El opio del agravio

No es nuevo. Desde que la Junta es Junta –es decir, PSOE—lo suyo ha sido apoyar al Gobierno de su partido y emplearse a fondo como ariete contra los ajenos. Pero ahora, cuando la política nacional se ha reducido al objetivo único de echar al Gobierno que gana elección tras elección, desde Andalucía se extrema el argumento del agravio comparativo culpando al ejecutivo rival de todas nuestras limitaciones. ¡Como si no fuera el mismo partido el que lleva gobernando esta región más o menos lo que duró la Dictadura, sin que se haya movido un ápice nuestro puesto en el ránking nacional! El cuento del agravio es otro opio del pueblo, de un pueblo que no sale de su postración mientras sus mandamases –con más competencias que cualquier gobernante federal—se limitan a culpar a Madrid.

El partido vertical

Por lo visto, aquí no se necesita más que llegar al poder para empezar los trampeos. Ciudadanos, C’s, debe aclarar –si es que puede—qué significa lo que media España ha escuchado en la grabación a su delegado territorial de Andalucía, a saber, que los Ayuntamientos no pueden gastar más que el 70 por ciento de las subvenciones recibidas, debiendo reservar el 30 por ciento restante…, ¡ah, no se sabe para qué! Son las instrucciones de ese delegado a un responsable que, como es natural, no las tenía todas consigo, hasta el extremo de preguntar por el destino de esa “mordida”. ¿Y saben qué contestó el delegata? Pues que eso no lo sabía él, pero que perder, no se perdería, ya que C’S es un “partido vertical”. ¡Acabáramos! Aquí el más tonto hace un reloj.

La lágrima más fácil

Nos juntábamos con Gabriel Celaya –es decir, con Rafael Múgica, que ése era su nombre auténtico— por las tascas de su barrio madrileño de la Prosperidad, en los mesones turísticos del Arco de Cuchilleros, en el Café Lyon, frente a la puerta falsa de Correos, sin poder evitar que, en cualquiera de ellos, la lágrima fácil del poeta asomara en su mejilla en cuanto trasegaba el primer vino. Un niño que se había perdido en la calle Preciados, la mención del campo de concentración donde lo encerró el franquismo tras la Guerra Civil, la abyecta sombra de ETA…, cualquier motivo era suficiente para emocionar al viejo “existencialista” –de eso presumía él—y al combatiente incansable, el amigo deuteroagonista de Blas de Otero, que tanto lo quería como lo vapuleaba fraternamente, un poco el mascarón de proa de la poesía comprometida, “social”, que removió el nuevo Parnaso desde los últimos años 50, con Eugenio de Nora y, cada cual en su clave, con Gil de Biedma o Eladio Caballero y tantos otros.
Era un convencimiento común que el trémulo Gabriel no se tendría en pie lejos de Amparitxu Gastón –un poco como Blas sin Sabina de la Cruz, como el último Ángel Gónzalez sin …, como Félix Grande sin Paca Aguirre–, frágil como era aquel trueno en carne viva cuya “Instancia” a Franco –“Fecho y firmo en tierra vasca/ con la sangre de Unamuno/ y lo uno que es lo humano de este unánime clamor…”– corría de mano en mano durante años por los Colegios Mayores y él nos recitaba a la menor de cambio con los ojos enramados y la voz de vasco españolísimo quebrada y firme a un tiempo, suspenso el vaso a media altura, el verso inacabable y la pasión desbordada.
Es posible que aquel griterío moral, aquella rebelión íntima en apariencia antilírica de los poetas “sociales”, resulte menos asumible en este largo momento definido por un estro tan individualista que, sin embargo, incluye voces que replican con firmeza, refundidas por el tiempo, aquellas poéticas de acción. Celaya creía en la eficacia práctica de la poesía tanto como despreciaba los rigores preceptivos que Otero o Pepe Hierro extremaban al límite de la perfección. Su obra numerosa muestra hasta qué punto “sentía” la inspiración como un deber, como una militancia cordial y sin fronteras, Amparitxu sin quitarle ojo, él sosteniendo el vaso a media altura, la lágrima espejeando en la mirada, si se mentaba el campo de concentración, se hablaba de su país natal o tropezábamos con un niño que se había perdido un domingo, allá por los aledaños de la Puerta del Sol.

Rey y Roque

Una abogadita granadina –24 años tiene la criatura—se ha negado en redondo a respetar la fórmula del juramento colegial, sustituyendo la mención al Rey –es decir, al Jefe del Estado constitucional—por una mención al pueblo soberano, y lo notable es que el Colegio Oficial se ha achantado e incluso se propone cambiar la fórmula eliminando esa mención por si, en el futuro, a alguien no le gusta. ¡Estupendo! Este abuso de la libertad demuestra la postración del principio de autoridad que padecemos en un país donde los diputados llevan bebés al hemiciclo del Congreso y hay líderes de partido que acuden a ver a ese Jefe del Estado en mangas de camisa. Urge superar ese complejo que a medio o corto plazo garantiza el éxito de la anomia sobre la democracia.

Tejer y destejer

Un magistrado amigo llama “Penélope” (sin acritud) a la juez Núñez porque dice que desteje, en la cerrada noche procesal, lo que a la luz del día tejió, tenazmente y contra todos, la juez Alaya. No le da mérito, mi “Deep throat”, a lo que aquella entiende como “desatasco” del enorme enredo, ya que archivando a mansalva y endosando al juez de apoyo el resto, la cosa no tendría, según él, mayor mérito. No sé, soy lego, pero cuando veo que “Penélope” vuelve, a instancias de Anticorrupción, sobre el presunto saqueo de los fondos de formación tras haber exculpado a los altos cargos de la Junta implicados, no niego que me siento confuso. ¿Por qué solicitaría ese complejo destino la juez Núñez? Me parece a mí que esa pregunta es la clave de esta crítica bóveda.

El otro incendio

Menos mal que el curso escolar acaba pronto. Bastante han pasado ya nuestras criaturas y nuestros docentes. El calor es un fenómeno natural no del todo imprevisible pero, en cualquier caso, quienes gobiernan desde la Junta hace tiempo que tiraron la toalla frente a él. Arden los campos –¡hasta el Parque nacional de Doñana!— y arden las aulas porque, como explicaba ayer aquí brillantemente Juan José Borrero, la Junta une a su incompetencia demostrada su escasísima voluntad ecologista. Ni uno solo de los últimos responsables de Medio Ambiente ha llegado al cargo con una mínima experiencia en la gestión del “medio”. Y ni uno/a de los responsables de Educación ha padecido el rigor de esas aulas ardientes, incluido ese burdo delegado provincial que alega el posible daño de la climatización “al planeta” sin que le riñan siquiera.