La botella del empleo

Sigue subiendo el paro en Andalucía –casi uno de cada tres parados españoles es andaluz y eso que por cada parado francés hay cinco españoles–, y sigue la Junta forzando el optimismo de la botella medio llena con el argumento de que la destrucción de empleo es menor. ¡Toma, claro, y cada vez será menor a medida que el empleo total disminuya! Con el silencio de los sindicatos, más atentos que nada a pasar por caja para cobrar el acuerdo de “concertación” y empeñados en la demagogia de culpar a la empresa exculpando a una Junta y a un Gobierno que apenas hacen otra cosa que poner parches. ¿Qué señales de esperanza son esas que ve la Junta mientras Almunia avisa desde Bruselas que no tendremos cuartel hasta el 2012? Ocultar los problemas no fue nunca una solución.

Ahora, astilleros

Dicen desde los sindicatos que la Junta planea liquidar Astilleros con la siempre vaga promesa –recuérdese el cuento de Delphi y tantos otros—de futuros y nuevos inversores. Ya no manda el PSOE agitadores a enardecer a la plantilla subidos en un cajón como Yeltsin en el tanque. Ahora secretea el desmantelamiento y prepara a cencerros tapados una “solución final”. Y mientras tanto sigue subiendo el paro en la provincia –mil más el mes pasado, un 23’5 más que en 2008– y el partido en el gobierno sigue con el cuento de que ya se ve la luz al final de un túnel que uno de los suyos, Joaquín Almunia, avisa desde Bruselas que desemboca lo menos en el 2012. Cuando se salga, al fin, de la crisis, a Huelva no va a conocerla ni la madre que la parió.

El exilio interior

A Manuel Andújar no le divertía la insistencia de Francisco Ayala en que para él, como para otros muchos, el exilio no fue una mortificación, ni su broma de que un andaluz se adapta mejor en Buenos Aires que en Barcelona. Tan rígido en sus moralidades, Manolo –un pedazo de pan– no penetraba acaso la ironía oculta con que Ayala condimentaba su amarga crítica de tantas cosas, incluso de las republicanas. Guardo su voz grabada en el piso luminoso en que tenía en Marqués de Cubas, su confidencia llena de “off de records”, la imagen de su escogida librería a la que iba a buscar primeras ediciones dedicadas de Emilio Prados o de Romero Murube. Un día me regaló el monumental “Tratado de Sociología”, la inencontrable edición de los años 40, sobre la que había subrayados suyos o enérgicos trazos que tachaban párrafos y hasta páginas enteras, siempre comprensivo con nuestras veleidades marxistonas, nunca distante a pesar de la edad y el magisterio. Grabé su explicación del milagro de “La cabeza del cordero” –ese espléndido relato que alguien confunde estos días necrófagos con una novela…–, el detalle de cómo traspuso su imagen Marruecos imaginario –¡como Raymond Rousell!– en el transparente de sus recuerdos andaluces, sin haber pisado jamás aquel país. Y su fuerte crítica de Azaña, su insistencia en la idea de que todos, los mayores y los jóvenes españoles del momento, convalecíamos, conscientes o no, de los horrores de la guerra y los errores de la ilusión republicana, por la que tanto luchó. No tenía pelos en la lengua, Ayala, sobre todo cuando el trago gustoso de güisqui le alumbraba la pajarilla granadina. Íbamos mucho a aquel santuario (Félix Grande, Víctor Márquez, tantos otros) en el que escuchábamos devotamente al testigo y al genio. Todavía no la habían descubierto los jurados y los premios.

Decía que su exilio real no fue el de Buenos Aires, Puerto Rico, Nueva York o Chicago, sino la “jaula moral” (no olvidaré esa expresión) en que se convirtió su ilusión generacional, el encierro sin barrotes de una sociedad que enloqueció arrastrando en su locura los mejores sueños. Nunca me ha sorprendido la entrañable familiaridad que mostraba a los Reyes, tan desconcertante para algunos, porque he reconocido en ella el gesto conciliatorio que pueden permitirse mejor los personajes habituados al exilio interior. El viejo discípulo de Hermann Heller y Karl Schmit aprendió mucho de Sartre y de Borges. Un día me dijo que de salvar unas páginas suyas echaría mano sin dudarlo de “El Hechizado”. Yo las pondría en el relicario junto con “La cabeza del cordero”.

La botella del empleo

Sigue subiendo el paro en Andalucía –casi uno de cada tres parados españoles es andaluz y eso que por cada parado francés hay cinco españoles–, y sigue la Junta forzando el optimismo de la botella medio llena con el argumento de que la destrucción de empleo es menor. ¡Toma, claro, y cada vez será menor a medida que el empleo total disminuya! Con el silencio de los sindicatos, más atentos que nada a pasar por caja para cobrar el acuerdo de “concertación” y empeñados en la demagogia de culpar a la empresa exculpando a una Junta y a un Gobierno que apenas hacen otra cosa que poner parches. ¿Qué señales de esperanza son esas que ve la Junta mientras Almunia avisa desde Bruselas que no tendremos cuartel hasta el 2012? Ocultar los problemas no fue nunca una solución.

Ahora, astilleros

Dicen desde los sindicatos que la Junta planea liquidar Astilleros con la siempre vaga promesa –recuérdese el cuento de Delphi y tantos otros—de futuros y nuevos inversores. Ya no manda el PSOE agitadores a enardecer a la plantilla subidos en un cajón como Yeltsin en el tanque. Ahora secretea el desmantelamiento y prepara a cencerros tapados una “solución final”. Y mientras tanto sigue subiendo el paro en la provincia –mil más el mes pasado, un 23’5 más que en 2008– y el partido en el gobierno sigue con el cuento de que ya se ve la luz al final de un túnel que uno de los suyos, Joaquín Almunia, avisa desde Bruselas que desemboca lo menos en el 2012. Cuando se salga, al fin, de la crisis, a Huelva no va a conocerla ni la madre que la parió.

El color del poder

Contra el presidente Obama se agita una cruzada en la que se confunden grupos racistas con corrientes populistas y fundamentalismos sectarios, por el momento en pequeña escala. Son frecuentes las imágenes públicas de Obama con atributos de Hitler o Stalin y menudean en los periódicos manifestaciones de la derecha radical que atribuye al Presidente nada menos que el proyecto de convertir los EEUU en “un país socialista”, en especial tras lo que consideran la “nacionalización de la industria del automóvil” y los forcejeos en torno a la generalización de la sanidad. Obama tiene enemigos y su popularidad decrece aunque, de momento, no ha saltado ninguna alarma en su entorno ni en los observatorios mediáticos. Un asunto notable se suma ahora al caso: la petición formulada al Presidente por el ex-candidato McCain y el congresista Peter King –dos grandes aficionados al boxeo—para que utilice la prerrogativa presidencial a favor de la memoria injuriada de Jack Johnson, el púgil negro que hace un siglo casi justo conquistó el título de los pesos pesados pero hubo de abandonar los EEUU perseguido por un FBI que por aquella época se atenía a estrictos criterios racistas y que se vieron exacerbados cuando el campeón noqueó a James Jeffries, la esperanza blanca de un país instalado en el tópico de la superioridad caucasiana. Pues bien, Obama ni siquiera ha contestado a esos requerimientos, tal vez temeroso de que una de sus primeras gracias recaiga sobre un negro famoso cuya memoria infama no sólo a un pasado intolerante sino a un presente nunca del todo libre del pleito entre las razas. Lo malo es que si un político en la cima de su poder no se siente libre para imponer un gesto tan elemental, no faltará quien saque partido acusándolo de indeciso o timorato. Entre estos últimos y los que vociferan que “está destruyendo el país” bien pudieran acabar organizando una coral inquietante. Y Obama, naturalmente, lo sabe. El Poder implica estas miserias incluso cuando es excepcional.

La paradoja es que el primer presidente negro se sienta condicionado por el color de su piel y tema adoptar resoluciones a favor de la minoría con un recelo que un presidente blanco no se plantearía siquiera, como lo prueba que sus dos predecesores, Clinton y Bush, han usado de esa prerrogativa hasta el punto de hacerla sospechosa ante la opinión pública. Todo el prestigio y la popularidad de Obama no bastan, en definitiva, para borrar de un plumazo la red de prejuicios que retratan a una sociedad tan lejana todavía de la concordia efectiva como para recelar del indulto de un negro condenado por los racistas hace nada menos que un siglo.