Una de fantasmas

Lo que está ocurriendo en Nilefós con ese dueño fugado que no da señales de vida a pesar de que la plantilla permanece encerrada desde hace dos semanas en la fábrica pidiendo lo que se les debe y exigiendo a la Junta que se deje de paños calientes y localice al desaparecido para obligarle a cumplir sus obligaciones, no tiene nombre. Pase que los obreros acreedores desconozcan el destino –seguro que feliz—de ese deudor que ha levantado el vuelo llevándose hasta las ayudas oficiales, pero lo que no se cree nadie es que la Junta y el Gobierno no tengan a su alcance información y capacidad suficiente para resolver el enigma. Si ni una ni otro quieren que se las acabe viendo como cómplices del indio fugado, no deben demorar siquiera un gesto de cara a su localización.

Cultura de masas

El argumento del presentador resonó contundente y equívoco en el plató de la telebasura tras la consabida descalificación ‘preventiva’ de los “sesudos intelectuales”: “Amanecimos esta mañana hablando de Belén Esteban y son (consultó escrupuloso su reloj) las once y media de la noche cuando continuamos hablando de ella”. Realmente se quedó corto porque aún quedaban horas de memiloquio sobre el asunto, con toda evidencia fabricado, en torno a la vida privada de esa persona, y debatido de manera simultánea, por si fuera poco, en otras emisoras de la competencia. Debió ser una noche cara, ya que en proporción a la emotividad real o fingida, giran los “cachés” que perciben tanto los despellejados como los despellejadores en esas programaciones, pero además de que la audiencia debió ser también más que rentable, hace mucho que la sociología de la cultura (Merton, Dwight Macdonald, Paul Lazarfeld y demás) explicó que la “mass cult” o cultura de masas, ese puré adictivo sólo posible en la sociedades masificadas, era el producto más barato y el más demandado de la “industria de la cultura”. La “muchedumbre solitaria” de que hablaba Riesman, aislada en el globo pneumático de la inopia voluntaria, rellena su vacío vital con ese mortero espeso que amasa la habladuría con el rodillo de la curiosidad alcahueta. ¿Qué puede interesarle, no digo a millones de personas, sino a una sola, la insignificante vida de alguien que –como se encargó de explicar cínicamente un contertulio—nada es por sí misma sino por su condición de producto de la propia industria? Pues nada, a ver, pero échenle un vistazo a las audiencias y verán lo que pueden en una sociedad descerebrada los cuentos y las lágrimas de una friqui famosa que, por descontado, cobra bastante más por su pellejo y sus lágrimas negras que un par de ministros juntos. El Sistema sabe lo que se hace, qué duda cabe, y ‘medios’ y Gobiernos le sirven solícitos en esa misa negra de la infamia que es la cultura de la difamación.

Curiosamente, creo que fue esa misma mañana cuando conocimos por el sólido informe de le OCDE el estado calamitoso en que se encuentra nuestra educación, colista inveterada del tren europeo de la infelicidad. Pero la realidad es que si dirigen la sociedad en sus más altos niveles, incluyendo el Gobierno, personas sin estudios o con más que precaria formación, y no se ofrece a la juventud otro modelo de éxito social que el que pueda proporcionar un concurso televisivo, mal cabe esperar que el fracaso escolar ceda y se detenga la sangría del absentismo, antes de proponernos elevar el nivel cultural de la población. La industria de la telebasura funciona hoy como un sector ‘sensible’ desde el punto de vista del proyecto “integrador” con que el Poder tiende a anular la personalidad colectiva. La Esteban, como tantos otros, juegan en esta sociedad con su papel alienante, una función decisiva sin la que otro gallo le cantaría a ese Poder.

Nuestro paradigma

Desde luego no se trata, como están haciendo el PSOE y el PP, de comparar cual de las dos formaciones viola más el Pacto Antitransfuguismo sino de aceptar que todos, sin excepción, lo practican desde el Poder cuando les llega la ocasión. Pero en Andalucía tenemos esta vez al paradigma perfecto del “caso Pajín” ocurrido en Benidorm, porque repite ce por be lo ocurrido en Gibraleón y, muy probablemente si no es con toda seguridad, repetirá también, cuando el momento llegue, su miserable desenlace: el PSOE fingirá la expulsión de los ediles rebeldes fugados en masa, pero consentirá encantado que se hagan con el ayuntamiento para, finalmente, recuperarlos con alfombra roja en las listas de las próximas municipales. Prueba del 9: verán como ni Pajín ni nadie se compromete negando esta última posibilidad. Hay demasiados intereses en juego para que pudiera ocurrir de otra forma.

El mundo en Valverde

Estos días no ha habido forma de encontrar en Valverde este periódico. Único revelador del escándalo de la mariscada municipal con presunta factura falsa celebrada en Feria, ha sido comprado a primera hora en la mayoría de los puntos de venta por mano misteriosa, evidentemente con la finalidad de mantener ignorante al pueblo sobre esta pirueta magnífica de sus ediles. Cigalas de tronco, gambas de cuerpo, bebidas largas y cortas a cambio de una inverosímil factura de “Escayolas Antoñito”. ¿Cuántas ocasiones como ésta habrán perpetrado sin que nos enteremos los abnegados socios del “pacto de progreso”? Se comprenden la ojeriza y las invectivas con que nos distinguen, pero no la inhibición de la fiscalía ante unos hechos que, por lo demás, empezando por el Ayuntamiento de Sevilla, son cada día más corrientes.

El otro mandil

Nuevamente la muy principal logia masónica del Gran Oriente francés ha decidido por mayoría excluir a las mujeres de su organización, al menos a “part entière”. Sabemos que la presión de la mujer por participar en la masonería se inicia en la misma Edad Media, aunque en realidad no pueda hablarse de integración propiamente dicha –el caso de Sabine de Pierrefonds es absolutamente excepcional y, en consecuencia, nada significativo—hasta que, superado el frenazo reglamentario que supusieron para la integración las Constituciones de Anderson de 1723, las llamadas “logias de adopción” permitieron, ya bajo el signo de la ‘Ilustración’, el funcionamiento de asociaciones masónicas femeninas sometidas, eso sí, a la autoridad superior de un varón de probidad demostrada, a las cuales concurrieron destacadas damas de la aristocracia, alguna, como es de sobra sabido, bien próxima a Voltaire y aún a la Corona. En la coyuntura actual, esa presión de las mujeres que quieren ser masonas se aferra al trasfondo igualitario de una época en la que carecería de sentido que las mujeres accedan al ejército, a la minería o a la judicatura mientras permanecen cerradas ante ellas las puertas de la asociación universalista e igualitaria por excelencia. Estos mismos días, ese rechazo del Gran Oriente francés, reabre la polémica más que secular sobre una integración que inquieta si no repugna a un colectivo tradicionalista y machorro que, ciertamente, discrepa de muchas logias permisivas que reconocen el derecho de la mujer a asociarse pero le niegan el de iniciación, aferradas a ese “sentido monástico” de la institución que han denunciado algunas logias femeninas. Nada supone que uno no entienda este empeño de las hembras (como el de ser mineras, combatientes o guardas jurados), que ésa es cuestión atinente en exclusiva al arbitrio personal. ¿No dijo el Guerra que “hay gente p’a to”? Pues eso.

En el marco del actual “revival” de esa sociedad secreta, la verdad es que no tiene pies ni cabeza el veto a las hembras, sobre todo teniendo en cuenta que esa parroquia cuenta con una abrumadora mayoría que procede de la izquierda progresista –sobre todo en el área de influencia de la masonería ‘regular” británica–, lo que supondría una insalvable contradicción ideológica. Otra cosa es, ya digo, la razón que pueda mover a la mujer a reclamar el derecho a ceñirse eso otro mandil que simboliza una moral simbólica independiente y planetaria, hasta ahora reservada a los machos del redil. ¿Por qué querrán esas masonas o aspirantes serlo en compañía de quienes las rechazan teniendo como tienen sus propias logias? Ni lo sé ni, francamente, me interesa demasiado. Me limito a señalar la sugestión de anacronismo que ofrece esa mentalidad contradictoria. No hay siglo XXI para los masones “comme il faut”. Las mujeres deberían pensarse si les merece la pena insistir ante esa puerta y explicar para qué.

El abandono como norma

Ha tenido que ser la UNESCO la que alerte a las Administraciones españolas, principalmente a la Junta, del estado terminal del mítico barrio del Albaícín granadino que, a pesar de ser “patrimonio de la Humanidad”, se encuentra literalmente abandonado y en manos de cualquiera. Un caso ilustrativo de la incuria autonómica, sobre todo teniendo en cuenta que Granada, aunque cueste creerlo, recibe al año tantos turistas como Marruecos entero. Ni la protección excepcional de que goza el Albaicín ha conseguido que tanta delegación de cultura como mantenemos en nómina se preocupe de semejante desastre.