Idea de la decencia

Hace unos días el consejero de Empleo, personaje inefable, exigía “decencia” a los mineros de Boliden que protestan por el incumplimiento del compromiso de recolocación de la Junta. Ahora sabemos que de los 1.900 parados que dejó en la cuneta la otra multinacional, Delphi, y a los que la Junta prometió colocar antes de tal día como ayer, sólo 90 han conseguido lo comprometido. ¿A quién hay que exigir decencia, consejero, a los trabajadores maltratados o a quienes, en cada caso, los trastean por bajo desde los despachos para salir del paso? La próxima vez que se produzca un conflicto similar la Junta va a pintar poco. Quedará solo el conflicto con todas sus consecuencias.

En el peor momento

Tremendo el accidente de la mancha de petróleo frente a las playas de Mazagón y Matalascañas, esos dos buques-insignia de nuestro hoy apurado turismo, no sólo por el efecto negativo que pudiera tener sobre la demanda si no se controla a tiempo y adecuadamente, sino por la posibilidad de que el viento y las mareas desplacen la mancha hacia Doñana, una eventualidad que debería estar prevista a la hora de planear este tipo de actividades en nuestra costa. Habrá que confiar en la Providencia ya que de los despachos cabe esperar cada día menos.

Alianza imposible

Una crónica espeluznante de Javier Espinosa, nuestro corresponsal volante que recorre en estos momentos Irak, nos ponía hace poco delante el horroroso cuadro de la tiranía fundamentalista islámica que representa Al Qaeda aunque, desgraciadamente, no en solitario. Prohibiciones del maquillaje femenino o de la música, imposición del velo en la mujer, cabezas cercenadas exhibidas como trofeos de guerra y, en fin, niños suicidas –los “pájaros del paraíso”—adiestrados para inmolarse en actos terroristas. Al mismo tiempo llegan desde Somalia la noticia de que siete personas han sido decapitadas en público por las juventudes extremistas de Al Shabaad, acusadas de ser espías por el hecho de ser haberse convertido al cristianismo. La furia de esos radicales se ha cobrado también víctimas en Yemen, donde han sido sacrificadas dos cooperantes evangélicas alemanas y una coreana, o en Indonesia, la gran potencia islamista de Oriente, en la que hace poco un pastor protestante y su esposa fueron asesinados a machetazos. En Somalia, por otra parte, un padre y dos hijos –de 11 y 12 años de edad—han sido igualmente decapitados, junto a otra veintena de personas, por no delatar el paradero de un líder cristiano, al tiempo que se reafirma la vigencia de la ‘sharia’ que impone el uso del velo y establece la amputación de miembros como pena del ladrón, en un intento de establecer el control teocrático de todo el país bajo un régimen integrista cuyo objetivo número uno, por cierto, no es otro que Javier Solana. La “alianza de civilizaciones” es hoy por hoy el sueño de la gallina que corre sin rumbo y libre de su cabeza cercenada.

Se reafirma la idea lanzada por Huntington del “conflicto de civilizaciones” sobre esa milhoja retórica de la “alianza” que propuso Jatami y sostienen –ni que decir tiene que a título retórico—esa desconcertante y ocasional pareja de Estados que son España y Turquía, aunque sólo sea como recurso para entretener a sus respectivas opiniones. El rumbo que van tomando las cosas en Afganistán, las perspectivas iraquíes tras la próxima retirada americana, la presencia incontrolada del terrorismo internacional y el salvajismo patente allí donde el islamismo consigue el poder, conducen a la evidencia de que cualquier acercamiento amistoso a esa realidad fanatizada resulta de todo punto imposible. Obama puede elogiar la convivencia las “tres culturas” sólo porque sus asesores no conocen ni de oídas la crónica de la barbarie almohade, pero carece de sentido, además, retrotraernos al siglo XI cuando en el periódico del día nos llega la imagen tremenda de esos siete cristianos decapitados en Baidoa o esa otra, definitiva seguramente, de las cabezas infantiles rodando por la plaza pública.

Insolvencia y clientelismo

No sé qué se funda la oposición, la verdad, para exigir al consejero de Empleo que dé cuentas del nombramiento para dirigir nada menos que el Servicio Andaluz de Salud en Cádiz a un sujeto sin la capacitación debida. Que sea funcionario del grupo B en lugar de serlo, como es preceptivo, del grupo A, no me parece, a estas alturas, ninguna excepción ni dadas las circunstancias, mayor motivo de escándalo. Peor sería –de ser cierto– el rumor oficinesco de que algún prominente consejero ha hecho jefe de gabinete a su coger, y me temo que si se acercara la lupa a los plantillas habríamos de encontrarnos con otras sorpresas igualmente raras o más. Pero ¿por qué hablar de segundos niveles estando ahí el despiporre de los primeros?

Huelva discriminada

Lo ha dicho con firmeza el presidente Griñán, que es Inspector de Trabajo, no se olvide: el acuerdo nacional firmado por Ercros con los sindicatos “maltrata” a la factoría de Palos y discrimina a los trabajadores onubenses al echar sobre sus espaldas el peso del ERE pactado. La Junta –lo dice ahora, con ínfulas y a la sombra del Presidente, hasta el consejero de Empleo—no tolerará esta situación, denunciará el caso y va a procurar evitar sus consecuencias. Vale, pero no señalen sólo a la empresa porque ahí están los sindicatos llevándole la cola, en plan acólitos, y nadie dice nada de ellos. En el Polo debe saberse quién es cada uno y cual su responsabilidad. Señalarlo sin ambages constituye una responsabilidad indeclinable.

Suspenso general

Yo no sé a ustedes, pero a un servidor, el hecho, certificado por el CIS, de que los ciudadanos españoles “suspendan” a todos y a cada uno de nuestros biempagados políticos no me ha sorprendido pero me ha dado que cavilar. Doy por descontado, quizá por deformación profesional, que ese dato de la estima pública es tan relativo como el del conocimiento, pero mucho más escurridizo si cabe. No me creo, por ejemplo, que la gente sepa lo suficiente de los desconocidos ministros del Gobierno actual como para juzgar sus tareas, pero ya es significativo, no me digan que no, que, a pesar de todo, el convencimiento generalizado de su mediocridad haga a los españoles despreciar a sus representantes hasta ese extremado punto. ¡Toda una clase política, incluida la oposición, y ni un solitario aprobado raspón! Ésa es una constatación incuestionablemente descalificadora y que apunta a un escepticismo colectivo que es como una bomba de relojería bajo la línea de flotación de la democracia. ¿Ustedes se imaginan lo que ocurriría si los españoles en bloque descalificaran a la totalidad de sus sanitarios? Cualquiera que conozca el refranero tradicional sabe bien que, por tradición, este pueblo nuestro ha sido duro a la hora de juzgar sumariamente a mandamases, médicos, boticarios, frailes y picapleitos, pero dudo que haya habido época alguna en que la totalidad de la vida pública –hoy mucho más conocida que nunca—haya sido rechazada como incompetente por una ciudadanía refractaria a sus miserias. La pregunta no es ya si un sistema representativo podrá subsistir en semejante situación, sino qué se puede intentar para devolver su imprescindible dignidad perdida a la clase dirigente.

Claro que lo ingenuo hubiera sido esperar que el espectáculo al que asistimos desde hace años no fuera a acabar socavando la confianza pública. ¿Cómo valorar favorablemente a esos barandas, como calibrar a políticos sobrevenidos, en medio, encima, de un permanente festival de escándalos en que ellos mismos se encargan de desacreditarse unos a otros con las acusaciones más hirientes? Por supuesto, no es privativo de España el descrédito de la política –ahí está la Italia de Andreotti o Berlusconi, la Francia autoamnistiada de Mitterrand y demás– pero hasta admitiendo eso resulta forzoso sorprenderse de que ni uno solo de los políticos en activo estudiados merezca aprobar a los ojos de quienes les pagan sus magníficos salarios. Este desconcertante dato no debería ser tomado a título de inventario por los responsables públicos sino aceptado como un severo aviso de lo que puede ocurrir, no ya en la clase política –que eso resultaría irrelevante por completo—, sino en el propio sistema de autogobierno. Dudo que en España haya una sola clase escolar que haya suspendido en pleno. El Gobierno y la oposición, curiosamente, sí lo han hecho y ni se han inmutado.