Una vieja cuestión

Los autobuses de Londres y otras ciudades británicas llevarán a partir de enero –aunque ya se ha podido ver el modelo—anuncios divulgadores del ateísmo, alguno tan ingenuo como el que se le ha ocurrido al admirado Richard Hawkins –el brillante autor de “El gen egoísta”—y que dice textualmente: “ ‘Probablemente’ Dios no existe. Así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”. En Nueva York se pretende también reproducir el ensayo y hasta se piensa en que, en caso de éxito popular, habría que pensar en exportarlo a otras latitudes. Los órganos del laicismo combativo han  prestado gran audiencia a esta iniciativa de la promotora inglesa Ariene Serien y el eminente físico, esforzándose por reunir una antología de ateos notorios entre los que figurarían autores de éxito (que en este asunto siempre los hubo) como los físicos Weinberg y Hawkins, o escritores de moda como el italiano Oddofredi, Sam Harris, Christopher Hitchens y Michael Onfray –todos los cuales han colocado en el mercado señaladas ediciones de sus libros– de paso que se recogían opiniones de cristianos (¿católicos?) eminentes, como mi admirado Juan José Tamayo o Reyes Mates, para apuntalar el movimiento en cuando reacción a la estrategia de la jerarquía en temas ‘sensibles’ para la sociedad. Stephen Weinberg (el autor de una obra tan memorable como  “Los tres primeros minutos del Universo”) ha dicho, eso sí, que la verdad es que “no resulta fácil no creer” pero que habrá que intentarlo sustituyendo, en la medida de lo posible, la fe en la Trascendencia por la fe en la Ciencia. Y todo ello mientras en España se consigue relativamente velar la realidad económica y sus escándalos, con el contencioso de la retirada de los crucifijos de las escuelas, un eslabón más de esta escalada nada sensata que está reproduciendo lo peor de la herencia republicana y frentepopulista, me da la impresión que a cambio de absolutamente nada. El otro bando, tranquilo, por aquello de que “porta Inferis non prevalebunt” y en la medida en que todo debate ideológico sobre la fe no deja de ser positivo para la religión. Ya veremos en que queda todo, pero para mí que Pepiño Blanco no da la talla frente a Azaña ni de lejos.

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El ateísmo es inmemorial y siempre activo, pero la realidad es que nunca pudo penetrar el núcleo duro de la creencia íntima. Mi amigo Gonzalo Ojea no se conforma ya ni con la actitud agnóstica y ha dedicado un colosal esfuerzo a barrenar la fe en cualquiera de sus dimensiones. Pero esto de ahora es otra cosa, me parece, sobre todo en España, donde una carta de Muñoz Molina ponía ayer en su merecida picota a un innoble artículo militante en el que se bromeaba con el peor gusto sobre la violación de monjas por pandillas milicianas. En todo caso, el laicismo gubernamental y partidista es cauto: no se le ocurrirá nunca tratar de desmontar la Semana Santa sevillana, los Corpus de Toledo o Granada, el culto santiaguino o los fervores maños de la Pilarica, siendo como son todas esas manifestaciones de lo más ‘invasor’ del espacio público, aunque siga utilizando estas rancias pendencias para desviar a la opinión  de sus angustias reales. Estamos, pues, donde no creíamos que volviéramos a estar,  esto es, en la pelea por constreñir la intimidad aduciendo que la religión es el opio del pueblo y en el burdo proyecto de descristrianizar una civilización como la europea, inextricablemente uncida al cristianismo, con todo lo que ello implica. Y por supuesto, no parece que hayan valorado debidamente el poder de los símbolos fundantes, tan arraigados, tan asumidos como propios, tan ‘familiares’, que puede que acaben saliendo como perdigones por la culata de Nekens. Estos no se han enterado que nada tan adverso a la secularización como el estímulo externo. Si un día leen a Weber o a los fenomenólogos y se convecen, será ya, seguramente, demasiado tarde.

Los nervios del poder

El vice del PSOE-A, un tal Pizarro, se ha convertido en una máquina de insultar a diario y en los peores términos a sus adversarios de la oposición mientras los acusa de ser ellos quienes provocan el clima tenso y, en ocasiones, despreciable, en el que estamos viviendo. Antier le ha dicho a Arenas, sobra tanto insulto anterior, que anda más o menos por donde anduvo Blas Piñar cuando a esta minerva no la conocían ni en su pueblo. Pero esa actitud, esa constante disposición a la injuria y a la descalificación, no indican sino intranquilidad y desasosiego en un partido que tiene cada día más cosas que esconder y un desafío económico que ni de lejos es capaz de afrontar siquiera. Tipos como ése no deberían tener cabida en la política. La prueba es que sus compañeros de escalafón le dejan a él casi en exclusiva ese delirante papel.

IU, mirlo blanco

Escuchando a Pedro Jiménez descalificar de una tacada a CCOO, a UGT, a la CEA y al Ayuntamiento de la capital por tratar de conciliarse siquiera para afrontar unitariamente la crisis, se pregunta uno qué es lo que aporta a nuestra grave situación esa jaula de grillos que es hoy día la descabezada IU y que ha aportado durante estos años en que ha hecho de acólito del PSOE al que ahora también fustiga, siquiera sea por el qué dirán. Todos equivocados menos Jiménez, todos inútiles menos ese mirlo blanco que se cree con derecho a repartir credenciales de progreso o regreso y con capacidad para apreciar o echar por tierra los proyectos ajenos mientras él ni dice gran cosa, si es que dice algo. Puede que el PSOE no sea ninguna izquierda auténtica, pero desde luego no hay nadie a la izquierda del PSOE. Esfuerzos por demostrar lo contrario, como el de este dirigente, resultan simplemente ingenuos cuando no patéticos.

Nube de miedo

Un papel inédito del célebre semiólogo ruso Yuri M. Lotman, conservado por su hijo, ha sido publicado en la Revista de Occidente por iniciativa de su colega español Jorge Lozano. Se trata de una reflexión bien lúcida sobre la ‘realidad’ de la brujería y las causas que desencadenaron las conocidas persecuciones ocurridas en la Europa del Renacimiento, sobre todo, causas que Lotman cifra esencialmente en el miedo que provoca la idea de la intervención demoníaca precisamente a medida que se desarrolla el conocimiento, crece la cultura y la ciencia progresa, un miedo que se ve potenciado, además, por la difusión a través de la imprenta de de la literatura demonológica. Señala Lozano con buen tino que, en realidad, no es la amenaza de la bruja la que crea el miedo a su figura sino, justo al revés, el miedo colectivo, la “nube de miedo” que instala y envuelve en la irracionalidad a las sociedades, la que crea la figura de la bruja con independencia de la propia asunción de su rol imaginario por parte de muchas de aquellas desdichadas. Sobre el tema pesa una aplastante bibliografía que, ciertamente, sospechó casi siempre de la dimensión trascendente del fenómeno, aunque todavía bulas como la de Inocencio VIII o el famoso “Malleus Maleficarum” de Sprenger y Kraemer, abonan la credulidad hasta el punto de considerar el peor de los pecados la incredulidad en la brujería. Desde teólogos tan rigurosos como el maestro Ciruelo al temido inquisidor Fernando de Valdés, pasando por el feracísimo Tostado o sabios como Pedro de Valencia, el amigo de Arias Montano, la mayoría de nuestros ingenios tuvieron clara la naturaleza imaginaria del fenómeno, hasta el punto de que Salazar y  Frías aconseja sencillamente no hacer caso de sus historias –“cuentos” los llama Valencia– como mejor providencia para combatirlo. Clave en esa literatura es la obra de Caro Baroja sobre los sucesos de Zarragarramurdi y el posterior desarrollo del tema por parte de Henningsen, acordes ambos, en lo fundamental, con la inteligente tradición desdramatizadora, como lo había sido Lea o lo serían, mucho más tarde,  Levack o Donovan. La “semilla del diablo” no fue sino un invento del miedo y resulta interesante preguntarse si no lo seguirá siendo hoy.

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Es seguro que las graves crisis económicas de aquel gran periodo, así como las asoladoras epidemias de peste negra y la convulsión espiritual que debió suponer la explosión reformista, contribuyeron a extender la creencia en el poder del diablo, otro tema sobre el que poseemos una bibliografía extensa y notabilísima. Pocos enredos brujeriles hubo en la España del XVIII, el llamado “universo feliz” quizá por esa misma razón y, naturalmente, apenas si hubo ya algún brote paranoico en las etapas posteriores, es decir, en la Europa y en la España contemporánea. Tuviera que ver, desde luego, que la inquietante coyuntura que estamos viviendo –crisis, guerras, genocidios, derrumbe moral, etc.—pusieran de nuevo en funcionamiento el mecanismo instintivo en que tiene sus raíces el pánico, como hace poco nos advertía en las “Charlas de El Mundo” el gran sociólogo Víctor Pérez Díaz, vaga pero prudentemente temeroso de que la incertidumbre y la ignorancia de la realidad adversa desencadene procesos irracionales que no es verosímil que acaben quemando brujas pero sí que les dé por imaginarlas, lo cual sería ya de por sí no poco grave. Es importante subrayar que esa “nube de miedo” no surge expresamente de las religiones sino de la sociedad en su conjunto y, en cierto modo (recuérdese la “Demonología” de Bodino, no digo más) de los estratos dotados de mayor cultura. García Cárcel, que es un gran experto en la materia, me parece que entreveía ya algo parecido. Yo lo que creo es que Polanski no era más que un osado al servicio del miedo.

Los docentes no tragan

Al reciente compromiso de la consejera de Educación de reducir sensiblemente en pocos años la enorme tasa de abandono escolar y a su afirmación de que la Ley de Calidad era aceptada en conjunto por la comunidad docente, le ha dado cumplida réplica la Asociación de Profesores de Instituto de Andalucía (APIA)  al hacer público que, en una segunda fase, “la gran mayoría” del colectivo enseñante rechaza la humillante oferta de la consejería consistente en ofrecer dinero extra a cambio la mejora de la estadística de ese fracaso.  Un mal comienzo, sin duda, para el que la Junta dispone aún de tiempo para frenar el triste proyecto y pactar debidamente las reformas imprescindibles si no quiere dar lugar a un conflicto que ya clarea en el anuncio de huelgas y manifestaciones anunciadas para hoy mismo.

El derecho de los padres

Educación ha explicado que no advierte falsedades en documento público en el proceso de adjudicación de plazas escolares. También comenta las reclamaciones de los padres para obtener plaza para sus hijos en el centro correspondiente y apunta correcciones que se habrían adoptado en Huelva. Lo que no dice es que, en Sevilla, por ejemplo, se ha disparado la demanda de esos padres defraudados y la posterior solicitud de medidas cautelares que, una vez concedidas (y han sido concedidas todas) obligan a la Junta a autorizar la entrada del niño en el colegio elegido por los padres. Es criterio judicial, al parecer, que la elección de los padres debe prevalecer sobre las circunstancias reglamentarias (‘ratio’ agotada y demás) por lo que la Junta ha tenido que tragar con independencia de que, si es así de boba, se meta ahora en los correspondientes contenciosos.