Memoria y realidad

Dicen que los familiares implicados en la apertura de la fosa de la guerra en Calañas están pensando enterrar juntos –es decir, como estaban—a sus deudos víctimas del terror franquista. ¿Compensa esta enorme movida para cambiar de lugar a unos restos que podrían haber sido honrados simbólicamente –¿y existe acaso otra manera?—ahorrando conmociones y reverdeciendo odios? Por lo demás, veo que hay destacada en Calañas una tv alemana, como si a los alemanes los fuera a impresionar ni poco ni mucho lo que, comparado con su tragedia, sería un incidente menor. Ya no tiene arreglo este cisma, pero hay que insistir en que todo lo que no sea buscar la reconciliación o la memoria completa de la tragedia es una aventura temeraria, por más que esté rentabdo lo suyo a los fosores .

Carajillo filosófico

Todo el mundo sabe que el simio que se ve en la etiqueta del ‘Anís del Mono’ es una caricatura de Ramón Casas que representa a Charles Darwin. Quizá no haya tanta que conozca la ocurrencia del obispo anglicano de Oxford, monseñor Wilbelforce, cuando, en medio de un debate científico sobre la teoría, contestó a Thomas Huxley –ardiente defensor de las nuevas ideas—que si era descendiente de mono por parte de abuelo o por parte de abuela. Que es un poco, después de todo, casi lo mismo que responde un personaje clerical en la “Doña Perfecta” de Galdós al protagonista de la novela cuando éste le informa del éxito del darwinismo en Alemania: “No me extraña –replicó el cura–, después de todo la cara de Bismarck sugiere una buena prueba”. Mucho me temo que el segundo centenario del maestro (en febrero próximo) reavive la insolente polémica que opone a la biología evolutiva la teoría mítica del “diseño inteligente”, constantemente impulsada desde los EEUU y Gran Bretaña hasta el punto de haberse planteado pleito para forzar, a pesar de la prohibición expresa de varios jueces, la enseñanza del mito en las escuelas públicas y de que el propio arzobispo actual de Canterbury haya apostado por la enseñanza simultánea del mito y la hipótesis racional, respaldada hoy por la práctica totalidad de la comunidad científica. He ahí una de esas polémicas tercas, básicamente primarias, inconsistentes, que oponen a la teoría evolucionista, ciertamente perfectible, el simplismo cordial de un mito que, entre otras cosas, se contradice escandalosamente justo al dar cuenta de la creación del hombre y de la mujer. Que una razón no tenga marcha atrás no quita que inquiete por cuanto significa y que inspire cierto desconsuelo por la índole cerril de nuestros integrismos.

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Lo curioso es que esta matraca viene resonando en España desde antes de la publicación de las obras básicas de Darwin –los años 60 del XIX—y han dado lugar a una interminable guerrilla que hoy está, en principio, al alcance de cualquiera en la espléndida obra de Thomas Glick y en los rastreos sistemáticos publicados por el maestro López Piñero, y que demuestran que siempre hubo en España espíritus abiertos a la lógica científica junto a ánimos cerrados a cal y canto en el ‘fundamento’ mitológico –en este caso, en la literalidad insostenible del ‘Génesis’—, bronca a la que no fueron ajenos en su momento ni Cánovas del Castillo, ni la Pardo, ni algunos krausistas de relieve como Sales y Ferré o como el propio Unamuno, estrella del famoso congreso darwinista celebrado en Valencia al alborear el siglo XX, en el que, a mi modo de ver, anticipa la mirada integradora de Theilard de Chardin sin dejar de mantener sus reservas un poco en la línea tradicional en la que puede inscribirse hasta un fray Ceferino González, cuya obra “La Biblia y la Ciencia” trasluce la incómoda posición intelectual de algunos espirituales españoles. Les recordé antes la gracieta del obispo de Oxford pero no la respuesta de Huxley, quien vino a decirle que, para vergüenza, saberse heredero de hombres tan superficiales y versátiles. Hace poco he visto en la prensa una oferta millonaria para quien lograse demostrar la inviabilidad científica de la teoría evolucionista, suprema chorrada si se considera lo fácil que resultaría refutar, tanto desde la hermenéutica más exigente como desde el simple sentido común, el laberinto mítico en que sentimentalmente sigue instalada nuestra cultura sin haber sido capaz, al menos, de poner en su sitio al saber y al mito en el suyo. Que es posible, me parece a mí, dicho sea bajo la autoridad de tantos pensadores, aparte de los ya citados, que comprenden que una cosa es venerar la memoria mítica y otra muy diferente suplantar con ella la tarea de la razón. Pío X estaba más cerca del justo medio a finales del XIX que los fundamentalistas de hoy, con eso les digo todo.

Sus “vagas” señorías

Más de cuatro de los representantes en Cortes andaluces –64 entre diputados y senadores: a un millón de pesetas mal contado por barba– no se han molestado en presentar unan sola iniciativa en lo que va de legislatura, en especial los senadores designado indirectamente por el Parlamento de Andalucía. Estupendo. Son los mismos que votaron en contra de la declaración de zona catastrófica tras el pavoroso incendio de Huelva-Sevilla, pero a favor en el caso del incendio de La Mancha. Los mismos que podrían tener al Gobierno en un amistoso puño teniendo en cuenta que sólo el PSOE tiene en la provincia de Sevilla más votos y los mismos representantes que ERC. Y encima ni van a los Plenos, como muestran las fotografías del hemiciclo, porque para ellos no rige ni el control de tareas ni el del absentismo. Podríamos ser los reyes del mambo y vamos de recoge-pelotas.

La guerra del abuelo

En Calañas han hecho caso omiso de la prohibición de abrir las tumbas de la guerra civil. Setenta y dos años después, no antes, porque podrían haberlo hecho o, al menos, intentado, en todos estos decenios de democracia, pero no lo hicieron. Y Chaves le quita importancia diciendo que, al fin y al cabo, la paralización de los desenterramientos es provisional, pues espera a que haya sentencia sobre si Garzón es competente o no. Va a arder Troya, incluso dentro del PSOE, como siga adelante esta ordalía insensata, porque sería inevitable que se acabase descubriendo que la contribución a la represión de ambos bandos incluye a padres y abuelos de muchos mandatarios actuales. Una pena y un disparate, pero nada casual sino teledirigido por un Gobierno cuya intención no es otra que distraer al pueblo de los aterradores problemas reales. ¿Cuántos parados tiene el Andévalo, pongo por caso? Esa pregunta habría que hacérsela a los fosotes de Calañas.

La marcha atrás

En la progresista California, tan sesentayochista, tan marcusiana, tan avanzadilla en materia se relaciones sexuales, un referéndum popular convocado seis meses después de que la Asamblea aprobara el matrimonio ha dado al traste, a través de una enmienda constitucional, con el invento y decretado su nulidad. También en Portugal ha fracasado el intento de legalizar esas uniones –por cierto, conviene decirlo todo, con el concurso del voto del PSP y del Bloque de Izquierda– tal como antes había ocurrido ya en Arizona o en Florida. En España no ha tardado el cardenal Rouco en reclamar un referéndum semejante para comprobar cual es la actitud de la población ante esa novedad y no me extrañaría que vivamos próximamente intensas campañas en este sentido. El problema está en la irreversibilidad de hecho de esas uniones legales que, por cierto, como acaba de probar la consulta californiana, cuentan con la enemiga de los sectores ‘seniors’ de la población pero con el apoyo de la gente joven, lo que quiere decir que la actual prohibición no es más que un nuevo aplazamiento de una realidad que en un futuro más o menos próximo volverá a ser legalizada. La operación, insisto, es jodida, en todo caso, aunque sólo sea por la cosa de los derechos adquiridos, y recuerda lamentablemente a la insensata anulación franquista de los divorcios y matrimonios republicanos, también apoyada en su día por la presión eclesiástica, o a la confiscatoria e injusta anulación del dinero emitido por el régimen legítimo que arruinó a tantas familias. De todas maneras, ahí está el inquietante precedente de California –y es poco dudoso que vendrán otros tras él—para advertirnos de que “no es pintar como querer” y que los cambios esenciales en las instituciones de la sociedad no resultan nunca fáciles y menos exentos de graves peligros. En Roma escuché en una manifestación gay el grito repetido de “¡Zapatero, santo sùbito’!” que parece ser que se ha reproducido ahora en California. Pero la sociedad tiene sus inercias bajo la superficie de la opinión y no es fácil jugar a placer con la antropología. A la vista está una vez más.

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Éste no es, me parece a mí, un mero conflicto entre las nuevas morales y la moral tradicional que, en España, por ejemplo, vale decir cristiana, sino una auténtica revolución perfectamente inédita en la Historia. Cuando oigo apelar a la ‘Ilustración’ francesa a los defensores de esa mutación tan radical me pregunto en qué D’Alambert, en qué Diderot, en qué Rousseau habrán encontrado una idea siquiera lejanamente compatible con la familia homosexual —véase en la ‘Enciclopedia” la voz “mariage”, para empezar–  y en cual de nuestros ‘ilustrados’ españoles (de Feijóo a Camponanes, de Ustáriz a Floridablanca, de Capmany a Olavide) creen ellos que encajaría semejante propuesta institucional. Cambiar la estructura de la unión familiar equivaldría a la abolición de la propiedad privada o a la eliminación del tabú de la vida, y eso hay que tenerlo en cuenta lo mismo si la evolución social deriva a favor de las mudanzas, como parece, que en caso contrario. Lo que quiere decir que si arriesgada fue la decisión de inventarse un nuevo modelo de pareja matrimonializada (tomada como irreversible) por el Poder, arriesgado es proponer ahora una marcha atrás para la que da la impresión de que el derecho no deja espacio suficiente. Por supuesto que la antropología es unánime en torno a la idea de matrimonio (no así a la de familia) pero de sobra conocemos las discrepancias entre la antropología y la sociología práctica, siempre más próxima a la realidad. No habrá ni dejará de haber uniones gays porque lo autorice una asamblea o lo prohíba un  referéndum, sino porque los tiempos acaben imponiéndolas en el marco de una sociedad nueva espontáneamente impuesta a los propios políticos. No duden de que ésta no es una secuela de la moderna ‘Ilustración’ sino un inesperado subproducto del darwinismo inmemorial.

Repaso judicial

Reales Alcázares sevillanos, acto de presentación de cuatro nuevos magistrados de lo Penal que vienen  reforzar la tela de araña de la Justicia. En un discurso brillante, Antonio Reinoso, representante del Poder Judicial en Andalucía, no se anduvo por las ramas sino que le endilgó a la Junta uno de los palos más soberanos que se recuerdan desde que se habla de estas cosas, mientras el alcalde y el ‘delegata’ de la Junta miraban al suelo o a las musarañas como quien oye llover. Por cierto que Reinoso enfatizó un  argumento que aquí, modestamente, se ha dado varias veces: que no hay medios porque la Junta no invierte al carecer esa inversión en Justicia de rédito electoralista. Esto parece que se mueve y no tardará en mejorar, a pesar de la propia Junta y sus inefables responsables.