Diputaciones del partido

Sale un día sí y el siguiente también el escándalo correspondiente a una Diputación que ha contratado personal ilegalmente (hay sentencias de sobra) o que mantiene en nómina a verdaderos ejércitos de clientes del partido, candidatos derrotados, discrepantes peligrosos, conocedores de entresijos, alcaldes sentenciados por la Justicia, hermanos, primos y demás parientes y afectos. Sevilla, Almería, Huelva, Córdoba, la que quieran ustedes, es un refugio de “arrecogíos”, algunos de los cuales acaban de ser mostrados en público regodeándose de su privilegio. La crisis exige una poda radical de esa trama de adictos, la mayoría de los cuales trabajan para el partido en exclusiva. Aunque lo que de verdad sería razonable es plantear de una vez la liquidación de estos asilos financiadores de su formación que, en un régimen autonómico, carecen de función lógica. La vieja institución caciquil lo es hoy más que nunca. Romanotes era un pardillo al lado de cualquiera de estos Pendón o Cabañas.

El error de Bollullos

La obcecación de Valderas y los suyos ante el pacto legítimo que ha instituido en Bollillos un gobierno municipal pactado entre IU y PP va a traer cola. De momento, el diputado autonómico por Jaén, Francisco Cabrero, que disputará a Valderas su puesto actual, pone por delante –como prueba de arbitrariedad y falta de democracia interna—lo ocurrido en el pueblo onubense y la reacción del partido, de paso que le recuerda a Valderas que la alianza con el PP no es nada que él no conozca desde los tiempos de la llamada “pinza”. Como ocurriera en Valverde, pero con peor resultado, el intento por dirigir la militancia desde arriba le va a salir caro a una IU que no pasa ya en la provincia sino como acólito del PSOE.

Vida y muerte

Somos (son, quiero decir) unos extremistas sin remedio. Baste evocar la fiesta-mitin organizada en el puerto de Valencia para recibir al barco abortista como si fuera uno de aquello navíos que recogían por los puertos levantinos a los huidos de la represión durante la guerra civil. Ser comprende que cuanto se haga será poco, desde el lado progubernamental, para disimular la crisis galopante y entretener al personal con estas viejas porfías. Pero traer un barco para practicar abortos en alta mar bajo pabellón holandés no tiene mucho sentido en un país como el nuestro en el que se registran más de cien mil abortos legales al año –algo así como uno cada cinco minutos—y que tiene la tasa de crecimiento abortista más alta de la Unión Europea. Se trata, evidentemente, de caldear el ambiente de cara a la próxima modificación ampliatoria de la ley actual, pero no me digan que esa tragicomedia porteña no resulta forzada en este país donde la “píldora del día después” se dispensa gratis, los condones se regalan y hasta el más desinformado sabe que la norma que hoy legaliza el acto es un cachondeo que se salta a la torera sin la menor dificultad. Todo en este montaje es ‘agit-prop’. Ni hay una sola de las abortantes que subirán al barco que no pudiera abortar en su pueblo con todas las garantías. El problema es que la Banca se desvencija, la Bolsa sube y se desploma cada dos por tres, el descontento erosiona el voto del Gobierno y hay que mover el cotarro haciendo el máximo ruido posible. Es muy viejo, por otro lado, el procedimiento del barco. Nótese que aquí no ha llegado hasta coincidir con el tío Paco del de las Rebajas.

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Pero como somos cainitas por naturaleza, desde la acera de enfrente se está respondiendo con un fundamentalismo parecido. Escucho en una radio católica, por ejemplo, auspiciado por César Vidal, a un mandamás de los evangelistas españoles defender que –aún dando por supuesto que desde la mera fecundación ya está ahí “en esencia y potencia” un ser humano—lo prudente sería luchar por una ley de plazos lo más limitada posible con el objeto de reducir sustancialmente el número de pérdidas consumadas. Pero en la misma onda escucho con cierta desolación la afirmación integrista de la doctrina tradicional que, siendo muy respetable para sus profesos, resulta hoy evidentemente arcaica. Sobre el “bebé-medicamento” de Sevilla, por ejemplo, hemos de oír la retorcida reflexión de que para su nacimiento han sido precisos veinte “asesinatos” (fratricidios, ya puestos) ya que un incipiente embrión no es diferente para estos radicales de un maduro padre de familia. Y bien, ahí vamos, blanco y negro, derecha e izquierda, Yo y El Otro, empecinados en esa inmemorial dualidad que es nuestro mal superior, como si no estuviera claro que los tiempos cambian y con ellos las costumbres, es decir, las morales. Ningún católico radical defendería hoy la quema de herejes como la bendijeron ilustres padres del pasado e incluso la mayoría de ellos ha acabado asumiendo, más o menos a regañadientes, un divorcio hoy desbordado en nuestra sociedad. ¿Por qué no reconsiderar esa bioética famosa que en muy pocos años ha de llevarnos a situaciones benéficas en las que ya no será posible seguir oponiéndole argumentos metafísicos? No cuesta tanto percatarse de que la moral social es la única que funciona a lo ancho y a la larga en una sociedad, pero no hay signos que permitan albergar la esperanza de que –como contrapunto de sus rivales fanáticos—el moralismo tradicional evolucione discretamente revisando conceptos que, vistos al microspospio, aparecen como figuras inaceptables. Nos movemos entre dos dictaduras teóricas y eso no puede ser bueno para ninguno de los dos bandos. Porque bandos son, cada día más, ¡otra vez!, esas dos mitades que nos desgarran. Dicen que los primeros cristianos ya condenaban el aborto. Cierto como que también repartían sus bienes entre todos.

Ingenuos pero lógicos

Los obreros de Nissan han reclamado al Gobierno que les aplique las mimas medidas de protección salvadora que le ha aplicado a la Banca. No saben lo que dicen, las criaturas, pero no deja de tener su lógica aplastante reclamarle a un Gobierno “socialista obrero” una prioridad para la clase trabajadora frente al mimo que dispensa al teórico adversario. Esta crisis va a servir para acabar de desenmascarar a los que viven de las siglas, a los que obtienen el voto de los trabajadores por un intercambio simbólico de himnos envejecidos y puños en alto, demostrando que pasaron los tiempos en que alentó la esperanza del cambio social trabajado desde la política. Los obreros de Nissan como los de Delphi o los de Santana y tantos otros acaban de descubrir las tripas del  muñeco. No sería impensable que la crisis, por eso mismo, acabe cambiando la política además de la economía.

Un tercio de entrada

El Congreso local del PSOE de la capital fue y no fue como esperaba la dirección. Fue, porque ganó el candidato oficialista, Manuel Alfonso Jiménez. No fue, porque de 700 militantes con que cuenta el censo de la capital solamente asistieron 234, y esa es mucha abstención. Desde el partido ha dicho alguien que a reina muerta reina puesta, y que la organización está en condiciones de hacer, no una, sino 150 listas si preciso fuera. Lo dudo, a la vista de esta deslucida asamblea donde seguramente mucho ausente respiraba por la herida de una Manuela Parralo aislada y ninguneada sin previo aviso. Al personal no le gustan estos embolados. Es posible que Jiménez no lo tenga tan fácil para lanzar definitivamente pelillos a la mar.

Realidad y símbolos

En París, un partido de fútbol entre la selección francesa y la tunecina ha acabado como el rosario de la aurora al repetirse los incidentes contra el himno nacional que ya una vez hicieron a Chirac y su séquito abandonar el palco. Francia es un país poco paciente y con arrestos jacobinos como para no tolerar manifestaciones semejantes, lo que ha provocado de inmediato que el “premier” Sarkozy haya ordenado la suspensión automática de los encuentros en cuyos premilitares pudieran repetirse hechos de esa naturaleza. No han tardado en salir a la palestra sesudos comentaristas, sobre todo por el lado de la izquierda, para alegar que esa manifestación no era sino la espita de la “banlieue”, el aliviadero que las minorías étnicas y culturales no integradas en la sociedad francesa habrían encontrado para dar salida al hervidero de sus pasiones refrenadas. Algo así como la versión futbolera y no incendiaria de la rebelión no tan lejana que hizo que Sarko amagara con sacar el ejército a la calle para responder a la demanda de seguridad palpable den todos los estamentos de la sociedad del país. Ocurre, en definitiva, que esos guerreros no están ‘integrados’, como decimos, en parte por el innegable prurito postcolonial y elitista de los franceses, pero también como consecuencia de la estrategia de la multiculturalidad propuesta desde posiciones progresistas que consideran más adecuado mantener la identidad insular de los inmigrantes en medio del país de acogida en lugar de procurar un  acercamiento en usos y costumbres que, francamente, en muchos casos, estaría plenamente justificado por la simple ventaja civilizatoria. Hace poco, por lo demás, hubo en Francia un conato de debate –breve pero sumamente sugestivo—en el que muchos talentos cuestionaron la proverbial condena del colonialismo galo en tierras argelinas precisamente, debate que se zanjó en cuanto se vieron aflorar malas y no buenas, lo mismo que ocurrió cuando se planteó revisar el pasado colaboracionista. Francia entiende poco de complejos y se defiende sin pensárselo dos veces. “Fraternité” no quiere decir que haya que bajarse los pantalones.

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Como las migraciones masivas van a ser una constante del siglo habrá que hacerse a la idea de que conviene preparar condiciones atractivas que favorezcan la integración o aceptación voluntaria de las costumbres nativas, lo que en absoluto supone renunciar a las raíces más profundas. Mientras haya un contingente colosal de población viviendo e barrios marginales, auténticamente fuera de la ley, o minorías que pretenden regirse por su normativa importada incluso en contradicción con las leyes vigentes, mientras se estimule la autosegregación que supone el velo en las escuelas o la autoridad del imán en cuestiones civiles, no será posible una convivencia razonable y justa. Los partidarios de la multiculturalidad sueñan con un puzzle de imposible encaje, mientras que la generosa aspiración a la integración ofrece la oportunidad de rehacer en casa ajena la nueva vida en busca de la cual se vino desde tan lejos. Ni siquiera hablo de que no haya correspondencia con los países de origen, donde la rigidez de la ley y el imperio de la costumbre ni se discuten siquiera. Para qué. Lo que está claro es que no es soportable una situación social en la que unas minorías exigen la espita ocasional de reventar el himno de la nación como muestra de rechazo a la cultura que los acoge. No habría que explicarle a esos reventadores, por lo demás, el valor que los símbolos tienen en todas partes y no sólo en sus predios. Antier encerraron en la cárcel a una pareja en uno de esos países fundamentalistas sorprendida en la playa haciendo el amor. No quiero ni pensar en lo que les ocurriría si, el día que los suelten, esos dos amantes tienen la ocurrencia de tratar de reventar el himno en un estadio de ese duro país.