Médicos y médicos

El mismo SAS que hace años despachó sin contemplaciones a los médicos al cumplir 65 años en lugar de mantenerlos hasta los 70, como era la norma de siempre, autorizará ahora a los facultativos rurales a continuar ejerciendo durante ese periodo. ¿Para paliar el déficit y garantizar el servicio? Pues uno diría que más bien porque de lo que se trataba con aquel despido era renovar las jefaturas clínicas con profesionales adictos, mientras que en los pueblos, al no haber jerarquías, resulta innecesaria la medida. Son los médicos críticos desde sus cargos hospitalarios los que incomodan al SAS y por eso los echaron y los echan. Aquellos que no tienen voz o la tienen apenas audible, bien pueden seguir en el tajo resolviéndole al problema a la Junta.

Los malos modos

Menos mal que ‘hijoputa’ no constituye insulto, según acaba de sentenciar un tribunal, porque si no habría que hacer algo con ese concejalillo de Valverde que ‘hijoputa’ ha llamado al fotógrafo de El Mundo, convencido de que iba a “cazarlo por lo de la mariscada”. Se ponen ciegos a costa del erario, recurren presuntamente al uso de una factura falsa, y encima, quieren pasar desapercibidos y sin dar explicaciones, cosa no poco lógica porque en ese indecente asunto no hay nada que explicar como no sea al fiscal. Lo que de todas maneras debe averiguarse es qué hay de verdad en que el Ayuntamiento de Valverde haya pagado a una marisquería con una factura de “Escayolas Antoñito”. Se comprende que ni los gourmets ni sus jefes (de Huelva, de Sevilla) quieran decir ni pío sobre el asunto.

Pederastia legal

Una niña de 12 años, Fawzia Abadía Youseff, menor de un familia numerosa en un pequeño pueblo yemení, ha muerto desangrada como consecuencia del parto que en su casa natal se le fue de las manos a las comadronas y por la que nada se pudo hacer en el hospital al que finalmente sería trasladada. Es la tradición, compréndanlo, es la sombra de la leyenda de los esponsales del propio Mahoma con su esposa Aïsha nada más cumplir ésta los 8 años, una leyenda que, convertida en novela, fue retirada del mercado no hace mucho por presiones de influyentes sectores islamistas. Claro que es también la pobreza extrema, la indigencia de familias para los que la carga que supone criar a una hija puede convertirse en un negocio vendiéndola en un matrimonio concertado. En Gaza, patrocinada por Hamas, se ha celebrado recientemente un bodorrio masivo en el que contrajeron nupcias 450 parejas en las que la mayoría de las “esposas” eran menores de 10 años, algunas incluso impúberes, y a la que asistió oficialmente algún alto representante de la organización que justificó la “costumbre” apelando al derecho inalienable de los varones a agenciarse el gozo y la felicidad. Es posible que el caso de Fawzia haga posible la aprobación de una norma estableciendo la edad matrimonial para las mujeres en los 17 años, como es cierto que acaba de conocerse el primer caso de divorcio conseguido a favor de una menor casada a la fuerza a los 10 años, a lo que habría contribuido bastante la difusión en Internet del conmovedor relato de Nojoud, su desdichada protagonista. Pero queda mucha tarea por delante para erradicar lo que no es sino pura y simple pederastia, todo lo tradicional que se quiera, pero pederastia. El Centro Internacional de Investigaciones sobre la Mujer sostiene que en el mundo hay en este momento 51 millones de niñas casadas. Si esto no es un conflicto de civilizaciones que venga Dios y lo vea.

Conformes en que la tradición tiene su indiscutible peso en semejante atrocidad, pero no cabe discutir que si en pleno siglo XXI se mantiene esa lacra, la causa hay que buscarla en la pobreza generalizada, lo que quiere decir que la desnaturalización consentida incluye, además de a los insensatos pederastas, a los padres desnaturalizados por la propia necesidad. En España tenemos cada dos por tres casos de niñas enviadas por sus padres a Marruecos y otros países islámicos para contraer matrimonios concertados, es decir, para ser vendidas como esposas-esclavas, y nada demasiado diferente han señalado en Francia diversas organizaciones. Un problema de solución no fácil, seguramente, pero una niña de diez desangrada en su parto precoz no consiente excusas. La globalización impone, qué duda cabe, la inevitable homogeneización de las costumbres y la aceptación de unos mínimos morales, como diría Adorno, capaces de garantizar el fin de la barbarie. No aceptarlo no es sólo aceptar la diferencia sino hacerse cómplices de la infamia.

Sobre mojado

No le han dado tiempo a Chaves y su partido ni a terminar su dudoso discurso sobre el transfuguismo. Ahí tienen al alcalde de Estepona –esa calamidad cada día más parecida, por tantos conceptos, a la vieja Marbella—poniéndole la alfombra roja a la nueva tránsfuga del PSOE que se ha buscado la vida incorporándose a ese gobiernillo municipal a seis bandas, que más le valía al Gobierno disolver antes de que sea tarde como lo fue en Marbella. No todos estos lodos proceden de los polvos de Gil, evidentemente. Aquí el más tonto hace un reloj y con un Ayuntamiento en las manos, a la vista está lo que puede hacerse.

Todo para Huelva, sin Huelva

Nada se sabe en concreto sobre los motivos de la preferencia de la Diputación para elegir a la empresa sevillana ‘Entre3’ antes que a una onubense, pero tampoco es que sobre ella sobren referencias maravillosas. También se ignora cómo se le ha asignado el pelotazo, si hubo publicidad o simplemente se llamó a los elegidos a dedo. Y no puede saberse porque el PSOE tacha de catetos a quien lo pregunte (a los empresarios, a los ‘medios’) y porque la presidenta se considera tan por encima de esa pequeñez que no comparece para explicarlo ni a tiros. Y tiene su importancia esa explicación, porque eso de “todo para Huelva pero sin Huelva” no tiene pase.

Desacato rentable

En Tikrit, el pueblo natal de Sadan Husein, han inaugurado un monumento al zapato que Mountazer Al-Zaïdi, el periodista de tv que lanzó su doble zapatazo al presidente Bush durante su última visita a Irak. Al-Zaïdi acaba de ser liberado tras prosperar su recurso y reducirse a uno su anterior condena a tres años, y ha sido recibido como un héroe por altos dirigentes políticos que lo esperaban a la puerta de la cárcel, mientras le llueven ofertas de trabajo dentro y fuera de Irak y la cadena en la que trabaja le regala una casa en Bagdad además de abonar religiosamente sus haberes durante el tiempo que ha permanecido en prisión. Un chollo, vamos, lo del zapatazo a Bush, lo que para nada trata de restarle “méritos” a la tremenda osadía del agresor ni cuestionar las muchas razones que pueda tener tanta gente en este mundo para arrearle a Bush con lo que sea. Eso sí, no parece razonable confundir la intemperancia o la mera brutalidad con el lógico derecho a la protesta, y menos dar por bueno y hasta por heroico que se atente, en la medida que sea, contra altos dignatarios en visita por el extranjero, porque ni que decir tiene que semejante criterio aniquila el fundamento de la inmunidad diplomática además de constituir una insensata patente de corso en manos de cualquier irascible o, simplemente, de cualquier avispado buscavidas. Esa estatua de una tonelada y rellena de tierra de la que emerge un bonsái tiene incluso nombre, “Estatua de la gloria y de la generosidad”, algo que hay que ser muy fanático para no considerar exagerado desde cualquier punto de vista. Al-Zaïdi ha hecho carrera no con un largo trabajo o con un acto realmente heroico sino con un simple par de zapatazos y eso, por más que los horrores de la guerra y sus atrocidades nublen la vista al personal, es una mala noticia para cualquier profesión y, muy especialmente, para la del periodismo. Aviados iríamos si cada uno fuera libre de estamparle el calzado en la cabeza al prócer de turno al que detestara. El heroísmo es una cosa muy seria además de muy exigente.

Estas son las consecuencias, por supuesto, de la desmoralización de amplias capas de población en este mundo desgarrado. No hace más que unas semanas fue un escándalo la ocurrencia de unos galeristas antisemitas de exponer grandes retratos de vírgenes cristianas con el rostro superpuesto de las suicidas asesinas que el islamismo radical está produciendo, como si la obra de esas heroínas no fuera un crimen abominable explicable sólo por la locura inducida que padecen ellas y su entorno. No es fácil poner reglas a la exasperación pero resulta obligado plantarse ante la vigencia de ese talión ancestral con que se cierra el círculo maldito de la injusticia y la violencia.