Si te vi, no me acuerdo

¿Los puentes de Manterola, aquel prodigio modernista que el PSOE se sacó de la manga, en plenas municipales del 2007 como quien saca de un sombrero de copa dos conejos y una paloma, y que iban a costar –ni el Gobierno ni la Junta regatean cuando se trata de Huelva, ya saben—no menos de 150 millones de euros? Pues que si quieres arroz. Se construirán –quién podría dudarlo, incluso en Huelva– pero ya veremos cuándo, porque el PSOE se acaba de dar cuenta de lo que entonces no se tuvo, a saber, la sostenibilidad, la participación, el diálogo y todo eso. O sea que no habrá puentes a Punta Umbría de momento, a pesar de los colapsos de tráfico. Menos mal que la canoa funciona todavía.

El arte pecador

Acabo de devorar un libro de factura excepcional que trata sobre el problema del arte contemporáneo, las causas de su desenfrenada evolución y su gramática parda, de tanto éxito oficial como evidente fracaso popular. Está escrito por un autor joven y culto, José Javier Esparza, en cuyas antípodas ideológicas me encuentro en tantas cosas pero con el que coincido plenamente en su análisis de esta curiosa enajenación colectiva en que se está convirtiendo el insólito mundo de las “performances”. Ya en 1925 avisaba Ortega de que ese “arte nuevo” era “impopular por esencia; más aún, siempre lo será”, lo cual decía mucho viniendo de un elitista acreditado como él. Allí, en “La deshumanización del arte”, encontraríamos más de una idea que hoy renueva Esparza al analizar “Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo” (ed. Almuzara), a saber, el culto a la novedad, la ininteligibilidad, la laxitud del soporte, su naturaleza efímera, su nihilismo fanático, su enfeudamiento con el Poder, el naufragio de la subjetividad del autor y la desaparición de la belleza, que han convertido ese ejercicio estético en un disparate o en una estafa. Un arte que vende productos como la famosa “Mierda de artista” de Manzoni, cadáveres en formol o hasta los estragos de la cirugía estética sobre el propio rostro (‘body-art’), Cristos erectos o muchachos ahorcados, cuando no elimina la realidad y renuncia a los tradicionales instrumentos expresivos, comienza y termina en la presunción gratuita de que la novedad es el valor estético en sí, es decir, en un fracaso rotundo del que sólo el Poder interesado puede rescatarlo. Esparza refuerza a Ortega en la idea de que ese “no arte”, nihilista y regresivo, “tiene a la masa en contra suya y siempre la tendrá”, pero añadiendo por su cuenta, con razón, que también tiene en frente a las elites independientes y libres para las que la historia de la cultura es algo más que una pirueta narcisista o un sacaperras.

 

Un tema que viene a ser como escribir en el agua, y lo será mientras semejante anticultura convenga al vigente proyecto de dominación social. Pero yo no lo había visto resumido y criticado con tanta pericia conceptual como en este libro de excepción, al que no le arriendo la ganancia cuando llegue a oídos de la influyente “transvanguardia”, ésa de la que Valéry decía que todo cambia en el mundo menos ella. Un serio aparato crítico apoya el discurso de Esparza al hilo de la brillantez solvente de su sentido común, que ni siquiera cabe intentar resumir en estas líneas, pero que le otorgan una solidez que a más de uno lo hará subirse por las paredes. No es verdad el dicho de Miró, tantas veces recordado, de que el “arte está en decadencia desde las Cavernas”. Sí lo es que hay mucho bergante subvencionado que lo está convirtiendo en un lamentable tocomocho.

La cámara de cuentas

No he escatimado aquí críticas y hasta varas a la Cámara de Cuentas, ese órgano de extracción parlamentaria y, inconsecuencia, inevitablemente suspecto de partidario o connivente con el Poder. Pero hay que reconocer –al margen de las imprevisibles explosiones de Cabrera Bazán, su anterior presidente—que la Cámara, aún desprovista de capacidad coercitiva, está contribuyendo a lo grande a dejar en evidencia el festín del “régimen”. Lo último ha sido el abuso de las empresas públicas, otro gran secreto de Pochinela, que debería acabar en los tribunales pero ya verán como no pasa de contados periódicos. Si esto no la absuelve al completo, desde luego le restituye una respetabilidad imprescindible.

Libertad pero menos

El sindicato UGT ha descabezado la candidatura que pretendía competir en el próximo congreso provincial con la dirección oficialista. Está muy bien el pluralismo y todo eso pero no tanto si llega a cuestionar los designios del mando que, como antiguamente decían algunos, “siempre lleva razón”. Dice el beneficiado y protegido, Jorge Puente, actual secretario general, que “lo normal, es que haya continuidad”, es decir, que lo dejen seguir a él y nadie pretenda ponerse en su lugar (ni en su nómina) ni siquiera por vía legítima. Esta clase política profesionalizada defiende su continuidad con uñas y dientes. El resto es prescindible.

Libertad y control

Entre las leyendas de la clandestinidad había una, ignoro hasta qué punto real, que aseguraba que  los servicios policiales encargados del DNI introducían en los correspondientes a personas políticamente sospechosas, señas fácilmente identificables como un espacio entre las letras del nombre y fallos por el estilo. Siempre fue vista la documentación con aprensión por el ciudadano y, en especial,  por el de las sociedades democráticas consolidadas, como lo prueba que en los EEUU, ni siquiera después del tsunami del 11—S exista ese documento para nosotros ya tradicional. Tampoco existe en Inglaterra desde que Churchill lo suprimió al final de la Guerra, donde un proyecto de Blair posterior a los atentados de Londres naufragó ante la enérgica reacción de grupos defensores de las libertades civiles apoyados por diputados laboristas y, ni qué decir tiene, con la firme oposición de los ‘tories’, ese conservatismo inglés cuya impronta cromwelliana no hay quien la despinte. Casi todos los países europeos cuentan con su carta de identidad o, como Dinamarca, con su fichero central de la población, aunque haya algunos, como Francia, en el que es gratuito pero no obligatorio, mientras una fuerte oposición se opone a la pretensión gubernamental de reforzar los controles con bases de datos ciertamente invasivas que incluso incluyen a los menores. El caso más llamativo es el de la India que prepara un sistema de identificación universal (bastante más de 1000 millones de números asignados) para controlar a una población que con frecuencia duplica la personalidad (para obtener ayudas, por ejemplo), por lo que se esperan aquel posibles sorpresas antes de que sea posible censar seriamente tan vasta muchedumbre, entre ellas la comprobación  de que al menos un millón de indios pudieran ser sencillamente ficticios.

 

Es el terrorismo, por supuesto, la causa de la visible tendencia controladora del Poder un poco en todos los países afectados, pero ni esa causa rotunda ha sido capaz de diluir la ancestral desconfianza hacia el control de las personas libres que, en su origen, estuvo ligado a simples objetivos fiscales o recaudatorios. Los ingleses no quieren ni a tiros llevar en el bolsillo un certificado de sí mismos y menos aún permitir que una máquina les registre el iris o almacene su ADN, pero no es exclusiva de ellos la prevención ante el poder controlador del Estado, en el que ven una amenaza a su libertad y a su vida privada. Un inglés o un yanqui se dejan fichar gustosos en el pasaporte para garantizarse en el exterior el privilegio de su identidad nacional. Spencer sigue vivo en el inconsciente de esos pueblos. Ni con lo que llevamos pasado, el carné ha logrado ser en el nuestro algo más que una prótesis obligatoria.

Aprobar en la “delega”

No se le puede propinar golpe más fuerte a la autoridad docente que cuestionarle su indivisible derecho a calificar al alumno. Nadie puede aprobar o suspender más que el profesor, y en caso de presunta arbitrariedad, además de la Inspección, ahí está la Justicia. Pero que un delegado de la Junta apruebe por decreto a los alumnos suspendidos por sus profesores constituye un auténtico atentado a la norma y al sentido común. Y se aprueba desde la Junta –ésta reciente no es la primera vez–, sobre todo cuando se mueven bien los palos de la influencia electoralista. ¿Ésta era la prioridad que Griñán prometió dar a la enseñanza? Algunos, a pesar de todo, seguimos confiando en que no.