El lujo de la dulzura

Sostiene una encuesta francesa elaborada por el IFOP que nunca en la vida los abuelos se ocuparon más de sus nietos que hoy día. Esa asistencia familiar no es nueva pues fue la norma en la sociedad rural hasta fechas muy tardías en que la evolución demográfica, determinada en gran medida por el proceso de urbanización de las poblaciones, determinó el paso de la familia extensa a la nuclear, prescindiendo de la generación  anterior salvo en casos de absoluta necesidad. Los abuelos pasaron en la Historia de ser el ónfalo de la vida familiar a convertirse en un estorbo de difícil ubicación, pero nunca perdieron del todo, por lo visto, su significado ni sus viejos derechos a la presencia junto al nieto, últimamente reconocidos por interesantes sentencias que tienen su precedente más remoto, que yo sepa, en una decisión judicial francesa de 1867 –según consigna Michelle Perrot en la monumental obra sobre la vida privada que dirigieron G. Duby y Ph. Ariès. Que la ampliación de la esperanza de vida tiene mucho que ver con la nueva situación lo demuestra el hecho de que si en los 90 el niño al nacer solía tener cuatro abuelos vivos, en los felices sesenta esa circunstancia no se daba más que en un cinco por ciento de los nacidos. El doble empleo, por otra parte, el trabajo de ambos cónyuges fuera del hogar, ha revalorizado el rol de los abuelos, integrados con variable discreción en el servicio doméstico, no nos engañemos, aunque conservando siempre la tensión intergeneracional con los progenitores. Ese recuperado “lujo de la dulzura”, como dice Perrot, tiene, pues, un carácter, en buena medida, funcional y se basa en lo que los sociólogos de la familia han llamado la solidaridad entre las generaciones, una expresión quizá optimista en exceso pues la aceptación de los abuelos en el apoyo a la prole sigue siendo fuente de tensiones como lo fue toda la vida. A la fuerza ahorcan, pues.

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No hablemos de la imagen que nos dejó Galdós en su obra clásica sobre el personaje y el tema, pero los abuelos han sido siempre un elemento importante si no decisivo en la memoria personal, como atestiguan tantas biografías insignes, y casi siempre en íntima relación  con esa inefable percepción de la dulzura de que hablaba la autora citada. El abuelo (uso el masculino genérico, como debe ser) es en la nueva familia un extraño personaje en la medida que parece regirse por “un rol sin rol” –expresión que tomo de un estudio de la universidad valenciana–, es decir, un sujeto que funciona en el entramado doméstico como una autoridad sin mando, como una “auctoritas” sin “imperium”, que diría un romano, siempre supeditado al criterio ajeno y superior del padre –que es lo suyo, no lo discuto– y en consecuencia, no poco conflictivo. Se ha señalado que la acción de los abuelos sobre sus nietos funciona como una máquina de reproducción de los saberes y tradiciones y hasta se ha dicho que, dado el paso que la burra lleva desde hace un par de siglos, bien ha podido acabar constituyéndose como “una forma de privatización de la memoria”, cuyo valor en esta era desmemoriada no será preciso subrayar. Tiene mala fama, en todo caso, la figura del abuelo abnegado al que, desde la juventud paterna, suele reprochársele el criterio trasnochado y la tendencia permisiva, pero no parece cuestionable el éxito de esa maltratada institución con la propia prole para la que, en una notable mayoría de casos, acaba figurando casi en el plano mítico, como un referente especialísimo al que tantos grandes hombres han consagrado en sus evocaciones una significativa piedad y un recuerdo conmovedor. Hay pocos oficios tan ingratos y, a un tiempo, tan deliciosos como el de la dedicación al nieto que hace ese mistagogo rejuvenecido que seguramente no recuerda un amor tan grande en su vida.

 

Allá me las den todas

Le llueven a Chaves chuzos de punta con motivo de su trampa para disimular su culpa en la votación perdida por su ausencia en el Parlamento de Andalucía y también por haber puesto tierra (o mar) por medio entre su augusta persona y la comunidad en uno de los peores momentos de su historia. Claro que Chaves dirá que allá se las den todas, metido como nada entre autohomenajes y propagandas , alguna tan elocuente como ésa que invitaba a un flamenquito a los andaluces en Argentina  asistir al evento “pa’jartarte de bailá hasta la madrugá! El Presidente se muda de continente para ver con perspectiva la crisis la que está cayendo y, de paso, quitarse de todos los problemas del mundo. Ni él podrá llegar a más ni Andalucía a menos.

La casa por barrer

¿Se acuerdan de la plana mayor del PSOE en el semáforo de Beas repartiendo panfletos para reclamarle al Gobierno del PP el famoso desdoble de le N-435? Bueno, pues ahora van a ver a la plana mayor del PP hacer lo propio, plantada en el semáforo, en vista de la ridícula asignación que, tras tantos años y tantos camelos, ha hecho el “Gobierno amigo” en los presupuestos del año que viene. Unos por otros, la casa por barrer. Los usuarios afectados –que son muchos—estarán desnortados viendo como ni la alternancia en el poder consigue algo tan elemental como el desdoble de una carretera provinciana.

Desorden y locura

Un interesante estudio de la Comisión  Europea y la OMS, que incluye a 42 países, ha puesto de relieve la crítica situación de la asistencia psiquiátrica en la mayoría de ellos. Se refiere, claro está, a la que Erasmo, por contraposición con la “locura sabia”, llamaba “locura loca”, es decir, a ésa que es perceptible a simple vista por la población que, en cierto modo, la acepta como inevitable sin dejar de escandalizarse por sus efectos. Nunca o casi nunca se tuvo una sensación  tan vehemente de que este mundo está más para allá que para acá, ni una conciencia más clara de que la majaronería galopante tiene no poco que ver con  la profunda crisis de valores que vive la Humanidad, especialmente en su zona desarrollada. Según el estudio hay diferencias tan marcadas incluso entre países asimilables como Suiza y España, como revela el hecho de  que el primero de ellos disponga de treinta psiquiatras por cada cien mil habitantes mientras que el segundo, el nuestro, sólo tiene seis, ya muy cerca de los puestos bajos de la clasificación que creo que cierra Albania con tres solamente. Pocas materias tan controvertidas, en el último cuarto de siglo, como esta de la psiquiatría, en especial tras los estragos que un Lacan mal asimilado produjo en muchos profesionales hasta el punto de eliminar conceptualmente la locura como una noción maldita que era preciso ocultar como primera medida terapéutica. Yo recuerdo muy bien la que se organizó cuando una mañana la portada de un periódico tituló a toda pastilla “Cerramos el manicomio”, como en efecto hizo la Administración que, un poco en línea con lo que Gustavo Bueno llama el “pensamiento Alicia”, “borró” de un plumazo el fenómeno con el consiguiente desastre que supuso tanto su integración hospitalaria como la devolución voluntarista del enfermo al hogar familiar. Padecemos una situación crítica pero también, pos si fuera poco, una asistencia deplorable, que, como no podría ser de otra manera, separa sin compasión a los pacientes con posibles de los pacientes pobres. Es obligado decir desde el progresismo que ésta es una de las grandes injurias infligidas por la progresía a nuestra sociedad.

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Nos faltan psiquiatras, nos sobran motivos para la enfermedad, y lo digo en línea con la doctrina imponente del maestro Foucault en su prodigiosa “Historia de la Locura en la época clásica”. Y es así porque la sociedad organizada, es decir, el Estado, no sólo se desentiende de la evolución crítica, caótica, del sistema de valores de toda la vida y su sustitución por fórmulas de una moral social extremista, sino por los propios condicionamientos materiales de una civilización vertiginosa. Hay un  conflicto no resuelto –ni siquiera explícito—entre aquella moral del cristianismo histórico, que es la que, a pesar de los pesares, ha vertebrado nuestro progreso ideológico, y la moral social de la Ilustración desfigurada hasta la caricatura por sus epígonos actuales, que llaman modernidad a la trasgresión y progreso al capricho. Y todo este desorden produce locura, multiplica la disfunción y abre más cada instante la brecha que separa la conciencia de la realidad, al tiempo que se regatean los instrumentos adecuados para atender con la debida solicitud a quienes lo necesitan. Ocultando el desorden, claro está, como en el Viejo Régimen se ocultó tras las tapias inaccesibles de los morideros de alienados, sin que se vea y menos aún, sin que se relacione el auge de la ‘manía’ y la enfermedad en general con esa fractura moral que hace invisible, para muchos espíritus, esta sociedad manga por hombro. Se ha escrito que la locura es un mal del cerebro no del espíritu. Contando con seis especialistas por cada cien mil habitantes, me parece a mí que, en última instancia, es una enfermedad social.

El pasado presente

Vano Ejercicio del presidente Chaves rechazando las justificadas y múltiples críticas al maltrato presupuestario que el “Gobierno amigo” dedica a Andalucía en base a la presunta deslealtad que su día pudieran tener de los Gobiernos Aznar. La relación de ultrajes es larguísima y se ha repetido sin conseguir otra cosa que demostrar que el PSOE se atiene a la estrategia única de la negación que le permite, por lo demás, su mayoría absoluta. Pero es evidente que los PGE tratan a Andalucía de aquella manera, comparada con otras comunidades con las que ZP tiene compromisos políticos que aquí no se plantean. El castigo de Andalucía es contar con la sumisión de su autonomía a los intereses del Gobierno de partido. Contra Aznar vivíamos mejor, evidentemente, sobre todo Chaves.

La sopa boba

La impagable ‘Cáritas’ –la misma organización a la que un Gobierno del PSOE quitó su subvención por informar de que en España vivían (entonces) siete millones de pobres—está haciéndose cargo de las primeras víctimas de la crisis ésa que decía hasta antier que no existía. Andan atendiendo a familias proletarias pero también a mucha de clase media agobiadas por la subida de del coste de la vida, el turbión de las hipotecas y la infinidad de agujeros que presenta la vida familiar cuando la cosa aprieta. Tomemos nota, para que no es olvide, y de paso sugiramos la idea de que quizá esas fueran tareas de atención propias de la consejería de Bienestar Social y no sólo de las instituciones caritativas. Quizá volvamos a ver –ya los hay por muchos sitios—los viejos comedores gratuitos asistidos por voluntarios  ante al indiferencia del poder político.