Nuestro paradigma

Desde luego no se trata, como están haciendo el PSOE y el PP, de comparar cual de las dos formaciones viola más el Pacto Antitransfuguismo sino de aceptar que todos, sin excepción, lo practican desde el Poder cuando les llega la ocasión. Pero en Andalucía tenemos esta vez al paradigma perfecto del “caso Pajín” ocurrido en Benidorm, porque repite ce por be lo ocurrido en Gibraleón y, muy probablemente si no es con toda seguridad, repetirá también, cuando el momento llegue, su miserable desenlace: el PSOE fingirá la expulsión de los ediles rebeldes fugados en masa, pero consentirá encantado que se hagan con el ayuntamiento para, finalmente, recuperarlos con alfombra roja en las listas de las próximas municipales. Prueba del 9: verán como ni Pajín ni nadie se compromete negando esta última posibilidad. Hay demasiados intereses en juego para que pudiera ocurrir de otra forma.

El mundo en Valverde

Estos días no ha habido forma de encontrar en Valverde este periódico. Único revelador del escándalo de la mariscada municipal con presunta factura falsa celebrada en Feria, ha sido comprado a primera hora en la mayoría de los puntos de venta por mano misteriosa, evidentemente con la finalidad de mantener ignorante al pueblo sobre esta pirueta magnífica de sus ediles. Cigalas de tronco, gambas de cuerpo, bebidas largas y cortas a cambio de una inverosímil factura de “Escayolas Antoñito”. ¿Cuántas ocasiones como ésta habrán perpetrado sin que nos enteremos los abnegados socios del “pacto de progreso”? Se comprenden la ojeriza y las invectivas con que nos distinguen, pero no la inhibición de la fiscalía ante unos hechos que, por lo demás, empezando por el Ayuntamiento de Sevilla, son cada día más corrientes.

El otro mandil

Nuevamente la muy principal logia masónica del Gran Oriente francés ha decidido por mayoría excluir a las mujeres de su organización, al menos a “part entière”. Sabemos que la presión de la mujer por participar en la masonería se inicia en la misma Edad Media, aunque en realidad no pueda hablarse de integración propiamente dicha –el caso de Sabine de Pierrefonds es absolutamente excepcional y, en consecuencia, nada significativo—hasta que, superado el frenazo reglamentario que supusieron para la integración las Constituciones de Anderson de 1723, las llamadas “logias de adopción” permitieron, ya bajo el signo de la ‘Ilustración’, el funcionamiento de asociaciones masónicas femeninas sometidas, eso sí, a la autoridad superior de un varón de probidad demostrada, a las cuales concurrieron destacadas damas de la aristocracia, alguna, como es de sobra sabido, bien próxima a Voltaire y aún a la Corona. En la coyuntura actual, esa presión de las mujeres que quieren ser masonas se aferra al trasfondo igualitario de una época en la que carecería de sentido que las mujeres accedan al ejército, a la minería o a la judicatura mientras permanecen cerradas ante ellas las puertas de la asociación universalista e igualitaria por excelencia. Estos mismos días, ese rechazo del Gran Oriente francés, reabre la polémica más que secular sobre una integración que inquieta si no repugna a un colectivo tradicionalista y machorro que, ciertamente, discrepa de muchas logias permisivas que reconocen el derecho de la mujer a asociarse pero le niegan el de iniciación, aferradas a ese “sentido monástico” de la institución que han denunciado algunas logias femeninas. Nada supone que uno no entienda este empeño de las hembras (como el de ser mineras, combatientes o guardas jurados), que ésa es cuestión atinente en exclusiva al arbitrio personal. ¿No dijo el Guerra que “hay gente p’a to”? Pues eso.

En el marco del actual “revival” de esa sociedad secreta, la verdad es que no tiene pies ni cabeza el veto a las hembras, sobre todo teniendo en cuenta que esa parroquia cuenta con una abrumadora mayoría que procede de la izquierda progresista –sobre todo en el área de influencia de la masonería ‘regular” británica–, lo que supondría una insalvable contradicción ideológica. Otra cosa es, ya digo, la razón que pueda mover a la mujer a reclamar el derecho a ceñirse eso otro mandil que simboliza una moral simbólica independiente y planetaria, hasta ahora reservada a los machos del redil. ¿Por qué querrán esas masonas o aspirantes serlo en compañía de quienes las rechazan teniendo como tienen sus propias logias? Ni lo sé ni, francamente, me interesa demasiado. Me limito a señalar la sugestión de anacronismo que ofrece esa mentalidad contradictoria. No hay siglo XXI para los masones “comme il faut”. Las mujeres deberían pensarse si les merece la pena insistir ante esa puerta y explicar para qué.

El abandono como norma

Ha tenido que ser la UNESCO la que alerte a las Administraciones españolas, principalmente a la Junta, del estado terminal del mítico barrio del Albaícín granadino que, a pesar de ser “patrimonio de la Humanidad”, se encuentra literalmente abandonado y en manos de cualquiera. Un caso ilustrativo de la incuria autonómica, sobre todo teniendo en cuenta que Granada, aunque cueste creerlo, recibe al año tantos turistas como Marruecos entero. Ni la protección excepcional de que goza el Albaicín ha conseguido que tanta delegación de cultura como mantenemos en nómina se preocupe de semejante desastre.

Más sobre la mariscada

General impacto ha causado la información sobre la mariscada que organizaron los jefes del Ayuntamiento de Valverde, para disfrute propio y de sus consortes, durante la pasada Feria. No tanto porque unos sátrapas de tres al cuarto se pulan, en estos tiempos de hambre y paro, esa cantidad escandalosa en cigalas y gambas, sino por la desvergonzada exigencia a la marisquería de presentar una factura falsa a nombre de “Escayolas Antoñito” en concepto de inexistentes obras en la casa consistorial. ¿Por qué mantenernos en la duda, qué hace falta –aparte del ser del bando contrario—para que la Fiscalía intervenga y le meta mano a estos presuntos defraudadores? Por la democracia pero también por ellos mismos, la Justicia debe intervenir sin contemplaciones ante esta tremenda denuncia.

La democracia enferma

Es mala la inmensa mayoría de las informaciones que nos llegan desde Afganistán a propósito de las elecciones. Parece que no hay duda de que se ha perpetrado en ellas un fraude masivo, una vez liquidado el pulso entre los “señores de la guerra” que concurrían ahora con el disfraz pacífico. Cientos de denuncias por presuntos fraudes han sido obviadas a pesar de la recomendación oficial de “recontar” los votos allí donde algún candidato hubiera alcanzado el 90 por ciento de ellos o más. Karzaï, el “hombre más elegante del mundo” el candidato de Occidente, ha logrado su objetivo pero sin lograr despejar, ni de lejos, la sombra del escepticismo. Gran parte de la población no ha votado, además, rendida a la expeditiva amenaza de los taliban que no se han lo han pensado dos veces a la hora de cortar las orejas y la nariz a los votantes descubiertos, como ha referido en una crónica electrizante Renaud Girard, que constataba también la abstención masiva de las mujeres por decisión de los propios maridos. El humorista Ricardo se preguntaba en este periódico el otro día, por boca de uno de nuestros soldados en “misión de paz”, si España estaría allí protegiendo la democracia o el fraude electoral, pero la verdad es que ese fraude –en comicios generales o internos de los partidos—no es ya en absoluto privativo de los países a los que tratamos de imponerles por la fuerza el sistema de representación. No es que el pucherazo nos lo tenga que enseñar nadie a nosotros, pero quien quiera ver cómo van las cosas en nuestro entorno, que lea el explosivo libro de Antoine André y Karim Rissouli que, bajo el título de “Hold-ups, arnaques et trahisons”, circula ya por Internet, describiendo el pucherazo en toda regla con que, según ellos, Martine Aubry habría liquidado a Ségolène Royal en el congreso del PS celebrado en Reims. La partitocracia está destruyendo el sistema de representación en sus mismas bases y no sólo “in partibus infidelium” sino aquí mismo, en el ombligo de Europa.

Nadie quiere mentar la soga en casa del ahorcado, por supuesto, pero si desde USA o Venezuela a Irán o Afganistán pasando por Francia, se suceden los escándalos por fraude electoral, no hay duda de que el sistema que inventaron los griegos y del que el Occidente “ilustrado” ha hecho su bandera, atraviesa malos momentos. Aunque el fraude iraní o afgano no deba compararse con los perpetrados en nuestras grandes potencias democrácticas, en cuyo ámbito libre y ordenado el recurso a la trampa resulta incomparablemente más grave. ¿Cómo, por lo demás, podrían esos aliados censurar en los países forzados a democratizarse lo que dentro de sus fronteras practican hasta los teóricos adalides de la democracia? Puede que llevara razón el maestro Bourdieu cuando hace años nos avisó sobre la posibilidad de que, para sobrevivir, la libertad tuviera que recorrer nuevamente el largo camino por el que llegó.