La sagrada familia

Está por escribir el papel de la familia en la política andaluza. Padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos, cuñados y demás parientes y afectos aparecen en ella, a todos los niveles, enlazados por el cordón del nepotismo y, llegado el caso, por el de la asociación ilícita. Es nuestra mafia, blanca o negra, nuestra camorra de cuello blanco, que en el Ayuntamiento de El Egido se acaba de descubrir superando todas las marcas. Nuestro sistema fragua el concepto caciquil al calor familiar y hay que decir que con un éxito jamás alcanzado hasta ahora. Desde la cabeza a la cola, insisto, este pescado está podrido. Y no se ve la menor voluntad de sacarlo de la cesta. Hemos inventado la corrupción familiar con tanto retraso como aprovechamiento.

Pactos vacíos

Bramaba ayer el director Unquiles quejándose del interminable recurso a la a comedia política con que, con frecuencia, justifican el sueldo y la inepcia nuestros privilegiados representantes políticos. ¿Qué fue, aparte de la adjudicación “a la sevillana” del contratazo correspondiente, del cacareado pacto por Huelva que pretendía lavar nuestra imagen exterior? Ahora se une a él el llamado “Pacto por le Economía Social de Huelva”, tan vacío al ser presentado en sociedad, que la propia presidente de la Dipu dice que “habrá que llenarlo de contenido en el futuro”. Unquiles se sube por las paredes ante esas teatrales fotos pero lo que no se puede negar a esta tropa es su capacidad para entretener al público.

En el laberinto

Hay cada vez más voces en Europa y en EEUU preguntándose qué sentido tiene mantener la presencia de tropas en Afganistán, si es justificable la muerte de tantos soldados y un gasto tan prohibitivo en medio de un laberinto que tal vez no tenga siquiera puerta de salida. Las elecciones pasadas, que fueron presentadas por los “aliados” como un paso decisivo hacia la democracia, han demostrado que, en realidad, no han sido más que un gigantesco paripé jugado por el manojo de sátrapas –los llamados “señores de la guerra”—del que no se excluye ni el mismísimo candidato de Occidente, Hamid Karzaï, “el hombre más elegante del mundo”, por lo visto, y desde luego un tramposo descomunal. Hoy sabemos, por ejemplo, que su supuesta victoria no era más que un fraude colosal, al menos ocho puntos por debajo de los resultados que anunció en un principio y , según los observadores de la UE, al menos un cuarto de los votos registrados –millón y medio, de los cuales más de un millón beneficiaban a Karzaï– han resultado sospechosos, forzando a una segunda vuelta que, muy probablemente, no resuelva nada en un país en que la mujer vota embozada y los taliban cortan la mano a los votantes. ¿Tiene sentido morir en Afganistán en semejantes condiciones?, se preguntan algunos observadores, sin perjuicio de reconocer la gravedad de una situación que, una vez creada, tal vez no tenga salida. Si se piensa en que, en el fondo, lo que hacen nuestras tropas es el juego a los sátrapas, evidentemente, no. Sólo la contemplación del problema como un conflicto que concierne al orden internacional en su conjunto, permitiría otra respuesta.

Por eso ha resultado tan desconcertante la propuesta de una política española de que la solución en aquel belicoso país no vendrá nunca de las armas pero sí pudiera derivarse de una reforma agraria, extraño concepto para aplicar en un monocultivo de opio del que proceden las inmensas fortunas de los “señores” pero también el pan cotidiano de la inmensa mayoría del pueblo. Todo indica que no habrá otra solución de futuro que mantener esas indeseables armas e incluso aumentar decisivamente el arsenal aunque sólo sea para proteger a los efectivos que combaten en una guerra abierta disfrazada de misión de paz. Y por eso también nos ha parecido a muchos que el Nobel de la Paz concedido a Obama podría estallarle entre las manos por muy buena voluntad que le eche a un mapa bélico en el que a Afganistán se une el panorama de Irak, la amenazante sombra de Irán y el termitero paquistaní. De momento vamos a darle otra vuelta a ese puchero tramposo. Siempre habrá tiempo de pensar en una tercera si el guiso tampoco sale esta vez.

La real gana

Poco ha contribuido la arrogante argumentación de Chaves a la aclaración de su increíble balance de patrimonio personal. “No he ahorrado– dice para justificar la clamorosa evidencia– porque no me ha dado la gana”, como si ésa fuera alguna razón de recibo en un personaje público al que, al contrario del privado, la opinión e incluso la institución están en su derecho de cuestionarle el peculio. Una grosera expansión que no evitará que se mantenga la duda razonable sobre la parquedad de ese balance increíble que, por lo que se ve, no dispones de mejor razón que el inútil recurso a la testosterona.

La UHU, en el mercado

La Onubense no sólo se ocupa de sus alumnos mientras lo son sino que se preocupa de su posterior inserción en el mercado laboral, siguiendo el rastro de todos y cada uno de ellos y disponiendo como obligatorias unas prácticas en empresas antes de finalizar los estudios. Toda una demostración de inteligencia y realismo, especialmente notable en las duras circunstancias actuales, y todo un alto concepto de lo que debe ser una Universidad más allá de una simple fábrica de títulos. Son raras las universidades que hagan otro tanto hoy por hoy, y por esa razón hay que felicitar doblemente a los responsables de una institución que con el tiempo se verá que ha marcado en Huelva un antes y un después.

Las lágrimas de Lula

Al día siguiente de la elección de Río Janeiro como sede de los JJOO de 2016, un gabinete de autoridades y expertos en seguridad debatió la situación de una ciudad en la que la violencia es endémica prácticamente desde siempre. Se habló allí de aumento de las plantillas policiales, de planes de “pacificación” de las zonas infraurbanas (‘favelas’), de medidas especiales para someter a los hasta ahora indómitos clanes violentos por lo general ligados al narcotráfico. Pero ahora, el, sábado pasado, en la “ciudad maravillosa” que se llevó al agua al gato escaldado de los dudosos compromisarios olímpicos, una refriega en toda regla entre la policía las bandas provocó doce muertos y el derribo a tiros de un helicóptero policial cuyos dos agentes perecieron carbonizados, un duro prólogo para los que al día siguiente, el domingo, arrojaron un balance de cinco traficantes muertos en diversas favelas. Toda la policía ha sido acuartelada y 4.500 agentes suplementarios han sido desplazados desde otras zonas hasta la capital en vista del estado de terror provocado por los incidentes, mientras el propio ministro del Interior –que está convencido de que los enfrentamientos continuarán produciéndose—proponía enviar a la zona el supercuerpo de elite del ejército del que el Gobierno dispone para afrontar situaciones límite. Las festejadas lágrimas de Lula el día del éxito internacional puede que incluyeran la conciencia de que a una ciudad como Río le queda un trecho demasiado largo por recorrer antes de poder postularse como sede de una cita de esa naturaleza.

Es probable que en el tiempo que queda por medio, Brasil consiga apaciguar los ánimos en beneficio de la seguridad de una ciudad en la que muchos vecinos (soy testigo) viven atrincherados en sus domicilios entre blindajes y seguratas. Pero también lo es que el problema es difícil si se tiene en cuenta que dos tercio de esa población, cabalmente dos millones de personas, viven en los terribles barrios del norte y en impenetrables favelas como Jacarezino o Sao Joao, el escenario de esta penúltima guerra. ¿Tenía sentido elegir a Río capital olímpica en estas condiciones, alguna lógica apunta a que una acción cívica logrará cambiar lo que siempre fue esa hermosa y tremenda ciudad en la que hasta la policía ha estado bajo sospecha de gravísimos crímenes? Lula prometió al llegar que no se iría antes de proporcionar a cada brasilero tres comidas diarias y elminar el chabolismo endémico. No ha conseguido, según parece, ni una cosa ni la otra pero sí unos JJOO que encajan a la perfección en el imaginario de un pueblo cuyo narcisismo sólo es comparable a su violencia.