Cabeza podrida

Insufrible la pelea de El Ejido, las acusaciones mutuas de implicación en la trama entre PSOE y PP, la presencia de personajes de primera fila de la política en el palco del escándalo y hasta mentiras calculadas para inculpar a otros con su defensa bien clara. Lo que queda claro es que no se trata de un negocio muñido por abajo sino de una trama montada desde arriba, habrá que ver si con la complicidad de algún partido o no. Pero, en cualquier caso, los ciudadanos quedarán desolados viendo otra vez el espectáculo asqueroso de la podredumbre en el escenario de nuestra vida pública. Es la clase política, y por arriba, la que está en cuestión. Por eso lo más urgente sería iluminar la escena y proceder luego con la máxima dureza contra los corruptos.

Barcos presos

No hubo acuerdo con el gobierno de Guinea Bissau y, por tanto, no pudo cumplirse la promesa del embajador a las tripulaciones de que ayer martes serían liberados. Medios extranjeros insisten en que la acusación de actuar en aguas no permitidas es firme y sería muy conveniente aclarar ese extremo, pero parece evidente que la diplomacia española, al contrario de lo que ocurre con el secuestrado “Alakrana”, no se está empleando más que en un segundo nivel, a todas luces insuficiente. El Gobierno de España ha fracasado ante el problema y elude implicarse a fondo, y es curiosa la inhibición manifiesta de las Administraciones en el caso, sobre todo en Huelva donde parece que fuera ajeno.

“Costa Nostra”

Quien busque un retrato de la actividad delincuente en la Costa del Sol y se pregunte, acaso, por la realidad aparentemente legendaria de las mafias instaladas en ella, ha de leer el libro escrito al alimón entre ese curtido político comunista que es Antonio Romero y el joven periodista malagueño Miguel Díaz Becerra, bajo el expresivo título de “Costa Nostra”. En él se recoge, en efecto, el fenómeno de la implantación de las mafias en el litoral andaluz oriental, un fenómeno que, según los autores, arranca de ciertos pactos muñidos en los amenes franquistas, pero que luego ha crecido hasta límites insospechados como consecuencia de la interrelación de varios factores como el ‘paraíso fiscal’ gibraltareño, el pudridero de la corrupción urbanística y el colosal tráfico de drogas y personas organizado en Marruecos. Hay que confiar en que estos tremendos –que creo que piensan reeditar ampliada pronto esta versión—no corran la suerte airada de algún autor italiano de moda, riesgo sólo por el cual ya merece el estudio en cuestión un respeto imponente aunque su lectura gratificará, sin duda alguna, a cualquier persona interesada en entender la clave negra de muchas cosas que en Andalucía están ocurriendo. Es más, no se puede entender la realidad andaluza actual sin averiguar antes esa lógica delincuente que comenzó con la irrupción del gilismo y, evidentemente, aún no ha acabado. Esas mafias son un monstruo mutante de difícil control y proceden, como el libro documenta, de una quincena de países que cuenta, además, con el apoyo intelectual y logístico de una legión de profesionales grandes y medianos. Situaciones como las descubiertas en los “casos” Malaya o Estepa no serían imaginables sin la complicidad del Poder. Los autores declaran sin tapujos la responsabilidad de nuestras Administraciones (Gobierno, Junta de Andalucía, Justicia y fuerzas policiales), dentro de las cuales algunos individuos y sectores habrían trabajado y trabajarían para las mafias.

Ante el espectáculo de El Egido, Romero, partidario firme de la teoría de que la organización mafiosa “no está en los genes” españoles (el destino de nuestro bandolerismo no fue como el del italiano), me dice que es posible que incluso estemos asistiendo a un cambio cualitativo que daría paso a una novedad: la delincuencia familiar. No lo sé, pero sí acepto que la invasión de las mafias pudiera llegar a convertirse en el mayor quebradero de cabeza europeo. Suelo recordarle a Romero la suerte de Roberto Saviano y él desdeña olímpico mi amistoso aviso. No me importaría que el tiempo me dejara en este asunto como un mero alarmista.

Queja docente

Grave denuncia de los maestros andaluces. Según ellos, con los dispendios en ‘ordenatas’ regalados y otros trebejos didácticos de la postmodernidad, se ha agotado el dinero presupuestado de manera que no quedan recursos para pagar los maestros que faltan por vacantes. Dicen ellos –que son quiénes mejor conocen el cotarro—que hay una legión de profesionales, con las oposiciones aprobadas incluso, que aguarda mano sobre mano mientras los niños entretienen en tiempo escolar jugando y sin dirección pedagógica. Tómese nota de la queja para cuando llegue el momento de hablar de nuevo sobre el fracaso y el abandono escolar que la Junta está abonando con esos brindis al sol.

Testigo de cargo

Ha sido el propio presidente de la Junta, José Antonio Griñán, quien admitió en Huelva hace un mes escaso que nuestra provincia recibía en los Presupuestos menos inversión de la imprescindible, contradiciendo así la postura del PSOE local que hasta entonces se había limitado, como de costumbre, a declarar óptimas para nuestros intereses las cuentas del Estado. Hay que admitir que Griñán sabe lo que dice mientras que otros que yo me sé, con las cuatro reglas por todo bagaje, mal podrían opinar sobre algo tan complejo como son unos Presupuestos. Y hay que celebrar que el PSOE local –disciplina obliga—parece haber reaccionado dispuestos a pedirle al Gobierno que abra la mano dentro de lo posible. No estaremos tan bien representados, pues, cuando la exigencia de mejora ha de venir desde fuera y desde arriba.

El espejo belga

Reproduce la prensa belga la entrevista a un periodista catalán en la que el interrogado plantea similitudes y diferencias entre la realidad del conflicto separatista que amenaza a aquel país y el que desgarra, vigorizado por el propio gobierno regional, la realidad catalana. Y es cierto que hay diferencias sustanciales, al menos de momento, entre las dos situaciones, por más que las tensiones siempre aplazadas entre las regiones belgas y la escalada del nacionalismo entre nosotros, justifiquen que la secesión catalana, por ejemplo, mire con esperanza hacia allá en busca de un espejo en que reconocer los propios designios. En Bélgica sólo quedan ya estatales dos cosas, el fútbol y los museos. Todo lo demás, incluidos los indicativos para el viajero, ha sido ya regionalizado idiomáticamente, incluida la prensa y la televisión, es decir, como aquí. Y sin embargo, una fuerte corriente de opinión sostiene la confianza en la unidad de ese país –que un sus orígenes, es decir, hace sólo siglo y medio largo, fue un estado unitario y francófono dividido en diez provincias y es hoy un estado federal que sólo cuenta con tres regiones, contando Bruselas como una de ellas—aunque sin garantías de un vuelco repentino de la opinión y, desde luego, convirtiendo en incómoda una convivencia proverbialmente civilizada. Dice el periodista catalán que, siendo cierto que Bélgica funciona como un espejo para los nacionalistas, también lo es que funciona en el mismo sentido para los contrarios a la fractura antiespañola, que ven en ella un interesante modelo de coexistencia o cohabitación a prueba de tensiones excéntricas. Pero la realidad es que un cataclismo de esa naturaleza plantearía a un país como Bélgica, al margen de las irreparables consecuencias internas, problemas seguramente insuperables frente a una Unión Europea respecto de la cual estos proyectos de diáspora constituyen una flagrante contradicción. ¿Habrá visto la Blancanieves secesionista en el espejo la cara de esa implacable madrastra?

Cuesta creer que se estén cuestionando en Europa estos moldes probados mientras el futuro apunta por todas partes a la presencia de unidades cada vez más extensas y pobladas, sobre ese mapa que tal vez no podamos ni imaginar todavía pero que se colorea solo desde hace tiempo. Pero así es, no cabe duda. Nunca había vivido Europa una fiebre localista de tanto alcance, ni siquiera en tiempos en que tuvo motivos sobrados para alimentar el sentido de la independencia. Lo comprobamos en ese espejo belga que nos devuelve deformada la imagen genuina en un puzzle de difícil ajuste. Hace años Pujol gustaba de mirarse en Eslovenia y celebraba la machada de Montenegro. A esos dos espejos también sería bueno que se asomara hoy.