Sexo público

Una deliciosa crónica de nuestra compañera granadina Ana Lozano nos describe el insólito panorama de un abandonado campamento militar de la zona reconvertido por exhibicionistas y promiscuos en lugar de esparcimiento e insólitos ejercicios de sexualidad pública. Amantes y mirones, onanistas y desahogados, han inventado una modalidad nueva de la experiencia sexual de la que se ha eliminado una de sus condiciones más inmemoriales, la intimidad, para ser sustituida por el placer de la mirada indiscreta y, eventualmente, por la participación activa de los espontáneos que, en solitario o en pandilla, rondan como perros a los amantes en busca de ese extraño aliciente. Ana nos informa de que la novedad posee incluso su propio código, indicador del grado de participación admitido-solicitado, de tal manera que un cristal subido concede permiso para mirar, el bajado, para tocar si se desea, y la puerta abierta es ya un signo orgiástico que invita a meterse en el lío por las bravas. La desmitificación del sexo, ése proyecto tan antiguo, toca techo (o suelo, según se mire) con este invento mucho más cercano de Pierre Louÿs que de Epicuro, acerca de cuyos puercos espirituales tan errada anda mucha gente.

No hay duda de que el sexo se pervierte en nuestra era, no porque se liberalice sino porque, probablemente, es un asunto mucho más grave de lo que conviene a una piara. No en vano se ha dicho que, en cuanto se refiere al sexo, ese “cerebro del instinto”, las gentes simples resultan demasiado simples, y las agudas y dotadas de inteligencia no lo bastante, aviso que trata de poner en guardia a los reductores que poseen apenas una noción visceral de ese extraño y apasionante misterio que es la pasión por el cuerpo ajeno. No se trata de moralina ni de volver a la estimativa romántica, pero admitan que la publificación del sexo con todas sus consecuencias más apunta a un  ‘regreso’ a la horda que a cualquier progreso imaginable. Los “doggers”, que así se llaman quienes se entregan a esas prácticas, reducen, probablemente, el sexo en su dimensión  más esencial –infinitamente más vasta, en todo caso, que la del placer–, hasta reencontrar el instinto más primitivo y hacerlo coincidir con la mera fisiología. Nada que ver con Ovidio, Propercio o Calímaco, ni siquiera con Laclos, Sade o Bataille. Aquí no hace falta un  Augusto que ponga orden sino un psiquiatra que oficie sobre las ruinas del humanismo.

La sartén por el mango

Habrá debate sobre el sistema de financiación de las autonomías –la rifa ‘siempretoca’ de ZP—en el Parlamento de Andalucía. Lo que no habrá será debate sobre la crisis económica, eso no, naturalmente. Ahí podríamos llegar, expuestos a que a cualquier memorioso se le ocurra sacar a colación las grandes cifras o declamar sobre sus efectos sobre este sufrido pueblo. Chaves sabe lo que quiere, pero todavía sabe mucho mejor lo que no quiere. Y la crisis ésa que no existía más que en la mente de los antipatriotas, ¿se acuerdan?, es uno de esos temas tabú. Tampoco es cosa de pedirle peras al olmo y menos si éste tiene bien trincada la sartén por el mango.

Rifirrafe sobre el puente

El Ayuntamiento va a reponer las farolas de la discordia, ciento y pico de ellas fundidas ante la pasividad de la Junta, cuya delega de Obras Públicas debe de creer que con ella no va el cuento. Pero advierte que será la última vez que lo haya y que rompe el pacto de palabra de encargarse de ello, ante esa dejadez juntera y, encima, los ataques de ese Pepino local que nos ha tocado en desdicha, el bachiller Jiménez. Estas Administraciones –todas—tienen la idea de que son compartimentos estancos en lugar de servicios complementarios que el administrado paga con sus impuestos, y creen lo que importa es el interés de su partido. ¡Hasta por unas farolas se pelean ya en Huelva! Nadie menos cívico, en este sentido, que esa casta política.

La estafa perfecta

Los servicios americanos encargados de averiguar cómo maniobró el millonario Bernard Madoff apenas saben algunas cosas seguras, entre ellas, que no hay ni idea de dónde pueden  estar los 50.000 millones de dólares que el financiero logró distraer a sus clientes defraudados. Nada se sabe, entre otras cosas, porque Madoff cortó enseguida su inicial colaboración con los investigadores, desde entonces empantanados en un inmenso sapal de papel y oscuridades, pero crecen las dudas sobre que el colosal estafador haya podido llevar a cabo su proeza en solitario, atravesando a pie enjuto nada menos que cuatro auditorías de la poderosa SEC, es decir, de la comisión del mercado de valores norteamericana, cuya eventual complicidad constituye una hipótesis creciente en el mundo financiero y entre los observadores en general. Madoff, según parece, actuaba desde hace casi treinta años, al menos desde los años 80, lo que  convierte prácticamente en increíble la tesis de la hazaña en solitario y favorece la hipótesis del cohecho. Y encima, Madoff está en la calle –caso raro en los EEUU tratándose de grandes personajes claramente involucrados en crímenes y escándalos–, aprovechando su libertad condicional para poner a salvo su enorme patrimonio, digamos doméstico, que se calcula no inferior a los 1.000 millones de dólares, incluyendo residencias, yates y joyas de alto valor. La estafa perfecta, por una vez perpetrada sólo contra potentados y ‘gente guapa’, pero que deja al menos una pregunta en el aire para la gente del común,. a saber, ¿es que resulta tan fácil esconder 50.000 millones de dólares sin dejar rastro? No sé si será fácil pero, desde luego, es posible.

Estafa piramidal, esquema de Ponzi, lo que vayan queriendo, pero la realidad es que la universalización de los intercambios ha convertido la aldea global en un garito donde desde una matrona portuguesa. un sacaperras filatélico o un magnate de Wall Strett, todas las barajas están marcadas en la gran partida pero los fondos no están a la vista. Piensen en los millones que se han volatilizado en Italia, Francia o España en manos de gestores infieles o políticos sin conciencia, sin que jamás se devolviera una perra ni apareciera un duro. Ése es quizá el mayor estímulo de esta delincuencia de cuello blanco: que el botín nunca aparece. Madoff, en fin de cuentas, no ha sido sino el más listo de todos en un colegio exclusivo donde todos los alumnos levantaban la mano a la vez. ¿Qué se jodan?

Ropones rebelados

Insiste la consejera de Justicia en que hay medios suficientes, en que cada Juzgado  posee los adecuados –como si, al margen de las protestas profesionales, no fuéramos legión quienes hemos podido comprobar en nuestras propias carnes cómo de mal andan esas desdichadas covachuelas—, y declama un baranda sociata, Álvaro Cuesta, que la anunciada huelga de jueces es propiamente una actitud ‘antisistema’. Vale, pero sus Señorías parecen haber superado su capacidad de encaje silencioso y todo indica que el lío no hay ya quien lo pare para la fecha anunciada, es decir, para el próximo 18 de febrero. A ésa huelga no deberían ir los ropones en solitario sino escoltados por la muchedumbre silenciosa que padece la inepcia de las Administraciones y los designios de los políticos.

Vuelve Parralo

Poco duran los propósitos sensatos, el de alejarse de la política –que evidentemente no es lo suyo—de Manuela Parralo, la infortunada candidata a la alcaldía que se inventaron los creyentes en las posibilidades electorales del ‘glamour’. Parralo vuelve a la política con minúscula,  es decir, al cabildeo de las ejecutivas, sin percatarse, por lo visto, de que su renuncia había sido acogida con alivio no sólo por ‘Puerpo Hurraco’ local sino por amplios sectores pijos del partido, que haberlos, haylos. ¿No había dicho Parralo, como fray Luis y como García Morente, eso de “me vuelvo a ‘mi cátedra’ ”? Pues poco ha durado el propósito, a la vista está, quizá porque la política es más cómoda que la docencia, tal vez porque en ella hay y habrá siempre graves intereses a los que desde la calle no se alcanza. Cada cual es muy libre de hacer lo que quiera. Y por supuesto, de equivocarse.