Queja docente

Grave denuncia de los maestros andaluces. Según ellos, con los dispendios en ‘ordenatas’ regalados y otros trebejos didácticos de la postmodernidad, se ha agotado el dinero presupuestado de manera que no quedan recursos para pagar los maestros que faltan por vacantes. Dicen ellos –que son quiénes mejor conocen el cotarro—que hay una legión de profesionales, con las oposiciones aprobadas incluso, que aguarda mano sobre mano mientras los niños entretienen en tiempo escolar jugando y sin dirección pedagógica. Tómese nota de la queja para cuando llegue el momento de hablar de nuevo sobre el fracaso y el abandono escolar que la Junta está abonando con esos brindis al sol.

Testigo de cargo

Ha sido el propio presidente de la Junta, José Antonio Griñán, quien admitió en Huelva hace un mes escaso que nuestra provincia recibía en los Presupuestos menos inversión de la imprescindible, contradiciendo así la postura del PSOE local que hasta entonces se había limitado, como de costumbre, a declarar óptimas para nuestros intereses las cuentas del Estado. Hay que admitir que Griñán sabe lo que dice mientras que otros que yo me sé, con las cuatro reglas por todo bagaje, mal podrían opinar sobre algo tan complejo como son unos Presupuestos. Y hay que celebrar que el PSOE local –disciplina obliga—parece haber reaccionado dispuestos a pedirle al Gobierno que abra la mano dentro de lo posible. No estaremos tan bien representados, pues, cuando la exigencia de mejora ha de venir desde fuera y desde arriba.

El espejo belga

Reproduce la prensa belga la entrevista a un periodista catalán en la que el interrogado plantea similitudes y diferencias entre la realidad del conflicto separatista que amenaza a aquel país y el que desgarra, vigorizado por el propio gobierno regional, la realidad catalana. Y es cierto que hay diferencias sustanciales, al menos de momento, entre las dos situaciones, por más que las tensiones siempre aplazadas entre las regiones belgas y la escalada del nacionalismo entre nosotros, justifiquen que la secesión catalana, por ejemplo, mire con esperanza hacia allá en busca de un espejo en que reconocer los propios designios. En Bélgica sólo quedan ya estatales dos cosas, el fútbol y los museos. Todo lo demás, incluidos los indicativos para el viajero, ha sido ya regionalizado idiomáticamente, incluida la prensa y la televisión, es decir, como aquí. Y sin embargo, una fuerte corriente de opinión sostiene la confianza en la unidad de ese país –que un sus orígenes, es decir, hace sólo siglo y medio largo, fue un estado unitario y francófono dividido en diez provincias y es hoy un estado federal que sólo cuenta con tres regiones, contando Bruselas como una de ellas—aunque sin garantías de un vuelco repentino de la opinión y, desde luego, convirtiendo en incómoda una convivencia proverbialmente civilizada. Dice el periodista catalán que, siendo cierto que Bélgica funciona como un espejo para los nacionalistas, también lo es que funciona en el mismo sentido para los contrarios a la fractura antiespañola, que ven en ella un interesante modelo de coexistencia o cohabitación a prueba de tensiones excéntricas. Pero la realidad es que un cataclismo de esa naturaleza plantearía a un país como Bélgica, al margen de las irreparables consecuencias internas, problemas seguramente insuperables frente a una Unión Europea respecto de la cual estos proyectos de diáspora constituyen una flagrante contradicción. ¿Habrá visto la Blancanieves secesionista en el espejo la cara de esa implacable madrastra?

Cuesta creer que se estén cuestionando en Europa estos moldes probados mientras el futuro apunta por todas partes a la presencia de unidades cada vez más extensas y pobladas, sobre ese mapa que tal vez no podamos ni imaginar todavía pero que se colorea solo desde hace tiempo. Pero así es, no cabe duda. Nunca había vivido Europa una fiebre localista de tanto alcance, ni siquiera en tiempos en que tuvo motivos sobrados para alimentar el sentido de la independencia. Lo comprobamos en ese espejo belga que nos devuelve deformada la imagen genuina en un puzzle de difícil ajuste. Hace años Pujol gustaba de mirarse en Eslovenia y celebraba la machada de Montenegro. A esos dos espejos también sería bueno que se asomara hoy.

Muere un maestro

La semana pasada se celebró en Sevilla, promovidas por la Fundación Lara y la Academia Sevillana de Buenas Letras, unas jornadas en memoria de Domínguez Ortiz en las que su obra fue recordada como por expertos como Benassar, Martínez Shaw, Joseph Pérez, Manuel González o Enriqueta Vila, en las que se presentó la biografía del maestro escrita por Manuel Moreno Alonso. No hay que olvidar a los maestros porque ésa es la mejor garantía de la discontinuidad y de la dispersión del saber y es de esperar que se tenga en cuenta esta evidencia ante la muerte el jueves pasado de otro de los grandes de la Historia que nos concierne más de cerca, aquel Pierre Chaunu entre el cual y Pierre Vilar se balanceó fructífera toda una generación de historiadores posteriores, entre los que resulta obligado destacar la figura de García-Baquero y A.M. Bernal, en cuyas importantes obras resulta difícil no ver una reacción “dialéctica” al positivismo, en ocasiones más que ortodoxo, del fundador del método cuantitativista. Sólo por una alguna de esas obras –y la que personalmente prefiero sin duda es su ensayo sobre Carlos V—ya debería Chaunu ser distinguido altamente entre quienes se inclinaron sobre nuestro pasado, y me refiero, claro está, a su monumental “Sevilla y el Atlántico”, cuyos 12 volúmenes marcan un antes y un después en la controvertida cuestión de nuestras relaciones con América. No confío mucho, sin embargo, en que la memoria funcione como es debido y por eso me decido, no sin cierta audacia, a dar el primer paso. Está por estudiar la importancia de aquellos trabajos que abrieron caminos nuevos a quienes vieron en el método de Chaunu un filón inapreciable, sin duda saqueado con frecuencia sin contemplaciones ni discreción. Chaunu venía tras las huellas de Tapié, máximo intérprete, a mi juicio, de la cultura barroca al menos hasta que Maravall publicara su obra decisiva sobre al época y cubre solo una página de la historiografía del sigloXX que esperemos no se borre en el XXI.

En una ocasión en que tuve el privilegio de acercarme a él, me explicó su idea de los motivos de la elección de Sevilla frente a Cádiz e, incluso, a Huelva, como puerta del que se llamó “el lago sevillano”, el Atlántico. Y entreví en su actitud un deje de incomodidad ante ciertas interpretaciones de su método y de su obra, que él repasaba sin estridencias, como quien echa de menos la aceptación de sus leales convicciones. Con él se va otro maestro indiscutible que, ciertamente, no vino a traer la paz, en muchos casos, con su brillante modo de acercarse al pasado y de remover sus cenizas.

El millón raspado

Al consejero de Empleo parece que lo reconforta el hecho de que la oposición haya errado el cálculo del paro al cifrarlo en un millón, pues según los datos oficiales, Andalucía no cuenta más que con 994.400 personas desocupadas, o sea, un 25’64 por ciento de las que están en edad de trabajar. Hay que estar en Babia para no percatarse de que si el verano no ha sido capaz más que de raspar levemente la estadística, el otoño y el invierno habrán de llevarla, por desgracia, más allá del previsto millón. Y hay que ser indulgente o irresponsable para mantener al frente del empleo a alguien con semejante criterio.

Optimistas, abstenerse

Ha subido el paro en Huelva, ¡en pleno verano!, mientras en el conjunto de Andalucía el trabajo recuperaba unas migajas perdidas. Y estamos ya en una tasa de un 22’14 por ciento de la Población Activa –un 1’67 por ciento más que el trimestre anterior–, con 51.300 personas mano sobre mano. ¿Dónde está el éxito de las medidas contra el paro adoptadas por Gobierno y Junta, de qué sirvió ese ‘Plan E’ que levantó las aceras de media región para volverlas a tapar? Mantener la polémica en lugar de pactar todos contra esta plaga es una temeridad de la que habrá que pedirle cuenta al Poder algún día. Que si las cosas siguen como van, no sería extraño sino lógico que coincidiera con el día de las elecciones.