El abandono como norma

Ha tenido que ser la UNESCO la que alerte a las Administraciones españolas, principalmente a la Junta, del estado terminal del mítico barrio del Albaícín granadino que, a pesar de ser “patrimonio de la Humanidad”, se encuentra literalmente abandonado y en manos de cualquiera. Un caso ilustrativo de la incuria autonómica, sobre todo teniendo en cuenta que Granada, aunque cueste creerlo, recibe al año tantos turistas como Marruecos entero. Ni la protección excepcional de que goza el Albaicín ha conseguido que tanta delegación de cultura como mantenemos en nómina se preocupe de semejante desastre.

Más sobre la mariscada

General impacto ha causado la información sobre la mariscada que organizaron los jefes del Ayuntamiento de Valverde, para disfrute propio y de sus consortes, durante la pasada Feria. No tanto porque unos sátrapas de tres al cuarto se pulan, en estos tiempos de hambre y paro, esa cantidad escandalosa en cigalas y gambas, sino por la desvergonzada exigencia a la marisquería de presentar una factura falsa a nombre de “Escayolas Antoñito” en concepto de inexistentes obras en la casa consistorial. ¿Por qué mantenernos en la duda, qué hace falta –aparte del ser del bando contrario—para que la Fiscalía intervenga y le meta mano a estos presuntos defraudadores? Por la democracia pero también por ellos mismos, la Justicia debe intervenir sin contemplaciones ante esta tremenda denuncia.

La democracia enferma

Es mala la inmensa mayoría de las informaciones que nos llegan desde Afganistán a propósito de las elecciones. Parece que no hay duda de que se ha perpetrado en ellas un fraude masivo, una vez liquidado el pulso entre los “señores de la guerra” que concurrían ahora con el disfraz pacífico. Cientos de denuncias por presuntos fraudes han sido obviadas a pesar de la recomendación oficial de “recontar” los votos allí donde algún candidato hubiera alcanzado el 90 por ciento de ellos o más. Karzaï, el “hombre más elegante del mundo” el candidato de Occidente, ha logrado su objetivo pero sin lograr despejar, ni de lejos, la sombra del escepticismo. Gran parte de la población no ha votado, además, rendida a la expeditiva amenaza de los taliban que no se han lo han pensado dos veces a la hora de cortar las orejas y la nariz a los votantes descubiertos, como ha referido en una crónica electrizante Renaud Girard, que constataba también la abstención masiva de las mujeres por decisión de los propios maridos. El humorista Ricardo se preguntaba en este periódico el otro día, por boca de uno de nuestros soldados en “misión de paz”, si España estaría allí protegiendo la democracia o el fraude electoral, pero la verdad es que ese fraude –en comicios generales o internos de los partidos—no es ya en absoluto privativo de los países a los que tratamos de imponerles por la fuerza el sistema de representación. No es que el pucherazo nos lo tenga que enseñar nadie a nosotros, pero quien quiera ver cómo van las cosas en nuestro entorno, que lea el explosivo libro de Antoine André y Karim Rissouli que, bajo el título de “Hold-ups, arnaques et trahisons”, circula ya por Internet, describiendo el pucherazo en toda regla con que, según ellos, Martine Aubry habría liquidado a Ségolène Royal en el congreso del PS celebrado en Reims. La partitocracia está destruyendo el sistema de representación en sus mismas bases y no sólo “in partibus infidelium” sino aquí mismo, en el ombligo de Europa.

Nadie quiere mentar la soga en casa del ahorcado, por supuesto, pero si desde USA o Venezuela a Irán o Afganistán pasando por Francia, se suceden los escándalos por fraude electoral, no hay duda de que el sistema que inventaron los griegos y del que el Occidente “ilustrado” ha hecho su bandera, atraviesa malos momentos. Aunque el fraude iraní o afgano no deba compararse con los perpetrados en nuestras grandes potencias democrácticas, en cuyo ámbito libre y ordenado el recurso a la trampa resulta incomparablemente más grave. ¿Cómo, por lo demás, podrían esos aliados censurar en los países forzados a democratizarse lo que dentro de sus fronteras practican hasta los teóricos adalides de la democracia? Puede que llevara razón el maestro Bourdieu cuando hace años nos avisó sobre la posibilidad de que, para sobrevivir, la libertad tuviera que recorrer nuevamente el largo camino por el que llegó.

Corrupción de bigotes

La corrupción no tiene un solo color político. Ahí está la proliferación de casos de facturas falsas descubiertos en Sevilla, Baena o Valverde del Camino, tres feudos del PSOE. El escándalo de Mercasevilla podría, por lo demás, competir sin problemas con el publicitado Gürtel, y el de los puticlubs de los ediles de Baena con el de los mariscos de los satrapillas de Valverde. Es obvio que, de nuevo, conviene hablar de “corrupción generalizada”, sencillamente porque no hay día en que no se destape alguna sentina pestilente. De todos los colores, por lo visto, pero mayormente del partido que atesora más poder. Los jueces tendrían que dar el escarmiento que es ingenuo esperar de los propios políticos.

Progreso y cigalas

Lo de Valverde –fastuosa mariscada de feria pagada con factura falsa de obras en el Ayuntamiento— demuestra que este personal no tiene arreglo. Ni entre unos ni entre otros, ni en la IU “regeneradora” que salvó al PSOE cono su “pacto de progreso”, ni en éste que está dispuesto a todo con tal de no perder el mando. El susceptible Cejudo, Donaire el “Bianpagao” y demás marisqueros descubiertos pagarían en cualquier democracia –caso de comprobarse lo de la factura falsa—con una única sanción posible: con la expulsión de la vida pública. En ésta, ya lo verán, hasta puede que el pobre acosado que hubo de expedir el papel falso acabe pagando al pato.

El nuevo higienismo

El higienismo decimonónico surgió como una respuesta a los problemas suscitados en las aglomeraciones urbanas y lo hizo bajo la impronta ética del progresismo entonces naciente. Pedro Felipe Monlau y tantos otros lucharon a brazo partido dispuestos a enseñar los códigos imprescindibles a unas poblaciones rurales recién trasplantadas a un territorio en el que ya no era posible ni conveniente la vieja familiaridad con la Madre Naturaleza, encabezando un espíritu a cuya difusión contribuyó no poco la conciencia de rebeldía entonces en formación, en especial desde al lado anarquista. La cuestión es hoy radicalmente distinta como corresponde a una civilización urbana –la población rural es ya testimonial en el mundo desarrollado—en la que la propia presión de las disfunciones generadas por la masa han provocado una proporcionada reacción correctora que, sin solución de continuidad, va desde la sugestión propagandística a la sanción. Una organización japonesa, los “Green birds”, reconocible por su hábito verde y sus guantes amarillos, anda promoviendo campañas de higiene en la vía pública en Londres, París, Berlín o Londres, en paralelo a la acción correctora de esos municipios que, como en París, han creado incluso brigadas especiales para luchar en directo contra los bárbaros que utilizan la calle como si de un estercolero se tratara, prohibiendo mingitar, escupir, dejar recuerdos del perro o arrojar desperdicios de cualquier naturaleza, so pena de multas crecientes. Lo de la meada callejera –“l’urine sauvage” parisina—parece ser la plaga más resistente, como se ha puesto de relieve en algún lugar de Cataluña donde, en solidaridad con dos meones multados, un activo movimiento ciudadano llegó incluso a convocar el mes pasado una incívica “meada popular” por fortuna apenas sin eco. En Francia proyectan ahora prohibir el escupitajo en los campos de fútbol (en la calle ya está prohibido) con motivo de la gripe A y a título de ejemplo. He recordado el eslogan expuesto en las papeleras que cubren en Río las playas de Ipanema y Copacabana: “Cidade limpa e a que nunca se suja”. Hay verdades como puños que no sirven para nada.

No me parece una cuestión menor el galopante deterioro de la convivencia que viven nuestras ciudades ni lógico que la única respuesta municipal a los excesos consista en multiplicar las brigadas de limpieza como asumiendo o dando por inevitable la violación salvaje de la convivencia a que asistimos perplejos. Un suceso brutal como el ocurrido en Pozuelo, por ejemplo, no surge de la nada sino que responde a la banalización progresiva del orden cívico que es visto desde ciertos ámbitos juveniles como instrumento de una imaginaria represión que, ciertamente, la lenidad judicial parece que confirma. El higienismo postmoderno poco tiene que ver ya con aquella “medicina social” con que nuestros trasabuelos trataron de proteger la salud pública de unos males que no tenían que ver, como los actuales, con el conflicto de una educación fracasada o en vías de caducar.