No pudo ser

Se marcha Javier Arenas de la política andaluza tras haber resistido una de las campañas en contra más duras que se recuerdan en esta democracia. Con sus defectos y sus virtudes, Arenas se va con el pasivo de no haber podido gobernar en la taifa andaluza del PSOE pero también con la satisfacción de haber sido el único que ha logrado vencerla en unas elecciones. Tampoco lo lograron Anguita, Rojas-Marcos o Hernández Mancha, todo hay que recordarlo, pero ninguno de ellos logró ganarle a este “régimen” unas elecciones”. Lo que le ha fallado a Arenas es la irresponsabilidad de su propio electorado, esa Derecha que no tiene más que lo que se merece. Él se ha dejado aquí media vida. Sólo el fanatismo o la envidia pueden negar eso.

O.K. Corral

El imaginario que inspira la odisea pionera del Oeste americano nos tiene familiarizados con el pistolero que pasea tranquilamente por las calles o entra en el saloon del poblado luciendo sus revólveres al cinto. Desde la semana pasada también podrá verse la misma escena en Texas, como ya se venía viendo en Oklahoma desde 2011, siempre que las lleven visibles en la cadera o en una funda terciada sobre el hombro, algo que, sin duda posible, constituye una victoria sin paliativos de un primitivismo para el que las frecuentes tragedias provocadas sobre los ciudadanos inocentes por frenópatas armados, importan más bien poco. Obama, “pato cojo” al fin y al cabo, poco va a conseguir con su intensa presión para conseguir el control de armas en manos privadas en un país que mantiene la idea de seguridad propia de los pioneros en sus caravanas o de los buscadores de oro que bajaban los sábados a los burdeles. Nada mejor que un arma en tu propia mano si te ves amenazado: he ahí la premisa falsa pero indeclinable que el yanqui lleva incrustada en el lóbulo temporal que es donde creo que se conservan nuestras ideas y recuerdos. Y pocas cosas tan fáciles como adquirir una de ésas –incluso “de guerra”—con sólo mostrarle al maestro armero el carné de conducir. Cientos de masacrados por locos y cuerdos en sus arrebatos no han logrado convencer a ese pueblo grandioso pero adolescente de que la seguridad que procura el revolver al cinto no es más que un embeleco imaginario. Y al western lo que es del western.

Es inútil exhibir estadísticas ante una población tan profundamente convencida de la bondad de la defensa propia. Las matanzas se suceden de manera casi ordinaria, más o menos a un ritmo de tres muertes por hora causadas por arma de fuego –es la principal causa de muerte en EEUU—, sin contar las tres muertes diarias a manos de agentes de policía, con preferencia sobre “blancos” afroamericanos. Pero no sólo en EEUU. En Venezuela, según informes oficiales, se producen entre setenta y ochenta muertes criminales diarias, un total de más de 250.000 víctimas durante la odisea bolivariana, es decir, en poco más de quince años, y en México alcanzan ya la cifra de 125.000 muertos las de la narcoguerra. En la España de 2015 han sido 57 las mujeres asesinas por hombres. Nos falta sólo eso: el derecho a portar armas a la vista de todos como un emblema invertido de la seguridad. En los EEUU ya lo van conquistando legalmente entre el miedo y la arrogancia.

Errores críticos

Desde la guarida de Podemos, el líder y “conducator” Pablo Iglesias ha disparado contra Susana Díaz con una munición inapropiada: la de sus ideas políticas, según él, afines al PP. Grave error porque, por un lado, con ello puede provocar que le recuerden las propias, afines al caos bolivariano o al fracaso griego, y por otro, porque parece ignorar que doña Susana, más que ideas, lo que tiene son ambiciones políticas y una maña grandísima para satisfacerlas. ¡Un tío que propugna un “leninismo amable” acusa a una competidora de coincidir con un ideario liberal! Bueno, pues ese tío casi ha conseguido ya italianizar al PSOE o reducirlo a un partido marginal como el PASOC. Entre unos y otros han triturado la izquierda posible quién sabe si de modo irremediable.

Mal empezamos

Mal empieza el año con las cuarenta y tantas ejecuciones llevadas a cabo en Arabia Saudí. Horrorizan los videos que circulan por la Red. El de un verdugo vestido por completo de un blanco impoluto que cercena de un tajo hábil la cabeza de su víctima casi al tiempo que salta hacia atrás para evitar que la sangre vertida le salpique la chilaba. El que muestra a varios cuerpos colgados por el cuello en un cable mantenido en tensión por dos grúas. Mal empieza el año. Uno de los ultimados es un clérigo chií enemigo de los Saud que reinan en el país lo que ha provocado un huracán de protestas que llega desde Irán al lejano Oriente e incluso, admírense, por una vez, la enérgica protesta de la Unión Europea, consciente de que la ruptura del frágil equilibrio diplomático restaurado hace poco entre Arabia e Irán compromete gravemente la situación de conflicto en toda la región. Pero Arabia no se inmuta sabiendo como sabe que tras ella están los Estados Unidos y no pocos países atraillados por su petróleo. El mismo rey Juan Carlos paseaba no hace mucho de la mano –literalmente—del monarca saudí, el mismo que un día regaló a Bush hijo un enorme alfanje. ¿Cabe pensar que quienes han decidido esa atroz matanza no contemplaban las inevitables consecuencias que habría de tener sobre un conflicto que amenaza cada día de modo más próximo la propia paz mundial? ¡Qué salto atrás el del verdugo, qué indecente e inmunda la naturalidad con que, inmediata pero serenamente, limpia el arma con un paño prevenido! La escena retrata el demencial momento que vivimos. Ellos y nosotros.
Decapitaciones, ahorcamientos, degüellos, lapidaciones, públicas y crueles azotainas para alimentar el imaginario maligno, la frecuente cara oscura del hombre. ¿Y qué será ahora de Siria, o de Irak, o de Afganistán incluso, con los transjordanos asesinando en Israel y éste bombardeando inocentes, con Hizbulá –¡“el partido de Dios”!—campando por sus respetos en Líbano y los saudíes masacrando (2015 ya fue una carnicería en el país) mientras comercian con la flor y nata de Occidente e incluso –eso dicen—financian, junto con Irán, a alguno de nuestros partidos? ¿Será que la civilización ha encallado definitivamente, o acaso que la paz no es rentable para la mayoría de los mentados? Lo cierto es que el año empieza mal, ensangrentando este invierno que no acaba de llegar y cebando el explosivo bajo nuestros pies. La vida no vale un pito ya. Ni en Arabia ni en ninguna parte.

La cohabitación

Los franceses, en tiempos de Mitterand, vivieron una legislatura de régimen de “cohabitación” con una derecha que contenía los restos del gaullismo. Los alemanes llevan dos legislaturas gobernando a dos manos, y ni la crisis que nos aflige ha logrado desengancharla del tren europeo que arrastra hace años. Eso se llama cultura democrática, capacidad de anteponer el interés nacional a los míseros intereses de partido, pero resulta obvio que el espíritu imprescindible para alcanzar esos pactos no se improvisa sino que es el resultado de una larga experiencia fracasos y también de éxitos. Claro que en Alemania, al menos yo no he escuchado nunca a los futuros “socios” forzosos llamarse unos a otros “deshonesto”, “ruin y miserable” al margen de otras lindezas, como no los he oído en Francia en especial desde que la ausencia de De Gaulle y luego la de Mitterand fragilizaron considerablemente la solidez de su democracia. Y aquí ahora parece que, al fin, han descubierto esa pólvora, tal vez mojada, que es la idea de un Gobierno de concentración que nos evite el riesgo cierto de otro frankensteiniano constituido por ese batiburrillo fraccionalista agrupado alrededor de la socialdemocracia en trance de extinción. Así lo ha propuesto el propio “indecente” Rajoy al “ruin y miserable” Sánchez pensando en la posibilidad de reunir lo disperso apoyados, de paso, por Ciudadanos. ¿Ustedes entienden algo? Porque yo no, aunque, por supuesto, esa alianza me parecería un síntoma de mejoría indudable en este país de cabreros que, con perdón de los cabreros, se comporta como cabreros, y quién sabe si el comienzo de una nueva era en la que los colores simbólicos dejen de ser un elemento hipnótico para dejar paso al sentido común. En Francia un ejercicio semejante se ha producido ya varias veces para cerrarle el paso a un emergente radicalismo neonazi como el lepenista. Aquí ya veremos lo que da de sí.

Me cuento entre quienes siguen convencidos de que la política, como el Dios metafórico, tiene dos manos, la derecha y la izquierda, pero pertenezco al segmento discreto que sabe que entre la utopía y el conservatismo cabe una solución frente al disparate. Otra cosa es que nuestro país no sea ni Alemania ni Francia y, en consecuencia, que nuestros políticos no tengan la talla los suyos, como no la tienen nuestros filósofos o nuestros creadores en general. Nos queda elegir entre el pacto o ir al agua, y la verdad es que tenemos poco tiempo para decidirlo.

Un año perdido

Entre mi pesimismo racionalista y el entusiasmo artificial de los voceros del “régimen” no creo que quepa un término medio. Ahora bien, hoy por hoy resulta evidente que, a pesar del constituir el peso pesado de la socialdemocracia, el “régimen” autonómico andaluz no tiene otro objetivo visible más que conquistar Madrid para sus manijeros. La autonomía es un fortín para el PSOE pero una cruz para Andalucía, que se ve entrillada entre una compleja trama de intereses creados y el interés nacional. Hemos perdido un año –otro año—dejando pendientes los graves problemas de la comunidad andaluza, todos pendientes de la conquista de Madrid. Susana Díaz quiere dar el salto –como lo dieron antes que ella, es verdad, casi todos los líderes regionales—y Andalucía le importa poco. Vamos a comprobarlo en muy poco tiempo.