IU se sube a la parra

No se ha andado con contemplaciones el coordinador de IU, Pedro Jiménez, al arremeter contra los dos grandes partidos. Al alcalde de la capital lo tacha de “suicida” acusándole de gestionar una política desentendida de la crisis. De la consejera de Medio Ambiente, dice que es “la peor consejera de la Historia”, así, ni más ni menos, por supeditar a los intereses y compromisos de su partido el bien general, aparte de no contribuir –tampoco ella—a la solución de la crisis creando empleo. No está mal para empezar un curso del que cabe esperar todavía una tremenda escalada. Pero sería de desear que la oposición radical tuviera algo más que intransigencia y dureza de boca a la hora de abordar la que nos aguarda.

La casa y la calle

La amenaza de la pandemia gripal nos ha devuelto la ilusión de que el lugar más seguro es siempre la casa. La calle es la intemperie, el espacio expuesto, la geografía del riesgo, mientras que la casa acogedora representa el refugio seguro, placentario, el “castillo interior” se me permiten la bella expresión teresiana, en cuyo ámbito nos sentimos protegidos frente al peligro, al menos imaginariamente. Hay por ahí muchedumbres que se están haciendo a la idea de un otoño casero como una suerte de penitencia tras el verano loco, como medio de evitar el contagio que se anuncia por tierra, mar y aire, y como si hubiera alguna garantía territorial frente a la ubicuidad de un virus que ha sido capaz, en un tiempo récord, de colonizar el planeta entero. Pues bien, ni eso parece que vaya a ser la solución, al menos si hemos de fiarnos de esos estudios científicos que aseguran que el aire que respiramos en el interior del domicilio es nada menos que cinco o diez veces más infecto que el de la calle, paradójica tesis que se apoya en la demostración de que nuestro actual modo de vida compromete la salud ambiental a causa de unas cien mil sustancias químicas de las que un buen número se aloja entre nuestras paredes y de las que apenas conocemos un mísero uno por ciento. Muebles, alfombras (moquetas sobre todo), materiales de limpieza u objetos de decoración, la propia atmósfera doméstica, resulta que son auténticos veneros de microorganismos agresivos o moléculas peligrosas, sin contar con que los propios materiales de construcción emitirían al ambiente numerosas sustancias que la OMS tiene acreditadas como cancerígenas. A ver qué hacemos este otoño, pues, si en la calle nos acecha la pandemia y en casa nos amenaza esa cuadrilla de enemigos íntimos.

 

Me parece que la vaguedad de las opiniones y consejos de la autoridad está contribuyendo a crear en torno al peligro que viene un halo de ambigüedad que va a costar Dios y ayuda despejar cuando llegue el momento crítico. Y me pregunto si tanta profiláctica propaganda, al exacerbar la prevención psicológica, no acabará contribuyendo a descolocar a un individuo que se va quedando progresivamente sin territorio sobre el que aguantar el tirón. Probablemente –Dios lo quiera– la pandemia anunciada no pasará de ser uno más de los grandes sustos que la sociedad medial parece necesitar para subsistir, pero de momento ya sabemos también que, cuando pase, dentro de nuestro propio cubil seguirán acechándonos otras amenazas no menos inquietantes.

Quién sabe si acabaremos todos acampados bajo las estrellas. No se le escapó a Le Corbusier que el urbanismo moderno –nuestra civilización y sus problemas—podría devolverle a la especie su impronta natural.

La costumbre del lugar

Nunca escuché una justificación más ilustrativa de la corrupción que la proporcionada al mismísimo juez por el ex-alcalde de Bollullos del Condado (PSOE) tras ser acusado de tramitar ilegalmente las obras municipales: “Es como se hacía siempre”, dijo, el hombre. Reconoce que las obras se hacían sin consignación presupuestaria y contra el informe de la Intervención, pero insiste en que ésa era la costumbre y que no ve en ello nada punible. ¿Cuántos Bollullos hay en Andalucía, cuántos alcaldes como ése hay en España? Lo malo de la corrupción no es ya siquiera que se perpetúe sino que se justifica por la autoridad política. Alí Babá no la habría tenido tan dura.

Respaldar la ilegalidad

Grave que el ex-alcalde bollullero, Carlos Sánchez, reconozca sin asomo de arrepentimiento, haberse saltado la ley a la hora de gestionar el Ayuntamiento –lo que según él era un hábito de la casa– en unión de sus compañeros imputados. Pero mucho más grave es que el PSOE los respalde porque, cuentos solidarios aparte, eso implica aceptar la ilegalidad como norma corriente en la vida pública. ¿Cómo luchar contra la corrupción y la ilegalidad si desde el Poder se ampara a los corruptos y a los ilegales? El PSOE onubense se ha metido en una ratonera de la que sólo el descaro le permitirá salir airoso.

El líder popular

Mucha gente se ha echado las manos a la cabeza ante la visita entusiasta que el maestro (he dicho “el maestro” para que no quede abierta la menor duda) Chomsky al líder venezolano Hugo Chávez, el mismo que con su cita en la ONU logró relanzar las ventas de su obra “Hegemonía y supervivencia” al recomendar su lectura –a pesar de creerlo muerto y enterrado para entonces– a un pueblo americano para rescatarlo de los Superman y los Batman. No entiende el personal esa visita al caudillo autocrático que ha enfrentado en dos bandos al país, ha instaurado una férrea censura cerrando no pocos “medios” considerados hostiles al “régimen” o ha contemplado impertérrito cómo sus partidarios armados cruzaban balaceras contra el rival indefectiblemente apoyados por el ejército y la policía. Y no es fácil de entender, por supuesto, a menos que ampliemos la perspectiva y consideremos el asunto en el marco de ese complejo y duro neopopulismo que está haciendo estragos en la mentalidad democrática al defender que ese modelo es “una manera de construir lo político” como otra cualquiera –por decirlo con palabras de Ernesto Laclau—admitiendo, en consecuencia, su bondad posible, a pesar de que su esencia no es otra que la consideración del “jefe” por encima de la Ley, y en evitación de que la democracia “se convierta en administración”. Chomsky y Chávez han apuntado ambos a las elites presuntamente explotadoras, siempre en línea con la idea de que cuando el pueblo se lanza a la acción (la sombra de Perón es alargada) ha de hacerlo identificándose con ese liderazgo carismático que sólo el prejuicio “liberal-democrático” (Laclau otra vez) es capaz de deslegitimar. Chávez mismo sería una garantía para la democracia a pesar de los pesares. Ya tiene ese autócrata dos panegiristas: Noam Chomsky y Jorge Verstrynge.

El neopopulismo avanza con paso acolchado entre las semirruinas de un sistema de libertades seriamente averiado y en el que se ha perdido el norte hace bastante tiempo. Utiliza un lenguaje radical en el se trata de rescatar la noción de pueblo distinguiéndola, por ejemplo, de la de “multitud” que propuso Negri, y por supuesto, como si estuviéramos hablando de algo nuevo, recién horneado, y no de una instancia inmemorial de sobra conocida, con sus bondades y problemas, como sujeto histórico y político. No se acuerda de Perón ni del “franquismo sociológico” ni del montaje paternalista de Caecescu ni de tantos otros ejemplos ciertamente para no olvidar, sino que admira deslumbrado el vigor de una nueva política práctica, nada escrupulosa, expeditiva hasta donde haga falta. Y eso es lo que parece que le ocurre al viejo maestro al que, de verdad, no logro imaginarlo ante el televisor escuchando las jactanciosas sandeces que difunde cada domingo el programa “Aló, Presidente”. Uno no es nadie para juzgar a un viejo y ejemplar maestro, conforme. Para asombrarse de sus ocurrencias, sí.

Crisis en el lupanar

Los explotadores de la prostitución ya nos e esconden sino que hacen grandes publicidades y hasta se permiten el lujo de anunciar rebajas. O sea que mal deben de andar las cosas por ahí, incluso antes de que a esta región de parados (un 30 por ciento, pronto), de mileuristas (más de un 70 por ciento). parias pensionados y unos cientos de miles de funcionarios le suban los impuestos como anda anunciando un Gobierno que prefiere que el cinturón se lo aprieten los demás en lugar de apretárselo él mismo. Ese cartel de carretera ya famoso es un síntoma y un aviso. El que no lo vea es que no quiere verlo.