Isla Cristina y su ley

No sé qué pensará al respecto el delegado del Gobierno, responsable último de la seguridad y su organización aparte de persona discreta, pero la decisión del Ayuntamiento de Isla Cristina de autorizar a vigilantes contratados para que suplan en sus tareas a la policía local, tiene todas las trazas de ser ilegal. No se pueden atribuir funciones policiales a quienes no ostentan esa condición, así de sencillo, de manera que si las plantillas resulta insuficientes o eventualmente inutilizadas, lo lógico es recurrir a las fuerzas de seguridad, aparte de dotar a aquellas de manera suficiente. ¿Qué ocurriría si uno de esos presuntos “ilegales” tuviera la mala suerte de causar lesiones, pongo por caso, a un ciudadano? Ya digo, es el delegado del Gobierno el que tiene que decidir, aunque en su caso, por supuesto, lo sería también la Justicia.

La escuela hertziana

Es un hecho probablemente fatal que la opinión pública haya optado por la información virtual abandonando los viejos cauces de la letra escrita. Nada menos que tres millones y medio de españoles (el 8 por ciento de nuestra población), por ejemplo, han visto la tele durante el año 2008 una media ¡de diez horas diarias!, barbaridad que agrava el hecho de que la media absoluta la audiencia haya sido de casi cuatro horas diarias de contemplación de la pantalla. Sólo la competencia de Internet hace mella en ese fenómeno, sobre todo por parte de los sectores más jóvenes de la sociedad, que ven en el nuevo ‘medio’ una oportunidad de participación más directa y activa, aparte de lo que todos sabemos y mejor olvidar. La prensa escrita –y no hablemos ya del libro, por más que el optimismo oficial trate de serenarnos—cede terreno a ojos vista ante la información virtual, como lo demuestra el caso de los EEUU, país donde siete de cada diez habitantes parece que prefiere informarse a través del ordenador antes que leyendo el periódico, y en el que el setenta por ciento de la población tiene en la televisión su fuente principal de información. Se desplaza, pues, el origen y la fuente de esa información que ha de contribuir a la formación del criterio público, y el desplazamiento implica, no cabe duda, un cambio notable en la medida en que la información leída ofrece una posibilidad considerablemente mayor de asimilación de los contenidos respecto a la vista o escuchada, en definitiva, instantáneas y siempre volátiles. A cambio, no debe olvidarse la capacidad seductora, del mensaje virtual respecto del escrito, y no sólo por la potencia persuasiva de las imágenes, por no hablar de la velocidad incomparablemente mayor empleada en la transmisión de mensajes. El papel está siendo sustituido por las pantallas que son, sin duda posible, un medio en buena medida hipnótico y, en consecuencia, propicio para la difusión de ideas más próximas al sentimiento que a la razón. Un bombardeo de Gaza no es lo mismo visto que leído, como no es lo mismo su contemplación en directo que en diferido.

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 Por supuesto que cifras de audiencia como las aludidas favorecen la mediocridad del mensaje, lo mismo si se trata de distraer que si se trata de informar al espectador. Periodos tan prolongados de atención sólo son posibles a base de contenidos ligeros, incluso frívolos, los únicos que permiten entender un interés semejante, lo que entre otras cosas condiciona si no determina un modelo de información tan eficaz como dudoso porque no deja al receptor más que un instante para su asimilación, arrebatándole la posibilidad –que sí le ofrece el texto escrito—de procesar por cuenta propia los materiales recibidos. No es fácil, desde luego, aventurar desde ahora cual será el fruto de ese sistema, pero no parece infundada la sospecha de que los poderes públicos, legítimos o fácticos, irán retorciendo progresivamente los contenidos, cada cual arrimando el ascua a su sardina. Una legión progresivamente acrítica, informada de manera tan eficaz como sucinta, prefigura la imagen de una sociedad sometida incluso en el supuesto de una pluralidad de los mensajes que no tiene por qué garantizar su carácter objetivo. Aparte de que cuatro horas de atención televisiva reducen al máximo cualquier otra actividad cultural posible, incluso si se piensa en el recurso a Internet, prodigioso medio en el que, de momento, la lectura convencional está severamente limitada, a pesar de los grandes esfuerzos realizados para ‘colgar’ el libro en la Red. Demasiados indicios conducen a la profecía del “Gran Hermano”, al altavoz de Wells impartiendo consignas y los infalibles recursos diseñados para secuestrar el criterio alienando al individuo. El viejo periodismo sirvió en las sociedades contemporáneas para alumbrar a la masa. La información visual podría acabar apagando esa luz.

Seña de identidad

Dice el número 2 del PSOE, el bachiller Pepiño, que Ibarretxe ha renunciado a una seña de identidad básica al optar porque las elecciones en su región coincidieran con las gallegas en lugar de celebrarse en solitario para permitir un debate profundo y sereno. Según eso la autonomía andaluza habría renunciado a la suya desde siempre con tal de ir pegada a la jareta de los jefes de Madrid, eludiendo, en efecto, todo debate serio y hondo. ¡Es lo mismo que le venimos diciendo los demás, desde hace muchos años, a Chaves, pero ahora dicho desde su propio partido! Chaves no se ha atrevido nunca a acudir solo ante las urnas y si lo ha hecho ha perdido, pero ahora sabemos que ese gesto soberano no era más que la renuncia a la seña de identidad. Pepiño dice muchas tonterías. Esta vez, sin embargo, ha dicho una verdad como un  templo.

El fantasma del Polo

La antigua polémica sobre el Polo y sus efectos indeseables entra, bajo el peso de la crisis, en una difícil perspectiva, en la medida en que resultará más difícil el ecologismo maximalista e incluso el discreto ante una coyuntura que se describe como de las perores vividas por nuestra industria. No se trata de disimular ni desdramatizar, como hace UGT, diciendo que el tema no afecta a los trabajadores, porque es obvio que estas dificultades serán probablemente menores que las que están por venir y, en consecuencia, el impacto futuro sobre el empleo podría ser muy duro. A lo mejor todo esto favorece que se busquen y quizá encuentren posturas equilibradas, flexibles, que miren por la salud medioambiental al tiempo que comprendan nuestra radical dependencia de ese modelo.

Efemérides 2009

En este año de gracia vamos a celebrar varias y trascendentes efemérides. El centenario vivo de Lévi-Strauss, para empezar, hoy tan olvidado como demuestra el sepulcral silencio de la prensa española (no de la francesa ni de la italiana, por cierto) sobre su obra colosal y durante muchos años canónica en tanto que su teoría de la estructura constituyó un raro antídoto del funcionalismo y de paso frente a un marxismo del que, sin embargo, él mismo se declaraba feudatario. Será este también el año de la astronomía y parece que su celebración tendrá un marcado carácter popular, entre otras cosas porque los sabios han caído en la cuenta de que las preocupaciones que a ellos les embargan son más o menos las mismas, salvadas las distancias, que las que encocoran al personal de a pie. Y por si algo faltaba, vamos a vivir el segundo centenario de Darwin, hay que suponer que entre el estruendo de la discusión entre integristas y razonantes, que no se resolverá nunca, probablemente, como hace mucho que predijo alguien. En estas páginas, mi compadre Arcadi Espada ha escrito un finísimo y breve apunte sobre las razones del rechazo de la teoría de la evolución, según él la primera hipótesis científica que considera un mundo sin  Dios y que no comparto pensando en en los Protágoras, D’Holbach, La Mettrie, Marx y tantos teóricos como dedujeron y describieron un estricto desarrollo inmanente de lo real, de la vida, de lo humano. Muy modestamente pienso que –al margen de la fe—tan admirable e indemostrable sería esa “hipótesis sin historia” que, según Arcadi, es un mundo abandonado a su suerte, como un universo regido por un plan (recuerden a Theilard) que confiere sentido y ajusta piezas sin dejar de presentar caras oscuras. No creo que estas efemérides vayan a ser muy atendidas teniendo enfrente la crisis devoradora y el espectáculo de un mundo que se destroza a sí mismo aquí y allá cada dos por tres. Pero sería bueno porque no sólo de pan vive el hombre, ni siquiera el que desciende del mono.

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Un tío con tanta cachaza como Balzac, y que tan bien conocía los entresijos del mundo y de la vida, dejaba caer en una obra bien poco leída, “Le Catéchisme social”, la idea de que una sociedad sin ningún Dios se apresuraría a inventar uno. Yo creo que es más fácil (es un decir): nada tan difícil como hallar el sentido de lo creado y evolucionado, pero nada tan difícil también como explicar ese despliegue fastuoso sin el apoyo trascendente, es decir, sin eso que los creyentes llaman “el plan de Dios” y los ateos de ninguna manera. Y claro está, nada tan razonable como la conciliación de ese “plan” genesiaco enteramente inmanente con la tesis de que lo creado evoluciona en unas condiciones y según unas reglas (leyes) que tanto trabajo cuesta imaginar espontáneas como demostrar providenciales. Cuando la hija de Newton abrió su famoso y secreto baúl, encontrón dentro extensas reflexiones metafísicas y teológicas, aparte de juegos alquímicos, y lo único que sacó en claro del hallazgo fue venderlo en una  subasta, más que nada para disfrute de fetichistas. Pero más allá de cualquier consideración, mucho me temo que no está el horno para bollos y ni va a haber grandes colas en los observatorios para ver los anillos de Saturno, ni altas aportaciones a las propuestas geniales de Lévi-Strauss. Será, quizá, Darwin quien se lleve una palma que no veo yo muy lozana en todo caso, y lo será más que nada por el lado de los negativistas empeñados en sacudirse la absurda sensación de que la evolución de la especies y la descendencia el hombre constituyen un  ultraje a la dignidad humana. ¿No fue el hombre hecho a imagen de Dios?, preguntan engreídos como quien da un certero descabello. Hace mucho tiempo está advertido que si el ateísmo se universalizara daría de sí una religión igual de intolerante. Lo desolador es que pueda decirse lo mismo de la acera de enfrente.

Belmonte

En Francia, en París, muere un hombre en un hospital aguardando durante horas una plaza y hasta Sarkozy debe salir a la palestra para mediar en el debate. Aquí se nos muere alguien (hay casos recientes) sentado en una silla de espera y no merece sino un ambiguo desmentido de la consejería y, acaso, pasados los años, una indemnización obligada por la Justicia. ¿Se figuran ustedes a ZP terciando en el debate sobre la muerte de un paisano en uno de nuestros hospitales? Cuesta trabajo, hay que reconocerlo, desde el momento que ya es inimaginable que un endiosas ochaves descienda a ese nivel de exigencia cívica y se implique personalmente en unos problemas que no son fortuitos sino consecuencias de graves y tercas cicaterías.