Realidad y símbolos

En París, un partido de fútbol entre la selección francesa y la tunecina ha acabado como el rosario de la aurora al repetirse los incidentes contra el himno nacional que ya una vez hicieron a Chirac y su séquito abandonar el palco. Francia es un país poco paciente y con arrestos jacobinos como para no tolerar manifestaciones semejantes, lo que ha provocado de inmediato que el “premier” Sarkozy haya ordenado la suspensión automática de los encuentros en cuyos premilitares pudieran repetirse hechos de esa naturaleza. No han tardado en salir a la palestra sesudos comentaristas, sobre todo por el lado de la izquierda, para alegar que esa manifestación no era sino la espita de la “banlieue”, el aliviadero que las minorías étnicas y culturales no integradas en la sociedad francesa habrían encontrado para dar salida al hervidero de sus pasiones refrenadas. Algo así como la versión futbolera y no incendiaria de la rebelión no tan lejana que hizo que Sarko amagara con sacar el ejército a la calle para responder a la demanda de seguridad palpable den todos los estamentos de la sociedad del país. Ocurre, en definitiva, que esos guerreros no están ‘integrados’, como decimos, en parte por el innegable prurito postcolonial y elitista de los franceses, pero también como consecuencia de la estrategia de la multiculturalidad propuesta desde posiciones progresistas que consideran más adecuado mantener la identidad insular de los inmigrantes en medio del país de acogida en lugar de procurar un  acercamiento en usos y costumbres que, francamente, en muchos casos, estaría plenamente justificado por la simple ventaja civilizatoria. Hace poco, por lo demás, hubo en Francia un conato de debate –breve pero sumamente sugestivo—en el que muchos talentos cuestionaron la proverbial condena del colonialismo galo en tierras argelinas precisamente, debate que se zanjó en cuanto se vieron aflorar malas y no buenas, lo mismo que ocurrió cuando se planteó revisar el pasado colaboracionista. Francia entiende poco de complejos y se defiende sin pensárselo dos veces. “Fraternité” no quiere decir que haya que bajarse los pantalones.

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Como las migraciones masivas van a ser una constante del siglo habrá que hacerse a la idea de que conviene preparar condiciones atractivas que favorezcan la integración o aceptación voluntaria de las costumbres nativas, lo que en absoluto supone renunciar a las raíces más profundas. Mientras haya un contingente colosal de población viviendo e barrios marginales, auténticamente fuera de la ley, o minorías que pretenden regirse por su normativa importada incluso en contradicción con las leyes vigentes, mientras se estimule la autosegregación que supone el velo en las escuelas o la autoridad del imán en cuestiones civiles, no será posible una convivencia razonable y justa. Los partidarios de la multiculturalidad sueñan con un puzzle de imposible encaje, mientras que la generosa aspiración a la integración ofrece la oportunidad de rehacer en casa ajena la nueva vida en busca de la cual se vino desde tan lejos. Ni siquiera hablo de que no haya correspondencia con los países de origen, donde la rigidez de la ley y el imperio de la costumbre ni se discuten siquiera. Para qué. Lo que está claro es que no es soportable una situación social en la que unas minorías exigen la espita ocasional de reventar el himno de la nación como muestra de rechazo a la cultura que los acoge. No habría que explicarle a esos reventadores, por lo demás, el valor que los símbolos tienen en todas partes y no sólo en sus predios. Antier encerraron en la cárcel a una pareja en uno de esos países fundamentalistas sorprendida en la playa haciendo el amor. No quiero ni pensar en lo que les ocurriría si, el día que los suelten, esos dos amantes tienen la ocurrencia de tratar de reventar el himno en un estadio de ese duro país.

Alta tensión

La huelga, paro, demostración o como ustedes quieran llamarle a la acción unánime de jueces, magistrados, secretarios judiciales y funcionarios de esa Administración, no tiene precedente. Tampoco ha sido organizada por nadie sino que responde a una reacción generalizada ante la perfecta indiferencia de la Junta y el Ministerio frente a la “acuciante” situación (Fiscal Superior de Andalucía) que padecen los Juzgados y las Audiencias. Los políticos no les hacen ni puñetero caso sabiendo a ciencia cierta que su trabajo es imposible y ni siquiera cuando ocurre un caso como el de Mari Luz, que ha desencadenado esta vorágine, mueven un dedo por remediarlo, como los hechos han demostrado. Por vez primera quienes administran la Justicia se plantarán frente a un Gobierno ingerente que pretende y tiene casi conseguido dominarlo a través de los controles jerárquicos. Puede que estemos ante un acontecimiento histórico. El martes asistiremos a él con la esperanza de que sirva para enfrentarse al caos actual.

El hermano lince

El actor Antonio Banderas suscribió ayer en Doñana el Pacto Andaluz por el Lince Ibérico, iniciativa que cuenta con numerosos apoyos. Gran proyecto, no cabe duda, intención preciosa como cualquier otra conservacionista y respetuosa con la Madre Naturaleza. Sólo un pero: los expertos calculan que cada ejemplar vivo en estos momentos nos ha costado 20 millones, 20, de pesetas y eso, en tiempos en que Cáritas se desvive para dar de comer y sacar de penas a miles de ciudadanos empobrecidos aún más por la crisis, merece siquiera una reflexión. Sería cosa de que, imitando a Medio Ambiente, Bienestar Social movilizara sus recursos a favor de esta otra especie sin protección que es el hombre de la mano tendida. Ya veríamos después cuántos famosos se apuntaban a esa iniciativa.

Negocios calientes

La ciudad de Sevilla ha sido elegida por el profeta Al Gore como sede de una sucursal o franquicia de su enorme negocio en torno al cambio climático. Lo pagará Urbanismo (¡) y, en un primer momento, el coste será de 120.000 euros, que habrá que añadir a la millonada que cobró el profeta por acceder a retratarse con Chaves no hace tanto tiempo. Hay dudas, y hasta protestas, sin embargo, en muy variados ámbitos porque, como es sabido, este negocio del cambio climático tiene sus apóstoles y sus detractores que alegan, cada uno por su lado, argumentos contradictorios dejando a la inmensa mayoría sin posibilidad razonable de formarse un criterio fundado. Parece, para empezar, que el hielo del Ártico –ése que dicen que está haciendo emigrar a los osos y a diezmando a las focas—ha crecido un porcentaje significativo en los últimos años, y desde la Antártica informan otros científicos que aquella enorme plataforma continental profundiza y aumenta su volumen a pesar de los espectaculares derrumbes que se ha hecho ya costumbre mostrar como prueba del deshielo de la zona. Siempre me acuerdo en este punto del caso de los mineros coloniales de Riotinto, cuyos minuciosos registros meteorológicos, mantenidos con esmero durante más de un siglo, muestran una uniformidad que desmiente las ideas de cambios significativos en la temperatura o caudal de las precipitaciones, pero ahora que los instrumentos son mucho más sofisticados y se juega mucho en el envite, la verdad es que tampoco acaban de quedar claras las razones de la inquietud sembrada por los apocalípticos. Ahora mismo, la presión económica de la crisis parece que provocará en abandono temporal de las restricciones acordadas en Kioto –las que Gore no firmó cuando era vicepresidente, por cierto–, dicen que para no dar ventaja desleal a los países mejor adaptados al protocolo frente a los que, como España, valga el caso, han logrado el año pasado un inquietante incremento de la tasa de polución. No es cosa cuerda negar que esta civilización está atentando contra el planeta pero ello no quita para que el alarmismo ecologista se haya convertido en un negocio pingüe.

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Por supuesto que ese alarmismo es en muchos casos sincero e incluso vivido con angustia por sus voceros, pero también parece claro como el agua que el asunto se ha convertido en un instrumento útil en las estrategias políticas que vienen usándolo como cortinas de humo para ocultar otros problemas probablemente más acuciantes. Esta misma crisis que nos devora lo ha hecho pasar a un segundo plano, al margen de maniobras como la sevillana y otras propagandas, pero en todo caso es obligado pensar que junto a la superchería o a la ignorancia figura una preocupación sincera que ve en el actual modelo de producción –feroz en muchos casos—un factor agresivo que las condiciones naturales no podrían resistir mucho tiempo. ¿Y qué? Siempre hubo logreros junto a los espíritus preocupados, nunca faltaron los trincones al lado de quienes se preocuparon de avisar con tiempo a las criaturas de los riesgos que corre su medio natural. En la actualidad hay sobrados científicos que descartan el peligro a corto plazo y sostienen, con razón, que problemas como el del hambre o el del abandono de tan vastas poblaciones deberían tener una prioridad que el Poder se encarga de aplazar con la excusa de la propia alarma. Yo lo que digo es que si tanta prisa se han dado todos para salvar a la Banca de sus propios pecados, habrían hecho lo propio de saber a ciencia cierta que lo que se iba al carajo era el planeta mismo, con sus cajas fuertes, sus mansiones, sus pantalanes y sus paraísos. De momento, ya digo, Kioto puede esperar. Está quedando patente que, para tóxicas, las “subprime” y no el CO2. Cuando nuestros hijos acaben de pagar sus hipotecas tendrán tiempo de gastar adrenalina contemplando el agujero de ozono.

Las facturas eran falsas

La decisión de los procesados por el caso de las facturas falsas del Ayuntamiento de Sevilla, de pactar con la Fiscalía la devolución de lo afanado a cambio de suprimir el juicio, es la mejor demostración de la realidad de esas infracciones que, en cualquier democracia medianamente rigurosa, acarrearía un seísmo en todo el gobierno municipal. A ver cómo se le explica ahora a los contribuyentes desde al Ayuntamiento de la capital de Andalucía que facturar en falso tampoco es tan grave, pues basta con devolver el dinero defraudado –sólo en caso de evidencia—y santas pascuas. ¿Financiación ilegal del partido y no lucro personal? Pues quizá peor me lo ponen y, sobre todo, peor se lo ponen a ese alcalde en el que no confía ya ni su propio partido

La obsesión del PSOE

¿Quién dijo que las Diputaciones no servían para nada (yo mismo) en un régimen autonómico? Sirven para pagar con el dinero de la provincia los intereses del partido dominante, bien colocando a todo bicho viviente caído en el paro político, bien subvencionando actividades contra el adversario. De hecho la Dipu de Huelva paga, según parece, a siete de cada diez concejales de la oposición en la capital, por el procedimiento de “liberarlos”, o séase, de pagarles para que se dediquen ‘full time’ a perseguir a los ‘populares’ con quienes no han podido en las urnas desde hace cuatro legislaturas. ¿No rechinaría eso en una auditoría como la gente, hay derecho a que con los impuestos de los agobiados ciudadanos se financie la estrategia del partido? De lo que no cabe duda es de que estas formas de dispendio lo son también de corrupción institucional.