A cencerros tapados

Tan conveniente es la iniciativa de la Junta de motivar a Ercros con un fuerte incentivo económico para que conserve el empleo, como absurdo que tanto ella como el PSOE se nieguen a publicar los términos de la propuesta. El dinero público que la Junta ofrece no es suyo y menos de su partido, sino de todos los ciudadanos y nada justifica que pueda manejarlo a cencerros tapados, en plan ‘Juan Palomo’, como si la sociedad fuera menor de edad o incapaz de hacer valoraciones, pero sobre todo, como si la oposición no pintara nada en la vida política. Debe saberse cuánto se le ofrece a Ercrós y a cambio de qué. Reservárselo para uso interno del partido constituye una apropiación indebida.

Los muertos verdes

No pasa día sin que los esforzados e imaginativos ecologistas nos proporcionen, junto a sus incuestionables méritos, motivos de estupor e incluso de indignación. Van a acabar, como el pastor de la fábula, clamando en el desierto del descrédito más merecido como consecuencia de una destemplanza que convierte su imaginación de activistas en un ejemplo, seguramente narcisista, de irresponsable atrevimiento. La penúltima de esas noticias estupefacientes ha sido el proyecto expuesto, entre bromas y veras, por uno de esos líderes que parecen empeñados en convertir en simple distopía lo que fue, en principio y sigue siendo en muchas circunstancias, un empeño tan digno, quien no se ha cortado un pelo a la hora de proponer, como alternativa a los crematorios, el empleo de los cadáveres como alimento animal, es decir, ni más ni menos que el regreso a ciertos ritos funerarios primitivos que veían en la exposición de los cuerpos a la voracidad de aves y fieras una suerte de oblación purificadora, cuya impronta panteísta se percibe a la legua. He leído esas irónicas pero no por ello menos impías declaraciones del interfecto, reparando en la idea de que se trataría de plantear la polémica y “abrir las mentes de la gente (“la gente” somos todos, claro, menos los ecologistas radicales) al ecologismo” de manera que fuera capaz de asumir los usos salvajes como remedio contra la acción contaminante que, por lo visto, provocan las incineradoras. “No te dejes cremar, déjate devorar”, dice el absurdo y estremecedor eslogan de esa campaña que tiene un pie en el surrealismo y el otro en la infamia de la deshumanización. Nunca lograrán que se les tome en serio mientras sigan aferrados a ese ingenuo primitivismo y obsesionados con la cabra del campanario.

La postmodernidad nos devuelve, como ven, al pretérito imperfecto. ¿Recuerdan el intercambio de amenazas (Samuel, I, 44) cruzado entre Goliat y David? “Ven hacia mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo…”, decía el gigante para que el héroe le replicara: “Hoy mismo echaré tu cadáver a las aves del cielo y a las fieras de la tierra”. Hoy apenas se discute ya sobre el enterramiento neandertal ni el amerindio abandona sus difuntos en los árboles, es cierto, pero también es verdad que no hace tanto que se denunció con espanto la utilización de los cuerpos de los ejecutados en China para fabricar productos de belleza. Y ahora nuestro ecologismo radical apostaría por el uso del cadáver como carnaza en beneficio del pariente rapaz o del hermano lobo pero, sobre todo, en defensa del medio amenazado. “Resulta más digno para el ‘animal humano’ servir de alimento a otras criaturas que ser quemado en una caldera contaminante”. Llega un momento en que uno no sabe ya quien es más bruto, si Goliat o David.

La gripe que viene

Ha de conservarse la serenidad contra viento y marea de cara a la pandemia de gripe, por descontado, pero para ello sería de lo más efectivo que la autoridad sanitaria –la consejería de la Junta, en este caso—fuera con pies de plomo y sin hacer pronósticos gratuitos como los optimistas con los que, tristemente, fracasó el pasado miércoles al descartar las últimas muertes. Parece lógico que no haya más que una voz en el país, aunque haya que oírsela a esa ministra lega tan pendiente de recolocar su melena. La amenaza es grave y cierta, y ello exige, al menos, una actitud seria y tranquilizadora para evitar el pánico.

Lo de Ayamonte

Con buen criterio, el sindicato CCOO se ha dirigido en súplica a la Diputación para denunciar bla inconcebible situación de la residencia de menores de Ayamonte, con sus carencias intolerables y sus castigos de otra época. Claro que si desde la Diputación no han tardado en replicarle con el consabido mentís, lo que procede ahora es que el celoso sindicato recurra a los tribunales si demora, porque no puede haber diálogo (ni contemplaciones) con quien de antemano se sabe que va a negar la mayor. Lo que no puede consentirse, de ser cierto, es que se produzcan hechos como los denunciados en Ayamonte. Si la Diputación no se presta a investigarlos y corregirlos de inmediato, los discretos denunciantes estarían perdiendo el tiempo.

Vestido y libertad

Este verano ha dado mucho que hablar en casi toda Europa el caso de una mujer islámica a la que los encargados de una piscina municipal le han impedido bañarse en “burkini”, es decir, de una especie de burka compuesto por tres piezas, un amplio velo, una túnica generosa y un pantalón largo. Para empezar los empleados municipales se han limitado a esgrimir la razón reglamentaria que prohíbe el baño vestido en cualquier circunstancia por motivos de higiene elemental, lo mismo si se trata de un velo femenino que de un calzoncillo varonil. No se puede uno bañar con calcetines, eso es todo, ha venido a decir la autoridad respaldando a sus agentes, aparte de que no resulta admisible en ningún sistema de libertades admitir la autodiscriminación de la mujer en función de dudosos criterios morales de inspiración confusamente religiosa. El tema ha trascendido, sin embargo, provocando el replanteamiento del debate sobre el burka o niqab que comienza a dejarse ver por las calles de nuestras poblaciones europeas pero que, en definitiva, en una nación que soporta tan grave presencia de inmigrantes islámicos como Frrancia, no pasa de los 350 casos mal contados, según la policía especializada. Desde la Presidencia del país ya se ha advertido sin tapujos que esa prenda discriminatoria “no es bienvenida” en el país de las libertades y la propia ministra Fadela Amara, argelina de origen, ha descartado la tolerancia con un uso indumentario que oculta oscuras razones y consecuencias reaccionarias. Tal como se prohibió el velo se propone ahora –está en estudio dentro del Parlamento—proscribir un tipo de vestimenta que degrada a la mujer y funciona como ariete del radicalismo menos compatible con el uso democrático. Hay democracias viejas que no se tientan la ropa a la hora de tomar decisiones que son imperativos morales al tiempo que compromisos cívicos.

En última instancia, frente a semejantes causas del fundamentalismo siempre cabe oponer que carece de sentido que una mujer occidental haya de aceptar por sistema el vestido convencional en los países islámicos mientras sus mujeres pretenderían imponer por doquier una indumentaria que, al margen de su inviabilidad en nuestra órbita cultural, suponen, evidentemente, un signo claro contra el proyecto de integración que resulta obligado imponer. Ministras y aún reinas de nuestro mundo occidental han debido cubrirse la cabeza si no el rostro incluso durante las visitas oficiales a esas naciones, ya nos dirán qué sentido tiene aceptar que nuestras calles se pueblen de esa presencia fantasmal bajo la que, inevitablemente, la mujer es despreciada hasta extremos rayanos en la esclavitud. Europa parece que no va a aceptar el reto ni en la calle ni en la piscina. Aquí no sabemos aún que acabará decidiendo el obtuso multiculturalismo empeñado en conciliar lo incociliable y en olvidar unos derechos fundamentales.

Oficios peligrosos

Si desde la oposición va a pedirse en otoño la equiparación del enseñante al funcionario público para defenderlo frente a agresiones que así no serán faltas sino delitos, los sanitarios andaluces denuncian que, en su caso, ni siquiera esa providencia ha servido para frenar a los salvajes que en sólo un quinquenio han agredido a 600 profesionales. No se explica la incapacidad de la autoridad para proteger a unos trabajadores esenciales que, desde hace tiempo, vienen siendo progresivamente avasallados en plan bárbaro por unos usuarios de los servicios públicos que se creen sus dueños realengos y, desde luego, actúan impunemente como si lo fueran. Es necesario reforzar la protección y aplicar con severidad la normativa en una comunidad que no tiene por qué doblegarse ante un puñado de bestias.