El espejo belga

Reproduce la prensa belga la entrevista a un periodista catalán en la que el interrogado plantea similitudes y diferencias entre la realidad del conflicto separatista que amenaza a aquel país y el que desgarra, vigorizado por el propio gobierno regional, la realidad catalana. Y es cierto que hay diferencias sustanciales, al menos de momento, entre las dos situaciones, por más que las tensiones siempre aplazadas entre las regiones belgas y la escalada del nacionalismo entre nosotros, justifiquen que la secesión catalana, por ejemplo, mire con esperanza hacia allá en busca de un espejo en que reconocer los propios designios. En Bélgica sólo quedan ya estatales dos cosas, el fútbol y los museos. Todo lo demás, incluidos los indicativos para el viajero, ha sido ya regionalizado idiomáticamente, incluida la prensa y la televisión, es decir, como aquí. Y sin embargo, una fuerte corriente de opinión sostiene la confianza en la unidad de ese país –que un sus orígenes, es decir, hace sólo siglo y medio largo, fue un estado unitario y francófono dividido en diez provincias y es hoy un estado federal que sólo cuenta con tres regiones, contando Bruselas como una de ellas—aunque sin garantías de un vuelco repentino de la opinión y, desde luego, convirtiendo en incómoda una convivencia proverbialmente civilizada. Dice el periodista catalán que, siendo cierto que Bélgica funciona como un espejo para los nacionalistas, también lo es que funciona en el mismo sentido para los contrarios a la fractura antiespañola, que ven en ella un interesante modelo de coexistencia o cohabitación a prueba de tensiones excéntricas. Pero la realidad es que un cataclismo de esa naturaleza plantearía a un país como Bélgica, al margen de las irreparables consecuencias internas, problemas seguramente insuperables frente a una Unión Europea respecto de la cual estos proyectos de diáspora constituyen una flagrante contradicción. ¿Habrá visto la Blancanieves secesionista en el espejo la cara de esa implacable madrastra?

Cuesta creer que se estén cuestionando en Europa estos moldes probados mientras el futuro apunta por todas partes a la presencia de unidades cada vez más extensas y pobladas, sobre ese mapa que tal vez no podamos ni imaginar todavía pero que se colorea solo desde hace tiempo. Pero así es, no cabe duda. Nunca había vivido Europa una fiebre localista de tanto alcance, ni siquiera en tiempos en que tuvo motivos sobrados para alimentar el sentido de la independencia. Lo comprobamos en ese espejo belga que nos devuelve deformada la imagen genuina en un puzzle de difícil ajuste. Hace años Pujol gustaba de mirarse en Eslovenia y celebraba la machada de Montenegro. A esos dos espejos también sería bueno que se asomara hoy.

Muere un maestro

La semana pasada se celebró en Sevilla, promovidas por la Fundación Lara y la Academia Sevillana de Buenas Letras, unas jornadas en memoria de Domínguez Ortiz en las que su obra fue recordada como por expertos como Benassar, Martínez Shaw, Joseph Pérez, Manuel González o Enriqueta Vila, en las que se presentó la biografía del maestro escrita por Manuel Moreno Alonso. No hay que olvidar a los maestros porque ésa es la mejor garantía de la discontinuidad y de la dispersión del saber y es de esperar que se tenga en cuenta esta evidencia ante la muerte el jueves pasado de otro de los grandes de la Historia que nos concierne más de cerca, aquel Pierre Chaunu entre el cual y Pierre Vilar se balanceó fructífera toda una generación de historiadores posteriores, entre los que resulta obligado destacar la figura de García-Baquero y A.M. Bernal, en cuyas importantes obras resulta difícil no ver una reacción “dialéctica” al positivismo, en ocasiones más que ortodoxo, del fundador del método cuantitativista. Sólo por una alguna de esas obras –y la que personalmente prefiero sin duda es su ensayo sobre Carlos V—ya debería Chaunu ser distinguido altamente entre quienes se inclinaron sobre nuestro pasado, y me refiero, claro está, a su monumental “Sevilla y el Atlántico”, cuyos 12 volúmenes marcan un antes y un después en la controvertida cuestión de nuestras relaciones con América. No confío mucho, sin embargo, en que la memoria funcione como es debido y por eso me decido, no sin cierta audacia, a dar el primer paso. Está por estudiar la importancia de aquellos trabajos que abrieron caminos nuevos a quienes vieron en el método de Chaunu un filón inapreciable, sin duda saqueado con frecuencia sin contemplaciones ni discreción. Chaunu venía tras las huellas de Tapié, máximo intérprete, a mi juicio, de la cultura barroca al menos hasta que Maravall publicara su obra decisiva sobre al época y cubre solo una página de la historiografía del sigloXX que esperemos no se borre en el XXI.

En una ocasión en que tuve el privilegio de acercarme a él, me explicó su idea de los motivos de la elección de Sevilla frente a Cádiz e, incluso, a Huelva, como puerta del que se llamó “el lago sevillano”, el Atlántico. Y entreví en su actitud un deje de incomodidad ante ciertas interpretaciones de su método y de su obra, que él repasaba sin estridencias, como quien echa de menos la aceptación de sus leales convicciones. Con él se va otro maestro indiscutible que, ciertamente, no vino a traer la paz, en muchos casos, con su brillante modo de acercarse al pasado y de remover sus cenizas.

El millón raspado

Al consejero de Empleo parece que lo reconforta el hecho de que la oposición haya errado el cálculo del paro al cifrarlo en un millón, pues según los datos oficiales, Andalucía no cuenta más que con 994.400 personas desocupadas, o sea, un 25’64 por ciento de las que están en edad de trabajar. Hay que estar en Babia para no percatarse de que si el verano no ha sido capaz más que de raspar levemente la estadística, el otoño y el invierno habrán de llevarla, por desgracia, más allá del previsto millón. Y hay que ser indulgente o irresponsable para mantener al frente del empleo a alguien con semejante criterio.

Optimistas, abstenerse

Ha subido el paro en Huelva, ¡en pleno verano!, mientras en el conjunto de Andalucía el trabajo recuperaba unas migajas perdidas. Y estamos ya en una tasa de un 22’14 por ciento de la Población Activa –un 1’67 por ciento más que el trimestre anterior–, con 51.300 personas mano sobre mano. ¿Dónde está el éxito de las medidas contra el paro adoptadas por Gobierno y Junta, de qué sirvió ese ‘Plan E’ que levantó las aceras de media región para volverlas a tapar? Mantener la polémica en lugar de pactar todos contra esta plaga es una temeridad de la que habrá que pedirle cuenta al Poder algún día. Que si las cosas siguen como van, no sería extraño sino lógico que coincidiera con el día de las elecciones.

El instinto dinástico

Con motivo de la promoción del hijo de Sarkozy se habla mucho de esa pulsión dinástica que se manifiesta en tantos líderes republicanos, empeñados en instaurar o restaurar ‘de facto’ la monarquía convirtiendo en herederos a sus hijos. Asistimos a un silencioso movimiento universal que, desde el seno de las repúblicas, evoluciona hacia la monarquía, de la misma manera que, en su día, determinados cambios sociales (y económicos) provocaron la sustitución de ésta por las repúblicas. Rafael Atienza rescató, en un memorable discurso académico, el balance que el historiador Harold Nicholson hizo del destino de las dinastías europeas tras la Gran Guerra y la Revolución Rusa, aquel “gran terremoto de la Historia”, que supuso el fin de cinco emperadores, ocho reyes y dieciocho dinastías menores en un tiempo récord, un seísmo que hoy estaríamos viviendo al revés. Nos lo recuerda una crónica de Rosa Meneses que incluye en su recuento, junto al niño de Sarko, a los régulos de Corea del Norte, Libia. Egipto, Argelia, junto a las dinastías familiares de Argentina o Cuba, aunque dejando fuera los casos del Congo, Togo, Zaire, Chad, Senegal, las dos Guineas o Gabón, y algún otro que se me quedará el tintero. El discurso de Atienza se titulaba “Heredar el mérito” y ya desde su perspectiva aristocrática destripaba con lucidez los trucos del dinastismo junto a sus fuertes razones históricas. Hoy día la cosa es más sencilla. No hay diferencia básica entre la decisión de Sarkozy y la de Kabila porque la razón dinástica ha dejado de ser un código ético para reeditarse en una simple cuestión subjetiva. Hemos descubierto las repúblicas hereditarias. Me temo que alguien andará reinando en la idea de rescatar la guillotina del desván.

Lo malo es que ni siquiera se trata de la idea de Flaubert de que no hay mejor monarquía que la república constitucional, sino de un simple y humano reflejo de esa propensión patrimonialista que parece inseparable del ejercicio del poder, lo mismo si éste se atiene a la lógica de las democracias que si va por libre en el marco de la autocracia. A Kim Il-Sung o a Gadafi los mueve, en le mejor de los casos, un impulso idéntico al del presidente francés, a saber, a la ilusión de que la estirpe propia es aristocracia y, en consecuencia, garantía de virtud. Al propio Franco, siendo lo suyo que era el pavo, a poco lo convence el pretorio familiar para hacerse suceder por un trasyerno. Lo que prueba que el Poder, se emplee bien o se use mal, acaba siendo interiorizado como un derecho. Entre el derecho divino y la soberanía popular, resulta que no había más que un paso. Y se ha dado.

No lleva razón

No lleva razón la consejera de Educación, María del Mar Moreno, cuando dice que asistir a un pleno municipal en su pueblo va por delante de su obligación de comparecer en el Parlamento. Al contrario, esa actitud descubre, con cierta ingenuidad, la auténtica idea que estos dirigentes se han formado del Parlamento –representación única del pueblo de todos—y que se cifra en ver en la cámara un simple instrumento legitimador de la política de la Junta y, llegado el caso, de la del partido que lo sustenta. Claro que la culpa no es suya sino de un Parlamento que, adormecido sobre la mayoría absoluta, hace mucho que se resignó a su papel segundón.