Cambio de chaqueta

Desde el ámbito saharaui se critica duramente la actitud y las declaraciones sobre la situación del Sáhara hechas por el presidente de la Junta, José Antonio Griñán, durante su reciente visita a Marruecos. Ni siquiera se habla ya de los viejos compromisos favorables a la antigua colonia sino que se recuerda el desprecio que cualquier actitud adoptada al margen de las resoluciones vigentes de la ONU no merece respeto.El apoyo al Sáhara ha ido decreciendo a medida que la dirigencia del PSOE se acercaba al régimen alauita, un régimen decididamente antidemocrático y, por lo que al Sáhara se refiere, algo bastante peor. ¡Qué poco vale ya una chaqueta! A no ser que valga lo que la mayoría no sabemos.

Estalla la burbuja

Un estudio elaborado por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sobre los efectos de la crisis en la administración de Justicia revela que, en Huelva, los procedimientos de embargo inmobiliario abiertos en el semestre han crecido en un 88 por ciento, al pasar los embargos de 276 a 519. Vayan sumando familias que pierden nada menos que su hogar y sigan hablando luego –me refiero a nuestros políticos, ocn los que no va la crisis—de alegrías y bonanzas. La crisis está maltratando a Huelva de manera muy especial y, encima, nada se hace desde el Gobierno o la Junta para paliar sus efectos. Esos nuevos “sin techo” seguro que lo certifican.

La comedia humana

París en otoño es punto y aparte. Pasear por el Luxemburgo, arrastrando con los pies al andar la hojarasca que forma tan espesa alfombra, sentir en los cafés protegidos por el cristal el resguardo que imponen los primeros airones, acaso la escena fugaz del viento levantando la falda quinceañera, que dicen que encantaba a Sastre cuando atisbaba a duras penas desde su sitial en el ‘Café de Flore’, corazón de Saint-Germain. Frente por frente, en la misma puerta del fabuloso ‘Lip’, detuvieron en pleno día al líder marroquí inspirador del tercermundismo libre, Ben Barka, unos sicarios marroquíes camuflados como policías franceses o, quien sabe, si unos policías franceses haciendo de sicarios de Marruecos, para llevárselo a un paradero desconocido en el que, sin embargo, parece atestiguado que hubo de sufrir torturas atroces dirigidas por el mismísmo Ofquir –al que, andando el tiempo, Hassan II forzaría a suicidarse—antes de recibir el tiro de gracia. No hay forma de pasar por aquel lugar sin evocar como un dolor adolescente la imaginada escena del gran hombre engañado por los terroristas de Estado acreditados, más que probablemente, no ya por un Estado sino por dos, como si su presencia continuara allí bajo los árboles copudos y, en los recesos del tráfico, llegara lejana la campana de Saint-Severin, donde François Chapelet desgranaba motetes en su órgano prodigioso. Nada y todo cambia bajo el paso del tiempo, pero en París y en otoño ésa constatación es una herida abierta.

Estos días Francia ha cursado a través de Interpol varias órdenes de búsqueda y arresto contra aquellos sicarios, incluido el actual jefe de la gendarmería real marroquí Abdelhak Kadiri y otros verdugos de la época, pero Marruecos, como ya hiciera hace dos años, mira para otro lado y se enroca en el argumento de que tan viejo asunto no es más que un instrumento en manos de los reventadores de las excelentes relaciones con la antigua metrópoli. La Historia está repleta de crímenes sin solución posible y éste será seguramente un de ellos porque ya me dirán cómo podría el actual sátrapa permitir que se judicializara en serio un crimen ideado y perpetrado bajo la autoridad su padre. Habrá que reforzar el pragmatismo y buscar en el París otoñal no los enigmas de aquellos años de plomo sino el aura, siempre moderna pero siempre romántica, de la vida que discurre alrededor del gentío apresurado que vemos discurrir bajo la luz entoldada de octubre. ¿Quién sabe ya quien fue Ben Barka y qué le importa al mundo la tragedia de aquel gigante aniquilado? Ahora es de desde Saint Julian-le- Pauvre desde donde llega inaudible casi el eco del eterno barroco. La comedia humana sigue su curso como hace cuarenta años, como siempre.

Ya ni la capital

Los escándalos registrados en la legislatura han puesto al alcalde de Sevilla, la capital de la región, en el trance de soportar que se pida su dimisión o cese desde leal oposición y, por lo bajini, también desde su propio partido, el PSOE. Una vergüenza tan grande que, por fin, lo han decidido a despedir a algún miembro de su ‘troupe’ exactora cuando ya lo que exigirían las circunstancias es que su partido lo despidiera a él. Estamos viviendo otro apogeo del peculado, otra ola de agio y corrupción en los Ayuntamientos y Diputaciones, que a punto están de acabar con el mínimo respeto ciudadano debido a la política. Y no es que en Baeza o en Valverde, en La Línea o en Estepona, los euros valgan menos; es que la capital, se quiera o no, constituye un obligado escaparate de integridad política.

A los pies de los caballos

Ahora vendrán los mítines y los camelos, pero los números cantan: Huelva es la provincia que menos inversiones del Estado recibirá en el próximo ejercicio económico pero, en cambio, se lleva la negra palma en la estadística del paro que, sólo en septiembre, ha registrado un incremento de 74 parados diarios en la provincia. Sin dinero y encabezando la destrucción de empleo todo apunta a que terminaremos siendo los últimos en salir cuando la nación entera lo logre, que presumiblemente será en último lugar del desfile europeo. A la cola de la cola y teniendo que oír cada dos por tres proclamas victoriosas. En mano de tanto partidista inútil, esta crisis está afectando a Huelva, lamentablemente, de manera singular.

Crisis y vida

Unos investigadores hispanos, Luis Tapia y Ana Díez, adscritos a la universidad de Michigan, acaban de hacer públicos en las páginas de ‘Proceedings of the Nacional Academy of Sciences”, los paradójicos resultados de su estudio sobre la relación entre crisis y aumento de la esperanza de vida en los periodos de crisis y, correlativamente, en su descenso en los de abundancia y desarrollo. Según ellos, la crisis no supone una amenaza para la vida sino todo lo contrario, como vendría a demostrarlo el ejemplo de lo ocurrido en los EEUU durante la Gran Depresión, periodo en el que, contra todo pronóstico, dicha esperanza de vida aumentó sensiblemente (vamos, en unos de 6 años) lo mismo entre varones que entre hembras y con independencia de las diversas razas analizadas. Para más inri, Tapia y Díez sostienen que su estudio de los periodos expansivos de 1923, 1926, 1929 y 1936-37, prueba que en ellos subió la mortalidad mientras que decrecía a ojos vista la esperanza de vida. Admito que quizá no resultan especialmente convincentes las propuestas que hacen los autores sobre los posibles motivos, entre los que incluyen la disminución del tabaquismo y del abuso del alcohol, el estrés y la polución, pero no cabe duda de que esa evidencia estadística resulta todo menos esperable. Miren por donde va a resultar que los perversos Maddof que nos han arrastrado al abismo económico nos están prolongando la existencia casi al punto de que no faltará quien flaquee recelando de que la crisis de esfuma y vuelven los buenos malos tiempos.

Sobre la esperanza de vida no dejamos de llevarnos sorpresas, sobre todo si se entera uno de buena fuente de que, en los países desarrollados y en el último medio siglo, tal expectativa ha crecido a razón de tres meses por año, de manera que si hace 90 años la ciencia preveía que la vida media de los americanos jamás podría sobrepasar los 64 años, hoy nos encontramos con que hay dispersos por el planeta unos 200.000 supercentenarios y con que el grueso de las previsiones cuenta con que esa tendencia se prolongará indefinidamente, con cuanto ello implica. A mi amigo el biólogo Ginés Morata –uno de los pocos “Príncipes de Asturias” con que cuenta Andalucía– le he oído razonar muy cuerdamente sobre los aspectos catastróficos que supondría semejante longevidad, empezando por el problema asistencial pero sin olvidar los propiamente biológicos. En estas ocasiones recuerdo siempre el demoledor relato de Borges sobre la inmortalidad que incluyó en “El Aleph”, suprema arma de disuasión de los ingenuos empecinados en vivir una existencia infinita.