Letra y música

Entre los inacabables y monótonos cánticos con que la hinchada animó un trepidante partido de fútbol he escuchado entonar una Marsellesa con la letra heroica adaptada a los avatares deportivos. No me quedé con el cante, como es lógico, porque insisto en que el orfeón futbolero, con acompañamiento de bombo, es más bien para ser cantado que para ser oído, pero bajo las notas memorables que orquestó Berlioz, la verdad es que ése himno que Goethe calificó de “Te Deum revolucionario” –y que, en efecto, al ‘Te Deum’ sustituyó tras la batalla de Valmy– apenas si se distinguía del resto del repertorio. ¡Es que no respetan nada, oigan! ¿Ven la ventaja que tenemos los españoles al disponer de un himno sin letra que, como un fuego sin leña, se consume místicamente ensimismado en un simple tarareo? A mí me ha hecho pensar el hecho de que las notas electrizantes que encandilaron a Liszt y a Wagner, a Schumann y a Tchaikovski, sigan sirviendo al ánimo decaído para elevar el tono aunque sea devaluando los motivos hasta esa caricatura, pero también he pensado en lo que el fútbol tiene de contienda, de guerra reglada, de ‘agonía’, dicho sea en su etimología más respetuosa, en que subliman sus ansias unas masas desprovista de causas mejores. No hará ni un mes tropecé en un periódico parisino con el resultado de una encuesta callejera en la que una interpelada sobre el tema –una joven universitaria, por lo visto—contestaba al encuestador: “¿La Marsellesa? No, hijo, paso, yo no soy aficionada al fútbol”. Comprenderán que si eso pasa en París, a la sombra del inmenso bajorrelieve que Rude dedicó al himno en el Arco del Triunfo, lo que ocurra en el graderío de una de esas jaulas de locos que son los estadios poco puede tener de raro.

Es más, incluso, ya puestos, me entretuve reinando en que la cosa podría hasta tener sentido toda vez que si la Marsellesa funcionó tanto tiempo como canto propio de las liturgias seculares, tiene mucho sentido escucharla ahora, aunque sea prostituida en sus cuartetas por el idiotario de la hinchada, en los encuentros más reñidos que son, al fin y al cabo, la única liturgia que reconoce esta tropa rebelde sin causa a la que dicen que andan pagando para que no deserte de las aulas. Escasísimos debían de ser los espectadores de “Casablanca” que supieran francés pero infinitos los que hubieron de notar el nudo en la garganta ante la escena en que el héroe resistente que dejó a Bogart sin novia acharaba a los nazis entonando el himno viejo con que los nietos de los jacobinos ya cabrearan a Eugenia de Montijo. Su guerra necesitaba un cántico glorioso y los ultras parece que se lo han robado a Rouget de Lisle.

Guerra de sexos

El feminismo de nómina ha reclamado en el Parlamento de Andalucía la reserva de un cupo de puestos de trabajo públicos para los transexuales. Pero no para todos ellos –como con prosa hilarante ha comentado ya aquí Javier Caraballo—sino sólo para los hombres a los que su ‘disforia’ lleve a transformarse en mujer: a las mujeres que, llevadas de idéntica ‘disforia’, pasen a la nómina masculina, que las parta un rayo. A mí lo que me extraña es que un todo un Griñán consienta estos cachondeos, entre otras cosas porque, en fin de cuentas, la exigencia a ultranza de la llamada “discriminación positiva” implica, en sus inevitables excesos, la intolerable defensa de “desigualdad ante la Ley”. Hay permisividades que matan. Y ésta puede ser una de las más ridículas.

Récord municipal

Resulta estupenda la noticia de que el Ayuntamiento de Ayamonte deberá investigar en comisión las circunstancias en que la institución habría contratado al propio bufete del alcalde, Rodríguez Castillo (PSOE), como administrador y gestor de una unidad urbanística con facturas de 7.000 euros del ala mensuales. La oposición ha forzado esta pesquisa que, de comprobarse la presunción de lo denunciado, sería como para que los implicados recibieran una sanción ejemplar al margen de que la Justicia determinara si hay en la operación aludida algo susceptible de ser considerado delito. Acaba de decirle el Defensor del Pueblo al Parlamento que las corrupciones deben mucho a la “desidia y escandalosa inactividad de las Administraciones”. Juzguen ustedes por cuenta propia.

Viejos cómplices

Dos razones he escuchado estos últimos días sobre el negocio de los piratas somalíes que me han dejado perplejo. Una, la expuesta por la ministra de Defensa denunciando, como si acabara de descubrir la pólvora, que la piratería internacional tiene su base poderosa y que esa base está en Londres. Otra, la de un curtido político de nuestra izquierda residual empeñado en la demagogia máxima de que el crimen organizado en aquellas costas no es sino la justa respuesta del pueblo al “saqueo” pesquero de sus aguas por parte de los países ricos. Muestra la primera que la ministra no tiene ni idea de esa historia, tan sublimada por la leyenda, que constituye una de las páginas más tristes de la historia humana, que ignora que la delincuencia marina se remonta a Ulises por lo menos, que César ya la combatió, que los berberiscos hicieron durante siglos su ‘yihad’ marina apoyados impunemente en sus bases de Argelia o Túnez (Barbarroja gobernó Yerba en nombre del sátrapa tunecino), que Francia utilizó la piratería contra el poderío español financiando y honrando a asesinos feroces como el Olonés, o que Inglaterra ennobleció e hizo parlamentario y vicealmirante a ‘Sir’ Drake tras invadir nuestro litoral y luchar contra la Invencible, además de honrar como ‘caballero’ a Morgan el filibustero. Siempre fueron y vinieron por el Támesis los navíos piratas y siempre la Corona fue su banco y su principal socio. Y en cuanto a la segunda cuestión, aparte de que no pasa de cuento improvisado, la historiografía particular es unánime en que bucaneros y piratas, pechelingues y filibusteros, la fabularia “Hermandad de la Costa”, no fueron nunca más que una tropa delincuente al servicio de los poderes europeos. El “corso” no lo ha inventado un Estado en ruinas como el somalí, evidentemente, ni fue nunca otra cosa que un crimen contrario al universal “derecho de gentes”. Lo demás son cuentos o pruritos de singularidad.

Va a ser, por tanto, tan difícil controlar las “bases” londinenses –financieras o legales, quizá incluso políticas— como impedir que la reina Isabel se deslumbre ante Sir Walter Raleigh, y al final no quedará otra que, como hicieran nuestros trasabuelos, desembarcar trabuco en mano y desmantelar esas Tortugas, Pitiguaos o Guaricos en que se refugia y organiza, apoyada desde lejos, esa inmemorial delincuencia. La piratería es un negocio de dos (por lo menos), en el que la “sociedad de bucaneros” probablemente no sea la que se lleve mayores beneficios. Hay poderes, bancos y abogados que no se han embarcado más que en sus yates, pero a los que encajaría sin problemas el garfio en la muñeca y el parche en el ojo. En Londres y fuera de Londres, por ejemplo en Madrid.

Acuerdo e insultos

Los dos partidos mayoritarios alcanzaron antier un pacto para revisar el proyecto de Presupuestos elaborado por la Junta y lo hicieron en medio un sonoro intercambio de descalificaciones y zarpazos que –ojalá me equivoque—no presagia un buen final. El acuerdo era imprescindible en un momento crítico como el que vivimos y encaja en las promesas iniciales del presidente Griñán, pero cuesta imaginar un desenlace positivo entre tanta pulla y tanto insulto como se pudieron escuchar en el Parlamento. Si todo se resuelve luego en agua de borrajas habrá que pensar que estos partidos están incapacitados para ver fuera de sus respectivas anteojeras.

Un gran vacío

Ha muerto ‘Chamaco’, Antonio Borrero, el chiquillo que salió de la confitería de Jorba para vestirse de luces y abrir en Huelva una nueva ilusión de alternativa taurina, en aquellos difíciles años 50 y 60. Una personalidad inconfundible, un arte para la discusión, un valor fuera de dudas, hicieron de él un torero de época que pagó caro tributo a la profesión con cogidas gravísimas. Y hoy que se va deja un hueco en el imaginario de la ciudad antigua, un sitio en la galería de nuestra tauromaquia difícil de rellenar y el rastro de una vida con sus luces y sombras, como todas, en la que, en cualquier caso, el onubensismo fue siempre por delante. Él marcó con su sello toda una época en la que hubo de competir con maestros insuperables y supo hacerlo a su manera. Descanse, al fin, en paz.