Los amigos políticos

La amistad política es casi siempre sospechosa en España. No se puede ser independiente en este país al punto de ser de izquierdas y admirar a Ortega o tomarse unas copas con Javier Arenas. La Historia de España –una historia dura, como casi todas—quebró definitivamente con la guerra civil que empezó, desde luego, mucho antes de cuando se dice. En Sevilla, antier mismo, unos mequetrefes consistoriales, erigidos en arcángeles flamígeros de la pureza democrática y tras haberlo autorizado, han prohibido un homenaje que se proponían hacerle a Foxá, el excelente novelista Aquilino Duque y el joven literato Antonio Rivero, con el argumento cavernícola de que el conde había sido amigo de José Antonio Primo de Rivera. ¿Amigo de José Antonio? Bueno, amigos de José Antonio fueron, si la memoria no falla, don Indalecio Prieto, el sindicalista Pestaña (¡que le propuso la fusión!), el propio Ortega, Sánchez-Román y tantos otros, entre los que se ha sostenido con aplomo que estuvo también Federico García Lorca. Y mil más, como es lógico y natural, tratándose de quien era y no careciendo de talento como es notorio para cualquiera que conozca su obra y no sea un fanático. No hay quien acabe en España, ni para bien ni para mal, con la tradición de los “amigos políticos” heredada del canovismo, esa idea hurtada a mejor contexto, que sostiene que “quien no está conmigo está contra mí” y, en consecuencia, aquel que esté con el Otro, aunque sea tomando una copa ocasional, es mi enemigo y como tal debe ser tratado, incluso si se tercia de arrebatarle derechos tan fundamentales como el de expresión. De este modo, un par de mindundis sin mejor oficio que viven del Ayuntamiento sevillano, decretan hoy el ostracismo de Foxá –y no quiero ni pensar que serían capaces de decretar mañana—mientras se dedican a enviar dinero a las tiranías de Sudamérica. Los trabajadores deberían saber por cuánto nos (les) salen estos gastapanes inquisitoriales y ver por alguna cerradura su jornada de trabajo. Dudo de que los siguieran votando.

A Prieto mismo, el amigo de José Antonio, han tratado de dedicarle sin éxito una plaza sevillana los mismos censores que prohíben a Foxá, toda esta caterva oportunista que desde hace unos años vive de los muertos, como los gusanos, esos metazoos voraces. Juaristi ha señalado como nuestra generación recuperó al propio Foxá, junto con Sánchez-Mazas o Ruano hasta ponerlos de moda. ¡Pero qué sabe esta tropa de literaturas! Seguro que si Aquilino propone concelebrar a Ridruejo – a quien traté y quiero tanto, y siendo amigo de quien fue—le tocan las palmas. Y no me extiendo no sea que se enteren los ignaros y para qué queremos más.

Marcha atrás

Aquí todo el mundo es municipalista hasta que deja de serlo. La Junta, mismamente, es más municipalista que nadie pero no cede competencias ni a tiros a los Ayuntamientos y menos aún les reparte dinero. Ahora acaba de aprobar dos anteproyectos de ley que deberán atravesar el desierto parlamentario antes de dar sus frutos, lo cual la ha llevado a dar marcha atrás en el pacto unánime alcanzado hace poco para que la ayuda se produjera desde el 1 de enero del 2010. Los pactos son papel mojado cuando se trata de soltar la pasta, supremo instrumento de la Junta para pastorear a los municipios dividiéndolos en fieles e infieles. Todo seguirá igual, o sea, manga por hombro, mientras la Junta premia y castiga según sus intereses partidarios.

Cuentos políticos

Debuta el defenestrado Ignacio Caraballo con un discurso estupendo: lo que ha ocurrido, no es que la presidenta de la Dipu lo haya echado por la ventana, sino que “ha soltado lastre” para dedicarse en alma y cuerpo al partido en esta era de crisis. No se lo cree ni él, y como muestra ahí tienen el gesto frío de no mentar siquiera a la defenestradota en su primera intervención. Se lo han merendado políticamente, eso es lo que hay y encaja divinamente en las maneras habituales de esta tribu. Que él trate de rehabilitarse a base de autodisciplina está muy bien no que nos eche en lo alto sus cuentos políticos.

Hermanos de la costa

El secuestro del atunero “Alakrana” está promoviendo una tormenta de improvisaciones. El Gobierno, para empezar, no sabe qué hacer, puesto que la filosofía castrense de este ejecutivo se basa en un espíritu pacifista a ultranza que ve en el ejército una suerte de organización armada mayormente a título simbólico pero nunca o casi nunca a título efectivo. Vienen luego los armadores, que reclaman que en sus barcos se desplacen en misión policial tropas debidamente equipadas y capaces de disuadir a los piratas. Y están, en fin, los jueces que, faltos de tipo penal concreto, se ven forzados, caso de que se aprese a algún filibustero, a imputarlo como secuestrador o terrorista, con lo sencillo que sería introducir en el Código el delito de piratería con todos sus avíos. Opiniones hay, ya digo, para todos los gustos, aunque comienzan a concentrarse en dos argumentos principales. El primero, que en pleno siglo XXI, resulta inconcebible que la llamada “comunidad internacional”, que se mueve en tan altos niveles asociativos y dispone de tecnologías apabullantes, no disponga un plan de protección de una zona de las aguas internacionales en las que estas Armadas ociosas que hoy consumen su tiempo en maniobras y baldeos de cubierta (hay que decir que, tantas veces, en contra de la voluntad de sus jefes) se decidan a mantener el orden a rajatabla y, dada la gravedad que supone el pirateo, a cañonazo limpio si es preciso. El segundo, que la tropa no está para hacer de policía en los barcos como no lo está para proteger las joyerías o incluso los domicilios particulares, últimamente en práctica almoneda. Que se pesque seguro y protegido en un espacio internacional común. Eso es algo tan sencillo que podrían comprenderlo hasta el actual (y el anterior) secretario general de la ONU, que ya es decir.

Hay que añadir, en todo caso, una tercera iniciativa elemental: la de intervenir, también internacionalmente, en tierra, allí donde los piratas tienen sus bases, entre otras cosas porque nadie se puede creer en serio que unas pandillas de piojosos mantengan ese fabuloso negocio por su cuenta y riesgo. Consentir que el comercio mundial quede supeditado a la violencia de un corso –porque alguien les da la patente, no lo duden—constituye un fracaso en toda la línea del proyecto internacional. Y andarse con paños calientes, la evidencia de que esa comunidad está paralizada por condicionamientos insensatos. Es Somalia –y quien la acompañe—quienes deben detener ese anacronismo de grado o por fuerza. Sobran esas armadas, que antes califiqué de ‘ociosas’, para que pueda ser de otra manera.

Pobres profes

La oposición andaluza acaba de denunciar los graves problemas que afectan al colectivo de enseñantes de la comunidad autónoma, peor pagados que la mayoría de sus colegas (cobran 400 euros menos que los vascos), sobrecargados de trabajo por defecto de los sistemas de sustitución vigentes y, en fin, desprotegidos legalmente frente a la oleada de agresiones e insultos que reciben. En este sentido, se pide la declaración de “autoridad pública” de que ya gozan en Madrid o Valencia de manera que las agresiones en cuestión puedan ser perseguidas como delitos de atentado. Muchos problemas, demasiados, que es de temer, además, que entre las estrecheces de la crisis y los pruritos partidistas se queden como están.

Golpe de mano

En el PSOE onubense ha estallado una crisis interna a cuya preparación hay que reconocer buena mano y discreto disimulo, y que ha cortado en seco la carrera del hasta ahora número 2 del partido provincial, Ignacio Caraballo, ya ex-portavoz de la Diputación y poco más. Son movimientos quizá productos de cierto nerviosismo ante las futuras municipales, con independencia de la dosis de arbitrariedad que puedan implicar y de que constituyan una prueba de fuerza de la presidenta Guerrero. En todo caso, una crisis de fondo que pronto se irá desvelando en esos detalles que difícilmente pueden mantenerse en secreto. A Caraballo, en todo caso, le han dado de su propia medicina, y a su sucesor, el tránsfuga Manuel Guerra, el vendedor de Aracena, el pago habitual.