Sábado y domingo

Vuelvo sobre el tema del descanso dominical, que traje aquí hace bien poco, a propósito de la polémica prolongada en Francia, tras la aprobación en el Parlamento de la porfiada ley en torno al caso específico de París, ciudad a la que esa norma concedía un estatuto especial que ha sido descalificado ahora por el Consejo Constitucional. El caso no es sencillo porque en aquella capital de ensueño ocurren cosas tan desmañadas como que en una acera de los Campos Elíseos se pueda abrir el comercio los domingos y en la otra no, y porque, como dijo Sarko el 30 de junio pasado, no tiene sentido que si la mujer de Obama quiere ir de compras ese día –los conservatas siempre tan elitistas en sus ejemplos– tenga el Presidente de la nación que levantar un teléfono para conseguir que le abran las puertas. En Jerusalem, por el contrario, el alcalde laico Nir Barkat, tiene que vérselas cada sábado, desde hace mes y medio, con una patulea ultraortodoxa que protesta airada contra la apertura de un parking en la Ciudad Vieja que rompería, según ellos, la ley ancestral que prescribe el respeto al sábado. Ahí siguen, íntegras y ternes, las dos concepciones del trabajo y del descanso basadas en la religión que constituyen el legado –hoy, realmente fósil—de una concepción sacralizada de la realidad y de la vida hace mucho superada por las circunstancias, como superada parece la noción progresista que veía en el descanso obligatorio un logro de la civilización sobre la costumbre y, por supuesto, un derecho arañado con esfuerzo inolvidable a la rapacidad explotadora. Unos que parecen querer maximizar la lógica productivista, otros empeñados en mantener la vida en la matriz de un dogmatismo formalista hace siglos desbordado por las circunstancias. Desde la irrupción del cristianismo, ese debate no ha dejado nunca de dividir la opinión.

No deja de ser elocuente el olvido que durante lo que llevamos de crisis ha rodeado la profecía de Paul Lafargue, el yerno de Marx, expresada en “El derecho a la pereza”, primer aviso, que yo sepa, sobre el riesgo cierto de sobreproducción y sobreconsumo formulado al capitalismo desde la izquierda crítica. Lafargue entrevió con nitidez el mundo vertiginoso de los Madoff y los ‘Pocero’, como previó el despilfarro de un consumo asumido como objetivo vital. Pero no cayó en la cuenta de que a la mujer de Obama podría antojársele algún día ir de compras por París precisamente en fin de semana o de que las ‘grandes superficies’ llegarían a convertir la compra dominical en una fiesta de familia. Échenle un rato al librillo de Lafargue y verán de qué poco le sirven al Hombre los vaticinios sensatos.

Lo indemostrable

El consejero de Presidencia y presidente postizo ha dicho que la acusación verdaderamente generalizada de que la Junta y su partido discriminan a los Ayuntamientos en función de su color político es… “indemostrable”. Se trata, seguro, de un lapsus freudiano, muy propio de quien está convencido de que obra a cubierto de toda “demostración”, olvidando que lo más indemostrable con frecuencia es lo obvio. No habrá que ilustrar para nadie esa discriminación clamorosa que algún delegado de la Junta ha llegado a proclamar confesando que él consultaba siempre a su jefe de fila en el partido antes de tomar sus decisiones administrativas. Pero no es al postizo a quien hay que pedirle rigor sino a Griñán, de quien algunos ¿ingenuos? quizá esperábamos otra ética política.

Un primer paso

La Junta, la consejería de Justicia, ha admitido que el sistema de refuerzos de personal empleado hasta ahora para aliviar la situación extrema en la que viven nuestros Juzgados han sido un fracaso. Era algo que se ha dicho y repetido desde todos los ángulos posibles y a lo que la consejería ha hecho hasta ahora oídos sordos en su postura tan poco favorable a Huelva, pero ya es un buen primer paso este reconocimiento del fallo, en la medida en que constituye el requisito previo a un auxilio razonable. No debe esperarse a que ocurran casos irreparables para adoptar medidas consensuadas con quien proceda. Por eso hay que saludar con esperanza el gesto de la Junta.

Sueño y negocio

El prodigioso movimiento cultural del siglo XVIII, la Ilustración, alcanzó a concebir la comunicación del saber entre los hombres como una “república de las letras”. Hoy día dicen los sociólogos que en el horizonte informático –en la Red mundial de Internet— lo que parece posible es lograr una “república del saber”, un espacio libre para la circulación del conocimiento, un puerto franco que proyectos como el que trae entre manos Google de formar una biblioteca universal al alcance de todos convierten ya casi en una realidad. La idea de que el producto del trabajo intelectual debe regirse como una propiedad mantiene un antiguo pulso con esa otra que reclama la demanialidad de la obra, es decir, una gestión de aquel producto que haga compatibles el derecho del autor con el interés superior de la colectividad. ¿Cabe reservar el saber geométrico, la imaginación filosófica, incluso el invento literario sustrayéndolos al beneficio común? El “copyright” que ya reclamara Lebrija, fue un invento británico que limitó esa regalía a 14 años renovables por una sola vez como también establecería la Constitución americana y tal como aún hoy día reclaman voces ilustradas como la del historiador Robert Darnton, frente a los 70 años tras la muerte del autor que propone la actual normativa europea, incluyendo la española. Es decir, que prácticamente toda la producción del siglo XX quedaría hoy fuera del alcance público, alejando irreparablemente quizá el sueño dieciochesco. Sólo la simpar aventura de Google (un gran negocio, por otra parte) podría eventualmente conseguir que aquella aspiración cobrase cuerpo en la postmodernidad. En España, ya lo verá, hasta puede que, al amparo de una ley absurda, se las avíen para impedirlo los chamarileros que viven de ese cuento.

No merece ni comentario el intento bucanero de la SGAE de cobrarle a los pueblos de Zalamea y Fuente Obejuna los derechos fósiles de Calderón y Lope por la representación vecinal de sus respectivas etopeyas. Sencillamente no tienen vergüenza o han perdido por completo el sentido de la realidad, hay que decir que confiados en una protección política que tiene claro signo partidista. ¡Ay, si levantara la cabeza el pobre Lope que debió mendigar al duque de Sesa las resmas del papel en que escribía y hasta el recado de escribir! Una elemental simpatía nos junta hoy con ese alcalde de Fuente Obejuna que se dice dispuesto desafiar el imperio injustísimo de una ley que constituye un formidable obstáculo a la democratización de la Cultura, y en consecuencia, a rebelarse contra una exacción ridícula que alguien desde más arriba debería tronchar de un plumazo. ¡Qué serán capaces de hacer con los pobres “manteros” si así tratan a la Historia! La SGAE está consiguiendo perpetrar su propia caricatura con rasgos inconcebibles. Pero la culpa no la tiene ella, evidentemente, sino quien desde arriba le consiente un régimen exactor que ha roto ya hasta con el más elemental sentido del derecho.

Nuestros mayores

Son estremecedoras las cuentas del Servicio de Atención a las Personas Mayores de Andalucía. Casi tres mil llamadas de auxilio en un semestre, seiscientas de las cuales denunciaban malos tratos o abandono de los ancianos por parte de sus responsables. ¿Tan difícil resulta controlar eficazmente a los centros de acogida, tanta dificultad hay para poner a disposición de la Justicia a quienes maltratan a los mayores? Sólo una sociedad desalmada puede consentir un escándalo semejante sin que, al menos, caiga sobre esos malvados la mano dura de la Ley. A la Junta corresponde esa tarea que la Justicia tiene que respaldar con firmeza porque lo que está ocurriendo es una vergüenza.

¿Será verdad esta vez?

La orden que declara de “interés general” el aeropuerto de Huelva acaba de ver la luz en el Boletín Oficial del Estado: con cinco meses de inexplicable retraso, pero algo es algo. Queda por resolver el pulso entre los dos proyectos que están en el aire, el privado que cuenta con instalarlo en Gibraleón, y el público que está más en el aire que una cometa. Se trata, en definitiva, de no empezar otra vez con pendencias y enredos, sino de aunar esfuerzos por conseguir que esa ansiada infraestructura vea el campo libre de una vez por todas. Lo cual no está hoy por hoy tan claro como debiera. Esos cinco meses de retraso, mismamente, dan una idea del doble juego que algunos se traen entre manos.