Tolerancia 10

Decían aquello de “Tolerancia cero”, pero los hechos demuestran que más bien están por la razón “Tolerancia 10”. Miren cómo se cierra el PSOE en Valverde (esto es en Huelva, no nos quedemos en el pueblo) para evitar que se investigue el vergonzoso caso de la mariscada que se pagó presuntamente con factura falsa. Por más que, bien pensado, ya me dirán qué pueden hacer: nadie tira piedras contra su tejado y menos si éste es de cristal. Aceptar que en Valverde se ha cometido un delito por parte del mismo al que acaban de hacer alcalde provisional es mucho pedir. Por eso lo mejor es apagar la luz y tirar p’alante. Quien espere otra cosa tiene una idea por completo marciana de nuestra miserable política.

20 años después

En seguida, a principios de noviembre, se cumplirán los 20 años de la caída del Muro berlinés. Un hito histórico, sin duda posible, una necesidad de la lógica democrática pero también una consecuencia del colapso socioeconómico del sovietismo en su conjunto. Quizá con cierta precipitación se quemaron etapas para derribar aquel símbolo del mundo bipolar que dividía a los alemanes en dos campos vedados, convertido uno en escaparate de la sociedad de la abundancia y el otro en ejemplo del fiasco colectivista. Pero pasado ese plazo convencionalmente simbólico, un sordo rumor de decepción se extiende por el país unificado, la zona rica del cual estima que ha debido pagar cara la factura de la anexión, mientras la deprimida muestra su creciente disgusto ante el engaño que, para mucha gente, ha supuesto, en la práctica, la utopía de la reunificación. La voz de una izquierda renovada que no renuncia a mirar atrás, se deja oír insistentemente clamando ante la oportunidad perdida y acusando al capitalismo de haber seducido a un pueblo que vivía ligado identitariamente al trabajo y a la seguridad social para proporcionarle, en fin de cuentas, un modelo capitalista raído por la crisis y una doble moral envenenada. ¿Es que no había nada en la RDA aprovechable para el nuevo proyecto nacional? ¿Por qué se tiraron por la borda o fueron pulverizados por la competencia imposible el modelo educativo, la organización sanitaria o avances sociales como el experimentado por la mujer en la otra sociedad? Naturalmente, hay voces precavidas que recuerdan la tendencia humana general a olvidar lo malo e idealizar lo bueno en las situaciones perdidas, pero todo indica –tendencias electorales incluidas— que los alemanes orientales, agobiados por el paro y la desmoralización, rumian desconcertados la nostalgia del pasado. Incluso hay voces radicales que insisten en que si el sistema colectivista fracasó por la escasa calidad de la vida, al menos la existencia no estaba en cuestión y no ocurría, como hoy, que cada cual dependiera en solitario de su faltriquera. Derribar el Muro resultó más fácil de lo imaginable. Eliminar los escombros, en cambio, no parece que sea tan fácil.

Un libro de Daniela Dahn, difundido estos días en la Red, hace un balance interesante de la situación. Dice, por ejemplo, que el mundo llamado libre ha gastado demasiado tiempo antes de comprender que el mercado no basta para crear la libertad, la igualdad y la prosperidad de todos, sino todo lo más para organizar el festín de unos pocos, y añade una frase (que me traduce mi amigo H.T., bávaro entusiasta) que da mucho que pensar: “No aprender del perdedor es aprender a perder”. Me he quedado reinando en esas ocho palabras y confieso que me han tocado hondo. Habrá qua hacer este balance más despacio y menos acaloradamente. Otra cosa sería no aceptar la evidencia de que es más fácil destruir el pasado que edificar el futuro.

Realidad y apariencias

Puede que sea verdad que, como quiere ZP, el estado de ánimo de la calle permita cuestionar la gravedad de la crisis. Pero hace tiempo que algunos venimos diciendo que esas tasas de paro –vamos que nos matamos hacia el 30 por ciento en Andalucía—resultan imposibles a no ser que tras ellas se oculte algún factor oscuro. El hallazgo de la mismísima Inspección de Trabajo del enorme crecimiento de la economía sumergida y del fraude laboral, lo pone en claro: resistimos (es decir, no se nota en la calle) porque muchos de esos parados, además de la cobertura social, pueden estar percibiendo bajo cuerda otros dineros. Un grave quebranto para el Estado y para sus propios compañeros de infortunios, esos justos que han de pagar por pecadores.

Cortinas de humo

Ni me creo ni me dejo de creer los globos-sonda que el PSOE anda lanzando sobre la futura candidatura a la alcaldía de la capital. Creo que se trata, de momento, de globos-sondas y que pueden tratar de ocultar, bien otras alternativas, bien el desconcierto que desde hace mucho reina en el partido cuando se plantea la cuestión de ponerle el cascabel al gato de Pedro Rodríguez. Ni la presidenta de la Dipu, ni la consejera de cuota, ni algún varón emergente cuentan hoy por hoy con fuerzas para enfrentarse a quien ha ganado cuatro elecciones seguidas sin que se le note mayormente el previsible desgaste. Aparte de que ya me dirán qué ilusión pueden aportar esas presuntas alternativas, unas por viejas y otras por desconocidas. Si González se presenta, además, es que debe de verlo claro. Sus oponentes, en cambio, no se ponen de acuerdo ni a puerta cerrada.

Cencerros tapados

No es fácil la labor del periodista cuando debe revelar al público, como es su irrenunciable obligación, cuanto sabe. Sobre todo si lo que sabe concierne al Poder, porque entonces se verá fatalmente presionado por la exigencia de discreción tras la que aquel suele parapetarse. Una periodista, Florence Hartmann, que vivió en persona la guerra yugoeslava y fue luego portavoz de la fiscal del Tribunal Penal Internacional para Yugoeslavia (TPIY), Carla Del Ponte, acaba de ser condenada por esa corte a pagar una multa de 7.000 euros como pena de un delito de ‘ultraje’ cuya competencia, en discutibles circunstancias procesales, se atribuye el tribunal en cuestión. Lo que Hartmann informó en su libro “Paix et châtiment” (Flammarion), que tengo delante, así como en algún artículo de prensa, fue que el TPIY había negociado con Serbia el silencio de ciertos cargos enormemente comprometedores para Milosevic que, en consecuencia, supondrían graves indemnizaciones a favor de Bosnia, cargo terribles a cambio de olvidar los cuales Belgrado se comprometía a colaborar con esa instancia internacional creada ‘in extremis’ para sancionar las atrocidades perpetradas en aquella contienda infame. Dejando a parte que Hartmann no podría recurrir su condena más que ante el propio Tribunal –lo cual se ha dicho que nos transporta al reino de ‘Ubú’—la pregunta es qué debe hacer un periodista cuando conoce, por la razón que sea, secretos del Poder que constituyen auténticos delitos. Y la respuesta que el mismo Poder da es que ha de callar sin más, haciéndose cómplice de las responsabilidades. No quiero poner ejemplos caseros, pero el lector avisado sabe que los habría a manojitos.

Está reciente la sentencia que confirma la corrección de las investigaciones de este periódico sobre el 11-M, su extravagante circunstancia policial y el cierre judicial en falso del caso. Y también resulta que un periodista de esos trabajos, Antonio Rubio, anda pendiente de la petición fiscal de tres años de cárcel por la revelación de la identidad de uno de los soplones de la policía que, para más inri, conoce por el propio tribunal medio mundo y parte del otro medio. ¿Qué pretenden, que el periodismo calle, que la voz de la calle que la prensa representa se compinche a cencerros tapados con los responsables poderosos para engañar a la opinión? Seguro que, planteado así, una inmensa mayoría apoyaría la libertad del informador condenando a unos poderes que lo mismo pactan con un Estado criminal que sepultan bajo un monte de papel timbrado el mayor atentado de nuestra Historia. Pero sabemos, además, que desde Dreyfus al GAL, sólo el valor de algunos ha sido capaz de destapar la sentina del Poder. El TPIY, por ejemplo, acaba de descalificarse él solito. El que ha empapelado a Rubio tiene margen sobrado para no repetir el desatino.

Bocas cerradas

Ningún partido tolera, si puede, la crítica interna. Todos han sancionado –hagan memoria—a los que han osado ejercerla, incluso dentro de la discreción dialéctica, como un derecho indiscutible. El caso de los blogueros de Cádiz expedientados por el PSOE no constituye, por eso, ninguna excepción sino que responde a la regla misma. ¿De qué unos militantes van a poder criticar al baranda provincial, al virrey regional o al sumo pontífice madrileño? ¿Libertad o muerte? ¡Ca! Nunca el Poder consiente la discrepancia, salvo que vaya de “sobrado”, que casi nunca es el caso. Los rebeldes de Cádiz han de asumir su suerte como la consecuencia más natural del mundo. Por lo que ellos han hecho, a más de uno y a más de mil les han pegado un tiro.