Agujeros negros

Las Mancomunidades no sólo son ya colocaderos del `partido que gobierna sino auténticos agujeros negros por los que se escurre lo que queda de la economía municipal. La del Andévalo, pesebre del tránsfuga acogido por el PSOE, le va a costar a los Ayuntamientos integrantes lo que no tienen, sólo para en jugar la deuda de bastante más de medio millón de euros que mantiene con la Seguridad Social. Y sin que nadie dimita y menos, claro está, que comparezca ante la Justicia para explicar el gigantesco enredo. Si eso lo hacen en una de las comarcas más pobres de la provincia, imaginen el resto. De estos arbitrios e impunidades comparten la culpa entre la Oposición y la propia Justicia.

La imagen rota

Parece que fue antier por la mañana cuando el nombre y la imagen de Ségolène Royal campaban por sus respetos dominando una opinión pública cada día más privada y ansiosa de referentes fiables. Tan poco tiempo ha bastado, sin embargo, para desmontar su tinglado propagandístico, que la noticia de que la frustrada presidenta ha recibido una bala de grueso calibre en una carta personal junto a expeditivas amenazas de muerte, no ha conseguido más que desatar una tempestad bloguera en la que mayoritariamente destacan los comentaristas escépticos que ven en el caso un vano intento de relanzar a la Royal en medio de la hecatombe en que se encuentra la izquierda en su conjunto y ella en particular. Cartas con amenazas y bala incluida han recibido, en efecto, desde el propio Sarkozy a Alain Juppé pasando por Christine Albanel o Michèle Alliot-Marie, pertenecientes todos a la derecha mayoritaria, y ahora también, de creer a su oficina de prensa, la que fuera candidata socialista. Ya es grave que en una democracia alguien –en este caso una misteriosa y no poco inverosímil “Célula 34”—rompa la baraja hasta el extremo de amenazar con el magnicidio a las primeras personalidades políticas, pero más grave resulta, a mi modo de ver, que tanta gente en un país se tome a chufla una noticia semejante e incluso no dude en atribuirla a un presunto montaje publicitario a mayor gloria de la “amenazada”. Es cierto, sin embargo, que la opinión reaccionó de manera muy diferente ante los casos anteriores, lo que sugiere que es el prestigio de la Royal el que hace agua, resulte cierto o no, finalmente, un incidente, por lo demás, tan difícilmente comprobable. El problema es que, se dé el significado que se quiera a esa reacción masiva, está claro que una democracia en la que la mitad de los electores es capaz de atribuir a un líder de primer orden un fraude tan ridículo, tiene planteado, sin duda, un serio problema.

La distancia entre el ciudadano y la política es ya tan infranqueable como prueba la sospecha de que hablamos, y no es eso lo peor quizá, sino la consolidación de una tendencia escéptica que va viendo al político progresivamente como un profesional cualquiera pero proverbialmente caracterizado por la más absoluta carencia de sentido ético por no hablar de moral. Nadie se ha inmutado, por lo demás, al menos en términos perceptibles, ante la oleada de amenazas y cartas con bala, lo que indica, a su vez, que el descrédito de la política alcanza no sólo a las primeras figuras de la escena, sino incluso a los “out siders” más periféricos del teatro político. Partidos investigados en España, personajes públicos contra las cuerdas judiciales en Francia o escándalos como el que ensombrece Italia en la figura de su primer ministro, no permiten seguramente el mantenimiento de la imprescindible confianza cívica en sus representantes. La democracia tiene un serio problema y es que sus bases no creen en ella. Si llegar a esta desgraciada situación fue, en realidad, un juego de niños, devolverle su credibilidad va a costar Dios y ayuda.

Impunes y cómplices

Hay que suponer que el PP y se Presidente, Javier Arenas, sean capaces, por una vez, de defender sus derechos elementales que, por lógica democrática, son también los de todos los ciudadanos. Pero no se entiende que nadie en la Junta, de su digno Presidente para abajo, hayan movido un dedo para aclarar y sancionar como es imprescindible al sinvergüenza que colgó en Youtube un curriculum falseado y ridículo del Jefe de la Oposición desde una oficina pública en Jaén. ¿Qué le parecería a los cómp’lices de hecho que sus rivales se abstuvieran desde el Poder ante un ataque semejante, pongamos al presidente de la Junta? Mientras el propio Griñán no exija que se aclare y sancione al culpable será, lamentablemente, cómplice de esa inconcebible tropelía.

Bronca interna

No está conforme el PSOE onubense con la providencia del Gobierno sobre el ERE de Ercrós, que le parece incluso, y no le falta razón, obra de “un burócrata” sin alma. El problema es que ese burócrata desalmado lo tiene el PSOE onubense dentro de casa, circunstancia que, por un lado acredita el valor del gesto pero, por otro, ay, nos sume en la perplejidad en la medida en que cuesta creer que en Madrid el partido tome decisiones que ignoren sus conmilitones de Huelva. Sin contar con que nada le reprocha el PSOE onubense a esos sindicatos que han firmado con el Gobierno ese acuerdo discriminatorio para nuestra provincia. No cabe duda de que la indignada protesta del PSOE onubense es meritoria aunque le queden graves extremos por explicar para que todo no parezca una simple bronca interna o un simulacro circunstancial.

Tres cervezas

Ayer, madrugada en España, acudieron a la Casa Blanca para tomar una cervecita con el Presidente el profesor negro y el sargento blanco que protagonizaron el incidente de Cambridge, todo un gesto de la presidencia, acuciada, también es cierto, por una reacción no poco histérica de la opinión pública, que ha entrevisto en un simple comentario de Obama –calificar de ‘estúpida’ la actitud del policía—el viejo fantasma del racismo. Por parte del Presidente, no cabe duda de que su agilidad al autocensurarse y dar marcha atrás sin complejos acredita una buena salud política y un excelente sentido de la oportunidad que ya querrían para sí muchos barandas, pero no deja de resultar un poco forzada toda esta tramoya del frenazo, las explicaciones y la cervecita, dada la relativa insignificancia del desliz presidencial. ¿Se hubiera movido una hoja de haber sido un presidente blanco el que calificara de ‘estúpido’ a un sargento negro? Pues, francamente, me parece más que improbable, lo que quiere decir que, en el fondo, ese rescoldo nunca apagado del racismo yanqui está en el propio criterio público, adherido como una lapa al inconsciente colectivo, más que subyacente en el vocabulario de un presidente en el color de cuya piel parece que se ha querido ver, a la primera de cambio, la sombra del viejo pleito. En USA hemos visto moler a palos a un negro y hasta abrasar viva a una familia de negros sin que el ruido y la furia pasaran de la letra impresa y, desde luego, sin que la Casa Blanca viera en la precisión de referirse al suceso. Algo ha cambiado, pues, en la gran democracia americana, y algo tan sutil que se manifiesta con estruendo sólo porque al presidente se le escapa un adjetivo inadecuado a la hora de referirse a un poli blanco por haber detenido a un profe negro.

Desde el entorno de Obama los consejeros se han movilizado para animar el cotarro con el mensaje de que, como no hay mal que por bien no venga, en fin de cuentas el término despectivo del Presidente va a servir no sólo para dar una soberana lección de humildad a tirios y a troyanos, sino para mejorar unas relaciones (sic) entre la policía y la población que, por lo que se ve, no resultan idóneas, hoy por hoy, ni para blancos ni para negros. Los negros que necesitaron dejarse matar en Normandía o en Vietnam para ver medio reconocidos sus derechos elementales, son recibidos hoy en la Casa Blanca en pie de igualdad con los caucasianos para compartir una amigable cerveza con el mismísimo Presidente. Desde luego, si todo esto no es un habilidoso montaje de su gabinete, merecía serlo. Pocas veces un Presidente americano ha hecho más con menos por superar el racismo, que Obama con esas tres cervecitas que valen por media campaña.

Idea de la decencia

Hace unos días el consejero de Empleo, personaje inefable, exigía “decencia” a los mineros de Boliden que protestan por el incumplimiento del compromiso de recolocación de la Junta. Ahora sabemos que de los 1.900 parados que dejó en la cuneta la otra multinacional, Delphi, y a los que la Junta prometió colocar antes de tal día como ayer, sólo 90 han conseguido lo comprometido. ¿A quién hay que exigir decencia, consejero, a los trabajadores maltratados o a quienes, en cada caso, los trastean por bajo desde los despachos para salir del paso? La próxima vez que se produzca un conflicto similar la Junta va a pintar poco. Quedará solo el conflicto con todas sus consecuencias.