Pobres andaluces

Hay que ver la frialdad estadística con que la Junta (Bienestar Social) habla de los pobres andaluces. Reconociendo la barbaridad que supone que el 4’5 de nuestros ciudadanos vivan en situación de “pobreza severa” (menos de 3.000 euros al año), la junta añade, como quien no quiere la cosa, el 7’8 que viven que vivaquea en “pobreza alta” y el 18’2 en que se calculan los “pobres moderados”. Sumen y verán que, en resumen, más del 30 por ciento de los andaluces son, hoy por hoy, pobres. Después de treinta años de gobierno “socialista” la cosa merecería su tesis doctoral.

Matar al mensajero

Recurre el PSOE onubense a la identificación de las denuncias contra la política de sus instituciones (Gobierno y Junta) con el ataque a Huelva. Ir a Bruselas a pedir ayuda para que de una vez se resuelva el interminable proceso de los fosfoyesos, por ejemplo, como han hecho IU y la Mesa de la Ría, resulta que sería “tirar piedras contra nuestro propio tejado”, como si recurrir al Parlamento de todos no fuera siempre legítimo y como si los eventuales daños a la imagen no se debieran a la irresoluta o connivente política de esas instituciones que llevan años pasándose unas a otras la patata caliente. Lo que perjudica a Huelva es el silencio cómplice, la tapadera de la Junta y la manta del Gobierno. Para una vez que la Oposición, incluida la civil, hace algo, merece la pena destacarlo.

La mala memoria

Acaba de cumplirse el 70 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial en medio de una creciente polémica en la que cada parte trata de arrimar a su sardina el ascua de la razón. En Rusia el propio Gobierno ha salido al paso de lo que llama “revisionismo” o intento historiográfico de equiparar las responsabilidades por la espantosa locura, fundamentalmente oponiendo la responsabilidad de Hitler con la de Stalin, a quien se reprocha, hasta convertirlo en causa del conflicto, el pacto de no agresión firmado por Ribbentrop y Molotov, sin duda una maniobra sibilina del “padrecito” que, a cambio de despejar el camino a la locura nazi, se garantizaba una tregua que necesitaba sin remedio si quería disponer de una razonable capacidad de respuesta. Dice el ministro Lavrov, actual jefe de la diplomacia rusa, que esa lectura de la Historia es el colmo de un revisionismo que en la propia URSS vivió ya sus primeras manifestaciones, y alega que ni siquiera durante la Guerra Fría se equiparó la agresión nazi al papel jugado por la Rusia soviética, lo cual es no poco cierto. La evidencia de que esa partida se jugó entre dos monstruos no agota, sin embargo, toda la historia, entre otras cosas, porque, para empezar –incluso obviando que Europa vivía un complejo proceso anexionista en el que estaban comprometidos varios Estados– no hay más que recordar cuanto el Pacto de Munich supuso a favor del proyecto hitleriano, no sólo desmembrando Checoslovaquia sino dejando expedito el camino a los diversos planes de expansión entonces en danza. Stalin dio un respiro fundamental a Hitler pero las demás potencias europeas no hicieron menos por él en ese tratado que liquidó de hecho toda esperanza de solución negociada. La realidad requiere perspectiva para ser entendida: no olvidemos la ridícula foto de Chamberlain mostrando el papelito a los británicos y hablando de la única “paz de nuestro tiempo”.

Ni la absoluta culpa nazi ni el estratégico plan stalinista pueden ser discutidos y, de hecho, ya en su momento provocaron fuertes disensiones en el mismo ámbito comunista europeo, pero plantear a estas alturas un debate de esa índole carece de sentido porque supone anteponer la causa ideológica a la atroz realidad provocada por la guerra. Sesenta millones de muertos, pueblos destrozados y espantosos genocidios no permiten moralmente detenerse en una discusión estratégica bajo la que se oculta la locura generalizada de un continente en almoneda a merced de las ambiciones. Hitler y Stalin fueron dos personajes perversos y ningún revisionismo logrará alterar esa evidencia. Otra cosa fueron, sin duda, sus papeles respectivos en una contienda que sin la audacia del segundo podría haber condicionado el futuro de todos en términos simplemente atroces.

Mal agosto

Perder empleo en Agosto en Andalucía es un dato malo, quizá pésimo, porque hace temer que septiembre abra la caja de los males de cara a un otoño en el que pintan bastos. Estamos ya por encima del millón –por más que recorten los maquilladores–, es decir, más allá del 30 por ciento de parados, y a la espera de ver qué ocurre cuando el turismo estacional eche el cierre. Son noticias demasiado malas para que la Junta se limite a jugar ‘al cerrojo’, prometer mayores deudas y anunciar austeridades que ya veremos a quien afectan. Nada ganamos con disimular esta tremenda realidad como se ha venido haciendo durante demasiado tiempo.

El tamaño justo

La UHU, es decir la Onubense, ha crecido este año un 9 por ciento, una cifra que la sitúa ligeramente por encima de la media europea, que anda por los 11.000 alumnos. Grande entre las chicas, chica entre las grandes: un buen tamaño para moverse con libertad, para crecer con tiento, para controlar el trabajo académico y avanzar hacia lo mucho que aún le queda por recorrer para consolidarse como una de las excelentes. Quizá el imprescindible espíritu no está aún a tope, es posible que la distancia con la sociedad no sea todavía lo corta que se precisa, pero la UHU funciona y avanza dirigida con mano firme. En ella está quizá el mejor futuro de Huelva, de la provincia. Un futuro cada curso más cercano.

Etiología del mito

Desde que murió Ted Kennedy ando perplejo ante la reacción crítica que ha decidido hacer de él un mito. Otro más. Los pueblos necesitan mitos y cuando no los tienen a mano, los inventan y a otra cosa, como si esos referentes que tanto tienen de ilusorios, fueran un requisito de la vida colectiva. Por supuesto que la dinastía Kennedy reunía muchos elementos propicios a la mitificación, pero también es verdad que, con lo que ahora sabemos, sobran razones para repintar esos perfiles en sus rasgos más humanos, a veces demasiado humanos. Resulta curioso que las conductas privadas de los hermanos asesinados o las graves aventuras con que turbaron hasta el límite el inestable equilibrio de la Guerra Fría, no hayan pasado factura a sus famas póstumas, hoy por hoy intactas si no mejoradas por el propio halo mítico. Pero más estupendo resulta si cabe que del chisgarabís que siempre fue el hermano menor se haya hecho, también a título póstumo, una figura nacional, se le haya titulado retóricamente “el león de Massachusset” y hasta hayamos tenido que escuchar a Obama –bien consciente de la utilidad política de los mitos—que fue nada menos que “el amigo de los que nada tienen”. Desde siempre los pueblos se han dejado arrullar por la divinidad de sus césares o han sobrevivido creyendo a pies juntilla en que sus reyes curaban escrófulas imponiendo las manos, eso que alguien ha definido como “la fascinación del carisma” y que ha prestado al Poder tan alto servicio sublimando su realidad humana y, tantas veces, como decía antes, niestzcheanamente “demasiado humana”. Apenas un puñado de voces (la de Luis Olivencia entre ellas) ha osado oponerse al turbión entusiasta considerando que el famoso accidente mortal en el que el joven Ted mostró su lado oscuro, tuvo de positivo librar a USA y al mundo de su mandato. Puede que nos frían por decirlo pero, antes o después, la Verdad nos hará libres, no lo duden.

La clave del kennedismo es, obviamente, el prestigio de la tragedia. Un presidente y un candidato asesinados, puñados de desdichas familiares, vástagos perdidos en la flor de la vida, glamourosas viudas alegres, la sombra de la leyenda planeando sobre un apellido: todo ello ha contribuido a fortalecer el mito que arrancó trágicamente en Dallas pero que para despedir a Ted ha debido burocratizarse para que Obama lo explotase adaptándolo al suyo propio. Ted Kennedy es un ejemplar clásico de esa oscura aristocracia que es uno de los bastiones más firmes del imaginario americano, un “activo parásito” de la maquinaria pública que, refractado sobre la carencia básica del sistema, se presenta hoy nada menos que como el referente de la “izquierda” imperial. La democracia, lamentablemente, tiene mucho de revistón ilustrado. La consagración heroica de Ted Kennedy ha sido su último gran reportaje.