Un escándalo mayor

No debería ser asumido como un caso más entre tantos, el de la anulación de los contratos del anterior gobierno municipal del PSOE por parte de la coalición IU-PP que gobierna actualmente Bollulos, porque pone de relieve, con el marchamo del Consejo Consultivo de Andalucía, que aquel contrató sin fondos presupuestados y sin atenerse a las mínimas normas establecidas por la ley para garantizar que las oficinas públicas no son una finca de los políticos que ganaron las últimas elecciones. Claro que poco podrá hacer la dirección sociata contra esos infractores habiendo permitido ella desmanes mucho más grandes sin salir de su propia collación. En Bollulos se ha demostrado que puede resistirse el avasallamiento y quedan recursos por interponer si se actúa desde la razón  y desde el derecho. Un éxito sobre una gran vergüenza.

Pintar como querer

Es curioso y hasta divertido el contraste que supone el desdén por la Historia en un país como el nuestro, que ha pensado seriamente en eliminarla de los planes de estudio, y el entusiasmo por la memoria que demuestran las mismas desdeñosas instancias. Pocas veces como en este último periodo, la Historia –un modelo siempre ideologizado, ése es otro cantar— se ha visto tratada tan ‘instrumentalmente’ desde el Poder que busca en ella legitimación cuando le conviene y trata de esconderla en caso contrario, apropiándose con descaro de ese bien colectivo. Ahí tienen el rocambolesco caso de los papeles de Alcalá Zamora, el presidente del República, robados en su día,  al parecer por un policía franquista, y puestos ahora en el mercado, al menos en grado de tentativa, por el hijo del apropiador, requisados luego por la Guardia Civil, depositados a disposición judicial y, en fin, sorprendentemente, arramblados a su vez por el ministerio de Cultura que anda reteniéndolos mientras los ‘revisa’ como material sensible (creo que el calificativo empleado por la autoridad fue “delicado”) y, en consecuencia, reservado. Por lo que ha trascendido, junto a  las memorias de ese personaje figuran nada menos que las actas de las elecciones de Febrero del 36 y, a tenor de aquellas, la duda sobre si fue legítimo o no el triunfo del Frente Popular, aparte de cierta documentación sobre la Revolución de Octubre, dos temas ciertamente peliagudos para el proyecto historiográfico que el Gobierno llama “memoria histórica”. Un materia, pues, de presunta importancia capital (aunque hay historiadores que han aventurado lo contrario) y que podrían cuestionar seriamente los intentos de mitificación de la II República que se vienen haciendo por razones que pertenecen exclusivamente al presente electoral.

¿Qué hace el Gobierno revisando previamente un material histórico, qué derecho le asiste para retirar de la circulación documentos cuyo manejo debería concernir sólo a los historiadores? Nunca, hay que repetirlo, la Historia fue objeto de tanta presión política y nunca se llegó tan lejos en ese proyecto instrumentalizador que pretende ajustar el pasado a la conveniencia del presente. Algo que ocurre, paradójicamente, cuando las facultades del ramo están desiertas y diecisiete comunidades pueden ofrecer otras tantas versiones del pasado, en no pocas ocasiones clamorosamente contradictorias entre sí, cuando no fundadas en el mito en detrimento de la realidad. Sólo faltaba la intervención directa del Gobierno en el proceso historiográfico y parece que también hemos alcanzado ya ese momento.

Y ahora qué?

Tanto en Madrid como en Sevilla, ha habido que rebajar las previsiones económicas, a todas luces voluntaristas e irreales, en que se funda el Presupuesto para el 2009. El empeño en camuflar la situación real, para ganar tiempo, ha durado poco, obligando a los presupuestadotes (ir)responsables a reconocer la falacia de sus propios datos. El problema, sin embargo, no está tanto en pedir responsabilidades, como ha hecho la oposición, sino en plantearse qué hacer ahora que sabemos que ese Presupuesto es papel mojado y que con él no sólo no afrontaremos adecuadamente la crisis sino que ni siquiera podremos actuar de modo razonable. La autonomía exige que Chaves renuncie a ese objetivo prioritario que ha venido siempre ‘arropar’ al Gobierno, incluso mintiendo con descaro. Va a ser curioso observar cómo escapamos de este callejón.

Un onubense entero

Le han puesto una calle a Ernesto Lazo, un onubense entero, casi un fanático del onubensismo, un hombre con el que se puede discrepar pero al que es difícil no reconocerle su limpia pasión por la patria, por la chica y por la grande. He conocido pocos personajes tan inflexibles en sus ideas y convicciones, tan soberanamente cimarrones ante las críticas como ajeno a los dictados de la corrección política, tan incondicional de su conciencia como abierto a las paces que nos hacen libres. Es el último romántico de otro tiempo pero, sobre todo, es un onubense entero que ha conservado intacta sus fidelidades toda su vida. Aunque sea por idealista, se merece ese homenaje al que nos unimos desde aquí.

El tren de Obama

El ciudadano americano tiene un marcado respeto por el tiempo. Es lo propio de los pueblos jóvenes, de las naciones con historia corta, que buscan, o mejor, que sienten, en la mitificación del pasado una especie de legitimidad simbólica para el presente. Inmejorable ejemplo son esos museos americanos donde se exhibe la camisa de Bufillo Bill o el tintero y la pluma usados por George Washington junto al coche blindado de Hitler que Patton requisó en Alemania. Se valora más la tradición  allí donde aún está fresca, donde no se puede permitir uno el lujo de desdeñar los escasos testimonios de un pasado corto que no hace sino dilatar el prestigio del tiempo. Sólo un sentimiento de esa naturaleza explica la audacia de trasladar piedra a piedra monumentos europeos para exhibirlos replantados en el joven solar como un reconocimiento implícito y algo ingenuo al notable deseo de historia. Obama, por ejemplo, ha viajado desde Pensilvania a Washington en el tren en que lo hiciera Lincoln y en su investidura parece que van a observarse todos rituales que venera esa nación joven, como si se pretendiera incluir al nuevo presidente en el olimpo de los míticos padres fundadores, venerados a pesar de lo que sabemos de más de uno de ellos. Obama en la plataforma de cola del tren viene a ser una imagen propiciatoria del sentimiento de sacralidad que permite a ese pueblo ungir imaginariamente al presente con el óleo santo del pasado legendario. El homenaje que prestará a Martin L. King ante el ‘Lincoln Memorial’ sugiere que esa pulsión tradicional se mide en los EEUU incluso por decenios.

Lo que Obama sea en realidad, el alcance de sus capacidades, vamos a comprobarlo una vez que termine el festival y comience la política, cuando el presidente deba enfrentarse a las crisis internacionales en marcha y a la herencia imperialista que recibe, al tiempo que se defina frente a la crisis o al terror, es decir, cuando ya no sea tiempo de entretenerse en las mitologías y haya que enfangarse hasta las corvas en el légamo de la realidad actual. Pero estos oficios solemnes de la liturgia patria van a reforzar si cabe el colchón de confianza que le ha deparado –casi sin conocerlo, ésa es la verdad– un pueblo que creído ver en su singularidad personal una revuelta histórica. Obama en el tren de Lincoln es pura propaganda al tiempo que respetuoso homenaje al pasado común. Cuando esté en el Despacho Oval le va a cantar otro gallo muy distinto.

Absentismo y escuela

Creo que se ha entendido mal la propuesta del Defensor del Pueblo, José Chamizo, en el sentido de atender con mayor cuidado a los adolescentes absentistas, que son legión, y ofrecerles, siempre dentro del sistema escolar, alternativas más acordes con sus perspectivas concretas. Lo que está claro es que la Junta va perdiendo esa batalla en toda la línea y que algo hay que hacer para contener la estampida, quizá forzando al máximo pero razonablemente el actual plan escolar. No atender a los propios absentistas es la garantía de prolongar la derrota, porque un sistema educativo no puede mantenerse con las actuales tasas de ausencia escolar.