pero no parece que haya otra actitud discreta en el momento presente que aguardar, vigilantes pero pacientes, con una vela puesta Dios y otra al diablo. Los pobres bancarios van de cráneo esta temporada.

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Hay águilas que mantienen su confianza basada en el concepto razonable de que ningún sistema es tan idiota como para hundirse a sí mismo, como lo prueba la general defección relativa de los ultraliberales frente a un Estado intervencionista que constituye la última esperanza, incluso la suya. Lo que se nos cuenta de Sansón no es más que un mito que nos alecciona contra la insensatez, probablemente con la intención de que nadie se deje arrastrar por la pulsión autodestructiva que, como es natural, no es solución para nadie. Pero ahí está el problema de la confianza, la quiebra del sentimiento de seguridad que el Estado debe inspirar al individuo, el desplome del crédito que el ciudadano concede inconscientemente al Estado mientras las cosas van bien y el viento sopla favorable. Una crisis es el resultado de una estafa bien tramada y eso es algo que, si no a las primeras de cambio, desde luego sí a las segundas o a las terceras, las víctimas acaban percibiendo con variable  pero suficiente nitidez. Después de todo, el sistema de mercado no es más que una inmensa red de relaciones garantizadas entre sí, y ésa es la razón por la que en el momento en que esos avales empiecen a mostrarse como papel mojado, se alabee o incuso quiebre el espinazo del gran tiburón. Hemos pasado en demasiado poco tiempo de la ilusión del ciberbanco a la nostalgia del calcetín y, finalmente, la verdad es que las demoledoras imágenes de las caceroladas argentinas están demasiados recientes como para pedirle al personal que conserve la calma y confíe en ese ángel de la guarda que empieza a proyectar sobre su propio descrédito la figura del ángel exterminador. Se recuperará la confianza, seguramente, y volveremos a las andadas, ya lo verán, nuevamente narcotizados por la ilusión financiera. Ojalá. No se olvide el hecho portentoso de que los tiburones no pueden dormir.

Cuadrar el sudoku

El sudoku de Solbes tenía trampa, naturalmente, por la sencilla razón de que ese modelo suyo en el que todos saldrían ganando era sencillamente imposible. Ahí tienen, para empezar, el pelotazo concedido a Cataluña en el capítulo de inversiones de los nuevos Presupuestos –en detrimento de Andalucía, entre otras comunidades—y ahí tienen el cambalache favorecedor de las autonomías fieles al PSOE a costa de las fieles al PP y demás formaciones. Lo terrible de esta situación es que al Gobierno no le queda más que el recurso a la injusticia para cuadrar el famoso sudoku, recurso que producirá inevitablemente el incremento de las diferencias entre regiones ricas y pobres, ni que decir tiene que a favor de las primeras. Van a poner más bálsamo allí donde la llaga de la crisis será menor, menos donde es más profunda y peligrosa. Veremos qué hacen si se llega a la gangrena.