El crimen en casa

En Inglaterra acaban de descubrir la pólvora denunciando que la Costa del Sol se ha convertido en un refugio seguro para sus delincuentes más peligrosos, cosa que aquí sabemos desde los ominosos tiempos del “caso Wanninkof”. ¿Sólo los ingleses o la flor y la nata de todas las mafias europeas? Lean el libro (se lee en un sorbo) de Antonio Romero y Miguel Díaz, “Costa Nostra”, y verán hasta qué punto es grave la implantación en Andalucía del crimen organizado y hasta dónde es responsable y hasta eventualmente cómplice la propia autoridad. Produce escalofrío leer ese libro que tantas cosas explica. Léanlo y después hablamos.

La señorita Pepis

A la consejera Castillo, la de Medio Ambiente, le cae ancho el cargo. Acaba de demostrarlo con su incontinencia al endilgarle a la Conferencia Contra el Cambio Climático un ingenuo ‘speech’ en el que se trataba de vender la gestión andaluza –¡imagínense!—poco menos que como modelo a seguir por los Al Gores de este mundo. Es lo malo que tiene esta política de recluta de altos cargos: que luego, cuando se enfrentan a la realidad, o pasan desapercibidos o hacen el ridículo. ¿Andalucía faro de una buena política medioambiental? Eso, sobre todo proclamado en Huelva, suena casi más a simplicidad que a osadía. Castillo está ahí para defender el oleoducto por más que, como suele ocurrir, intente volar por su cuenta.

Cuento con princesa

Los jardineros de Hayd Park han reformado la traza del parque a su entrada por Kensington con el fin de dedicar un delicioso paseo –rodeado de parterres con anémonas y violetas por el compiten indiferentes los grajos y las ardillas– a la Princess of Wales, este es, a Lady Di, no lejos del palacio de sus duelos y quebrantos, pero también, al parecer, de sus aventuras. Llaman la atención los letreros, las placas memoriosas, las fuentes votivas con que la memoria sentimental de ese pueblo flemático pretende mantener vivo el recuerdo de de aquella víctima que logró ser amiga de Teresa de Calcuta sin dejar de lado sus explicables amoríos adulterinos, pero es que los pueblos no construyen su imaginario apoyándose en la razón sino empinados sobre esa forma superior de la fantasía que es la invención del héroe. Por eso quizá ha conmocionado tanto la anunciada novela en la que el ex -presidente Giscard d’Estaing cuenta la historia, prácticamente virtual, de una pasión vivida entre un mandatario francés y una princesa británica que, por los adelantos conocidos, no puede ser otra que la desdichada Princesa de Gales, en la novela, Princesa de Cardiff, es decir de la capital de Gales. Giscard ha sufrido tres bastinazos de mayor cuantía en su vida de prócer: el lío ratero de los diamantes de Bokassa, el fracaso de su Estatuto europeo y el ridículo literario que supuso su novela “Le Passage”, de la que la crítica hizo añicos. Y ahora se propone dar –Dios nos libre de una mala vejez—el mayor de todos, tal vez, incorporándose al indecente plató de las salsas rosas con el cuento del envergue de unos amores secretos entre él y la divina, ahora que ni ella está aquí para desmentirlo ni es probable que nadie se la juegue saliendo en su defensa. Lo de Lady Di es ante todo, sin duda, un mito contemporáneo, de esos que no erosiona ni la propia evidencia. Lo de Giscard una simple osadía presenil. No sé qué será peor entre las dos cosas.

Y ya están ahí los efectos que, en forma de preguntas, trasluce la crítica. “Y si fuera verdad” –se pregunta la gran prensa europea—, para plantear enseguida hasta dónde es legítimo que un autor juegue con el artificio que mezcla fantasía y realidad. Desde luego que no leeré ese decameroncillo cursi cuando salga al mercado. Me basta su resumen y las perlas de él extraídas para escupir por el colmillo sobre esa ocurrencia tan impropia de un prócer que acaso acabe interesando a las porteras. ¡El autor de la Constitución Europea placeando como un alcahuete más en el corro comadrón! No me extraña el fracaso de aquel bodrio escrito con la misma pluma que ahora donjuanea, no poco inverosímilmente, sobre esta versión revisada del mito de Susana y los viejos.

Escuelas vacías

Nuevo informe, nuevo palo al optimismo propagandístico: cuatro de cada diez jóvenes andaluces entre 18 y 24 años se fugan del aula tras acabar la ESO. Un 38 por ciento, para ser exactos, de esos jóvenes, muy superior al del resto de las comunidades españolas y que tiene como consecuencia que Andalucía sea también la autonomía que cuenta con menos graduados superiores. Queda mucho que hacer, como puede verse, para que la promesa de Griñán de hacer de la educación una prioridad sea una realidad. Y hasta cabe decir que no lo será nunca si no cambian otras muchas cosas en la región. A la cola de España es difícil que resolvamos el problema educativo. El absentismo no es un capricho de los fugados sino una consecuencia de nuestra precaria situación socioeconómica.

Tolerancia 10

Decían aquello de “Tolerancia cero”, pero los hechos demuestran que más bien están por la razón “Tolerancia 10”. Miren cómo se cierra el PSOE en Valverde (esto es en Huelva, no nos quedemos en el pueblo) para evitar que se investigue el vergonzoso caso de la mariscada que se pagó presuntamente con factura falsa. Por más que, bien pensado, ya me dirán qué pueden hacer: nadie tira piedras contra su tejado y menos si éste es de cristal. Aceptar que en Valverde se ha cometido un delito por parte del mismo al que acaban de hacer alcalde provisional es mucho pedir. Por eso lo mejor es apagar la luz y tirar p’alante. Quien espere otra cosa tiene una idea por completo marciana de nuestra miserable política.

20 años después

En seguida, a principios de noviembre, se cumplirán los 20 años de la caída del Muro berlinés. Un hito histórico, sin duda posible, una necesidad de la lógica democrática pero también una consecuencia del colapso socioeconómico del sovietismo en su conjunto. Quizá con cierta precipitación se quemaron etapas para derribar aquel símbolo del mundo bipolar que dividía a los alemanes en dos campos vedados, convertido uno en escaparate de la sociedad de la abundancia y el otro en ejemplo del fiasco colectivista. Pero pasado ese plazo convencionalmente simbólico, un sordo rumor de decepción se extiende por el país unificado, la zona rica del cual estima que ha debido pagar cara la factura de la anexión, mientras la deprimida muestra su creciente disgusto ante el engaño que, para mucha gente, ha supuesto, en la práctica, la utopía de la reunificación. La voz de una izquierda renovada que no renuncia a mirar atrás, se deja oír insistentemente clamando ante la oportunidad perdida y acusando al capitalismo de haber seducido a un pueblo que vivía ligado identitariamente al trabajo y a la seguridad social para proporcionarle, en fin de cuentas, un modelo capitalista raído por la crisis y una doble moral envenenada. ¿Es que no había nada en la RDA aprovechable para el nuevo proyecto nacional? ¿Por qué se tiraron por la borda o fueron pulverizados por la competencia imposible el modelo educativo, la organización sanitaria o avances sociales como el experimentado por la mujer en la otra sociedad? Naturalmente, hay voces precavidas que recuerdan la tendencia humana general a olvidar lo malo e idealizar lo bueno en las situaciones perdidas, pero todo indica –tendencias electorales incluidas— que los alemanes orientales, agobiados por el paro y la desmoralización, rumian desconcertados la nostalgia del pasado. Incluso hay voces radicales que insisten en que si el sistema colectivista fracasó por la escasa calidad de la vida, al menos la existencia no estaba en cuestión y no ocurría, como hoy, que cada cual dependiera en solitario de su faltriquera. Derribar el Muro resultó más fácil de lo imaginable. Eliminar los escombros, en cambio, no parece que sea tan fácil.

Un libro de Daniela Dahn, difundido estos días en la Red, hace un balance interesante de la situación. Dice, por ejemplo, que el mundo llamado libre ha gastado demasiado tiempo antes de comprender que el mercado no basta para crear la libertad, la igualdad y la prosperidad de todos, sino todo lo más para organizar el festín de unos pocos, y añade una frase (que me traduce mi amigo H.T., bávaro entusiasta) que da mucho que pensar: “No aprender del perdedor es aprender a perder”. Me he quedado reinando en esas ocho palabras y confieso que me han tocado hondo. Habrá qua hacer este balance más despacio y menos acaloradamente. Otra cosa sería no aceptar la evidencia de que es más fácil destruir el pasado que edificar el futuro.