El mundo por montera

Alcaldes monterillas hay cada día más. En Marbella, la alcaldesa no acierta a dar una explicación razonable para sus actuaciones urbanísticas. En Los Barrios, el regidor doblemente condenado alega que los fallos son injustos y se dispone a pedir recurso al Gobierno –como ha hiciera el de Carboneras—que hasta puede que se lo conceda. En Jerez, Pacheco amenaza con “tirar de la manta” y denunciar presuntos delitos de los que mandan ahora que, por lo visto, él conocería desde la oposición, olvidando que callar delitos conocidos es, a su vez, un delito de encubrimiento. A la democracia municipal le falta no poca cochura. O lo sobra lo que no diré.

Aron

La Dipu no cree preciso refutar –¿y cómo podría?—el guiso de la publicidad institucional, repartido entre los medios subvencionados y los negocios de algunos de sus dirigentes de partido. Dice que el criterio empleado para excluir a El Mundo y dar a manos llenas a ‘los suyos’ es el del interés de los ciudadanos, pero ni es eso lo que refleja la difusión de unos y otros, ni es necesario subrayar que por interés ciudadano el PSOE de Huelva entiende su propia conveniencia. Lo que no conseguirá ni la Dipu ni su partido es silenciar a este diario, el único que ha sacado a la luz durante años los abusos y miserias políticas de unos y de otros. Que le hagan el juego los estómagos saciados. Nuestro criterio, efectivamente, es servir al de los ciudadanos, aunque sea en ayunas.

Faroles a la banca

Ha sido espectacular la estudiada puesta en escena de la amenaza a la banca privada por parte del ministro de Industria, Miguel Sebastián, el de las bombillas ecológicas gratuitas. Ha dicho muy serio que “la paciencia del Gobierno se está acabando” y que si la banca no sigue sus dictados –que hay que reconocer que son bastante inconcretos-, no quedaría otro remedio al ejecutivo que “actuar en consecuencia”, ¿Quiere eso decir que entra en lo posible la nacionalización de sus servicios, como ya ha ocurrido en otros países? El ministro, repentinamente cauto, ha respondido que, bueno,  que “hay muchos modelos” a la hora de materializar esa actuación, dando a entender que si pero que no. “La banca es la culpable de la crisis”, ha dicho también el ministro, olvidado ya probablemente de cómo se la mimó desde el Gobierno mientras la burbuja se mantuvo  contribuyendo al éxito político. Pero ¿habrá alguien que tome en serio esa amenaza que ni el fascismo español osó llevar a cabo a pesar de figurar destacada entre sus compromisos programáticos? Quizá el ejemplo de Mitterand queda lejano pero no estaría de más echar una mirada atrás para contemplar su estrepitoso fracaso y ver a los Rothschild recuperando su embargado esplendor, incluso para un destacado funcionario de la banca como Sebastián. Cualquiera tiene claro hoy en España que Botín y unos cuantos colegas tienen las cosas más claras que el Gobierno frente a la crisis y hasta puede que tengan más poder fáctico. Aparte de que nadie se ha ido de rositas tras meterse con la banca. Es de suponer que estos comediantes lo sepan.

Hay que decir, en cualquier caso, que colocar a la banca en el blanco no está justificado ni siquiera partiendo de los proverbiales abusos del sector sobre los particulares, siempre consentidos por el poder. La responsabilidad de la banca en la burbuja dichosa no es mayor que la de los propios hipotecados que actuaron por encima de sus posibilidades, ni que la del Gobierno que aplaudió esa estrategia mientras duró el festín, razón por la que carece de sentido situarla ahora en el punto de mira sin colocar ante él también a sus colaboradores necesarios. Mientras en España andábamos pasando de la segunda vivienda a la tercera, no oímos al Gobierno decir esta boca es mía, a pesar de los vehementes avisos de muchos expertos. Pero ahora sabemos que si lo que es bueno para la banca no tiene por qué serlo para el país, tampoco tiene por qué serlo lo que le resulta bueno al Gobierno. “Ni curas ni banqueros”, pintaban los fascistas por las paredes de la dictadura. Hoy el Gobierno viene a decir lo mismo pero ya verán cómo no va más allá.

Emergencia andaluza

En todas partes cuecen habas pero, según las encuestas, en Andalucía más que en parte alguna. Ahí están los datos: la región ha sumado en un solo mes la cuarta parte de los parados que el optimismo de la Junta calculaba para todo el año, una media oficial de 580 parados por día. Chaves, mientras tanto, esperando a que Madrid mueva ficha para hacer lo propio (y lo mismo), y los sindicatos verticalizados por el dinero de la ‘concertación’ callados como muertos pero diciendo que lo que urge es eso, renovar el chollo vertical. Caen las empresas, sube la morosidad, aumenta el drama del paro, y Chaves predicando la buena nueva en Fitur y negándose a aceptar un pacto de todos contra la crisis. Si el paro alcanzara a ellos, otro gallo cantaría.

Palabras al viento

No hay que creer a los políticos, quiero decir en sus promesas. La del AVE, comprometida por el PSOE hace cinco años, por ejemplo, acaba de culminar el calvario previo de la licitación del proyecto, lo que retrasa en cinco años cabales ese proyecto clave que se ha procurado pro todos los medios que no llegara a Huelva con la alcaldía en manos de quien está. Nada se sabe con certeza sobre plazos de la obra, aunque en estas circunstancias críticas hemos de ponernos en lo peor, nada de la superestación (com)prometida a bombo y platillo electoral. Todo lo más se construirá a partir del 2010 y luego Dios dirá. No hay que creer en lo que nos cuentan los políticos. Sus palabras, por lo general, se las lleva el viento.

La olla exprés

Los datos de paro correspondientes al recién pasado mes de enero son demoledores. Hay casi 200.000 desempleados más, un desastre como no se recuerda otro, el peor resultado mensual que podamos encontrar entre los anteriores (que fue octubre del 2007). En un año hemos perdido más de un millón de empleos, estamos ante la décima subida mensual del paro que se registra consecutivamente, con una imagen realmente desoladora: contamos 6.300 parados más al día, es decir, 262  a la hora, cuatro personas que cada minuto se quedan en la calle y al raso. Una tragedia ante la que los sindicatos callan mientras reclaman la urgente renovación del acuerdo de concertación, que es lo que les interesa, puesto que de él viven, no sé si como reyes pero al menos como nunca vivieron. Hay ya en España según la EPA, es decir, según el propio Gobierno, 800.000 familias con todos sus miembros en paro, lo que equivale a decir lanzadas a la pobreza, aparte de aterradas ante la perspectiva, cierta, de que se agote su ayuda social. ¿El Gobierno? El Gobierno en Babia, insistiendo en su triple tesis de que esta tragedia no es más que la consecuencia del crac financiero internacional sumado a la retracción del consumo y a la falta de liquidez. ¿Ah, sí? Entonces ¿por qué en un país de mayor población, como Francia, el paro registrado este enero no ha llegado a los 46.000 casos? La previsión oficial sostiene que la catástrofe no pasará más allá del 16 por ciento, pero desde Bruselas se nos previene que el 19 no hay quien nos lo quite. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

No es raro por eso que comiencen a percibirse signos de inquietud. IU saca a la calle bajo la lluvia gente que clama contra el Poder pero también contra los sindicatos. La propia derecha va a hacer lo propio en demanda ¡de una intervención más enérgica! El clima de tensión y disgusto popular es palpable mientras asistimos al espectáculo de ese Poder que se autopostula de izquierda posa con los banqueros en actitud implorante –el mundo al revés—entretenido en retóricas llamadas a la solidaridad. “Arrimar el hombro” es el tópico del día. Pero lo que se cuece en la olla nacional permite ya oír el silbido de aviso. No sabemos qué puede ocurrir en un país de acentuarse el declive de las circunstancias  y mantenerse la pasividad de sus gestores. Todo apunta, sin embargo, hacia el conflicto. La paz social es incompatible con la miseria más allá de un límite. Lo comprobaremos más pronto que tarde.