Guerras de inmigrantes

Lo ocurrido en La Mojonera –30 por ciento de población inmigrante–, con su balance de altercados e incendios, daños y víctimas, no es, digan lo que quieran los sindicatos y otros buenistas, ni una “acción puntual” (sic) ni una serie de “incidentes aislados”. No es una contienda, claro está, ni una guerra declarada, pero sí constituyen el resultado de muchas tensiones que la disparatada organización del fenómeno migratorio no tiene más remedio que acabar provocando. Ya hemos visto luchas entre españoles y moros, entre moros y gitanos y ahora entre negros subsaharianos y moros, es decir, guerras intestinas de la marginalidad, tensiones explicables desde la ciega presión de la lucha por la vida. Esos conflictos los protagonizan ellos pero son imputables a una sociedad y a un poder que cierran los ojos para no ver ese drama mientras no estalla.

Boca cerrada

Se podía haber ahorrado la presidenta de la Diputación ese burdo ejercicio partidista de defender al alcalde de Getafe y presidente de la FEMP que calificó a los votantes de derechas (diez millones de españoles, el 42 por ciento de su propio pueblo) de “topitos de los cojones”. Y más aún para atacar al PP por exigir que dimita como representante de todos los Ayuntamientos y Diputaciones españolas un sujeto que gasta esa mentalidad y ese vocabulario. Ya nos dirá la señora presidenta qué estaría diciendo ella misma –y con ella el Gobierno de la nación– si desde enfrente se tacha de “tonto de los cojones” a los votantes del PSOE. Pedir perdón no basta cuando la injuria es irreversible. Y a un alcalde, además, hay que exigirle un tacto del que, evidentemente, carece se “monterilla” procaz.

La olla a presión

Los movimientos callejeros –incluyendo el que hace tres años se prolongó durante tres semanas en París—no están organizados o quizá sea más previsor decir que no lo están todavía. Lo que está ocurriendo en Grecia, por ejemplo, en Atenas y en Salónica pero también en otros puntos del país, con su balance de establecimientos incendiados, saqueos de comercios y destrozos por doquier, no parece que pueda explicarse solamente como una reacción indignada ante la muerte de ese joven al que un policía acorralado descerrajó tres tiros en el pecho, como lo ocurrido en París en la ocasión mencionada o en 2007 con motivo de cierto choque de tráfico en el que se vio implicado un vehículo de la policía, no fueron ni mucho menos, a mi entender, ‘sólo’ la respuesta a esos motivos sino la expresión violenta de hondas tensiones sociales y económicas represadas durante demasiado tiempo, especialmente en el ámbito de la ‘banlieue’ y barrios marginales. Lo  mismo, más o menos, que cabe decir de los graves incidentes registrados en Holanda hace un año con el motivo aparente de la muerte de un joven, también a manos de la policía. Los tiempos de la guerrilla urbana eran otra cosa, no cabe duda, y desde luego no parece o no parecía hasta hace poco –mientras hemos dormitado en el limbo de la “new age” arrullados por el comecocos del crecimiento indefinido—que estos tiempos sean propicios a su recuperación. Pero ¿podemos estar seguros de eso? Muchos observadores de lo que acontece hoy en Grecia ponen el acento en la situación de la juventud –son sucesos casi exclusivamente juveniles–, su altísimo índice de desocupación, la miseria de retribución que reciben sus trabajos y, en definitiva, ese mal consejero que es el ocio forzado y pobre, tan proclive a la bohemia canina como a la revolución siquiera sea de corto alcance. Cualquier día podemos vernos –en cualquier país de nuestro ámbito—frente a una situación similar.

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Probablemente es una utopía o sencillamente una insensatez pretender que se mantenga ‘sine die’ un estado de cosas como ése: jóvenes descontrolados desde la adolescencia, fracasados en el estudio, enteramente ignorados en el mercado laboral –se ha llegado a insistir en que los aspirantes a un primer trabajo, hablando con propiedad, no eran parados contabilizables en la estadística–, explotados en trabajos oportunistas y cazados, en fin, por ofertas de empleo que apenas garantizan la subsistencia, constituyen un magma peligroso del que, en cualquier momento, por cualquier motivo como estamos viendo, puede surgir incontenible un episodio violento de alcance imprevisible. Que es lo que está ocurriendo en Grecia, con toda probabilidad, y no hay más que echar una ojeada a aquella situación para convencerse de que no se está ante un problema incidental, ni siquiera ante el fracaso del gobierno de centroderecha que gobierna el país, sino frente a un mal escondido del que participan la mayoría de las naciones europeas: la coyuntura especialmente grave que se plantea a la juventud en un sistema que ve tambalearse sus estructuras básicas y, ciertamente, no sabe qué hacer ni por arriba ni por abajo. Es curioso que la mitificación social de la juventud que, sin duda, estamos viviendo en todo Occidente, corra paralela a su olvido o menosprecio práctico en los planes políticos, y por esa misma razón es lógico que en el seno de esos colectivos desactivados a conciencia pero que conservan su energía consustancial, lata el peligro de eventuales estallidos como los que vamos viendo. Hace tres años, Sarkozy recurrió al ejército como De Gaulle había proyectado en el 68, lo que sugiere una valoración altamente alarmista de aquellos disturbios, pero luego se olvidó todo o poco menos, sin proveer proyecto de solución alguno. El fantasma proletario es hoy juvenil e inmigrante. Cualquier día podemos reconocer su cara amenzante.

Aquí mismo

La imagen de esa mujer instalando una vivienda prefabricada sobre el mismo solar en el que los jueces mandaron derribar la ilegal que había construido, o la del derribo de una –de una, no de tantas otras como esperan suerte o disfrutan de criterios más benignos en Córdoba—a medio construir en el entorno de Medina Azahara, engañan en la medida en que parece que estamos ante situaciones excepcionales, oportunamente detectadas por la autoridad, cuando la realidad es que en Andalucía hay miles y miles de viviendas ilegales ante las que sus Ayuntamientos y otros organismos hacen la vista gorda. Es más, hay entre ellas un buen puñado que son iniciativa y propiedad de quienes desde el propio Poder (alcaldes, ex-alcaldes/as, concejales/as, cargos públicos autonómicos o provinciales) se pasan la ley por el forro y construyen en parajes protegidos e, incluso, en terrenos más delicados aún. Aquí mismo, donde le place al protegido. Andalucía debe abordar de una vez, caiga quien caiga, la sanción de esa enorme bolsa.

El oleoducto y la ley

El Fiscal de Medio Ambiente, Alfredo Flores (de casta le viene al galgo), no cabe duda de que se gana el sueldo sin tentarse la ropa ante la presión política ni ningún otro factor. Ahora acaba de pronunciarse sobre el inquietante proyecto del oleoducto Huelva-Badajoz diciendo por derecho que esa construcción “no debe pasar por el Parque de Doñana si la ley lo prohíbe”, así de claro y que, en consecuencia, no es cosa de modificar una normativa, una legislación, para adecuarla a unos intereses. Será necesario –dice el Fiscal—contar con evaluaciones medioambientales rigurosas, lo que no significa que ignore que, al final, lo que más peso tiene son las decisiones políticas y, en este caso, ya sabemos que el trazado del oleoducto ha sido bendecido por el presidente del Gobierno. Es una suerte contar con un Fiscal como éste. Es una lástima que, a lo peor, la política se imponga a pesar de al Fiscalía.

Violencia gratuita

La condena del “ultra” marsellés Santos Mirasierra por su activa participación en los incidentes ocurridos en el partido entre el Olimpia de Marsella y el Atlético de Madrid ha levantado en Francia una considerable marejada en la que se han mezclado, aparte de una versión a todas luces “angélica” del suceso, los más rancios tópicos antiespañoles y alguna que otra barbaridad inaceptable incluso en ese sórdido ambiente la pasión exacerbada. Personalmente lo que estimo más deplorable de estos sucesos futboleros es la gratuidad absoluta de la violencia que en ellos se produce, la ridícula exaltación que trata de convertir estos simples comportamientos anómicos en una suerte de lance ético, acaso ideológico, en el que una banda de descerebrados da rienda suelta a sus instintos en nombre de imaginarios ideales e identidades igualmente arbitrarias. Lo que ocurrió en el estadio el día de autos, fue esta vez  visto por la inmensa mayoría y no consistió más que en una gratuita y salvaje rebelión que hubo de toparse –cierto que en condiciones de desigualdad lamentables para la autoridad—con el intento paciofocador de la pllicía que en ningún momento se excedió en sus acciones entre otras cosas porque carecía de medios y dotación adecuada para ello. El espectáculo de desorden provocado, las escenas de salvajismo –en las que aparece en primer plano y como actor destacado el ultra en cuestión—fueron de una intensidad inusitada y la imagen del jede del destacamento sangrando descalabrado por un banquetazo presumiblemente enviado por el mismo sujeto, verdaderamente desconcertantes para el espectador normal. Pretender la impunidad para actitudes como ésta es sencillamente absurdo y elevar el incidente a asunto político una de las mayores insensateces que cabe imaginar. Todos los ‘rebeldes’, incluido, por supuesto, el condenado, actuaron como auténticos cafres y si algo cabe reprochar a la policía sería su desproporcionada moderación ante un  ataque de esas características. La Justicia ha tenido en cuenta, seguramente, esta circunstancia.

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Han llovido, por descontado, las descalificaciones e improperios a esa Justicia desde la culta Francia, incluso despreciando los comentarios familiares, como ése de una hermana del condenado que ha dicho que hubiera sido preferible, para justificar la “dureza” de la sanción, que el bárbaro de su hermano hubiera “matado a uno de los policías” para justificar el castigo. La prensa, por lo general cauta, ha recogido, eso sí, toda la panoplia de insultos dedicados a España por la defensa y otras instancias que han hablado de “severidad inaudita”, decisión irracional, “pequeño autoritarismo de España” o del “orgullo y la pequeña vanidad española” que “para mostrar su esplendor” se han  ensañado con quine no sería más que una “víctima política”. Se comprueba, una vez más, que la violencia gratuita que se prodiga en los estadios sólo es posible por el amparo y respaldo que le presta un sensacionalismo mediático que, curiosamente, es el mismo que exhibe su talante ético al denunciar la barbarie “de los incontrolados de siempre”, que ni suelen ser pocos ni incontrolados. Por lo demás, sorprende la constancia de la tópica tradicional, la vigencia de ese mísero repertorio de clichés siempre a mano para apuntalar los chovinismos, todo hay que decirlo, lo mismo en Francia que en España, y que encajan con facilidad en esos magines elementales. Al contrario de lo que se pretende, en fin, tal vez lo que habría que procurar no es otra cosa que la determinación de erradicar con mano de hierro esta violencia gratuita que, de modo inconsciente, está devolviendo al ‘match’ su genuina condición de ordalía, y al deporte su carácter de sustitutivo reglado de la violencia primordial. No entro en esa sentencia pero he visto escandalizado el reportaje de esos vándalos que, además de su barbarie, reclaman también la impunidad.