Más sobre correas

Mientras el secretario regional, Manuel Pastrana, amaga con echar la gente a la calle ante la pasividad de la Junta y del Gobierno en la crisis industrial onubense, la “correa” onubense sigue haciendo su papel. Pero por más que Luciano Gómez insista en la responsabilidad del Ayuntamiento de la capital en esa crisis, a pocos trabajadores va a engañar a estas alturas en todos saben qué ha hecho cada cual y también que ha dejado de hacer. No se debe politizar este asunto, conformes, pero a la vista está que en Huelva no hay talante ni talento para unirse en un frente cerrado a favor del trabajo. Pesan demasiado los compromisos políticos, en uno y otro bando. Y esa es una pésima noticia para los trabajadores amenazados.

La gran camada

Son muchos los datos que apuntan a que tal vez el peligro de extinción de las especies –sin duda cierto en principio—no es tan grave como lo pintan. Ahí tienen al zoo de Córdoba ofreciendo intercambio de los linces que le sobran como consecuencia de la proliferación de los suyos que, en este momento, parece ser que no les caben ya en las jaulas. ¿Cómo es posible –se preguntará un lego—que resulte tan fácil reproducir a esa especia famosa por los cuidados y presupuestos que ha logrado concitar? Por ahí corre el rumor, de procedencia ecologista por si fuera poco, que el actual sistema de protección animal, concretamente el que beneficia al lince de Doñana, no es más que un despilfarro inútil explicable sólo por ciertas tramas de intereses que convergen en el negocio y una experta en la materia acaba de sostener en una universidad de verano andaluza que destinar fondos a pocas especies que, además, se encuentran críticamente amenazadas no es más que “tirar el dinero, puesto que esos recursos se podrían dedicar a otras especies con menor índice de amenaza, posibilitando abarcar una mayor variedad de especies”. No se entiende nada. En Provenza, hace unos días solamente, los ganaderos han clamado al cielo tras las hazañas de un lobo feroz que habría liquidado de una sentada a ochenta ovejas, una escena más que conocida en España donde se han hecho tantas campañas de protección del lobo como maniobras de descaste. El ministro francés de Ecología, Jean-Louis Borloo, ha llamado a una movilización general que consiga diezmar la inmensa piara de jabalíes que la protección ha acabado por provocar, dado que el número de cochinos aumenta anualmente el doble de los cazados por los monteros: han pasado en poco tiempo de temer la crisis del jabalí a asustarse por ese medio millón de ejemplares que aumenta cada año las reservas. Es posible que al animalismo le falten algunas mareas pero, en todo caso, la Madre Naturaleza parece que se las sabe todas.

Todo indica que seguiremos, no obstante, dispensando el mismo trato de privilegio a esas tareas conservacionistas que dividen a los propios expertos en bandos irreconciliables y que no dejan de provocar cierta perplejidad entre los ciudadanos que advierten cómo la noticia del atropello del lince recibe en los medios, por lo general, una atención notablemente superior a la que recibiría el de un peatón. Y mientras, los linces multiplicándose en camadas ante las que el zoo no da abasto, o el hermano lobo creciendo sobre las previsiones, como dicen que está ocurriendo también con el oso nórdico en algunas regiones. Aquí hacemos siembras de conejos o construimos pasos subterráneos para el lince ibérico mientras no sabemos que hacer durante años con manadas de chabolistas sin techo. Algo no encaja, evidentemente, en este humanismo animalista cuando estas cosas ocurren y ni siquiera llaman la atención.

Costa amenazada

Informa la mismísima Dirección General de la Marina Mercante que ninguna región española aventaja a Andalucía en el número de accidentes petroleros con vertidos al mar. De hecho, es cosa asumida que la Bahía de Algeciras sobrevive de milagro (hay algún barco hundido y sin rescatar hace años a pesar de su peligrosa carga) y son muchas las voces que nos alertan de que algo similar o peor puede acabar ocurriendo en la costa onubense si prospera el proyecto, avalado por Zapatero en persona, de construir un oleoducto Badajoz-Huelva. Toda la costa occidental andaluza, que depende para vivir del turismo, se vería así amenazada sin remedio. Queda por ver si el compromiso con los “amigos políticos” supera a esta obvia consideración que concierne al bien común.

Se rompe la correa

Parece que se ha roto, al menos incidentalmente, la famosa “correa de transmisión” ugetista. El sindicato está desbordado por los quiebros y camelos oficiales, y lo está al extremo de tenerse que plantar el responsable regional, Manuel Pastrana, anunciando que se revolverá contra la Junta y el Gobierno con acciones públicas en el caso de que no se vea un movimiento confiable en la crisis aguda de la industria onubense. Cosas como ésa no se oían aquí desde la época de las huelgas generales y sorprenden tanto más en vísperas del acuerdo de concertación social del que viven los síndicos. Mal deben de andar las cosas, evidentemente. Peor, seguramente, de lo que suelen contarnos.

Fútbol para todos

El fútbol ha servido siempre al poder en Argentina. A la Junta Militar la sacó de su aislamiento cuando el Mundial famoso y luego hemos sabido que hasta se llegó a excarcelar de sus ergástulas a algunos secuestrados políticos de la dictadura para pasearlos por Buenos Aires en plena euforia futbolera. Hay que conocer, desde luego, lo que es el fútbol en aquel gran país en el que una parroquia no tan testimonial rinde culto de latría a un sujeto como Maradona y en el que los partidos de alto riesgo se liquidan frecuentemente con riñas tumultuarias cuando no con balaceras. Lo último en este negocio ha sido la decisión de la presidenta Kirchner de garantizar el “derecho a ver el fútbol” que asiste a todos los argentinos y no sólo a aquellos que disponen de medios para pagarse la tv privada, un proyecto que, según ella, supone la “democratización de la sociedad argentina” y contribuye a la imprescindible igualdad entre las clases. Maradona está encantado hasta el punto de regalarle a la primera dama –que atraviesa su peor momento político—una camiseta con su nombre y firma, como reconocimiento a este gran gesto de Estado que costará al contribuyente 110 millones de euros, una cifra prohibitiva en una nación que mantiene a importantes grupos de población bajo el umbral de la miseria y a amplios sectores sociales incluso en situación de desamparo absoluto. La Kirchner no ha podido explicar, claro, cómo su patrimonio conyugal se ha visto multiplicado por tres en un abrir y cerrar de ojos, ni ha conseguido espantar ese fantasma personal acusando los potentados del país de la penosa situación económica que atraviesa, pero ya ven cómo ha intentado convertir el fútbol en un insuperable aliado demagógico. Los evergetas romanos hacían lo propio con sus “circenses” pero los pagaban de su peculio. La demagogia postmoderna los carga a la cuenta colectiva.

También en España sabemos lo nuestro de guerras del fútbol y de elocuentes armisticios impuestos por los Gobiernos, pero hay que reconocer que no habíamos llegado nunca a la ocurrencia argentina a pesar de la amplia experiencia en ese negocio que nos legó el franquismo. Los demagogos de hogaño han perdido por completo la vergüenza, con independencia de que se conduzcan con la ingenua audacia del postperonismo o que lleven a cabo sus planes aprovechando –como es nuestro caso—la descomunal imbricación del deporte en la vida diaria que propicia un determinado modelo de difusión mediática. Es impresionante el espacio concedido hoy en esos medios al deporte en general y al fútbol en concreto, aunque, de momento al menos, no hayamos proclamado ese “derecho a ver el fútbol” con que la corrupción argentina pretende tapar sus agujeros negros. Franco sacaba al Lute del desván cuando había que tapar problemas como hoy se detiene a la Pantoja de madrugada y la Kirchner paga el fútbol para todos. No cabe duda de que cada maestrillo tiene su librillo.

Frentes de juventudes

Está siendo muy reveladora la pelea entre las organizaciones juveniles de PSOE y PP, provocadas por la denuncia lanzada desde el Consejo Andaluz de la Juventud de estar siendo coartado por la Junta a causa de sus opiniones públicas. Los alevines de derecha e izquierda reproducen fielmente el modelo dialéctico de sus mayores, en un lastimoso alarde de partidismo que rechina en esos niveles políticos. Los partidos hacen mal convirtiendo sus movimientos juveniles en réplicas de la competición adulta y convirtiéndolos, de hecho, en escuela de mandarines con nómina y todo. Vendría como agua del cielo una renovación generacional continua de nuestra política que, sin embargo, no tendrá sentido si los jóvenes se limitan a consagrar el viejo cainismo.