Fuego amigo

Hay que reconocer que bastante ha durado ya el prudente pacto de no agresión entre los acusados del caso ERE. Pero parece que ya se resquebraja, a juzgar por la refriega entre el ex-consejero Fernández y el ex-Interventor que tuvo lugar antier, justo antes de que ayer se abriera el turno de los ex-Presidentes. Y quizá eso era lo inevitable –el “sálvese quien pueda”— pero no hay duda de que, a la larga, semejante espectáculo, ha de resultar perjudicial para todos, incluyendo al prestigio colectivo, es decir, al buen nombre de Andalucía, hoy, por desgracia, no muy alto, pero que debería ser, si no prioridad, al menos objetivo de unos y otros. Lo previsible, en definitiva, aunque me temo que aún nos quede mucho por ver y lamentar. ¡No sé qué sería de este plató si se apagaran los focos en el madrileño del “masterazo”!

Payasos subvencionados

Enorme cabreo en Huelva porque tres payasos de la SER se han encarnizado, en plan cateto, con sus gentes. Nada nuevo, el catetismo capitalino, pero ya arden las redes sociales, con razón, acordándose de los antepasados de los insultantes. Y algo más fuerte y más lógico: protestando porque esa emisora tan partidista –la misma que ofende a los onubenses a pleno pulmón– se beneficie de los dineros públicos de las instituciones locales. ¡Es como pagar al tonto para que te apedree el tejado! Realmente resulta penoso que esas instituciones –el Ayuntamiento, la Diputación—se hayan limitado a emitir un tímido comunicado/cataplasma, y más penoso si cabe que ni siquiera se planteen revisar su relación de patronazgo con la empresa responsable. Por lo demás, me pregunto para qué gastaremos millones en esos Consejos Audiovisuales que ocultan la gravedad mientras persiguen a la bruja Lola.

El ingenio político

La última del juicio de los ERE ha sido la revelación del ex-consejero Fernández que asegura que los llamados “intrusos” –jubilados benditos que lo son a pesar de no haber trabajado jamás en la empresa afectada— no son más que “una invención social o mediática”, ya que habían sido declarados legalmente por la Junta (después de estallado el escándalo, ojo) como “sujetos titulares de derechos”, y que, en consecuencia, ¡siguen cobrando su pasta hasta el día de hoy! No me digan que no hay arte e ingenio, aunque la noticia no le habrá gustado un pelo a la presidenta Díaz porque tendrá que explicar ahora cómo es posible que Ella haya prolongado semejante burla. Me imagino que la juez Alaya andará tronchándose de risa mientras se anublan las caras de los que, en su día, lograron alejarla.

Pista central

En la del circo de los ERE aparecerán esta semana los dos Presidentes imputados. Un número delicado que exigiría, tanto a los protagonistas como a los espectadores y sin olvidar al director de pista, la máxima discreción, anulando cualquier tentación de juicio paralelo. Aquellos que anhelan lo peor para esos dirigentes no parecen darse cuenta del auténtico crac que un veredicto duro supondría para nuestra democracia, pero lo propio ocurre a los manteros que pretenden enterrar el caso. Esta función ha sido, desde el comienzo, no poco difícil para los trapecistas, más benigna de la cuenta para los payasos y en exceso complaciente con los prestidigitadores. Ojalá que el Tribunal actúe con templanza y que el público guarde un respetuoso silencio. ¡Peligra la vida del artista! Y los artistas, sin comerlo ni beberlo, resulta que somos todos.

El gran desconcierto

Tras las recientes decisiones de la Justicia europea, el país español anda justificadamente desconcertado. Ya resultaba difícil aceptar esa procesionaria que prolonga la expectativa procesal más allá del Tribunal Supremo –obsérvese el oxímoron— supeditado hoy, de hecho, a la revisión del Constitucional y, por si fuera poco, a unos tribunales extranjeros constituidos por jueces que manejan criterios legislativos diferentes. Pero si hace bien poco el de TDH de Estrasburgo revolcaba a la Justicia española no sólo al absolver a unos delincuentes manifiestos sino al “condenar” al Estado español a indemnizarlos, las decisiones del jueves pasado –exculpación de Puigdemont y puesta en libertad de los demás prófugos— han desconcertado por completo a un paisanaje que apenas logra distinguir, bajo este penoso lubricán, el blanco de lo derecho del negro de lo torcido. ¿Cómo se puede vender a los españoles que lo ocurrido en Cataluña en los últimos meses y, en especial, el memorable episodio de la proclamación de la “República independiente de Cataluña” no implicó ninguna violencia y, en consecuencia, que apenas puede suponer para esos golpistas más que una leve responsabilidad? Oigamos al profesor Antonio Elorza ironizar amargamente sobre el hecho indiscutible de que fracturar el orden constitucional –en función de la letra del vigente Código Penal– “tiene hoy menos sanción que una multa de tráfico, ya que sería una desobediencia y una prevaricación leve, sin siquiera pena de cárcel”. El ciudadano no comprende nada, sencillamente, porque no es posible comprender tanto disparate.

Con este motivo y por sugestión de mi amigo el fiscal Antonio Ocaña, vuelvo sobre el famoso discurso pronunciado por John Kennedy a propósito del grave desafío planteado en Mississippi el año 1962, del que no me resisto a reproducir su meollo: “Los estadounidenses –decía el malogrado Presidente— son libres de estar en desacuerdo con la ley pero no de desobedecerla, pues en un gobierno de leyes y no de hombres, ningún hombre, por muy prominente o poderoso que sea, y ninguna turba, por más rebelde o turbulenta que fuere, tiene derecho a desafiar a un tribunal de Justicia”, porque si ese desafío se produjera “ninguna ley estaría libre de duda, ningún juez estaría seguro de su mandato y ningún ciudadano estaría a salvo de sus vecinos”.

Quienes desde la Justicia internacional aportan oxígeno a ese independentismo pre-guerracivilista no piensan, evidentemente, de este modo, a pesar de que hay pocas cosas tan peligrosas en una sociedad democrática como destruir la égida que supone un Derecho claro y racional. Al amparar a los prófugos delincuentes, esos jueces han hecho más en un día contra el sentimiento europeísta que todos los segregacionismos juntos. Y acaso sin percatarse de que estaban tirando piedras a su propio tejado.

¡Lo que hay que ver!

A la juez sustituta que anda desmontando el “caso ERE” sosteniendo que algunos de los imputados por su predecesora, “lejos de poder ser considerados como delincuentes, podrían ser considerados víctimas”. ¡Jo! Menos mal que la Audiencia le ha dado un revés a esa peregrina opinión –y van no sé cuántos— pero ahí tienen también al ex-consejero de Empleo Fernández acusando a la juez Alaya de “acosadora”. Y por su parte, al actual negándole la documentación del “caso Velasco” al mismísimo Parlamento, tras pasar durante años de informar a la UCO. “Haced lo que yo digo pero no lo que yo hago”: esta tropa ha invertido el adagio antiguo hasta adaptarlo plenamente a la medida de su ancha manga. Recordemos aquel otro que rezaba: “en España se puede robar un monte pero no se puede robar un pan”.