Cara y cruz

Se señala, con razón, el contraste entre el festolín democrático organizado por la ‘Dipu’ con motivo de los 30 años de la Constitución y el cerrojazo antidemocrático pero, sobre todo, injustificable, dado a la iniciativa de la Oposición de debatir en el Pleno el escandaloso subidón de sueldo de varios cargos públicos del partido (uno de ellos tránsfuga), para los que los compromisos colectivos de la política carecen de significado. Aunque, bien mirado, tampoco es para asustarse, porque de sobra sabemos que una cosa es el teatro político y otra muy diferente el buen gobierno de las tripas. El problema de las Diputaciones no es el partidismo, es su obsolescencia y su función estrictamente caciquil. Con esta idea en la cabeza, toso se ve con mucho más claridad.

 

México lindo

La saga interminable de asesinatos masivos que está viviendo México en el marco de su proverbial inseguridad ha culminado, de momento, con el informe que el presidente del Gobierno ha enviado al Senado de la nación para confirmarle que las policías “no son recomendables”, curioso eufemismo que da una idea del problemón con que se ha encontrado, finalmente, este hombre, Felipe Calderón, al que sus críticos llaman confianzudamente ‘Jelipe’ y a quien ponen de chupa de dómine. En el informe de referencia se especifica que la mitad de los 56.000 agentes federales, estatales y municipales no son, en efecto, “recomendables”, habiendo estados –como Baja California, Zacatecas o Coahuila – que elevan sus porcentajes entre el 60 y el 90 por ciento. Es la primera vez, que yo sepa, que un  régimen tradicionalmente corrupto admite su derrumbe moral y apunta sin ambages a la causa de sus degeneraciones, dándose a sí mismo un ilusorio plazo de un año para si no extirpar esa lacra, al menos aliviarla en la medida de lo humanamente posible. Ahora, pues, podemos entender el disparate de las últimas razzias asesinas, del auge de los secuestros-exprés, de la generalización de la tradicional “mordida” que decían los ingenuos que acabaría cediendo hasta extinguirse una vez  desplazado el PRI y su entramado de corrupción organizado escrupulosamente durante más de 70 maños de poder absoluto. No es ningún secreto que en México la seguridad es más bien un albur, que tras el escenario deslumbrante que se extiende en la falda del volcán, lo que hay, en realidad, es una jungla con leyes propias en la que la arbitrariedad manda y la violencia resuelve el día a día. Pero es verdad que, con todo y haber en esa crónica etapas bien crudas, lo que está viviendo ese país amigo es una catástrofe que ilustra bien el demoledor informe que el Gobierno se ha visto obligado a reconocer. El tema no se agota, no obstante ni en la detección del mal ni en el propósito de enmienda, pues parece obvio que el inaudito desorden que en la actualidad vive México no se entiende –ni, en consecuencia, podrá ser afrontado—de no asumirlo como la herencia lógica de un sistema político corrompido hasta el tuétano a la sombra de una revolución traicionada.

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No hay poder que perdure sin deterioro visible. El largo periodo victoriano, los reinados inacabable de Guillermo II o Francisco José, conocieron esa conmoción interna que mina la legalidad  de manera muy distinta a lo que ocurre en las dictaduras, por supuesto, pero de manera también fatal. Lo que, probablemente, hace distinto el caso de México es que el estado de permanente ilegalidad en el que se han acostumbrado a vivir sus ciudadanos no es el producto de una acción externa al Poder –al Estado, en última y definitiva instancia—sino una derivación, una consecuencia inevitable de la misma organización política. ¿Cómo esperar la paz social con unas policías rapaces y criminales frente a cuyos desmanes se hace la vista gorda porque se les paga una miseria? Yo he visto a un funcionario exigirle sin palabras la “mordida” nada menos que a un diplomático al que se le escapaba el vuelo, y soy testigo de cómo éste accedió a meter en el pasaporte, como quien no quiere la cosa, el exigido billete de diez dólares. Luego han venido los asaltos, los secuestros, los robos camineros, el acoso al forastero y ha llegado a ser habitual el envío de orejas cortadas a los familiares de los rehenes. Pero toda esa miseria no la ha creado de la nada el malevaje, sino que es la consecuencia de un pacto social suicida pero longevo ya, que ‘normalizó’ la ilegalidad desdramatizando sus consecuencias políticas. El México revolucionario y liberal ha degenerado en una incontrolable garduña en la que “los de abajo”, como decía Azuela, no hacen sino replicar la codicia y la brutalidad de sus honorables dirigentes.

Al pulpo, ni reñirle

La Fiscalía de Sevilla se lo ha pensado mejor y no abrirá acciones leghales contra la Junta de Andalucía, a pesar de reconocer que la publicación en el BOJA de los nombres de los menores que objetaron “Educación para la Ciudadanía” a pesar de reconocer que la vulneración de la intimidad de esos menores se produje, en efecto, y por tanto, lo suyo sería proceder al ejercicio de acciones legales. Y dice que no lo hará, no porque se arrugue ante la Junta, sino por proteger a los lesionados y evitarles la inmersión en “un debate apasionado y tenso” (¿) y ofrecerles, de paso, una indemnización económica que nadie ha pedido. Como si no estuviera claro que lo que la consejería de Educación ha hecho ha sido estigmatizar a esos menores para castigar a sus padres. El Poder sigue siendo el Poder, qué duda cabe, y la igualdad ante la Ley una ilusión no poco novelera.

Estupor por la normalidad

Lo que ocurrió en el Pleno del Ayuntamiento capitalino antier fue estupendo, pero más estupendo todavía (en sentido etimológico) el desconcierto de casi todos ante esta memorable y civilizada ocurrencia de plantear una oposición razonable y recibir a cambio una respuesta positiva desde el gobierno. Bienvenido este nuevo talante, aunque puede que al PSOE municipal le esté ocurriendo lo mismo que al PP nacional, a saber, que se ha persuadido de que la estrategia de tierra quemada no conduce a ninguna parte. En ese Pleno se avanzó más que en meses anteriores. Sea cual fuere la razón que cada parte tiene para actuar así, hay que felicitarse en nombre de los ciudadanos al margen de reconocerles a los protagonistas su indudable mérito.

Heridas abiertas

Hay que ver la que traen con la memoria unos y otros esta temporada. En un congreso convocado por el propio Vaticano, a propósito de cuatricentenario de Galileo, ha vuelto a resurgir la vieja polémica que creíamos zanjada por la honorable rectificación del papa Wojtila, justo la misma semana en que se ha hecho pública –sin que nadie, que yo sepa, lo haya reclamado nunca—el perdón de la Santa Sede a John Lennon por la famosa frase en que, hace casi medio siglo, osó comparar a su grupo con Cristo. Parece que reaparece la cuestión de los “perdones” que la Iglesias habría de pedir por los errores del pasado, errores gravísimos, sin duda posible, pero que es curioso que nadie exija a la descendencia de Calvino, pongo por caso, tan implacable perseguidor de discrepantes y científicos ni integrados. El lío viene esta vez del reconocimiento por parte del director del ‘Observatorio Vaticano’ de que, a pesar de aquel importante gesto pontificio, “quedan aún abiertas heridas” dolorosas por el famoso incidente, sobre todo si se tiene en cuenta, como recordaron los reventadores de la proyectada visita del actual papa a la universidad de La Sapienza, que éste, siendo aún cardenal y Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe (es decir, de la nueva Inquisición), habría dicho en la misma universidad en 1990 que “en la época de Galileo, la Iglesia permaneció más fiel a la Razón que el propio Galileo y que, en consecuencia, el proceso contra el sabio fue racional y justo”. Ha sido inútil, curiosamente, que desde múltiples ángulos, se haya precisado que esa frase no era más que una cita de Feyerabend con la que el entonces cardenal quiso recuperar la noción de ‘paradigma’ y el hecho, cierto, de que esos moldes mentales cambian con brusquedad, por cierto tras una amplica referencia al filósofo marxista Ernst Bloch, uno de los primeros en revisar la leyenda ‘ilustrada’ del célebre proceso. Dice hoy la Iglesia que le papa Urbano no condenó nunca personalmente a Galileo, un profundo católico que sabía distinguir entre razón y fe, como también se ha reconocido en este simposio. Lo de Lennon ha sido más fácil. Lo de Galileo va a costar Dios y ayuda recomponerlo en su justa dimensión.

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Es curiosa la efectividad de este tipo de “heridas” si se las compara con la indiferencia con que se contemplan las que deberían seguir sangrantes en otros ámbitos. Es pronto, por ejemplo, para hablar con perspectiva de la carnicería perpetrada entre chiíes y sunníes, aunque quizá no tanto para esperar que un buen día los herederos del Imperio británico asuman un pasado que tal vez merece una ‘leyenda negra’ similar a la que gravita sobre el español, por no hablar del alemán, el francés o el belga. Los EEUU perpetraron un genocidio perfectamente diseñado que esquilmó a la población amerindia –es más hicieron de esa barbarie una especie de etopeya–  hasta reducirla a discretos grupúsculos ideales adecuados todo lo más para decorar el paisaje y entretener el turismo, y no cabe esperar ni locos que alguna vez se le pase por la cabeza a sus dirigentes y menos a aquel pueblo soberano pedir perdón por tal masacre. Y es que la memoria rara vez es justiciera –¿o acaso en La Sapienza no sabía nadie que el párrafo en cuestión era una cita, por lo demás, bastante adivinable, de Feyerabend?—y nunca cuando se ejerce desde el rencor o, como en este caso o el de alguno que tenemos más cerca, también desde una ignorancia, más o menos voluntaria, poco interesada en averiguar la verdad. No entenderé nunca el interés de esos debeladores de Roma por recurrir a tanto ejemplo arcaico que, en definitiva, acaba sirviendo de cortinas de humo tras la que ocultar ciertas obcecaciones actuales no menos censurables. Feyerabend, y no Ratzinger, lo que decía, en resumen, es que no es correcto juzgar hechos ignorando el paradigma en que se insertan. Hay frases de Bloch que, aisladas de si contexto, dejarían en pañales a Ratzinger.

La callada por respuesta

El consejero de Industria y Turismo, Luciano Alonso, ha dado la callada por respuesta al Parlamento de Andalucía cuando la Oposición le ha pedido que explique cómo se compagina sus proyectos de austeridad con el dispendio clamoroso de ese coche de lujo que se ha comprado. En Extremadura le han hecho devolver el mismo coche a la Vicepresidenta que, por cierto, se había adelantado con su dimisión; en Andalucía, el trágala: aquí no hay más ley que la voluntad de Chaves que, ciertamente, tampoco es que escatime en gastos suntuarios. No hay vergüenza política en este asunto. Lo que sí hay es un doble o triple desprecio de la Junta hacia cualquier institución que discrepe de ella, incluso cuando despilfarra a ojos vista.