Teoría del montaje

Al vicario de Chaves en el PSOE andaluz, ese Luis Pizarro que reconoce que todo lo que sabe lo aprendió en los pasillos del partido, le quitan la palabra “montaje” y lo dejan mudo. Siempre que se trate de enfrentar un “caso” propio, se entiende, porque cuando el “caso” infama al rival, cualquiera que sea su color, entonces la palabra que le sobra es “prueba”. Lo de Punta Umbría –un presunto chantaje a un empresario para que aceptara perder un concurso bajo amenaza de boicot y promesa de favores—no le parece a Pizarro menos artificial que el montón de enredos judiciales que pesan sobre sus ediles a lo largo y ancho de Andalucía. Una palabra-comodín es todo lo que le queda a la ética política.

Ahora no hay prisas

El desdoble de la N-435 no corre prisa. El Gobierno le asigna menos de la mitad de lo pedido por al propia Diputación y ésta lo felicita y da las gracias mientras se niega a promover una campaña como la que, con el mismo objetivo, llevó a cabo en 2004. O sea, que lo que cuando gobernaba el PP era urgente ahora puede esperar, y lo que entonces suponía un agravio a los onubenses, ahora no es más que el ritmo normal de las Administraciones. No salimos de estas guerras de partidos que –hoy por ti mañana por mí– sólo juegan en perjuicio del ciudadano. Los que repartían pasquines en el semáforo de Beas son los mismos que ahora se oponen a que se repartan.

El menú analítico

La publicidad de una influyente empresa alimentaria americana ha motivado la intervención del fiscal de San Francisco inquieto ante el anuncio, ni qué decir tiene que novelero, de unos cereales chocolatados para consumo infantil en cuyos envases se aseguraba (a los padres, no a los santos inocentes) que su ingesta ayudaba a mantener la inmunidad de los infantes previniendo la infección por virus. En pleno “estado de emergencia” por la gripe A, el fiscal ha estimado, con razón, que un reclamo de esa naturaleza estaría timando al consumidor preocupado hoy más que nunca por el asunto, y toda vez que las razones aportadas por los mercachifles a favor de su milagro –aumento de ciertas vitaminas en el producto comestible—no dejaban de ser irrisorias. El problema es más amplio, en todo caso, como sabe cualquiera que haya estado en esos inmensos “drugs stores” americanos (y ya también europeos) cuyos estantes rebosan de productos que prometen tonificar el corazón, eliminar la artritis, aumentar el calcio, proteinizar la musculatura o salvarnos con ese último invento del “marketing” que es el ácido Omega 3, repertorio que tienta compararlos con las viejas relaciones de pócimas y remedios que la brujería compartió durante siglos con la ciencia balbuciente. Ha pasado el era de los productos naturales, el primado de la excelencia mediterránea que consagró bajo nuestras especies leguminosas el olfato de Grande Covián, y también los tiempos en que la medicina optó por la “comida sana” al margen de cualquier consideración bromatológica. Hoy asistimos al pulso entre la farmacocina de masas y la estrambótica dieta de los cocineros de elite. Hace poco vi a uno de ellos recomendar en televisión la infusión de hojas de hibisco o pacífico, pero más allá de la “gastronomía molecular”, uno mismo ha padecido, llegado el caso, hasta tragarse una tempura de flores o una empanadilla de aceite de oliva. Son unos genios los del “marketing”, no cabe duda, aunque haya que reconocer que la idiocia ambiental les haya allanado el camino.

En USA se ha rebelado la autoridad contra la primera parte de esa estafa hasta el punto de comprometerse oficialmente la Food and Drugs Administration, la influyente FDA, a proceder de manera –dado que confiar en las empresas resulta ingenuo además de peligroso– que en poco tiempo sea sólo la Administración la que garantice el contenido y la bondad de los productos. El prodigio es que haga falta llegar a esto, es decir, que la gente se crea de verdad que protege a la prole de la gripe A dándole arroz inflado o que regula el intestino consumiendo yogur. Veo en una carta catalana un plato que junta el oro al caviar y me pregunto si la cosa es para echarse a llorar o para rebelarse airados contra la doble ignominia.

Humos lejanos

El Tribunal Supremo ha pulverizado el proyecto de la Junta de Chaves de cobrar a las tabaqueras, como si estuviéramos en USA, el daño producido por el tabaco a los fumadores. Dinero y tiempo perdido, daños a la industria andaluza del género y nada en conclusión: buena lección para los adictos al electoralismo. Sin contar con la lección política, es decir, el ridículo doble papel de una Administración que defendía el cultivo del tabaco al tiempo que denunciaba sus consecuencias. ¿Puede el poder político exigirle responsabilidad a las tabaqueras y al mismo tiempo forrarse con sus impuestos? Un buen revés para una Junta tan pródiga en brindis al sol.

“Gürtelillo” onubense

Era difícil que acabara bien el montaje de Punta Umbría, con sus conversaciones grabadas probando presiones de altos responsables políticos a los empresarios concursantes, que presuntamente incluían a partes iguales amenazas y promesas, palo y zanahoria. Un alcalde destacado y un miembro de la Ejecutiva provincial imputados junto a otros cuatro por esa sarta de delitos componen un caso difícil de salvar políticamente y, junto a otros casos pendientes, sugiere que por la provincia debe de haber mucha mandanga oculta. Debería estar claro a estas alturas, por lo menos, que la democracia no convierte a los elegidos en dueños.

La cuestión nacional

Ha hecho fortuna, espoleada por la marea nacionalista, el absurdo concepto de que existen dos clases de nacionalismos, es decir, dos teorías y profesiones diferentes y enfrentadas de la ‘nación’, la postulada por los regionalismos (en España, pero también fuera de aquí), que sería signo de razón y progreso, y otra, la esgrimida desde los conjuntos históricos nacionales, que habría de ser, por lo visto, retrógrada e incluso liberticida. La crisis del concepto ‘nación’ tiene ya una edad pero fue en la atmósfera sesentayochista donde acabó fraguando en una suerte de convención indiscutible que involucra en su desprestigio la vecina noción clásica de ‘patria’, considerando que sólo desde proyectos reaccionarios pueden defenderse uno y otra, ya que el ideal progresista “respeta” las reivindicaciones particularistas pero desconfía a muerte de las formuladas desde la unidad. ¿Qué hacer con la herencia de tantos espíritus superiores y libres de toda sospecha, cómo echar al desván de un revés el legado patriótico que tanto tuvo que ver con el progreso, al menos desde esa Revolución Francesa a la que Hegel saludaba como un amanecer y bajo el que se han cometido grandes crímenes, pero también se han logrado inolvidables avances? Hay que volver a Renan: lo del “plebiscito de todos los días”, la acción y el resultado de la solidaridad entre los ciudadanos, la “garantía de la libertad”, tal vez algún día superada en una Europa emergente, pero no por los particularismos: eso es una nación. No una lengua ni un folclore y menos un ‘espíritu’, sino la voluntad de convivir en libertad y en solidaridad, no un producto de la Tradición ni de la Madre Naturaleza, como se propone desde cierto esencialismo infantil cuya ontología apenas despega de aquel prejuicio floclórico. Y un hecho real que hoy implica asumir la asimilación de elementos exógenos desde la perspectiva de un pluralismo que no es sino el resultado de una experiencia global.

La izquierda tendrá que recuperar un debate que, de no ser unitario, no debe ser abandonado a sus oponentes, y deberá hacerlo superando prejuicios antiguos y problemas nuevos, tal como experimenta esta temporada ante el debate sobre la identidad planteado por el conservatismo radical en algunos países. Lo realmente incoherente es lo nuestro: el nacionalismo particularista sostenido por esas dos patas ideológicas, el proyecto de liquidación de la nación unitaria auspiciado desde las posiciones políticas más opuestas. Habrá que ir pensando, sin duda, en rescatar idea de ‘nación’ de manera que no quepan ya en ella fundamentalismos de ningún signo.