Parlamento sordo

No sorprende en un Presidente como el que tiene la Cámara andaluza ese salto sin manos que acaba de dar sobre la decisión del Tribunal Constitucional para no reparar el despojo de su secretaría al PP. No sólo en Cataluña se pitorrean del más alto Tribunal de la nación: también aquí, en Andalucía se pasan por el arco sus decretos. En el fondo, el hecho no constituye ninguna novedad –¡si hablara el Diario de Sesiones!–, pero en esta circunstancia lo suyo sería apresurarse a cumplir una orden irrecurrible y, de suyo, cargada de razón. Y ni pío por parte de los demás partidos a los que la democracia interna del órgano les concierne por igual. Ellos con trincar dietas incluso a Parlamento cerrado, tienen bastante.

Relevo impoluto

Con frecuencia desde el PSOE –lo de la viga y la paja– se alude al PP como al partido “más corrupto” de España. En mi opinión los dos lo tiene crudo a la hora de defenderse, pero no menos estimo que la actitud de aquel acusador obvia una cuestión fundamental: que el PSOE andaluz, postulado y autopostulado para la regeneración de ese partido hoy hecho trizas, tiene en el banquillo a dos presidentes ¡dos! (del Partido y de la Junta), a un buen puñado de consejeros y a un pelotón de altos cargos y “amigos políticos”, acusados de defraudar y permitir defraudar en una caja tan delicada como es la que contiene el dinero destinado a los parados. Tras las últimas graves imputaciones, no me dirán que el pretendido relevo no es, cuando menos, cuestionable.

Cuerda de alcaldes

¿Lleva alguno de ustedes, señores lectores, la cuenta de los alcaldes y concejales imputados y aún condenados por corrupción a lo largo de la crónica democrática? Resulta altamente improbable que así sea, pero, en todo caso, en  el magín  popular debe revolverse un centón de vagos recuerdos de escándalos municipales. En Granada, a un alcalde investigado por corrupción urbanística le ha sucedido otro al que el juez imputa delitos varios –incluido el de malversación de fondos públicos—relacionados con los dichosos cursos de Formación y las consabidas adjudicaciones arbitrarias. ¿Cómo pedirle a los peatones que confíen en sus barandas si los ven desfilar, uno tras otros, en el paseíllo procesal? Esta democracia está podrida de la cabeza a los pies, sin perjuicio de los políticos honrados, que los hay. Si quieren la lista que los implica desde el propio Gobierno a la última pedanía no tienen más que pedirla.

Olfato político

Habrá, seguro, quien vea en la proclama españolista de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, un forcejeo por el control de su partido, y también quien diga, con razón, que un máximo responsable de la autonomía andaluza no puede hacer otra cosa si pretende permanecer en esta taifa. Su gesto, en todo caso, es justo y razonable, y dadas las circunstancias, puede contribuir y mucho a evitar algún disparate que planean ciertas izquierdas. Le faltará lo que se quiera, pero lo que no se le puede negar a esta señora es un olfato político que le ha permitido escalar en su “aparato” y, contra todo pronóstico, convertirse en un referente nacional. Quien apueste o deje apostar por el separatismo en Andalucía tendrá poco que hacer por aquí abajo.

Mein Kampf

Siempre hubo libros prohibidos. De un capitán de Milicias de mis tiempos universitarios se contaba la extraordinaria anécdota, muy probablemente apócrifa, de que el encontrar en un macuto una edición bilingüe de “La República” de Platón arrestó incontinenti al aplicado e informó a sus jefes de que lo había hecho por tratarse de un libro que, además de titularse “La República”, estaba escrito en español y en ruso. Ahora acaba de publicarse, por vez primera en setenta años, la obra capital de Hitler, “Mein Kampf”, o sea “Mi lucha”, ese centón de tópicos y troje de odios y rencores –que es fama que ni siquiera lo escribió él sino la mano astuta de Rudolf Hess—que muchos de nosotros, espíritus inquietos, leímos en su día por curiosidad malsana. Dicen sus editores del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich que han editado la obra maldita tras someterla a una estricta crítica, un argumento que me convence poco teniendo en cuenta la dificultad intrínseca que implica imponer una lógica saludable a otra surgida de un sistema ideológico insensato. “Mein Kampf”, a mi modesto juicio, no es sino el discurso de un demagogo loco pero con buen olfato para reconocer cuáles eran los apetitos de sus posibles lectores, los alemanes de una época tremenda encogidos pavorosamente, como casi toda Europa, tras la Revolución Rusa. El enemigo judío, con toda su carga legendaria, la propia burguesía timorata o el proletariado corrompido eran el Mal, con mayúscula; la mítica depuración aria del paisanaje, el remedio. Ustedes verán.
Siempre hubo libros prohibidos. En nuestro siglo XVII para exponer la doctrina de Maquiavelo había que dar un rodeo por Tácito, como me enseñó mi maestro Maravall y acaban de ilustrar un grupo de filósofos en un espléndido volumen colectivo encabezados por Pablo Badillo. Los mismos que hacían un uso inmoderado de la “razón de Estado”, ellos que envilecían la Historia amañándola a sus intereses, prohibían a los Lipsio o a los Solórzano, esgrimir el fino estoque del florentino. Los alemanes han pensado que mejor es mostrar del disparate íntegro pero sometido a la crítica actual, que mantener en torno a ese libro bufo la siempre incitante bruma del misterio. Lean a Hitler y verán a qué grados de aberración e idiocia puede llegar la mente de un ambicioso. Pero también, a qué extrema complicidad puede someterse un pueblo sabio. Verán lo poco que se necesita para causar la mayor tragedia que ha conocido la especie humana.

El declive político

Cuando discutimos sobre el increíble enredo en que se halla inmersa la política española solemos olvidarnos de algo tan sencillo y obvio como es el declive de la “clase política”. Tenemos hoy en nuestro Parlamento y el resto de nuestras instituciones, el peor plantel de personajes políticos no sólo de la democracia sino tal vez de nuestra historia, un hecho que tiene fácil comprobación con un simple repaso a la información gráfica que nos demuestra lo insondable de nuestra crisis indumentaria. Hemos pasado, casi sin darnos cuenta, de la cartera a la mochila, de la formalidad en el vestir a la funcionalidad más ramplona, de los viejos currículos apretados de títulos a esos historiales que caben en un papel de fumar y sobra sitio, y eso es algo que va a pagar España, no ya a lo largo de una legislatura casi imposible, sino ya, de entrada, cuando se constituyan una instituciones ocupadas por paracaidistas ocasionales procedentes de la agitación callejera o de la astucia mediática. Nunca hemos dispuesto de un elenco tan desastrado e inexperto como el que ha salido de las últimas elecciones generales que será, por lo demás, el que habrá de enfrentarse, más tarde o más temprano, a la exigente política que nos impone la crisis y la pertenencia a la Unión Europea. Y no es que uno eche de menos a los Romanones de chaqué y chistera, sino que un somero conocimiento de lo que es la política y la Administración nos avisa del riesgo de un informalismo que más que expresar novedades anuncia un más que probable descalabro.
Nuestra democracia ha heredado de la Dictadura que la precedió la idea de que la política práctica puede depositarse en manos de cualquiera con tal de que el beneficiado mantenga lealtad a su fautor. Ha bajado el nivel de formación de nuestros cuerpos funcionariales, multiplicados en las autonomías, y ahora, además, se ha abierto la puerta a la calle para que penetren en el “sancta santorum” los más bullangueros de la chirigota, que no suelen ser, normalmente, los mejor formados ni tienen por qué ser los más inteligentes y capaces, y ello en el peor momento histórico que ha vivido España en régimen de libertades. Aseguran los expertos que el descenso del paro no ha sido espectacular en diciembre a causa de la incertidumbre de los inversores que reclaman ante todo, como es natural, una seguridad jurídica que el cuadro que acabo de describir dificulta sin duda. Jamás ha alcanzado la política española un fondo tan abismado.