No a la ampliación del vertedero

No quiere el alcalde de Nerva acceder al proyecto de ampliación del discutido vertedero que ha solicitado la empresa explotadora. Alega que no nace más que seguir por coherencia el dictamen desfavorable emitido por la comisión de seguimiento, pero no se le escapa que ello puede dar lugar a situaciones incómodas en el pueblo. Lo que no se puede negar es que, desde que se decidió la instalación de ese cementerio, ha habido tiempo sobrado para acercar posturas, por ejemplo, compensando al pueblo –como tantas veces se prometió en su día—con beneficios razonables, y ciertamente nada de eso se ha llevado a cabo. En Nerva habría que llegar a un entendimiento definitivo antes de correr el riesgo de volver a circunstancias como las pasadas.

Lujo en la crisis

Ninguna crisis encuentra explicación (‘racionalizacones sí, pero ése es otro cantar) al menos a corto plazo. Cuando la clásica, la del 29, hubo que aguardar un tiempo razonable a que lord Keynes ajustara las piezas del puzzle y propusiera encajes adecuados en aquel desbarajuste. En la llamada “crisis el petróleo”, Ernst Mandel rescató la teoría marxista de la crisis que Marx no tuvo tiempo de perfilar pero de la que descartó sin contemplaciones la hipótesis monocausal, convencido como estaba de que todo el secreto estriba en que el sistema de capital desemboca fatalmente en crisis de sobreproducción. En ésta que estamos soportando, todo indica que los teóricos dudan a la hora de interpretar las causas del fracaso y, en consecuencia, a la de proponer medidas correctoras. Lo único que está claro –da la impresión — es el hecho de que estas coyunturas fatales, estos angustiosos finales de ciclo, no afectan a la sociedad por igual sino que incluso hay sectores de ella que sobreviven al acontecimiento sin necesidad de modificar para nada sus expectativas económicas, al menos en lo que se refiere al gasto. La prensa europea recoge estos días, entre sorprendida y censora, no sólo el mantenimiento sino el auge de los llamados salones para potentados, ferias y exposiciones en los que se ofrecen al capricho del poderoso, en medio de la miseria galopante, las oportunidades más estrafalarias y, dadas las circunstancias, también escandalosas. En Munich, en París, en Moscú, en Mónaco en Viena abren esta temporada sus exclusivas puertas esas citas destinadas a demostrar que, como dice algún comentarista, el superlujo escapa a la crisis mientras la necesidad se ve abatida bajo sus efectos. Un bolso de mano con incrustaciones de diamantes se ofrece en una de ellas a un precio de dos millones de dólares, cojines con pedrería se venden en otra a razón de 300.000 euros el ejemplar, fastuosas mansiones alcanzan en los catálogos precios no inferiores a los veinte millones de euros. Quién sabe si ésa será la solución, porque recuerdo que Montesquieu decía que el lujo es necesario ya que si los ricos no gastan mucho los pobres se mueren de hambre. Sombart dejó bien claro en su obra capital que el lujo es gran el elemento generador del capitalismo. A esa obra me remito.

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Es curioso que las prohibiciones del gasto suntuario, del lujo en definitiva, que conoció la Europa barroca, fueran levantadas luego en los países que experimentaron un desarrollo más rápido, lo que permite entender la actitud de interesantes pensadores de la época (desde Hume a Crusoe) que se agarraban a la distinción casuista entre el “lujo bueno” y el “lujo malo”, siempre desde el convencimiento del poder dinamizador que en la industria y el comercio ejercía el consumo suntuario. Como se ve, rara vez  interfirió en esas valoraciones el criterio ético y menos el moral –la corte pontifica del Renacimiento fue un modelo de esa actitud–, quizá porque aunque la pobreza siempre fue visible, no era todavía, como lo es hoy, una realidad atroz conocida, además, con detalle, pero resulta evidente que esta circunstancia no altera el resultado de esa ley de hierro antes recordada –“el superlujo escapa a la crisis”—que sigue más vigente que nunca. Cuesta entender tan enorme desahogo, ciertamente, y más si cabe asumir que las situaciones más penosas y el porvenir más inseguro resultan totalmente incapaces de cuestionar siquiera los extremos más escandalosos de la sociedad desigual. Dicen los expertos que, aunque la crisis actual ha condicionado levemente la demanda, el porvenir del negocio está asegurado para la campaña del año próximo, es decir, mientras, según la mayoría de las previsiones, se consuma una de las mayores catástrofes socioeconómicas experimentadas por nuestra civilización. La desigualdad tiene sus leyes y parece que la economía las respalda sin la menor reserva.

La recluta de la Junta

No me parece lógico destacar la leña que los tribunales están dando a Canal Sur con motivo de sus posiciones más o menos amañadas, sin menospreciar es leña, por supuesto. En Canal Sur se hace lo que en casi todos los departamentos de la Junta y en muchas Administraciones, a saber, manipular programas y baremos hasta adaptarlos a los designios reales del poder político. Hace poco dio mucho que hablar una en una delegación de Educación que, para una plaza de profesor de idiomas, requería conocimientos de medicina, circunstancia que sólo se deba en la hija de una política del partido, en aquel momento candidata a una alcaldía de capital. En Canal Sur hacen lo que ven y lo que los dejan hacer, por supuesto, pues sus intereses no son distintos de lo la Presidencia. El “régimen” se nutre clientelarmente a través de esos manejos y la empresa más grande de Andalucía no iba a ser menos.

Rumbo y tronío

Con la Dipu no va la austeridad así reviente la crisis por los cuatro costados. El goteo de informaciones que van conociéndose lo acredita: 135.000 euros en informática, 138.000 en una máquina de impresión ofsset (¡ahora que ya el BOP no se tirará en papel!), otros 35.000 para gastos de viajes ‘sólo’ del equipo de gobierno, y 650.000 en alquileres varios, entre ellos su nueva sede del remozado edificio del viejo Hotel París, en la Plaza de las Monjas. Y boca cerrada, por supuesto, ni una explicación, ni una mala excusa. Los hábitos arraigados no se superan así como así ni respetan las circunstancias. La crisis va con la provincia no con la Diputación Provincial, esa institución obsoleta y sin sentido en un régimen autonómico que no sirve más que para lo que sirve. ¡Imaginen si sirviera para algo más!

El alma del niño

No está muy claro, me parece a mí, el ideal de la educación del niño, de la iniciación del ser humano en el complejo ritual de las sociedades organizadas. Me ha costado lo mío hacerme con “The Ape and The Child”, el mono y el niño, el libro publicado hace lo menos cuarenta años por un psicólogo americano, profesor en Indiana, el doctor W.N. Kellogg, que tuvo la ocurrencia de ensayar la educación conjunta de su propio hijo con un bebé primate, famoso experimento que demostró –para sobresalto de mucho ‘ilustrado’ de solapa– que, finalmente, la mente del simio superaba con claridad a la del humano a la hora de adquirir conocimiento y llegar al dominio efectivo de signos y símbolos, normas y sentimientos. No se trataba de un ejercicio de aprendizaje inducido, como el que los esposos Gardner harían luego con la famosa “Washoe” a la que lograron enseñar cien signos del lenguaje de los sordomudos, ni tampoco de una fábula como la que Kafka tituló “Informe para una Academia” para probar irónicamente que la libertad no era, en definitiva, más que un mal humano, y que educar un primate equivale a hacerlo ‘descender’ hasta el nivel inferior de los hombres, es decir, la evidencia del fracaso de la Ilustración en su conjunto. Tampoco de postular la primacía del “hombre moral” producto de la educación (de la “socialización”, en definitiva) que trató de colocarnos Truffautt en su película sobre “El niño salvaje” en la que, como es sabido, recompuso materiales que venían de la emocionante historia de Víctor de Aveyron. Y menos aún, por supuesto, de la conmovedora historia del ‘Kaspar’ de Peter Handke, trasunto –no poco novelero, por cierto—del ‘Segismundo’ calderoniano. Lo que Kellogg acabó comprobando es que la distancia que separa al niño del mono está, en buena medida, a merced de la influencia ambiental así como las incapacidades concretas del segundo (la del lenguaje hablado, por ejemplo) no son más que insuficiencias funcionales y orgánicas que vienen a confirmar la pauta del proceso evolutivo. El feroz experimento de Kellogg sería un jarro de agua fría sobre la arraigada presunción homocéntrica.

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Aunque el caso Kellog terminó bien (Donald, el hijo-cobaya, acabaría siendo, a su vez, un prestigioso médico), la lectura de estas páginas estremecen por cuanto tienen de audacia prometeica y, más todavía, porque nos ponen ante los ojos esa idea patrimonial de la prole que gasta mucho ‘padre padrone’. Y al cerrar el libro, uno no sabe ya si hablar del alma del niño o del alma del mono, pero sí que tiene claro como el agua que algo falla en el fundamento de nuestras convicciones y, más concretamente, en nuestro irrefrenable androcentrismo heredado también de la revolución global del siglo XVIII. Ese libro terrible por tantos conceptos, pero ingenuo en no pocos, debería ser hoy de lectura obligada para los sectores integristas del creacionismo militante y para los espíritus fascinados por ese ‘diseño inteligente’ que incluye a nuestros antepasados los simios en medida mucho mayor de la que probablemente se imaginan. He visto esas fotografías de los dos sujetos, el pequeño Donald (caucasiano puro, según todas las trazas) y el monito Gua, que aprendieron juntos aunque no acompasados los secretos que el mundo adulto les proponía como tarea vital, y he sentido una desolada emoción pensando en cuánto experimento se sigue haciendo por ahí, dentro y fuera del aula, sin encomendarse a Dios ni al diablo, siempre impulsados por el resistente complejo de superioridad que legitima nuestra tiranía sobre los llamados ‘irracionales’. Cuentan que Donald Kellogg conservó toda su vida gestos y maniobras adquiridas en comandita con su compañero de aventura y definitivamente incrustadas en su repertorio civilizado. Lo que no sé es que fue de Gua, pero lo imagino añorando al hermano pálido y torpón arrebatado un buen día por la arbitrariedad de los hombres.

Buenos padrinos, mal convite

La provincia de Cádiz, representada por la plana mayor del PSOE en estos años de hegemonía absoluta (el propio Chaves, Carmen Romero…) no ha logrado, sin embargo, levantar cabeza en treinta años. Así de desprende del estudio “Cádiz, pobreza y exclusión social” elaborado por la asociación Pro Derechos Humanos, y en el que aparece en último lugar del ránking español, es decir, como la provincia más pobre de la nación. Uno de cada diez gaditanos estará en situación de “pobreza grave” y riesgo de de exclusión social al verse obligados a vivir con una renta por debajo del 25 por ciento de la renta media disponible, hablando en plata, con doscientos euros mensuales. Un balance desastroso, sin duda, y pésimo convite para tan destacados padrinos.