La costumbre del lugar

Nunca escuché una justificación más ilustrativa de la corrupción que la proporcionada al mismísimo juez por el ex-alcalde de Bollullos del Condado (PSOE) tras ser acusado de tramitar ilegalmente las obras municipales: “Es como se hacía siempre”, dijo, el hombre. Reconoce que las obras se hacían sin consignación presupuestaria y contra el informe de la Intervención, pero insiste en que ésa era la costumbre y que no ve en ello nada punible. ¿Cuántos Bollullos hay en Andalucía, cuántos alcaldes como ése hay en España? Lo malo de la corrupción no es ya siquiera que se perpetúe sino que se justifica por la autoridad política. Alí Babá no la habría tenido tan dura.

Respaldar la ilegalidad

Grave que el ex-alcalde bollullero, Carlos Sánchez, reconozca sin asomo de arrepentimiento, haberse saltado la ley a la hora de gestionar el Ayuntamiento –lo que según él era un hábito de la casa– en unión de sus compañeros imputados. Pero mucho más grave es que el PSOE los respalde porque, cuentos solidarios aparte, eso implica aceptar la ilegalidad como norma corriente en la vida pública. ¿Cómo luchar contra la corrupción y la ilegalidad si desde el Poder se ampara a los corruptos y a los ilegales? El PSOE onubense se ha metido en una ratonera de la que sólo el descaro le permitirá salir airoso.

El líder popular

Mucha gente se ha echado las manos a la cabeza ante la visita entusiasta que el maestro (he dicho “el maestro” para que no quede abierta la menor duda) Chomsky al líder venezolano Hugo Chávez, el mismo que con su cita en la ONU logró relanzar las ventas de su obra “Hegemonía y supervivencia” al recomendar su lectura –a pesar de creerlo muerto y enterrado para entonces– a un pueblo americano para rescatarlo de los Superman y los Batman. No entiende el personal esa visita al caudillo autocrático que ha enfrentado en dos bandos al país, ha instaurado una férrea censura cerrando no pocos “medios” considerados hostiles al “régimen” o ha contemplado impertérrito cómo sus partidarios armados cruzaban balaceras contra el rival indefectiblemente apoyados por el ejército y la policía. Y no es fácil de entender, por supuesto, a menos que ampliemos la perspectiva y consideremos el asunto en el marco de ese complejo y duro neopopulismo que está haciendo estragos en la mentalidad democrática al defender que ese modelo es “una manera de construir lo político” como otra cualquiera –por decirlo con palabras de Ernesto Laclau—admitiendo, en consecuencia, su bondad posible, a pesar de que su esencia no es otra que la consideración del “jefe” por encima de la Ley, y en evitación de que la democracia “se convierta en administración”. Chomsky y Chávez han apuntado ambos a las elites presuntamente explotadoras, siempre en línea con la idea de que cuando el pueblo se lanza a la acción (la sombra de Perón es alargada) ha de hacerlo identificándose con ese liderazgo carismático que sólo el prejuicio “liberal-democrático” (Laclau otra vez) es capaz de deslegitimar. Chávez mismo sería una garantía para la democracia a pesar de los pesares. Ya tiene ese autócrata dos panegiristas: Noam Chomsky y Jorge Verstrynge.

El neopopulismo avanza con paso acolchado entre las semirruinas de un sistema de libertades seriamente averiado y en el que se ha perdido el norte hace bastante tiempo. Utiliza un lenguaje radical en el se trata de rescatar la noción de pueblo distinguiéndola, por ejemplo, de la de “multitud” que propuso Negri, y por supuesto, como si estuviéramos hablando de algo nuevo, recién horneado, y no de una instancia inmemorial de sobra conocida, con sus bondades y problemas, como sujeto histórico y político. No se acuerda de Perón ni del “franquismo sociológico” ni del montaje paternalista de Caecescu ni de tantos otros ejemplos ciertamente para no olvidar, sino que admira deslumbrado el vigor de una nueva política práctica, nada escrupulosa, expeditiva hasta donde haga falta. Y eso es lo que parece que le ocurre al viejo maestro al que, de verdad, no logro imaginarlo ante el televisor escuchando las jactanciosas sandeces que difunde cada domingo el programa “Aló, Presidente”. Uno no es nadie para juzgar a un viejo y ejemplar maestro, conforme. Para asombrarse de sus ocurrencias, sí.

Crisis en el lupanar

Los explotadores de la prostitución ya nos e esconden sino que hacen grandes publicidades y hasta se permiten el lujo de anunciar rebajas. O sea que mal deben de andar las cosas por ahí, incluso antes de que a esta región de parados (un 30 por ciento, pronto), de mileuristas (más de un 70 por ciento). parias pensionados y unos cientos de miles de funcionarios le suban los impuestos como anda anunciando un Gobierno que prefiere que el cinturón se lo aprieten los demás en lugar de apretárselo él mismo. Ese cartel de carretera ya famoso es un síntoma y un aviso. El que no lo vea es que no quiere verlo.

Ojos cerrados

“No entiendo por qué hay que investigar algo que no está demostrado”. Fulminante y apodíctica, la diputada de Bienestar Social que se empeña en no conocer por su propios y sobrados medios qué ha ocurrido o está ocurriendo de verdad en la casa de acogida de Ayamonte. ¡Pero si estuviera demostrado ya no habría nada que investigar, criatura! Es ante esta situación de denuncias no probadas sobre materias tan sensibles, cuando habría que reaccionar por lo menos interesándose por unos hechos que tienen visos de no ser precisamente una invención. Porque si al final de prueba que realmente la realidad es la denunciada, la responsabilidad de la Diputación sería ya entera y plena. Cerrar los ojos no suele valer de mucho; tratar de cerrárselos a los demás es normalmente inútil.

Teoría del complot

Hay quien anda diciendo por ahí que la crisis económica habría sido provocada, no sólo por los grandes especuladores recocidos como Madoff o Goldman Sachs, sino por una legión menor especializada en la explotación de sus desastrosos efectos. La actual ola alcista de la Bolsa, sin ir más lejos, demostraría tal vez que los mismos que dieron lugar a la catástrofe han aprovechado luego para medrar en el negocio que ofrecían sus escombros y, de hecho, la irresistible ascensión de algunos de nuestros valores sugiere que, en efecto, en poco tiempo pueden haberse fraguado multitud de fortunas. Jacques Attali ha sostenido sagazmente que, cuando ocurren acontecimientos de esa envergadura, la opinión pública no se da por satisfecha con un “responsable” sino que precisa un “culpable”, razón por la que no suele tener bastante con un “móvil” sino que busca un “complot”. Pudimos comprobarlo cuando el atentado de las Torres Gemelas con la eclosión de una inacabable propuesta de conjuras más o menos enigmáticas de las que unos años después apenas queda más que un vago recuerdo, y acabamos de verlo con motivo de la crisis económica, atribuida los mismo a la gran banca que a las petroleras, a los judíos, a los inversores en oro, a China, a los EEUU, al Partido Republicano, a la CIA o a los islamistas, a cada uno con su imaginaria cuenta y razón. Parece que no hay respuesta aceptable para la opinión al margen del complot y en ello ve Attali nada menos que la manifestación de impotencia de la Humanidad frente a su destino una vez que ha sido desbordada por los propios sistemas que ella misma creó, empezando por el Mercado. El complot se ha convertido, en todo caso, en una opción recurrente en la que se espera encontrar una satisfacción mayor que en cualquier otra. Sin un culpable parece que no somos nadie.

Hay razones, sin embargo, para pensar que la inclinación hacia las teorías conspirativas no se deben en exclusiva a esas seísmos del psiquismo colectivo, sino que son también consecuencia de la creciente complejidad de un sistema de relaciones sociales en el que el Poder, esto es, los poderes, disponen de una capacidad de maniobra que ha crecido exponencialmente a rastras de la evolución tecnológica y, como consecuencia de ellas, a inmensas, casi ilimitadas, posibilidades de control social. Un broker puede hoy volar un banco neoyorkino desde Hong Kong y eso es algo que se parece demasiado a las fantasías de Fu Man Chú como para no caer en la tentación que nos ofrece la teoría del complot. Porque en lo que no cabe creer es en la generación espontánea o natural de una crisis que venía siendo anunciada desde hacía tiempo, quizá el tiempo necesario para que los conspiradores urdieran a conciencia su trampa. Pocas dudas caben de que la realidad puede ser mucho más desbordante que la fantasía.