Bueno para comer

Me trae a la cabeza el título de Marvin Harris un acontecimiento festejado con entusiasmo por la gastronomía europea de alto nivel: el levantamiento oficial de la prohibición de recoger ostras, vigente hasta ahora en el mítico ‘bassin’ girondino de Arcachon, en función de ciertos riesgos sanitarios detectados en ese preciado manjar. La prohibición venía respaldada por una expeditiva analítica llevada a cabo de acuerdo con las normas comunitarias europeas y basada, sobre todo, en el llamado “test del ratón”, consistente en ingurgitarle al sufrido roedor una molienda de ostras para comprobar sus efectos, desde el supuesto de que si el ratón moría en un plazo inmediato resultaba evidente la toxicidad del molusco, hoy sabemos que eventualmente infectado por una microalga frecuente en las aguas marinas durante los episodios de polución. No se trata de una broma, desde luego, teniendo en cuenta que la ingesta de ostras provoca , o eso dicen, cuatrocientas muertes al año en el país vecino, aparte de la temeridad comercial que supondría permitir la ruina por descrédito de un producto de semejante calidad. En Huelva, salvadas las distancias, anda también planteado el problema del marisqueo de la célebre coquina, esa delicada e inimitable “donas trunculus” que desde hace unos años ha de ser protegida con prudentes vedas para evitar su extinción pero que también ha de someterse a periodos de veda sanitaria a causa de la creciente presencia en ella de la toxina ‘DSP’ de origen tan discutido como peligrosos efectos. Que en Huelva no se pueda comer con tranquilidad todo el año la coquina, la chirla o el longueirón es un hecho que habla por sí solo de la complejidad que la masificación de las relaciones sociales ha introducido en el ámbito cómodo de la vida tradicional.

No conviene bajar la guardia ante el alarmismo ultra propio de las sociedades altamente desarrolladas en las que el exceso ecologista se convierte en marca narcisista. Pero tampoco obviar evidencias tan aplastantes como estos incidentes que afectan ya a los productos más exquisitos y, por ello mismo, más cuidados. Hace poco aprovechó Rusia el susto de la gripe para prohibir dentro de sus fronteras el consumo de jamón, y en los mercados europeos competitivos con el nuestro no son raros los infundios sobre presuntos riesgos concernientes a nuestras hortalizas o a nuestros fresones. Quizá por eso los elitistas de ‘Fauchon’ rotulan como “pêches de Chili” a los melocotones sevillanos y en el ‘Viktualienmarkt’ muniqués nos venden como liebres exóticas los gatos de nuestros invernaderos. La sociedad de masas está destruyendo el arco referente de nuestra alimentación de toda la vida de paso que envenena hasta sus delicias más reservadas. Levantar la mano y coger una manzana dorada puede que acabe siendo un gesto que de nuevo hayamos de ir a buscar en la mitología.

La olla podrida

En el Ayuntamiento de Sevilla, los gestores del PSOE han degenerado la ingeniería financiera en peritaje trincón. Ha habido en el facturas falsas (y hay ya sentencias condenatorias), ha habido obras inexistentes pagadas como ciertas, ha habido exacciones no poco generalizadas para sacarle la pasta a los empresarios como ahora se investiga tras imputar a altos responsables, todos próximos al alcalde. ¿Qué hace falta para que estalle esa olla podrida? Lo peor de este lío monumental no es la corrupción misma sino que se haya alcanzado un punto en que (ni con testigos y cintas grabadas) la institución se tambalee. La podre ha superado obstáculos hasta alcanzar un equilibrio estable. Comparadao con los presuntos trajes de Camps, una pavada.

Agujeros negros

Las Mancomunidades no sólo son ya colocaderos del `partido que gobierna sino auténticos agujeros negros por los que se escurre lo que queda de la economía municipal. La del Andévalo, pesebre del tránsfuga acogido por el PSOE, le va a costar a los Ayuntamientos integrantes lo que no tienen, sólo para en jugar la deuda de bastante más de medio millón de euros que mantiene con la Seguridad Social. Y sin que nadie dimita y menos, claro está, que comparezca ante la Justicia para explicar el gigantesco enredo. Si eso lo hacen en una de las comarcas más pobres de la provincia, imaginen el resto. De estos arbitrios e impunidades comparten la culpa entre la Oposición y la propia Justicia.

La imagen rota

Parece que fue antier por la mañana cuando el nombre y la imagen de Ségolène Royal campaban por sus respetos dominando una opinión pública cada día más privada y ansiosa de referentes fiables. Tan poco tiempo ha bastado, sin embargo, para desmontar su tinglado propagandístico, que la noticia de que la frustrada presidenta ha recibido una bala de grueso calibre en una carta personal junto a expeditivas amenazas de muerte, no ha conseguido más que desatar una tempestad bloguera en la que mayoritariamente destacan los comentaristas escépticos que ven en el caso un vano intento de relanzar a la Royal en medio de la hecatombe en que se encuentra la izquierda en su conjunto y ella en particular. Cartas con amenazas y bala incluida han recibido, en efecto, desde el propio Sarkozy a Alain Juppé pasando por Christine Albanel o Michèle Alliot-Marie, pertenecientes todos a la derecha mayoritaria, y ahora también, de creer a su oficina de prensa, la que fuera candidata socialista. Ya es grave que en una democracia alguien –en este caso una misteriosa y no poco inverosímil “Célula 34”—rompa la baraja hasta el extremo de amenazar con el magnicidio a las primeras personalidades políticas, pero más grave resulta, a mi modo de ver, que tanta gente en un país se tome a chufla una noticia semejante e incluso no dude en atribuirla a un presunto montaje publicitario a mayor gloria de la “amenazada”. Es cierto, sin embargo, que la opinión reaccionó de manera muy diferente ante los casos anteriores, lo que sugiere que es el prestigio de la Royal el que hace agua, resulte cierto o no, finalmente, un incidente, por lo demás, tan difícilmente comprobable. El problema es que, se dé el significado que se quiera a esa reacción masiva, está claro que una democracia en la que la mitad de los electores es capaz de atribuir a un líder de primer orden un fraude tan ridículo, tiene planteado, sin duda, un serio problema.

La distancia entre el ciudadano y la política es ya tan infranqueable como prueba la sospecha de que hablamos, y no es eso lo peor quizá, sino la consolidación de una tendencia escéptica que va viendo al político progresivamente como un profesional cualquiera pero proverbialmente caracterizado por la más absoluta carencia de sentido ético por no hablar de moral. Nadie se ha inmutado, por lo demás, al menos en términos perceptibles, ante la oleada de amenazas y cartas con bala, lo que indica, a su vez, que el descrédito de la política alcanza no sólo a las primeras figuras de la escena, sino incluso a los “out siders” más periféricos del teatro político. Partidos investigados en España, personajes públicos contra las cuerdas judiciales en Francia o escándalos como el que ensombrece Italia en la figura de su primer ministro, no permiten seguramente el mantenimiento de la imprescindible confianza cívica en sus representantes. La democracia tiene un serio problema y es que sus bases no creen en ella. Si llegar a esta desgraciada situación fue, en realidad, un juego de niños, devolverle su credibilidad va a costar Dios y ayuda.

Impunes y cómplices

Hay que suponer que el PP y se Presidente, Javier Arenas, sean capaces, por una vez, de defender sus derechos elementales que, por lógica democrática, son también los de todos los ciudadanos. Pero no se entiende que nadie en la Junta, de su digno Presidente para abajo, hayan movido un dedo para aclarar y sancionar como es imprescindible al sinvergüenza que colgó en Youtube un curriculum falseado y ridículo del Jefe de la Oposición desde una oficina pública en Jaén. ¿Qué le parecería a los cómp’lices de hecho que sus rivales se abstuvieran desde el Poder ante un ataque semejante, pongamos al presidente de la Junta? Mientras el propio Griñán no exija que se aclare y sancione al culpable será, lamentablemente, cómplice de esa inconcebible tropelía.

Bronca interna

No está conforme el PSOE onubense con la providencia del Gobierno sobre el ERE de Ercrós, que le parece incluso, y no le falta razón, obra de “un burócrata” sin alma. El problema es que ese burócrata desalmado lo tiene el PSOE onubense dentro de casa, circunstancia que, por un lado acredita el valor del gesto pero, por otro, ay, nos sume en la perplejidad en la medida en que cuesta creer que en Madrid el partido tome decisiones que ignoren sus conmilitones de Huelva. Sin contar con que nada le reprocha el PSOE onubense a esos sindicatos que han firmado con el Gobierno ese acuerdo discriminatorio para nuestra provincia. No cabe duda de que la indignada protesta del PSOE onubense es meritoria aunque le queden graves extremos por explicar para que todo no parezca una simple bronca interna o un simulacro circunstancial.