Arcadi en Nerva

Esto de las distinciones municipales viene acarreando desde que se inventaron tenaces polémicas. Le gusta a muchos lo que otros detestan, no reconocen méritos los que lo son a ojos vista para sus oponentes, razón por la que contribuyen, y mucho, a funcionar como un formol de la “mala memoria”, para eternizar nuestro cainismo. A Arcadi Espada –digan lo que quieran de él, pero a ver quién discute la acuidad de su pluma y su sentido de la honradez—le acaba de retirar el Ayuntamiento de Nerva –PSOE, IU y PP—el galardón local más preciado que en su día le concedió el mismo alcalde que ahora se lo quita, no sin antes propinarle en le Pleno –sobre todo el edil del PP—una infame y calumniadora paliza. ¿Lo ven? De nuestros pueblos, incluso de los de mayor abolengo cívico –como es el caso de la Nerva de Barriobero y Concha Espina—no acaba de desaparecer el trasfondo aldeano de la discordia, el rencor y la envidia. ¡Vaya por Dios! Y lo que es peor, parece que han heredado los peores vicios del pasado político, entre ellos, cómo no, la pasión por la censura: ¿Libertad de expresión? La justa y si nos halaga; en caso contrario, ahí está el censor con su guillotina engrasada y la capucha puesta. A Arcadi lo han decapitado –o mejor, lo han asado, vuelta y vuelta, como a san Lorenzo—cuatro aldeanos enemigos de la eminencia. ¡Que se joda Arcadi! En fin, ¡que se joda Nerva!

Bien mirado la culpa del exceso no la tienen los capitulares de esa noble población –como no la tiene su pueblo—, sino sus respectivos responsables de partido, que son, digan lo que digan unos y otros, los que hacen de la capa teórica de la autonomía municipal, un sayo para lo que se tercie. No me extraña nada que IU se apunte a un bombardeo aunque sea contra un escritor de fuste, dada su nanoestatura actual, pero me cuesta oír al PP manifestarse con ese acento tan agresivamente cazurro contra un personaje de tan clara trayectoria. Nerva se lo pierde, claro, pero ¿y el PP, qué pierde el PP alejando de sí a lo mejorcito para entregarse a la gañanía envidiosa y cerril? ¿Es que no se da cuenta del perjuicio que le causan estas exhibiciones palurdas? Ni en Nerva es ya coherente esta Derecha que en su día representaron Vázquez Díaz o los cultos hermanos Zarza. Y en cuanto a la Izquierda, para qué hablar. Van camino de eternizar la demagogia de aquel Barriobero que cifraba su ideario en combatir “la alianza de la Guardia Civil con curas y beatas”. Y al que así le fue, al pobre.

Factura política

La factura política de le corrupción es tan tremenda en Andalucía que no entiendo cómo se la olvida a la hora de disparar contra los corruptos ajenos. Lleven ustedes la cuenta provisional de su coste político: dos Presidentes de la Junta imputados, seis consejeros bajo la lupa, tres alcaldes de Jerez –mejor sería decir “todos los alcaldes de Jerez”—en la trena o aguardando sentencia, y más de doscientos familiares, deudos y amigos del “régimen” en las blandas manos de la Justicia. No hay sociedad que pueda resistir inmune ese precio, ni democracia que no se vea amenazada en la entraña por ese cáncer. Y sigue la fiesta: antier mismo se descubría que, ya en 2004, se gastaba el dinero de Formación en pagar una “bolsa de enchufados”. ¿Y mañana? Mañana, Dios dirá.

El uniforme

La imagen del líder de Podemos visitando al Rey con la camisa arremangada, en plan mormón, o la que, con compañía del soviet en peso se hizo para putear al PSOE con aquella exhibición de prepotencia, no solamente son un motivo de crítica política, sino que constituyen –¡en pleno enero!—la demostración de que todo totalitarismo tiende al uniforme. Esta revolución indumentaria que será, seguramente, la única que van a perpetrar esos extremistas, ni siquiera tiene la tosca imaginación de sus padrinos bolivarianos o la severidad de sus mecenas iraníes, sino que se reduce a eliminar del vestido, en la medida de lo posible, todo vestigio “burgués”, culminando la rebelión que inició un ministro de Economía de ZP cuando se inauguró en el Congreso –decía que para ahorrar la energía despilfarrada en el aire acondicionado—la imagen del diputado despechugado. Hombre, no estoy pensando, ni por asomo, en las chalinas canovistas ni en los chaqués de nuestros antiguos próceres; sólo digo que esa ruina indumentaria no comporta mérito alguno –ni siquiera símbolo que valga—ya que no pasa de una ocurrencia al alcance de cualquiera. Pero eso sí, se ha convertido en un uniforme agresivo e irrespetuoso, comprensible en los gorilas venezolanos pero aquí más bien no. ¿Han visto al alcalde de El Ferrol recibiendo, en plan paria, a dos altos marinos extranjeros, o al de Cádiz, mochila en lo alto, saludando al almirantazgo al pie del Juan Sebastián Elcano? El uniforme delata al hombre, no lo duden, lo mismo por exceso que por defecto.

¡Y anda que si hablamos de camisas! Nunca tuvo Europa pesadillas más graves que las provocadas por la visión de las camisas pardas, las negras o las “bordadas en rojo ayer”, y es de temer que estas camisas blancas remangadas –como las fascistas, igual—acaben convertidas en un nuevo símbolo patético de la pesadilla rebelde. Lenin o Troski vestían como dos señores, las cosas como son, y no eran menos revolucionarios que Girón porque éste se arremangara la camisa azul Mahón por encima de los codos ni que Iglesias porque se a arremangue por debajo. Lo que si queda por los suelos es la dignidad –no el protocolo, ojo—de las instituciones, razón por la cual Felipe VI ni se inmuta al recibir a estos encamisados sino que les cede el paso como un señor. ¿La siguiente? No creo mucho en que haya una siguiente, pero si la hubiera no duden que sería formarnos de tres en fondo y ponernos a marcar el paso.

Media entre las agujas

Ha habido diversos maestros del toreo expertos en liquidar al toro con rapidez colocándoles media estocada entre las agujas. No falla el recurso y el matador demuestra con él que no hay por qué extremar los espadazos cuando basta un pinchacito bien puesto. Susana Díaz ha hecho lo propio con Sánchez con una innegable astucia prosódica y léxica: “En las últimas elecciones, el PSOE no hizo Historia, sino que sacó el peor resultado de su Historia”. Letal juego de palabras, por completo acertado. Media largartijera de ésas que tumban al morlaco sin puntilla o, cuando menos, lo hacen buscar las tablas. Insisto: doña Susana será o no será lo que se quiera, pero el olfato político que tiene no lo supera el mejor sabueso.

Otra moral

En medio de la barahúnda suscitada por la rapiña valenciana y andaluza nos llega la noticia de la dimisión voluntaria del ministro de Economía japonés, Akira Amari, quien había sido acusado una semana antes por una revista de haber aceptado, junto con sus ayudantes, unos 100.000 euros de una empresa constructora a cambio de cierto trato de favor. El ministro Amari era la estrella de la nueva política económica japonesa –un conjunto de medidas que recibe el nombre de Abenomics destinadas a salir de la recesión que padece el país—y se ha despedido de la afición con una naturalidad tan solemne que a un españolito de nuestros días ha de resultarle incluso extravagante. Así ha dicho el ya ex-ministro: “Japón está saliendo de la deflación, ha visto crecer su PIB en un 1 por ciento y se propone derrotar a la inflación. Todo lo que ponga esta meta en peligro debe apartarse: por tanto renuncio a mi puesto como ministro”. ¡Ahí queda eso, con dos bemoles! ¿Se imaginan a cualquiera de los que estamos pensando en este momento usted y yo haciendo lo propio en España? Yo al menos, no, y no lo digo por decir, sino por nuestra larga experiencia en materia de corrupciones y también, todo hay que tenerlo en cuenta, por la diferencia moral que nos separa –y no sólo a los españoles—de estos últimos samuráis. Por esa cantidad ridícula a estas alturas, aquí lo más que se lleva un pavo es un par de titulares en el telediario y una travesía procesal que puede durar no menos de cinco o seis años –¡diez acaba de cumplir la “operación Malaya!—tras la cual ya veremos lo que ha prescrito y lo que no. Yo de mayor quiero ser japonés.

La gente se escandaliza con razón al contemplar la impunidad de nuestros mangantes y hemos debido llegar a este callejón sin salida gubernamental para que a alguien se le ocurra que la primera exigencia entre las muchas que nos apremian tiene que ser un gran pacto implacable contra la corrupción. Aunque, claro está, eso tampoco se va a conseguir nunca mientras no se devuelva a la Justicia su fuero de independencia y se dé a la Fiscalía la debida capacidad instructora. Pero lo grave, lo que aparece como último “telos” de la cuestión, es la miseria moral que nos distingue hoy día de países donde un gesto como el comentado se ve como normal. Precisamos con urgencia de un vuelco moral que recupera los valores perdidos, no de la mano de un “leninismo amable”, sino por la presión de una ciudadanía que barra este muladar como lo haría un tsunami.

El buen ladrón

Ha muerto en Mojácar, octogenario y hecho una malva, uno de los cerebros del famoso atraco al tren de Glasgow que fue considerado como un récord criminal hasta que nos despertó del sueño ingenuo la contabilidad de nuestras corrupciones. Se dedicaba el hombre, cumplida ya su condena, a atender amablemente a los clientes en su chiringuito playero asombrando a los curiosos con su extremada cortesía. Por lo demás, sin cambios. Los nuestros, nuestros mangantes, siguen campando por sus respetos, camuflados en la selva procesal y protegidos por el “régimen”, que ya no sólo es del PSOE sino que cuenta, además, con el apoyo firme de Ciudadanos. Les deseo lo mejor, por supuesto, pero reconozco que nuestra Justicia no es como otras que nos son ajenas. Douglas Gordon, que ésa era su gracia, acabó reinsertado como el Tempranillo. Nuestro bandidaje no permite esa hipótesis.