DIez años no es nada

Un decenio cabal ha tardado la Justicia en rematar el procedimiento abierto contra el entonces alcalde de Sanlúcar de Barrameda, Sebastián Cuevas, por haber tentado a un edil del PP con dinero y un empleo a cambio de que facilitara con su ausencia la solución favorable de una moción de censura. Un plazo sin sentido porque ya poco ejemplarizante podrá ser esa pena que el cohechador ha de cumplir ahora en la prisión de Huelva, cuando ya ni los más memoriosos del lugar se acuerdan de la golfada. La corrupción tiene mucho que ver con estos dédalos consentidos en que se refugian los minotauros del ‘pelotazo’, convencidos de que, previsiblemente, Teseo no hará nada por impedirlo.

Cuentos del aljafor

Cuento del alfajor el que la Junta acaba de contarnos sobre el lío del agua contaminada que se tragaron en 2007 los pueblos del Condado bajo la responsabilidad de la Mancomunidad de Aguas y, por supuesto, con su conocimiento. Que no vega ahora con cuentos Salud, que entre otras cosas, dispone de su laboratorio provincial y la obligación de velar por estas cosas, aparte de que en su día recibió el aviso correspondiente y no hizo caso. En materia de salud pública se juega demasiado a este trile temerario en el que, mientras no estalle alguna bomba informativa, cada cubilete se encarga de despistarnos cuando le llega el turno. La Junta sabía lo que pasó en aquel caso como lo sabíamos todos. Lo que no se comprende es por qué no se exigen responsabilidades ahora que se conoce la verdad.

Política rosa

Reciente están las memorias de ese Giscard octogenario que parecen escritas más que nada para ronear de un ligue con la mismísima lady Di y evocar una noche de delicias tras las rejas de Kensington, pero estos días acaba de ver la luz el primer tomo de las memorias de Chirac –otro de la “quinta”—que, bajo el título “Chaque pas doit étre un but”, nos ofrecen una batería de confidencias entre las que el mandatario hoy imputado por la Justicia destaca sus amoríos juveniles en los “campus” universitarios y un amor frustrado con una rubia de Carolina del Sur al que se opusieron tanto su familia como la otra, aparte de revelarnos que durante la mili perdió la virginidad con una puta argelina, asesorado por un oficial, como debe ser. Los políticos parecen haber descubierto en estas íntimas revelaciones algo así como un mérito viril que la opinión pública –tan generosa, por cierto, con ambos confidentes—habrá de tener en cuenta para mejorarles la estima, si es que no se lo toma por la tremenda y acaba preguntándose qué coños le importan a la mayoría silenciosa los trajines presidenciales. Cuentan que Franco fue un témpano, que Hitler tampoco gastaba mucho, que Lenin le jugó sus pajarracas a la Krupskaya como Gandhi cultivaba sus ninfas mientras su mujer hilaba pacientemente en la rueca, que Sartre se encerraba en su despacho con admiradoras y que Marx se liaba a hurtadillas con las criadas, cierto, pero todo eso lo sabemos por oscuras leyendas inverificables y nunca por confesión propia. No sé por qué, pero me da el pálpito de que el “efecto Carla Bruni” está haciendo estragos en el imaginario macho de unos próceres que, instalados en la tercera edad, ciertamente, no están ya para mucho rentoy.

Ninguno de estos faroleros podría, si hubiera caso, con el viejo Mitterrand al que cualquiera pudo ver dando cuenta de un codillo en ‘Lip’ o zampándose unas ostras en “La Coupole” acompañado de sus novias incidentales, y a cuyo funeral asistieron, variablemente desconsoladas, dos familias por falta de una. Aunque en todo caso lo que choca es el hecho mismo del roneo que, lejos de acercar el personaje a la estimativa pública, me temo que apenas logre ya provocar una irónica sonrisa. ¡Venirnos con una novieta lejana o con un alarde prostibulario en esta era licenciosa! No faltará quien piense que el viejo huye campo a través de esos jueces que van a sentarlo en el banquillo de un día para otro ni quien atribuya la pamplina a un pulso con el principesco farol de Giscard, pero en ambos casos, De Gaulle, en sus buenos tiempos, les hubiera mandado el motorista al uno y al otro.

Sin arreglo en Justicia

“Plan de Respuesta Razonable”, llamaba la consejería de Justicia al que improvisó hace mes y medio para descongestionar, al menos en el exceso, los Juzgados con mayor número de asuntos pendientes. Ni siquiera ha sido capaz la Junta, en consecuencia, de organizar unos equipos de auxilio o refuerzo que la consejera dijo que iba a destinar allí donde más falta hicieran, es decir, a las oficinas judiciales más atascadas. Ni eso. Mes y medio después, la incapacidad mayúscula se refugia en excusas burocráticas que hasta los sindicatos han denunciado sin reservas. Es de temer que reforma de la Justicia no estribe en medidas tan simples, se cumplan o no. Los jueces y los fiscales vienen diciéndolo desde hace mucho tiempo.

Costes y beneficios

Ninguna empresa privada mantendría abierto un servicio para construir viviendas, pagando al personal que lo sirve más los gastos que acarrea toda institución, si comprobara que, como en el Ayuntamiento de Valverde, la encargada de esa tarea sólo ha logrado construir, en cinco años, ocho casas. Ese disparate frecuente es, sin embargo, aceptado en la vida pública cuyas Administraciones funcionan como rehenes de sus gestores. Seguro que habrá otros casos similares en la provincia, posiblemente no pocos, pero los que se van descubriendo, al menos, deberían ser amortizados. Claro que es difícil esperar rigor de un Ayuntamiento que paga mariscadas con facturas falsas sin que le ocurra nada. Nuestra vida municipal es una sangría que no cura ni el cauterio.

Welfare State

Nada más sacar la coronilla del torbellino de la crisis, los demócratas americanos, frente a la pétrea cerrazón de los republicanos, han sacado adelante en la Cámara de Representantes el plan de reforma de la sanidad que es, sin duda alguna, la estrella del programa electoral de Obama. Quizá no sepa mucha gente que los EEUU son el único país desarrollado que, en aras de un prurito hiperliberal y otras tradiciones, carece hoy por hoy de un sistema de cobertura médica para sus ciudadanos, a pesar de que ya Teodoro Roosevelt intentó resolver ese absurdo problema zanjado por el propio Franco en España de manera expeditiva. ¿O es que se puede permitir que en un país próspero –su exitosa gestión de la crisis lo confirmaría si fuera necesario—cuente en su población con 36 millones de personas que carecen de cualquier cobertura sanitaria? Hace años que las Administraciones de ambos partidos vienen desmantelando los restos de la asistencia pública con mano de hierro y ésta es la hora en que el bando republicano sigue sin aceptar un remedio que logrará cubrir el riesgo al 96 por ciento de aquella población. Obama hará historia con esta decisión que introduce en la sociedad americana una mejora inaplazable en el país que posee la mejor medicina del planeta y, por añadidura, los mayores recursos. Es una buena noticia contra los agoreros que hace tiempo se desgañitan predicando el desplome del “Estado del Bienestar” y la vuelta a la primitiva jungla de la competencia desnuda. Quienes ahora se han opuesto a ella con uñas y dientes –la ley, tras un debate de doce horas, sólo ha sido aprobada por 220 votos contra 215—habrán de aceptar más pronto que tarde la insostenibilidad de una postura que cuestionaba de manera insuperable el principio de solidaridad de su democracia.

El plan de Obama debe superar todavía la prueba del Senado desde donde algunas voces han anunciado ya una demora en laeventual aplicación del histórico proyecto, pero es, en cualquier caso, un ejemplo interesante que habrán de tener en cuenta algunos sistemas europeos, incluidos los socialdemócratas, que desde hace años juegan con la idea de una posible privatización de la sanidad en vista del crecimiento exponencial de sus costes. Entre otras cosas porque nunca resultó fácil dar marcha atrás en las conquistas sociales básicas y que conciernen al grueso de la población, pero también porque quizá no ande descaminada la opinión de ciertos expertos que creen que el abandono sanitario puede resultar aún más gravoso económicamente que un bien gestionado sistema asistencial. Obama les ha dicho a los congresistas que al ofrecerles esta ley les daba una oportunidad de ésas que sólo una vez se presentan en la vida. Un país que se ha quedado solo en esa carencia, no puede permitirse el lujo de no entenderlo.