Contrastes valverdeños

La Asamblea Local de la Cruz Roja de Valverde trabaja en un plan para distribuir cuatro toneladas de alimentos “excedentes de le Unión Europea” entre las familias los necesitan para comer. Sitúen esa imagen junto a la foto de la mariscada con factura falsa que se zamparon los mandamases del Ayuntamiento y no me digan que no resulta un contraste tanto más inadmisible en cuanto que la única respuesta ofrecida por el consistorio a los vecinos ha sido el silencio. Ellos cigalas pagadas por el contribuyente, y otros en cola para conseguir la sopa boba que sobre en Europa. Consideraciones políticas y legales aparte, esa doble foto debería exponerse en el solar de la Plaza para general conocimiento.

Partida por dos

Cuentan que a la manifestación contra el aborto acudió más de un millón de personas, multitud en la que no habría sólo partidarios conservadores sino, según dicen, también un número significativo pertenecientes a otras orientaciones ideológicas. Lo mismo da, a mi modo de ver, pero cuando oigo una voz diciendo que el hecho demuestra que España se ha partido en dos y que el Gobierno legisla para la mitad de la ciudadanía, me recorre el cuerpo el viejo escalofrío que siempre me inspiró la noción de las “dos Españas”, ese tópico convertido en trágica realidad en demasiadas ocasiones. Un millón da lo mismo que medio o que dos millones. Lo decisivo es, a mi modo de ver las cosas, que esa fractura se acepta ya como estructural, es decir, como si la dualidad cainita fuera algo ontológico, el efecto de la propia condición de un pueblo y no la consecuencia artificial de las intensas manipulaciones ejercidas desde el Poder o, por mejor decir, desde los poderes que pesan en la sociedad. Esta reforma de ley, por ejemplo, no es más que una arbitraria provocación derivada del cálculo electoralista, en absoluto la respuesta a una necesidad sentida por la sociedad que, ciertamente, tiene planteados en este instante problemas mucho más abrumadores que sólo la demagogia puede disimular. Dicho sea todo ello sin entrar en el fondo de la cuestión, es decir, en el juicio ético o moral que plantea la instauración de ese peregrino concepto que convierte en ‘derecho’ exclusivo de la mujer embarazada el disponer sobra la vida de un ser engendrado al que, por si algo faltaba, constitucionalmente se considera protegible. Da igual, me quedo con la imagen: otra vez la muchedumbre enarbolando el lábaro de la España demediada en un gesto que –se mire desde la acera que se mire—no es sino un pródromo del conflicto. Caín otra vez, invocado ahora por el Gobierno, como empeñado en probar que la nación no tiene otro destino que la ordalía dilucidada a garrotazos.

No es justo ni razonable legislar para medio país, como no es aceptable moralmente plantear el aborto de una vida como la intrascendente decisión de una mujer, incluso de una adolescente, ejecutada por sí y ante sí. Reafirma en ello la estadística, porque nadie en sus cabales puede admitir como un asunto nimio la eliminación de cientos de miles de seres humanos, al menos más allá de estrictos supuestos determinados por la necesidad. En cualquier caso –al margen de criterios morales e incluso ideológicos– resulta temerario legislar contra la mitad de España. Un millón es un botón de muestra. El traje completo no podría ser más que una tragedia. Otra.

Un ejemplo

Anuncia le profesor Alfonso Lazo unos breves dominicales en los que irá desgranando, como suele, sabiduría y sentido común sobre las cosas de nuestra tierra. Un diputado constituyente, un militante con peso, un activo excepcional que el PSOE no supo capitalizar, pero que fue capaz de reciclarse críticamente sintetizando energía y mesura hasta echar por la borda hasta el último rastro de “corrección política”. ¡Qué difícil es la independencia, qué costosa a veces si se trata de fustigar lo que nada te gustaría tanto como poder evitar! Lazo es un paradigma de honestidad intelectual y libertad de espíritu. ¡Que cosa tan deplorable que virtudes tan elementales resulten tan insólitas!

Política canalla

Tras la insensata y deplorable salida del defenestrado Ignacio Caraballo tratando de incluir al PP onubense en el “caso Gürtel”, no podía faltar la puntilla del autodidacta Jiménez –ese provocador profesional que ha hecho de la descalificación y del insulto casi su único recurso político—, diciendo que hay indicios suficientes para justificar semejante infamia. No los hay sobre la mariscada de Valverde, sobre los mangazos de Beas o de Bollullos, sobre el “golpe” que él mismo apadrinó en Gibraleón, sobre los líos de las Mancomunidades bajo su mando, sobre las obras sin justificar de la Dipu, pero sí contra el adversario a batir. El PP estaría loco si no lleva hasta sus últimas consecuencias su querella criminal contra esos temerarios, en buena medida alentados por tanta condescendencia y tanta debilidad.

El botín cultural

La decisión Francia de devolver a Egipto cinco fragmentos de frescos procedentes de una tumba del Valle de los Reyes, ha reabierto la polémica sobre la devolución a sus legítimos dueños históricos de los bienes culturales requisados en guerra o afanados ilícitamente en paz. Una historia interminable que hace poco hemos protagonizado nosotros obteniendo de un juez de Florida la devolución, aún pendiente, del tesoro rescatado por el “Odyssey”, pero que concierne a multitud de países. Los “mármoles de Elgin” –rapiñados por Inglaterra en el Partenón y que merecieron la censura de lord Byron en el poema “Child Harold”—permanecen en el British Museum a pesar de que Grecia los reclama para el nuevo museo de la Acrópolis, teniendo en cuenta que constituyen los dos tercios del friso del gran templo y más de la mitad de sus esculturas decorativas. Claro que la procesionaria se muerde la cola pues si Berlín reclama a Moscú la devolución del tesoro de Príamo, robado por los soviéticos en 1945, Egipto reclama a Berlín el busto de Nefertiti o el fabuloso tesoro de Schliemann, y a Francia, entre otras cosas, la piedra de Rosetta y tantas joyas de las colecciones del Louvre. Italia pidió hace poco a varios museos estadounidenses las piezas expoliadas en yacimientos sus etruscos y helenos y Perú –que con otros países hispanos reclaman a España el oro inca y otros bienes—tiene demandada a la universidad de Yale la devolución de los miles de objetos que hace un siglo un tal Bingham consiguió llevarse con el pretexto de una investigación rigurosa. Es interminable la lista de reclamaciones y hasta existe ya un tratado de la UE, el Unidroit, ratificado por España en 2002, que trata de encauzar este maremagnum de reclamaciones.

Será tan difícil restituir alguna vez tanta rapiña como obviar que en muchos casos el expolio salvó a esas obras de su total destrucción. Lo que Napoleón hizo en Egipto, asesorado por sus sabios, está la vista en París como lo que perpetraron los papas lo está en Roma. El toque está en entender que sin el enorme esfuerzo coleccionista del XIX europeo, puede que hoy no tuviéramos más que una brumosa memoria de esos bienes que inventariaron ya con escrúpulo los anticuarios renacentistas. El propio indigenismo bolivariano ha abierto un frente no poco floclórico para reclamar la vuelta de lo robado, una reclamación que, a mi modo de ver, implica una idea perfectamente peregrina de lo que la Historia es realmente. El British ha argumentado, en general, que la cuestión debe eludir todo signo nacionalista. Hay que admitir que, a pesar de los pesares, lleva razón.

Dimes y diretes

Ha mandado Chaves, que sigue siendo el mandamás en el PSOE andaluz, que cesen los “dimes y diretes” sobre si Griñán cuenta con el respaldo del partido o quien manda es el “aparato” encabezado por Pizarro. ¿Y no sería más lógico no dar tres cuartos al pregonero sino dar el puñetazo en la mesa a puerta cerrada? Griñán no se merece esa exposición al desprestigio y nadie duda, en este momento, que su mandato será real o mera apariencia dependiendo de que en Madrid se decida una u otra cosa. Lo que parece mentira es que un personaje como Pizarro pueda mantener en jaque a una autonomía. Que lo haga comprometiendo el gobierno resulta ya de locos.