Dos guiones

No debe pasar desapercibido que el lema más destacado en las crónicas de la beatificación de ZP en el Comité Federal se debe al presidente andaluz, José Antonio Griñán, que fue quien pidió al partido que no se deje “escribir el guión” de gobierno, en clara referencia a Prisa, ahora que parece haberse abierto la veda contra el holding del gonzalismo. Sin embargo la Junta de Griñán acaba de regalarle un millón de euros a ese grupo en apuros, siguiendo su línea tradicional de colaboración con él. A lo peor es que no resulta tan fácil renunciar al guión escrito desde fuera o eliminar antiguos compromisos. Eso pudiera explicar los dos guiones que aún parece seguirse, al menos en Andalucía.

El juego de siempre

Otra vez un pronunciamiento favorable a las balsas de fosfoyesos –ahora de los expertos de la Comisión Europea—y de nuevo la protesta de los críticos que reclaman, con razón, que estas “visitas” deben hacerse con luz y taquígrafos y no con nocturnidad y alevosía. Ahora vendrán los europarlamentarios y darán, a su vez, otra opinión que sumar a las innumerables ya emitidas. Todo menos formalizar una inspección aprobada por todos que de una vez para siempre despeje las dudas, lo mismo en este contencioso que en el provocado por las denuncias de insalubridad de nuestra tierra. Es triste pensar que si quien gobernara fuera el de enfrente, probablemente los papeles se invertirían entre defensores y críticos, porque eso indica que lo de menos para la política es el interés público.

El poder emergente

No es un secreto que la Unesco, esa dama blanca de la ONU para defender los derechos humanos y el diálogo entre las culturas, va de mal en peor. Estos días anda liada con la elección de un sustituto al director saliente sin conseguir sacar adelante la candidatura de Faruk Hosni, el ministro de Cultura egipcio desde hace decenios, a pesar del apoyo masivo de los países islámicos y de países occidentales como Francia y España a los que, por lo que se ve, les da igual que le da lo mismo que ese organismo esté en manos responsables o en las de un sujeto que se ha distinguido como un represor cultural en un régimen férreo como es el de Moubarak. La polémica, en todo caso, no viene de que Hosni cuente en su haber con páginas negras como su actuación censora, su indiferencia en la persecución de periodistas incómodos, su negativa a proyectos conciliadores como la apertura de un Museo Judío en El Cairo, su persecución de los blogueros o su apuesta por el negacionismo del Holocausto para la que contó con la ayuda de un Roger Garaudy –¡a quien tanto quisimos!– despeñado ya hace tiempo desde posiciones intelectuales eminentes a miserias como la propaganda antisemita. Pesa sobre Hosni una reciente proclama parlamentaria en la que aseguró, literalmente, que estaba dispuesto a quemar por su propia mano los libros judíos que encontrara en su país, barbaridad que recuerda las hogueras nazis o la odisea bradburyana de “Fahrenheit 451”. ¿Se puede representar aquel diálogo intercultural o defender los derechos humanos descubriendo de antemano semejante parcialidad? La candidatura de Hosni ha fallado ya dos veces en la asamblea pero el apoyo descrito se mantiene firme. Hay demasiados intereses de por medio. No digo ya a ZP, que por supuesto, sino sobre al propio Sarkozy, defender ese fuero en precario les importa un pimiento frente a lo que se juega frente al mundo emergente.

Más triste resulta, si cabe, el nulo eco que el pleito está teniendo en España, comparado con el intenso debate que ha abierto en otros países, singularmente en Francia donde lo encabezan prestigios de la talla de Henri-Lévy, Claude Lanzmann o Elie Wiesel, concordes todos en que un sujeto con la hoja de servicios de Hosni supondría para la UNESCO un más que probable fracaso. Es probable, sin embargo, que acabe imponiéndose el pirómano y censor, y vergonzoso para nosotros que, de conseguirlo, lo haga como el apoyo de un país como el nuestro empeñado, por otra parte, en figurar en la novedosa vanguardia de la ampliación de derechos. Y es verdad que la Unesco ha sobrevivido ya a no pocos lideratos pintorescos. Lo nuevo esta vez no está en eso sino en comprobar de qué manera prospera la irresistible ascensión de ese nuevo poder mundial a pesar del desafiante tono de su cultura.

Comida de las fieras

Lo de Estepona, la situación de su Ayuntamiento, está consiguiendo dejar en evidencia la realidad oculta de muchos consistorios para los que la política no es más que lucha por el poder. Consideren el espectáculo que supone que, frente a los abusos del gobierno municipal del PSOE (más tránsfugas, GIL y PA), la leal Oposición pretenda ahora dejarlo sin oxígeno restringiendo gastos a rajatabla, no tanto por el ahorro como por la obstrucción. Una pelea a cara de perro, en resumen, la comida de las fieras, que la Junta y el Gobierno deberían cortar por lo sano si no quieren acabar, como se les viene repitiendo, en otro marbellazo. Esto ya no es política sino pura miseria. Qué haya debajo de ese tinglado, ciertamente, no lo sabemos.

Valverde en candelero

Justa pero no poco ingenuamente defiende nuestro editorial de ayer que el concejalillo de Valverde que llamó ‘hijoputa’ al fotógrafo de El Mundo debe dimitir. ¡Pero, hombre, si acaban de hacer alcalde, aunque sea provisional, a un tránsfuga que, como el insultador, participó en la mariscada feriante pagada con factura de escayola! ¿Qué es peor insultar a un periodista o gastarse el dinero del pueblo en cigalas para pagarlas luego con una factura presuntamente falsa? Peor es, sin duda, lo de ese alcalde provisional, el gran Donaire, que fue quien presidió el festín con todas sus consecuencias. Porque lo que habría que preguntarse es cuántas mariscadas y cuántas facturas de “Escayolas Antoñito” se habrán permitido estos rumbosos. Un ‘hijoputa’ más o menos, a la vista está, importa bien poco.

Suicidios laborales

Se ha repetido no poco que en esta crisis, a diferencia de la del año 29, no ha habido que lamentar imágenes de mánagers y financieros arrojándose por los altos ventanales del rascacielos, lo cual no es de extrañar, en fin de cuentas, toda vez que no parece que haya sido ese segmento social el más afectado a pesar de que sobre el se volcó la ayuda incondicional de todos los países. Están ocurriendo, en cambio cosas que sugieren que la crisis ha repercutido con gravedad en el ámbito laboral y no sólo por la drástica reducción de plantillas sino por el endurecimiento de la exigencia empresarial sobre las condiciones de trabajo. En France Telecom, el gigante francés de las telecomunicaciones, se llevan contabilizados, desde febrero del 2008, nada menos que 23 suicidios de empleados antes de que hace unos días un abrumado trabajador de hiciera el harakiri en plena reunión de trabajo, al día siguiente, una joven trabajadora se arrojara desde una ventana y, poco después un tercero fuera descubierto inconsciente tras ingerir una fuerte dosis de barbitúricos. El propio Gobierno no ha querido permanecer más tiempo al margen de lo que parece una epidemia de suicidios provocados por las circunstancias laborales y que obedecería a un “efecto contagio” tan imprevisible como difícil de explicar. Despidos, alargamientos de jornadas, traslados y otras prácticas empresariales habrían provocado un estado de ánimo colectivo sobre el que nadie se atreve a pronunciarse pero en torno al cual toma cuerpo la teoría de que semejante reacción sugiere un endurecimiento anormal de la vida del trabajador que podría explicar esta sorprendente y desconocida tasa de suicidios. Treinta suicidios en un año sin salir de una sola compañía, son muchos suicidios, al margen de lo que acaben explicando los ergonomistas a los que, sin duda, recurrirá la empresa. Parece que va a acabar siendo posible darle la vuelta a la vieja guasa para decir que si el comunismo es la explotación del hombre por el hombre, el capitalismo es justamente todo lo contrario.

Hay muchas formas de suicidio, de todas maneras. Ya cuando la desregulación del mercado de trabajo conocida como “reforma Griñán”, es fama que el consumo de ansiolíticos y antidepresivos se disparó entre los asalariados comprometiendo el gasto farmacéutico más de lo que siempre lo estuvo. Y hoy aseguran los expertos que ese consumo es mayor todavía, sin contar con que ahora hay que contemplar también la baja por depresión que se ha convertido si no en masiva, casi. Este será un efecto de la crisis que no conviene dejar de lado mientras llega la recuperación. Hay en el mundo un millón de suicidios al año determinados por causas laborales. Malraux dejó dicho finamente que uno no se suicida más que para existir. Empresas y Gobiernos tendrían que procurar entenderlo.